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El terrorismo es condenable por sí mismo, independientemente de la bandera ideológica o política con que se quieran arropar quienes lo ejercen. Por su definición, el terrorismo implica la amenaza y/o el uso de la violencia contra víctimas inocentes con el propósito de intimidar, de crear un estado de terror en la población, que repercuta para alcanzar determinados fines. El terrorismo ocasiona la pérdida inútil de vidas, siempre dolorosa e inconciliable con los anhelos de los pueblos del mundo de construir una vida superior, basada en los principios de la más elevada fraternidad. El terrorismo es incompatible con la ética. De manera congruente, el presidente Fidel Castro expresó, a nombre de su gobierno y del pueblo de Cuba, una inmediata y enérgica condena a los golpes terroristas del 11 de septiembre, en Nueva York. De igual modo procedieron las fuerzas revolucionarias, los partidos comunistas, las corrientes avanzadas, casi todas, y los pueblos del mundo en aquella ocasión. No ha sido el único caso. Igual ha sido la respuesta desde este lado de la trinchera con motivo de otros actos terroristas, vengan de donde vengan. No los justifican; no los encubren; los repudian. El contraste no podría ser más notorio. El gobierno de Estados Unidos no condena al terrorismo ni lo combate. Lo usa como pretexto, para engañar, para abusar de la buena fe de una parte considerable de la población de su país, para obtener su conformidad para agredir a otros, en busca de petróleo, de gas, de ventajas económicas para el grupo corporativo al que sirve. Lo usa con doble moral, porque al tiempo que acusa de terroristas a quienes no lo son, el gobierno de Estados Unidos promueve el terrorismo, lo organiza, lo financia, lo encubre y lo ejerce incluso de manera directa. El caso de Luis Posada Carriles es paradigmático. Nadie puede de manera seria poner en duda que se trata de un terrorista con una larga carrera de crímenes, la evidencia es abundante y de sobra conocida. La evidencia que lo incrimina aparece hasta en los archivos que, pasados los años, la CIA y el FBI tienen que desclasificar. Forma parte de un grupo de truhanes, dedicados al crimen, desde siempre, con Orlando Bosch, Guillermo e Ignacio Novo Sampoy y otros, y junto con ellos ha ejercido el terrorismo por cuenta del gobierno de Estados Unidos, y de otros gobiernos que han padecido países nuestros, de América Latina, serviles de la potencia del norte. Sus crímenes son tan numerosos como terribles. Bombazos, unos logrados y otros frustrados, en toda clase de sitios públicos: escuelas, hoteles, embajadas, barcos, centros culturales, consulados, oficinas públicas y canales de televisión; asesinatos; sabotajes e intentos de magnicidio, entre otros. Es responsable intelectual de la voladura de un avión que costó la vida a 73 personas, crimen cometido en jurisdicción de Venezuela. Sus crímenes, él mismo los ha reconocido y hasta se ha jactado de haberlos cometido. Éste es Posada Carriles, el mismo que escapó de la cárcel en Venezuela; el mismo al que indultó la presidenta de Panamá, Mireya Moscoso; el mismo que pasó por jurisdicción mexicana sin visa, rumbo a Estados Unidos, asunto sobre el cual el gobierno mexicano declara que no tiene registros. Es el mismo sujeto que entró en aquel país y pidió asilo político y cuyas autoridades negaron saber si estaba o no en su territorio, no obstante que hacía vida pública; el mismo al que esas autoridades tuvieron que arrestar, cuando ya no les fue posible fingir ignorancia; el mismo al que reclama la justicia venezolana para someterlo a juicio, y al que el gobierno de Estados Unidos se niega a extraditar; el mismo al que solicita también el gobierno de El Salvador, en este caso, sin duda para protegerlo; el mismo con respecto al cual el pueblo y el gobierno de Cuba, a los que tanto han golpeado sus crímenes, exigen que se haga justicia; el mismo al que las autoridades de nuestro vecino del norte dicen que podrían enviarlo a México; el mismo sobre el cual el gobierno de George W. Bush se ha visto sin saber qué hacer, cómo salir de tan espinoso asunto; el mismo al que la prensa y la televisión al servicio del capital financiero y corporativo internacional sigue llamando con el subterfugio de “luchador anticastrista”, en vez de llamarle lo que es, terrorista y asesino; el mismo cuya vida ya no está segura en las manos de sus patrocinadores y cómplices de siempre, dado que sabe más de lo que a ellos conviene que se divulgue. Éste es Posada Carriles, un caso paradigmático sobre la relación que existe entre estos dos conceptos: ética y terrorismo. Ciudad de México, 30 de mayo de 2005. |
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