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abstencionismo y democracia

• Por Juan Campos Vega / Segundo secretario del pps de mexico

Las elecciones federales del pasado mes de julio de 2003 se caracterizaron por un elevado abstencionismo, el 58.33 por ciento de los electores, según las cifras oficiales difundidas por el Instituto Federal Electoral, no acudió a las urnas. A ello habría que sumar 3.36 por ciento de ciudadanos que acudieron a votar pero que anularon su voto y 0.6 por ciento que votaron, pero por candidatos no registrados, los que nos habla de que solamente el 38 por ciento de los potenciales electores optó por alguno de los once partidos políticos nacionales que participaron en este proceso.

Para poder apreciar la magnitud que alcanzó el abstencionismo en las pasadas elecciones habría que compararlo con los resultados de otros procesos similares. No sería correcto, sin embargo, cotejar estos datos con los de la elección presidencial pasada, ya que de antemano se sabe que en los comicios donde se combina la elección de presidente de la República con la de diputados y senadores participa un mayor número de ciudadanos, así que nada mejor que compararlo con un proceso similar, de elección exclusiva de diputados federales.

Si de comparaciones se trata, lo mejor es hacerlo con una elección reciente porque esto nos proporciona datos más fidedignos y más cercanos a la realidad que estamos viviendo, de ahí que sea inmejorable comparar los datos de las elecciones de 2003 con los del proceso de 1997.

Al cotejar las cifras de ambos procesos electorales pareciera que se tratara de un espejo -en el que las imágenes se ven invertidas- ya que mientras el de 1997 reporta que el 57.69 de los electores optó por algún partido, el de 2003 señala que el 58.33 de éstos se abstuvo, y en sentido inverso, mientras en 1997 el 42.31 de ellos se abstuvo, en 2003 solamente el 38.25 por ciento optó por algún partido.

Para tratar de explicar o justificar las cifras que arrojó la elección de diputados federales de 2003 se han esgrimido los más variados argumentos, tanto de los actores del proceso como de los analistas políticos que tratan de desentrañar ante el ciudadano el porqué de estos resultados.

Es evidente que tratándose de análisis que afectan intereses, no solamente partidistas sino gubernamentales, los puntos de vista que ahí se expresan no estén exentos de influencias políticas que los llevan, en muchos casos, a tratar de culpar de tales resultados a las más variadas posibilidades. De ahí que junto con los análisis serios, se presenten otros que mueven a risa como el del dirigente de un partido político que culpó del elevado abstencionismo, a la transmisión de un partido de futbol donde participaba la selección nacional en el horario “en el que van a votar los jóvenes”, por cierto, los más renuentes a participar en las elecciones de 2003.

Causas que generan el abstencionismo
Pero si en verdad queremos analizar seriamente lo sucedido en el pasado proceso electoral federal, debiéramos hacer un esfuerzo por ahondar en el análisis de este fenómeno -el abstencionismo- que durante décadas ha preocupado a quienes se dedican al análisis político.

El abstencionismo ha sido vinculado a las más diversas causas, desde las que se refieren a los mecanismos mismos de los procesos electorales hasta los que están relacionados con la forma de reaccionar de los diversos sectores de la población ante los problemas de su tiempo. De ahí que debamos tomar en cuenta la infinita variedad de causas que lo originan.

Es innegable que para realizar un análisis correcto lo primero que debemos tomar en cuenta es la sociedad en la que nos ha tocado vivir. No podemos ignorar que se trata de una sociedad dividida en clases en la que la desigualdad en todos los aspectos: económico, político y social, es manifiesta; que mientras un sector minoritario se beneficia de ella, la mayoría se encuentra al margen de tales beneficios, por el contrario, vive en medio de las grandes limitaciones que le impone la pobreza y miseria.

Pero antes de iniciar nuestro análisis y para facilitar el mismo, debemos agrupar las múltiples causas que pueden contribuir y de hecho contribuyen a que el abstencionismo se eleve, en rubros que pueden recoger lo esencial de cada una de ellas y llevarlas al nivel de generalización que nos permita distinguirlas por su esencia y no por sus particularidades, de entre éstas, podemos distinguir las siguientes:

Causas políticas
Desde siempre ha existido un sector de la población que ante la desesperanza y la desesperación ha optado por otras vías distintas a la electoral para tratar de transformar la realidad que está viviendo o simplemente considera que por medio de los procesos electorales nada ha de cambiar en nuestra sociedad. En este sector se incluye a quienes han optado por no registrarse ni obtener su credencial de elector, por lo que ni siquiera quedan registrados como abstencionistas en las estadísticas electorales.

Este tipo de abstencionismo que rechaza toda participación electoral, porque rechaza al sistema mismo, con clara conciencia del significado de su acción, ha estado presente a lo largo de los comicios del siglo pasado y lo estará cada vez más en el presente si no se modifican las condiciones de participación. Sin embargo, representa un porcentaje pequeño del electorado y aunque pudiera crecer en el futuro lo hace muy paulatinamente porque se produce sin necesidad de la existencia de llamado alguno a no participar en los procesos electorales.

Otro sector que se abstiene por causas políticas es aquel que considera que aún es posible lograr cambios en la sociedad por la vía electoral pero que no encuentra la organización política que represente sus intereses; es aquel que analiza las opciones que se le ofrecen, las valora y llega a la conclusión de que todas representan, en lo esencial, lo mismo; es el elector que considera que las diferencias entre los partidos son de forma y que por tanto nada nuevo ha de suceder si triunfa alguno diferente al que detenta el poder, que ninguno representa una verdadera opción de cambio y que por ello prefiere abstenerse o, en el mejor de los casos, asistir a votar -porque considera que el derecho a elegir le costó sangre al pueblo de México y hay que mantenerlo- pero anula su voto o elige una opción distinta a las que le ofrece el sistema de partidos.

Causas económicas y sociales
Sin lugar a duda, el mayor peso del abstencionismo actual se debe a las condiciones económicas y sociales imperantes en la sociedad mexicana, agudizadas por la aplicación -desde hace más de 20 años- del modelo neoliberal dependiente del imperialismo.

Lo que ha caracterizado al México del siglo XX, y al actual en mayor medida que en el pasado reciente, es la terriblemente injusta distribución del ingreso que genera infinidad de consecuencias sociales que limitan la participación de los ciudadanos en los procesos electorales.

Además, a pesar de los avances alcanzados en el siglo pasado -a partir del triunfo de la Revolución Mexicana- en diversos aspectos como la salud y la educación, importantes núcleos de la población han permanecido en el atraso, la ignorancia, la insalubridad y el fanatismo.

En tales condiciones para millones de mexicanos no existen las preocupaciones político-electorales; les importa un comino qué partido y qué candidato va a triunfar, ya que a ellos siempre les va igual: carecen de empleo, de vivienda digna, de servicios públicos elementales como drenaje, agua potable y luz eléctrica, de ingresos suficientes para cubrir sus necesidades básicas de alimentación, educación y salud, etcétera. Ahí podemos encontrar a un importante número de abstencionistas.

Otros más, son los millones de mexicanos que no saben leer ni escribir, en pleno siglo XXI, que avergüenzan a cualquier sociedad que se considere a sí misma civilizada; a ellos habría que sumar otros millones más de analfabetas funcionales que se informan solamente a través de los medios de comunicación masiva, particularmente de la televisión, que carecen de cultura política y que por ello son fácilmente manipulables. Ahí también podemos encontrar otro núcleo importante de abstencionistas.

Estas son, a mi juicio, las principales causas que han generado, históricamente, el abstencionismo en nuestro país y en otras partes del mundo donde opera la democracia burguesa representativa.

El abstencionismo en México
En el caso de México, si quisiéramos realizar un análisis objetivo de la evolución del abstencionismo, nos enfrentaríamos a un problema insoluble: lo irreal de las estadísticas electorales.

Durante los primeros años del México posrevolucionario y hasta fines de la década de los treintas, predominó un sistema de partidos basado en un partido casi único, constituido desde el poder, para impedir que otros sectores se apoderaran del gobierno.

Inaugurada una nueva etapa con la existencia de varios partidos políticos, como instrumentos representativos de los intereses de las diversas clases y sectores de la sociedad, éstos tuvieron que enfrentarse al hecho de que el partido del gobierno utilizaba en su beneficio los recursos económicos, humanos y materiales que le podían proporcionar las diversas instancias e instituciones del poder público, lo que convertía a la competencia electoral en totalmente inequitativa; era juez y parte en todas las etapas del proceso electoral, y el fraude se había convertido en una práctica permanente y generalizada en todos los niveles: federal, estatal y municipal.

Aun en tiempos recientes, cuando se establece la figura de diputados de partido en 1963 ó cuando se realiza la reforma política que eleva a los partidos a la categoría de entidades de interés público en la Constitución y les otorga diversos medios para realizar su labor proselitista y una presencia limitada en los medios de comunicación masiva, las condiciones de participación continúan siendo inequitativas y permanecen casi inalterables por lo que se refiere al control total por parte del gobierno de las instituciones encargadas de organizar, realizar y calificar los comicios, a la manipulación del electorado a través de los medios de comunicación y a los mecanismos fraudulentos para burlar la voluntad popular.

Es la época en la que el partido del gobierno obtenía “carro completo” o casi completo; en que en los distritos, mayoritariamente rurales, votaba el 97 ó más de los electores inscritos en el padrón; en que en las zonas apartadas había casillas “zapato” en que el ciento por ciento de los electores sufragaba a favor del PRI y los demás partidos no obtenían voto alguno, es la época cuando, de plano, si perdía una votación, se robaba las urnas para evitar el triunfo de otro partido.

Por estas causas, los datos electorales de esta etapa no son nada confiables y estos hechos también contribuían a fomentar el abstencionismo porque los ciudadanos argumentaban que no valía la pena ir a votar, porque finalmente siempre ganaba el PRI.

La situación actual
Las cosas cambiaron radicalmente cuando se modificó el proceso que, aunque lento, iba superando las trabas y obstáculos que podrían permitir el fortalecimiento de la incipiente vida democrática de México, a partir de otorgarles a los partidos políticos, representativos de las diversas clases sociales y sectores que integran la sociedad mexicana, y no al gobierno, un mayor peso en las funciones fundamentales de preparar, realizar y calificar las elecciones en nuestro país.

Las reformas político-electorales que se inician durante el gobierno de Carlos Salinas y se consolidan durante el de Ernesto Zedillo, tienen una marcada tendencia neoliberal. A los cambios ocurridos en el terreno económico de liberalización de la economía, privatización de las empresas públicas y apertura indiscriminada al capital extranjero que han puesto en manos del capital financiero internacional los destinos de nuestro país, corresponden los cambios en el terreno electoral. Se trata de un sistema político-electoral y de partidos que rompe con el rumbo de las transformaciones que se generan a partir de 1963 y establece uno, supuestamente para poner en manos de la ciudadanía la organización y realización de los procesos, que en realidad consiste en dejar en manos de una sola clase social, de la gran burguesía, todo el proceso, pero con una máscara de democracia.

El objetivo de estas nuevas reformas tiene como finalidad fundamental garantizar que cualquiera de los partidos que triunfe, no pondrá en riesgo la aplicación del modelo neoliberal.

A la supuesta ciudadanización del Consejo General del Instituto Federal Electoral, que en realidad se integra con elementos representativos de los intereses de los tres partidos que se coluden para aprobar la reforma: PAN, PRI y PRD, se suma el establecimiento en la legislación electoral del financiamiento privado, es decir, la posibilidad de que los empresarios puedan aportar, o mejor dicho, puedan invertir en los partidos que representan sus intereses de clase.

A partir de este momento, la burguesía en el poder abre el acceso a los medios de comunicación masiva a todos los partidos, a sabiendas de que el financiamiento privado le otorga a los partidos burgueses una ventaja insuperable en la utilización de dichos medios en la competencia electoral.

Sin embargo, no se puede negar que en esta etapa se resolvieron algunas de las viejas demandas de los partidos políticos, sobre todo las relativas al aspecto formal de la elección. Ahora se cuenta con una credencial y un listado nominal de electores con alto grado de confiabilidad y se respeta en gran medida la voluntad popular expresada a través del sufragio. Ahora sí podemos confiar en las cifras que proporciona la autoridad electoral, lo malo es que a las viejas formas de realizar el fraude han sido sustituidas por otras más sutiles que por esa misma razón son poco perceptibles para la mayoría de los ciudadanos y que favorecen exclusivamente los intereses de los partidos de la burguesía: el financiamiento privado y la utilización de los medios de comunicación masiva, fundamentalmente.

En estas nuevas y desventajosas condiciones para los intereses de la mayoría de la población, se realizan las elecciones actuales en las que podemos destacar las de 1997 como las primeras en ajustarse íntegramente al nuevo marco electoral y a las de 2000 como las primeras presidenciales en las que los medios de comunicación masiva marcaron la diferencia al utilizarse en forma desmedida para influir y manipular la voluntad popular.

La campaña de 2000 estuvo precedida de una difusión desmesurada de una serie de conceptos totalmente ajenos a la realidad que, sin embargo, sembraron ilusiones en diversos sectores de la población. Los conceptos más difundidos fueron: que México estaba transitando a la democracia; que un aspecto fundamental de este “tránsito” era la alternancia en el poder, es decir, el triunfo de uno u otro partido en cada proceso electoral, y el fin, en consecuencia, del “partido de Estado”.

En ese proceso electoral la publicidad se realizó, no en base a proyectos de nación o propuestas programáticas viables, sino al uso indiscriminado de la mercadotecnia política para “vender” a los candidatos de la burguesía a los “consumidores” electorales que, en forma pasiva, fueron aceptando las “cualidades”, sobre todo de forma y no de contenido, que caracterizaban y diferenciaban a los productos puestos a la venta, y finalmente, escogieron a aquél que la publicidad política, engañosa como toda publicidad, les había presentado como la mejor opción, la “del cambio”, la que habría de consolidar el tránsito a la democracia, inaugurar la época de la alternancia en el poder y lograr la liquidación del partido de Estado. La decepción habría de ser mayúscula.

Causas que generan el abstencionismo actual
Si partimos de la base de que las causas que generaron el abstencionismo en épocas pasadas continúan presentes en nuestra sociedad, y en todas las sociedades que tienen como base de su vida político-electoral la democracia burguesa representativa, habremos de aceptar que el abstencionismo es un elemento consustancial de dicho sistema político característico de la sociedad burguesa, porque el capitalismo, que constituye la base económica de tal sistema, se distingue por las desigualdades que genera y estas desigualdades constituyen, a su vez, la base política, económica y social del abstencionismo.

El hecho de que existan índices mayores o menores de abstencionismo en unos u otros países, que estos índices cambien en unas u otras épocas, obedece a la historia de cada una de las naciones, a sus tradiciones políticas y al grado de desarrollo alcanzado.

En el caso de México, lo que habría que buscar son los elementos nuevos que sumados a las causas preexistentes, incrementaron el abstencionismo electoral en 2003 y lo llevaron al porcentaje actual cercano al 60 por ciento, muy superior al de los procesos electorales inmediatos anteriores.

Es innegable que en la actualidad no solamente nos estamos enfrentado a las causas tradicionales que en nuestro país generaron la abstención electoral. Ahora hay nuevos elementos que analizar, que nos señalan que el incremento del abstencionismo refleja una profunda crisis del actual sistema electoral y de partidos.

Una primera cuestión tiene que ver con el concepto mismo de democracia que los panegiristas del modelo actual, han limitado única y exclusivamente a los mecanismos electivos, es decir, al aspecto formal de la democracia: a la forma de elegir a los representantes populares.

Pero, precisamente, una de las grandes fallas de la democracia burguesa representativa es que los electores no tienen ninguna garantía de que aquéllos a los que la mayoría ha elegido para que la representen, una vez en el cargo, van a actuar en función de los intereses de sus electores.

Lo que realmente sucede en estos casos es que cada uno de los representantes electos por la ciudadanía actuará en función, no de los deseos de quienes lo eligieron, sino de los intereses del partido que lo llevó a ese cargo o, cuando menos, de la clase social a la que representa su organización política, porque aunque se hable de candidatos apartidistas y candidatos ciudadanos o de otra forma metamorfoseada para tratar de ocultar la realidad, cada individuo -sobre todo los que tienen una activa participación política- personifica intereses de clase bien definidos y esos intereses son representados a través de los partidos políticos que son la forma más acabada para la defensa de esos intereses clasistas.

Un segundo aspecto, relacionado al caso anterior es el que tiene que ver con los esfuerzos realizados, a través de los grandes medios de comunicación, para difundir la falsa idea de que los ciudadanos desprecian a los partidos y solamente se guían por sus simpatías hacia determinado candidato. Dicha tesis es totalmente ajena a la realidad; los ciudadanos siguen manifestando sus preferencias electorales en función de los partidos políticos, una prueba de ello es el caso de Manuel Camacho Solís, que como candidato del PRI habría sido un contendiente de cuidado, pero que al frente del Partido del Centro Democrático no logró obtener ni siquiera el 2 por ciento necesario para mantener el registro de ese organismo político.

Lo mismo podría señalarse de muchos otros políticos que, en función de que el partido que los postula cuente con suficiente fuerza electoral, pueden ocupar un puesto de elección popular, de lo contrario, están condenados a la derrota.

Un caso más, que ahora se ha generalizado, es la existencia de los políticos “saltimbanqui”, de los tránsfugas de la política que antes eran excepción y ahora se han constituido en norma de conducta. En el pasado, cuando un político renunciaba a su partido y se postulaba por otro, era sancionado por su organización y esos casos se daban en pocas ocasiones. En la actualidad, un político de cualquier nivel, si no es seleccionado por su partido para contender por un puesto de elección popular, que desde su punto de vista cree que le corresponde, de inmediato opta por uno u otro partido de los que cuentan con registro para participar en el proceso electoral.

Visto superficialmente este aspecto, se diría que es solamente un problema de corrupción personal, de deshonestidad, de ambición desmedida, sin embargo, mirando un poco más profundamente ese tipo de conducta, podemos advertir que lo que se ha modificado es la orientación ideológica y política de los partidos, sobre todo los de la burguesía, que cada vez se parecen más en los aspectos esenciales y que por ello permiten y hasta propician que sus miembros salten de unos a otros porque, en resumidas cuentas, todos defienden lo mismo: el modelo neoliberal, aunque alguno plantee hacerle reformas para que no sea tan despiadado.

De la misma manera, las alianzas electorales han modificado su esencia, Anteriormente, salvo raras excepciones, dos o más partidos políticos realizaban alianzas electorales o postulaban candidatos comunes si había coincidencias ideológicas, políticas o simplemente programáticas que dieran sustento a la postulación conjunta. En la actualidad, en la misma medida en que los partidos han reducido sus diferencias ideológicas, las alianzas electorales se han modificado y es común ver a uno o varios de los pequeños partidos aliados en la elección presidencial a uno de los partidos que mayor cantidad de votos obtiene, y en la otra, hacerlo con otro partido que se supone era el enemigo a vencer en el proceso anterior. Es más, pueden ser rivales en un proceso federal y, al mismo tiempo, aliados en uno de carácter local. Con todos estos cambios, se ha impuesto, en interés de la burguesía más reaccionaria, la desideologización de los procesos electorales.

Este último aspecto, el de la desideologización, se manifestó claramente en el proceso de julio pasado, porque no era posible encontrar diferencias ni ideológicas ni políticas, vamos, ni siquiera programáticas en las consignas generales de los partidos políticos. Entre Quítale el freno al cambio y Lo que nos mueve es México, del PAN; Está de tu lado, del PRI; y Es tiempo de la esperanza, del PRD, no hay nada que permita diferenciar las propuestas de los partidos. Si siguiéramos analizando los lemas de campaña generales de los demás partidos tampoco habría diferencia entre Por ti… por todos, del PT; El partido joven para el México nuevo, del PVEM; La nueva forma de tomar partido, de Convergencia; y otros por el estilo de las demás organizaciones políticas, en ninguno de ellos es posible encontrar el elemento que pueda señalar aunque sea pálidamente la orientación política o ideológica de dichos partidos.

En el terreno de las consignas concretas lo que privó fue la demagogia: las promesas que de antemano se sabe no se habrán de cumplir. De nueva cuenta, los once partidos compitieron, cada uno desde su particular punto de vista, en ofrecer: o lo que no corresponde resolver a un diputado o de plano promesas que en las actuales condiciones económicas y políticas carecen de toda posibilidad de ser puestas en práctica.

A todo lo anterior hay que sumar el manejo ilegal y deshonesto de los recursos públicos y privados. Ya se trate de recursos provenientes del extranjero para financiar la campaña presidencial de Vicente Fox o de aportaciones encubiertas de empresas públicas para financiar la campaña de Francisco Labastida, ambos procedimientos prohibidos expresamente por la ley, o de casos de franca corrupción para beneficiar a los dirigentes de algunos partidos que más bien parecen negocios familiares donde los que ocupan los cargos públicos son parientes del líder nacional, o de plano, donde un padre le hereda a su hijo la dirección del partido.

De lo anterior podemos concluir que no solamente los candidatos no responden a las expectativas de los electores, sino tampoco los partidos, que con su carencia de propuestas, sus promesas incumplidas, sus alianzas sin principios, su corrupción, sus actos ilegales y su deshonestidad, así como sus acciones que atentan contra los intereses populares van siendo marcados por un amplio sector de la ciudadanía como meros aparatos electorales, como organizaciones políticas sin una definición ideológica y política clara en sus pronunciamientos que permita distinguirlos de los demás, como meros instrumentos al servicio de intereses minoritarios y no de los ciudadanos que los respaldan con su voto, y poco a poco van acrecentando su desprestigio y van contribuyendo a alejar al ciudadano de las urnas.

Finalmente, la decepción sufrida por los electores -sobre todo los que en el 2000 sufragaron por vez primera- que creyeron en el cambio prometido por Vicente Fox, también contribuyeron a incrementar el número de abstencionistas electorales en el 2003.

Una nueva democracia
Como podrá apreciarse, a las causas siempre presentes que generan el abstencionismo electoral, se han sumado otras que no solamente agudizan el problema sino que reflejan el descrédito creciente de los procesos electorales en nuestro país que, por cierto, también se da en otras partes del mundo donde este modelo impuesto por los neoliberales, adecuándolo a la historia, tradiciones y condiciones particulares de cada una de las naciones, cumple los mismos objetivos: centralizar el poder político en manos de la gran burguesía, en la misma medida en que se concentra el capital en manos de las oligarquías locales y del capital transnacional.

Así como el modelo económico neoliberal con sus terribles secuelas sociales se ha sumido en el descrédito, al modelo político neoliberal le está sucediendo lo mismo, porque ha llevado al sistema de partidos a una competencia similar a la del libre mercado en donde el más fuerte se apropia la mayor parte de la riqueza y en lo electoral del mayor caudal de votos.

Porque al igual que ha sucedido con la pequeña y mediana empresa propiedad de nacionales, que ha sucumbido frente al poder del gran capital, los partidos representativos de la clase obrera y otros sectores populares, han sido marginados del sistema de partidos o se les ha asignado un papel simbólico para aparentar la existencia de una pluralidad política, que no permite la expresión de los intereses de clase de los oprimidos por el proyecto neoliberal.

De la misma manera que las privatizaciones han puesto lo que era propiedad de la nación en manos privadas, particularmente en manos de extranjeros, en el terreno electoral también ha operado la privatización de los procesos, no solamente por la inyección de recursos provenientes de los empresarios para las campañas políticas, sino porque los votos se han concentrado en las manos de tres partidos que controlan y comparten el poder a lo largo y ancho del territorio nacional y que, en nuestra representación, toman las decisiones que finalmente afectan nuestros intereses en forma por demás negativa.

Concluyendo, podríamos decir que el abstencionismo actual, al ser la suma de las causas generadoras del mismo que siempre han estado presentes, y de nuevas que se han manifestado como consecuencia de la aplicación del neoliberalismo, representa no solamente la expresión política de rechazo a las desigualdades existentes en una sociedad basada en la explotación como lo es la sociedad capitalista, sino también una respuesta puntual al proyecto elitista y excluyente que representa el neoliberalismo.

El abstencionismo de hoy, es también un rechazo a la falsa vida democrática establecida en la última década del siglo pasado, es el rechazo a la democracia formal, al mero mecanismo electivo que carece de objetivos económicos, políticos y sociales que respondan a los intereses de las grandes masas populares; la esencia de esta democracia burguesa representativa, como dice Marx en La guerra civil en Francia, consiste en autorizar a los oprimidos “para decidir una vez cada varios años qué mandatarios de la clase opresora han de representarlos y aplastarlos en el Parlamento”.

Frente a esta nueva realidad, se hace necesario no solamente hacer una crítica cada vez más profunda al sistema político actual de nuestro país, a su sistema electoral y a su sistema de partidos, sino organizar al pueblo para establecer una nueva democracia que no solamente incluya verdaderos mecanismos democráticos para elegir a los mandatarios, sino que recoja lo mejor de nuestras tradiciones para pugnar por una forma de democracia participativa que garantice la independencia plena de la Nación respecto del imperialismo y el mejoramiento constante de las condiciones de vida del pueblo como lo establece la Constitución vigente.

 

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