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• POR CUAUHTEMOC AMEZCUA DROMUNDO Las relaciones exteriores de un gobierno forman un todo con su política interior. Las de un país son fruto de su historia, de los anhelos y luchas y de su pueblo. A veces los gobiernos coinciden con los intereses del país, de su pueblo, de su historia. A veces no. A veces representan todo lo contrario. Depende de qué clase social o bloque de clases esté gobernando y con qué compromisos lo haga. Las relaciones exteriores de México como país se construyeron a lo largo de su historia, de las luchas de su pueblo. Datan de los planteamientos de Hidalgo y Morelos y de las concepciones de Benito Juárez. Fueron basadas en principios de orden superior. La autodeterminación, que significa que cada pueblo tiene el derecho de construir por sí mismo su presente y su futuro. De diseñar y llevar adelante el tipo de instituciones que estime más adecuado para su vida en los órdenes político, económico y social, sin injerencias ni imposiciones de fuera, y que se complementa con el principio de la no intervención. Nuestro pueblo hizo de esos principios su bandera indeclinable. No podría haber sido de otro modo, dado que luchó durante siglos por liberarse del coloniaje español; que enfrentó luego la invasión yanqui, que mutiló nuestro territorio, y la intervención francesa. Y dado que ha sido víctima de cientos de agresiones militares, económicas y de todo tipo por parte de Estados Unidos. Por eso nuestro pueblo, consecuente con sus anhelos y sus luchas históricas, dio cauce a esa línea de conducta en materia de política exterior, impecable, que dio lustre y prestigio a nuestro país durante tanto tiempo en los foros internacionales. No fue gratuito. Esa política exterior, basada en principios inconmovibles, fue sostenida por los gobiernos de México en su esencia, aunque con altibajos. Hubo algunos que la aplicaron con mayor fidelidad y firmeza, y otros con vacilaciones, dependiendo de la composición clasista del bloque en el poder, del peso mayor o menor que en su seno tuvieran uno y otro sector de la burguesía, el nacionalista y el reaccionario y proimperialista, que, en medio de contradicciones, compartieron por décadas la dirección de la vida pública. Dependiendo asimismo del peso e influencia que tuvieran ante uno u otro gobiernos la clase obrera y su partido, el Partido Popular Socialista, hoy Partido Popular Socialista de México. Y también de las convicciones de quien encabezara el gobierno en turno, aunque esto en menor grado. Y desde el triunfo de la Revolución Cubana, en 1959, ésta vino a quedar unida a nuestra política exterior. Fue un timbre de orgullo de los sucesivos gobiernos de México el reconocimiento al derecho del pueblo cubano a darse un régimen socialista, cuando así lo decidió. El rechazo, a veces tibio, a veces enérgico, de las pretensiones yanquis de aislar a Cuba, de obligar a todos los gobiernos de la región a romper relaciones con ella. Así, los gobiernos de la burguesía nacionalista tomaban distancia de Estados Unidos y ondeaban con gallardía los principios de nuestra política exterior. Y al mismo tiempo ganaban espacios para defender no sólo los intereses nacionales, sino también sus intereses concretos de clase, los de una burguesía no propietaria de medios de producción y cambio, cuya base de sustento lo era el sector económico en manos del Estado, es decir, las empresas y ramas de la economía que ya habían sido nacionalizadas. Todo eso funcionó así en tanto los gobiernos de nuestro país no cayeron del todo en las manos de la clase social enemiga antagónica del pueblo y de sus luchas liberadoras, la burguesía reaccionaria y proimperialista encarnada, en este caso concreto, primero por el sector de los tecnócratas neoliberales que se enquistaron en el PRI, y después por la más rancia derecha política, del PAN, que a fin de cuentas unos y otros son una y la misma cosa. La burguesía proimperialista llegó al poder en 1982 y desplazó a la burguesía nacionalista. No sólo la desplazó, la despojó de su base económica en lo fundamental, al desnacionalizar una gran porción de las riquezas nacionales que ya habían sido rescatadas para los mexicanos, y entregarla al capital extranjero, al que este sector de la burguesía sirve. A partir de entonces, México torció el rumbo en el ámbito de las relaciones internacionales, como en todos los demás, sin ninguna excepción. El retroceso en todos los órdenes ha sido enorme. La burguesía proimperialista está integrada por elementos cuya mentalidad e intereses están vinculados de una manera estrecha, no con los de nuestro pueblo, al que explotan y desprecian, sino con los del capital extranjero, al que se han atado, y a todas las instancias que le sirven, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial; como la OMC y, sobre todo, al Estado yanqui. De ahí que se desvivan por agradar a Bush o a quienquiera que sea el presidente gringo en turno. De ahí que tengan como máxima preocupación que los capitales extranjeros no se alejen, que fluyan las inversiones, aunque éstas en el fondo, como se ha demostrado con amplitud, lejos de capitalizar descapitalizan al país. En el caso de la política exterior, tal era su vitalidad que ésta sobrevivió todavía a los gobiernos neoliberales de Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari. Por tanto, la pérdida del rumbo se vino a dar con el gobierno de Ernesto Zedillo. Y se vino a coronar y a profundizar con el gobierno de Vicente Fox. No podría haber sido de otra manera. No fueron sólo los devaneos de un canciller pro yanqui, como Jorge Castañeda, entreguista, ambicioso y traidor, que lo es, en efecto. Pero no fue sólo eso. El problema es de más fondo. Es de clase social. Es de intereses de clase. Es de mentalidad de clase. Vicente Fox, en lo individual, es un lacayo, un lamebotas, es cierto. Como lo es también Castañeda. Y como lo es Zedillo. No es un problema de individuos, sin embargo. No es un problema sólo de ética o de moral. Es todo eso, pero es mucho más. Lo cierto es que la derecha, la burguesía proimperialista, es enemiga de los intereses del pueblo, de sus anhelos y de sus aspiraciones. Y por eso mismo es enemiga de los amigos del pueblo. El pueblo cubano es nuestro amigo. Fidel y la Revolución son amigos entrañables del pueblo de México, por eso Fox, como todos los de su clase social, son sus enemigos. El pueblo de México está hoy como siempre con sus propios intereses y contra los de sus enemigos de clase. El pueblo de México quiere hoy como siempre construir una patria libre, independiente y soberana, con un verdadero régimen democrático y con equidad en la distribución del fruto del trabajo social. El pueblo de México está con los principios de siempre de su política exterior histórica. El pueblo de México, por todo esto, está con Cuba y contra Fox, el lamebotas de Bush. Ciudad de México, a 3 de mayo de 2004. |
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