|
Para
hacer una evaluación general de las Cumbres Iberoamericanas, conviene
que nos refiramos a algunos antecedentes.
En
primer lugar, hay que recordar que en la lucha emancipadora de nuestros
pueblos respecto del colonialismo español y portugués, nuestros
grandes conductores siempre hablaron de los "americanos" como de
los moradores de estas tierras que anhelaban vivir en libertad,
sin sujeción a las cadenas europeas y disfrutando de los bienes
que "el soberano autor de la naturaleza" había "derramado sobre
este vasto continente", se las propias palabras de Miguel Hidalgo
y Costilla, José María Morelos y sus compañeros del Congreso de
Anáhuac, le llamaron a la Constitución de Apatzingán del de octubre
de 1814, "Decreto Constitucional para la Libertad de la América
Mexicana".
Nuestros
héroes siempre vieron a nuestras tierras continentales como la gran
patria, la que debía cobijar a todas las naciones desprendidas del
colonialismo. Pero implícita o explícitamente entendieron que "Nuestra
América", como la llamó José Martí, tenía que ser la América Latina,
compuesta de pueblos semejantes por su cultura y sus problemas económicos,
sociales y políticos. Simón Bolívar, El Libertador, tuvo siempre
la obsesión de unir a nuestros pueblos para defender su integridad
territorial, su soberanía y su derecho de buscar y realizar la cooperación,
para el desarrollo con independencia frente a las grandes potencias.
En
su famosa "Carta de Jamaica", Bolívar había de expresar su latinoamericanismo:
"Es una idea grandiosa pretender formar de todo el Mundo Nuevo una
sola nación con un solo vínculo que ligue sus partes entre sí con
el todo... ¡Qué bello sería que el Istmo de Panamá fuese para nosotros
lo que Corinto para los griegos!" En el Congreso de la Angostura
de 1819, Bolívar habló de la personalidad de América Latina: "Tenemos
presente que nuestro pueblo no es europeo, ni el americano del Norte,
que más bien es un compuesto de Africa y de América que una emanación
de Europa; pues que hasta España misma deja de ser europea por su
sangre africana, por sus instituciones y por su carácter".
El
Libertador insistió una y mil veces en la realización del Congreso
Anfictiónico de Panamá, el cual finalmente se reunió en 1826. Podemos
decir que la Asamblea de Panamá abrió el camino del largo proceso
de la integración latinoamericana que algún día tendrá que llegar
a feliz término. Desafortunadamente sólo asistieron a ella representantes
de México, Colombia, Centroamérica y Perú. El Senado norteamericano
fue renuente a enviar delegados a esta histórica Asamblea, seguramente
porque veía con malos ojos el que América Latina hiciera esfuerzos
para su unidad. Bolívar estaba consciente de que la potencia norteña
parecía "destinada por la Divina Providencia para sembrar de desgracias
a América Latina en nombre de la libertad".
Los
delegados al Congreso de Panamá firmaron el "Tratado de Unión, Liga
y Confederación Perpetua", que ha quedado como un símbolo del verdadero
panamericanismo sin hegemonías, sino como el empeño de los pueblos
latinoamericanos de defender juntos "la soberanía e independencia
de todas y cada una de las potencias Confederadas de América contra
toda dominación extranjera..."
Los
trabajos del Congreso de. Panamá continuaron en Tacubaya, México,
ya sin el empuje inicial. Los esfuerzos de Bolívar no pudieron culminar
seguramente por las intrigas diplomáticas de Estados Unidos e Inglaterra,
coludidos con caudillos opuestos al liderazgo del héroe de Carabobo.
Claro,
el hegemonismo de Estados Unidos en el continente americano se manifestó
a temprana hora. La Doctrina Monroe fue prohijada precisamente para
que Estados Unidos tuviera las manos libres sobre los pueblos latinoamericanos,
sin el "estorbo" del intervencionismo europeo.
Este
empeño hegemonista de Norteamérica se va manifestando "in crescendo.
El gobierno de Washington convoca a la Primera Conferencia Panamericana
de 1889-1890. Es sin duda el primer esfuerzo por crear un bloque
económico y político, bajo la tutela de Estados Unidos, mediante
tratados revestidos con toda la formalidad jurídica.
La
mayoría de los delegados a esa Conferencia trató de evitar el intervencionismo
norteamericano, so pretexto de defender a sus nacionales, con recomendaciones
tales como: "1) los extranjeros gozan de los derechos civiles de
que gozan los nacionales y pueden hacer uso de ellos... absolutamente
en los mismos términos que dichos naturales. 2) La nación no tiene
ni reconoce a favor de los extranjeros ningunas otras obligaciones
o responsabilidades que las que hayan establecido a favor de los
nativos en los mismos casos por la Constitución y las leyes". Como
está claro, Venustiano Carranza había de proclamar estos principios
en 1918. Por supuesto que los Estados Unidos se negaron a suscribir
estos puntos que hoy forman parte del Derecho Internacional.
José
Martí, visionario de América Latina, al referirse a estos propósitos
de "anexión comercial" como los llamó brutalmente el secretario
de Estado Norteamericano James Blaine, escribió: "de la tiranía
de España supo salvarse la América Española; y ahora, después de
ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y efectos del convite,
urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América
Española la hora de declarar su segunda independencia".
Entre
enero de 1889 y abril de 1891, se llevó a cabo la Primera Conferencia
Monetaria Internacional Americana, en la que Estados Unidos se esforzó
en imponer su hegemonía mediante un sistema monetario que respondiera
a sus intereses: moneda única para forjar la hegemonía única. En
esta Conferencia, Martí estuvo presente como representante de Uruguay.
El héroe cubano denunció los verdaderos propósitos de Estados Unidos
al convocar a esta Conferencia Monetaria. Con visión genial Martí
expresó que un sistema monetario único entre desiguales, sólo favorecería
al más poderoso. Parece que estaba previniendo lo que iba a ocurrir
con el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica.
El
panamericanismo de corte norteamericano no es más que "una visión
neocolonial de integración", como lo expresa el historiador cubano
Salvador Morales.
Sería
largo hacer la historia del hegemonismo norteamericano sobre América
Latina. Los bloques actuales tienen sus antecedentes muy claros.
A fines del siglo pasado ya se perfilaban dos bloques: el de Estados
Unidos y el de Inglaterra.
Recordemos
que en 1945, cuando estaba a punto de terminar la Segunda Guerra
Mundial, Estados Unidos proclamó una vez más su empeño de reafirmar
su neocolonialismo sobre Latinoamérica. Ejemplo claro de ello es
el "Plan Clayton" presentado por el secretario de Estado Norteamericano
en la Conferencia de Chapultepec, en marzo de 1945, el cual proponía
destruir todas las barreras a la penetración de los capitales y
del comercio de Estados Unidos. Vicente Lombardo Toledano, Presidente
de la Confederación de Trabajadores de América Latina (CTAL), puso
al descubierto el carácter neocolonialista del "Plan Clayton".
Más
recientemente, ya en el mundo unipolar, el imperialismo yanqui considera
que tiene las manos libres para someter sin obstáculos a América
Latina. Por eso George Bush con todo cinismo propuso la "Iniciativa
de las Américas", con el fin de que la "integración continental"
afiance el poderío económico y político de Estados Unidos sobre
"Nuestra América".
El
panamericanismo, bajo los intereses del imperialismo norteamericano,
tuvo expresiones muy características después de la Segunda Guerra
Mundial. Era de esperarse que los Estados Unidos, fortalecidos al
terminar la gran contienda, vieran su hegemonismo en América Latina
como el gran objetivo prioritario a conquistar.
Ya
en plena guerra fría impulsaron el Tratado Interamericano de Asistencia
Recíproca, el cual fue firmado el 2 de septiembre de 1947, para
conseguir la "seguridad americana". Ante el peligro que para nuestros
países de este lado del Bravo implica dicho Tratado, el Licenciado
Narciso Bassols escribió: "...lo grave de la alianza concertada
en Río de Janeiro... radica precisamente en que, de una plumada,
convierte a los países latinoamericanos en aliados forzosos y automáticos
de los Estados Unidos, en cualquier clase de guerra que a partir
de hoy se desate".
De
la Novena Conferencia Interamericana realizada en Bogotá, Colombia,
en 1948, nació la célebre Organización de los Estados Americanos
(OEA). Su Carta constitutiva, llamada "Carta de Bogotá", estipulaba
algunos de los principios de carácter internacional, pero caía en
la "filosofía política" norteamericana, precisamente para mantener
y acrecentar el hegemonismo de Washington sobre los pueblos de Bolívar,
de Morelos y de Juárez. En efecto, el artículo 5 de esta Carta,
estatuye que "la solidaridad de los estados Americanos... requiere
la organización de los mismos sobre la base del ejercicio efectivo
de la democracia representativa". ¿Qué podía resultar de una organización
en que una gran potencia imperialista -la más poderosa de la Tierra-
"dialogara" con países débiles, sujetos siempre a las presiones
del país poderoso. No podía ser más que "la fábula del tiburón y
las sardinas", como lo dijo el escritor y expresidente de Guatemala,
Juan José Arévalo. O como lo había de expresar en frase menos literaria,
pero más franca, el canciller cubano Raúl Roa: la OEA no es más
que el ministerio de colonias de los Estados Unidos.
Las
páginas negras que escribió la OEA en la historia de América Latina,
están ahí, como vergüenza de ciertos gobiernos que se sometieron
servilmente a la Casa Blanca. Recordemos cómo en la Décima Conferencia
de Caracas, en 1954, el secretario de Estado Norteamericano, John
Foster Dulles, fue a esa reunión exclusivamente a acusar al gobierno
democrático de Guatemala, que presidía Jacobo Arbenz Guzmán, de
haber caído en el comunismo. El canciller guatemalteco, Guillermo
Toriello respondió: "es doloroso que se clasifique así a todo movimiento
nacionalista o independentista, lo mismo que a toda acción antiimperialista
o antimonopolista de los países que por mucho tiempo han tenido
al cuello la soga de la explotación económica".
Es
justo recordar que la CTAL, por la voz de su presidente, Vicente
Lombardo Toledano, defendió con calor al régimen de nuestro vecino
del Sur, contra la agresión política y militar maquinada desde Washington.
En el documento "La CTAL ante la Conferencia Panamericana de Caracas"
-dijo el dirigente obrero latinoamericano- "se encontrarán las razones
fundamentales que provocarían la revolución en Cuba y los propósitos
del imperialismo yanqui ante ese movimiento que inaugura la segunda
gran revolución colectiva de los pueblos de América Latina por su
plena independencia".
La
Revolución Cubana vino a quebrar en "Nuestra América", la hegemonía
norteamericana. También vino a romper el fatalismo geográfico de
que ningún cambio histórico podía operarse frente a las narices
de Estados Unidos. Desde su triunfo, el primero de enero de 1959,
la Revolución Cubana se ha defendido con heroísmo ante las agresiones
económicas, políticas y militares del "monstruo", como lo llamó
José Martí. La OEA ha sido también escenario de todo tipo de agresiones
por parte del régimen de la Casa Blanca. En 1962 Cuba salió de la
OEA por las intrigas del gobierno de Washington y de sus servidores.
Precisamente en la Octava Reunión de Consulta de Ministros de Relaciones
Exteriores realizada en Punta del Este, Uruguay -1962-, el secretario
de Estado de Norteamérica, Dean Rusk, hizo un "razonamiento jurídico",
en el sentido de que la "adhesión de Cuba al marxismo-leninismo
es incompatible con el Sistema Interamericano", juicio absurdo que
fue incluido en el "Acta Final" de esa reunión. El gobierno de México,
del presidente Adolfo López Mateos, se negó a seguir ese juego y
todos los gobiernos subsecuentes de nuestro país hasta el día de
hoy, han mantenido relaciones con el régimen revolucionario de la
Patria de Martí.
Nosotros
hemos planteado siempre la cuestión: ¿por qué los países latinoamericanos
y del Caribe no forjan su propia organización con toda la formalidad?
¿No tiene "Nuestra América" -como la llamó Martí, es decir, la América
distinta a la potencia del norte- problemas comunes, que pueblos
y gobiernos deben resolver juntos, enfrentándose inclusive a intereses
externos al área? Se dirá que perseguimos una utopía; pero es que
los pueblos se han liberado a base de utopías.
Quienes
concibieron las "Cumbres Iberoamericanas" tuvieron el acierto de
considerar que la Península Ibérica -España y Portugal- tiene intereses
que pueden coincidir con los nuestros, además de nuestra cultura
común. El país hispano y el lusitano no son potencias hegemónicas
y su presencia nos liga a Europa y, en cierta forma, pueden ser
escudos ante el intervencionismo norteamericano.
Desde
que tuvo lugar la Cumbre de Guadalajara, en julio de 1991, advertimos
que su mecanismo interno tenía tres características que debían ponerse
de relieve: 1) la Cumbre no fue convocada por Washington; 2) la
Casa Blanca no tiene voz en esta Asamblea; 3) la Cumbre no fue convertida
en una especie de tribunal para enjuiciar algún gobierno". Si, estas
modalidades se mantienen, las Cumbres podrán dejar una huella en
la historia universal.
Claro,
el gobierno de Estados Unidos montó en cólera por este "desacato"
de los países iberoamericanos de hacer su propio banquete sin el
molesto comensal. La "Cumbre de las Américas" convocada por la Casa
Blanca, como una réplica a la "Cumbre Iberoamericana", ha sido un
frustráneo esfuerzo porque nuestros pueblos tengan siempre la tutoría
de Washington.
Los
mecanismos para elaborar los documentos de las "Cumbres Iberoamericanas"
-especialmente la "Declaración o Acta Final"- deben tener sus complicaciones.
Sería ingenuo esperar que en las Cumbres hubiera unanimidad de criterios
y posiciones firmes en el sentido de la defensa de nuestra soberanía
y de nuestra autodeterminación económica y política. Ante regímenes
tan heterogéneos podemos decir que se ha avanzado mucho. Ya es una
gran ventaja que las Cumbres no hubieran caído postradas ante los
dictados de Estados Unidos. Al contrario, ha habido condenas abiertas
a ciertas políticas intervencionistas de Norteamérica.
Alguien
podrá afirmar que las Cumbres simplemente han reiterado los tradicionales
principios del Derecho Internacional, pero sin haber hecho aportaciones
novedosas. A nuestro juicio, defender los principios y las normas
de la convivencia internacional en una Asamblea de Jefes de Estado
y de Gobierno de un área del mundo tan amplia, es ya de por si un
gran aporte en contra del hegemonismo y del intervencionismo.
Sería
largo y tal vez innecesario entrar en los pormenores de las Cumbres.
Desentrañar lo fundamental de las ideas y de los pronunciamientos
que ellas han apoyado de manera unánime, para seguir la orientación
de su política, es lo importante, a nuestro criterio:
I.-
El respeto a la soberanía, a la integridad territorial y a la independencia
de los Estados.
II.-
La igualdad soberana de los Estados.
III.-
La no intervención
IV.-
La autodeterminación de los pueblos: el "derecho de cada pueblo
a construir libremente en la paz, estabilidad y justicia, su sistema
político y sus instituciones".
V.-
La necesidad de impulsar la cooperación judicial internacional en
contra del delito en todas sus manifestaciones "en el marco del
respeto a la soberanía de los Estados".
VI.-
El rechazo a "todo tipo de interpretaciones que pretendan reconocer
la posibilidad de la aplicación extraterritorial de las leyes de
un país a otro".
VII.
Condena a la ley Helms-Burton con base en el principio de la no
aplicación extraterritorial de las normas de un país. Es evidente
que aquí hay un apoyo tácito a Cuba en contra de las agresiones
económicas y políticas del imperialismo norteamericano.
VIII.-
Condena a los enclaves colonialistas en las Islas Malvinas y en
el Peñón de Gibraltar. Se omitió la condena al enclave colonialista
de Estados Unidos en Puerto Rico, situación que ofende la integridad
territorial y la soberanía de toda América Latina.
IX.-
La "ausencia de perspectivas de crecimiento con justicia social
dificulta la consolidación de la democracia y la preservación de
los derechos humanos".
X.-
"En las condiciones actuales no se puede concebir una estrategia
de desarrollo uniforme y universal. Reafirmamos la noción de que
las estrategias individuales deben tener en cuenta la herencia cultural
y las fuerzas dinámicas de cada sociedad".
XI.-
El "Programa para el Desarrollo... ha de lograrse mediante un diálogo
universal, integral, transparente y constructivo, que sea fiel reflejo
de los principios consagrados en la Carta de las Naciones Unidas
y que ratifique el derecho de cada nación a elegir su estrategia
de desarrollo conforme a sus prioridades y necesidades".
XII.-
"Si ya no es posible en el mundo de hoy condicionar la observancia
de los derechos civiles y políticos a la previa obtención de plenas
condiciones de desarrollo, tampoco es plausible imaginar que la
plena realización de los derechos humanos pueda abstraerse de la
situación económico-social de las poblaciones involucradas".
Es
verdad que se reitera en las Cumbres el "compromiso con la democracia
representativa, el respeto de los derechos humanos y las libertades
fundamentales", que para ciertos gobiernos latinoamericanos deben
entenderse en un sentido "Oeísta" clásico, esto es, para seguir
golpeando al sistema socialista que se ha dado el pueblo de Cuba,
acusándolo de antidemocrático y de pisotear las "libertades humanas",
como siempre lo hizo la OEA.
Pero
como ya hemos visto, las Cumbres han reconocido una y otra vez que
cada pueblo debe darse la democracia que su voluntad le dicte, de
acuerdo con sus condiciones históricas, sociales y políticas propias;
y que los derechos del hombre están indisolublemente ligados a la
situación socioeconómica de los pueblos.
Recordemos
que en la VII Cumbre, que tuvo lugar en la Isla de Margarita, Venezuela,
en noviembre de 1997, se planteó como tema central "los valores
éticos de la democracia". Pero inmediatamente saltan las preguntas:
¿cuáles serán esos "valores éticos" para un neoliberal a ultranza
como Carlos Menem; o para un socialista como Fidel Castro? Y es
que la democracia y la libertad son categorías históricas y no valores
eternos que guarden siempre el mismo significado en todos los países
y en todos los tiempos.
Las
Cumbres marchan en el pluralismo. El Jefe de Estado que ha hablado
con mayor franqueza y con la diplomacia de la verdad, ha sido Fidel
Castro Ruz, el Presidente del Consejo de Estado de la República
de Cuba. Para el viejo combatiente de la "Sierra Maestra" -y lo
ha denunciado con énfasis en las Cumbres- las causas profundas de
la pobreza y el subdesarrollo de América Latina, radican en: la
mutilación de nuestros territorios -México perdió mas de dos millones
de kilómetros cuadrados en la infame guerra del 47 del siglo pasado
que nos impuso la potencia norteña-; el saqueo de nuestros recursos
naturales y financieros por parte de las fuerzas imperialistas;
así como las agresiones económicas, políticas y militares que han
llevado a cabo en incontables ocasiones contra nuestros pueblos.
Colosales sumas de recursos financieros se han transferido hacia
el exterior, para cubrir el servicio de la deuda, la cual en realidad
ya ha sido saldada; pero a pesar de ello, seguimos encadenados.
En
un planeta con hegemonismo unipolar -ha expuesto Fidel Castro- con
monopolio de tecnologías avanzadas, el control absoluto de la economía
mundial y el dominio total de los medios de comunicación masiva,
conceptos esenciales tales como el de soberanía se han puesto en
tela de juicio.
El
Presidente de Cuba ha dicho que en realidad las funciones de las
Naciones Unidas han sido usurpadas por el Consejo de Seguridad,
manejado por el gobierno norteamericano, con el propósito de acrecentar
su hegemonismo. Si en verdad se quiere democratizar a la ONU, es
urgente desterrar "el excitante privilegio del veto en el Consejo
de Seguridad... por anacrónico, peligroso e injustificado".
Frente
a la integración hegemónica del continente americano propiciada
por la Casa Blanca, Castro ha hablado, en las Cumbres sobre los
objetivos de la integración latinoamericana y del Caribe: salir
del subdesarrollo y forjar el valladar para preservar y afianzar
nuestra independencia económica y política. "Unirnos e integrarnos"
es una necesidad histórica, ha recalcado el líder de la Revolución
Cubana.
Respecto
del bloqueo que el imperialismo norteamericano ha mantenido por
cerca de cuarenta años contra el pueblo de Cuba, Fidel Castro ha
dicho con vehemencia: "se intenta rendir por asfixia económica y
de hambre a un pueblo que se niega a renunciar a su independencia
y a sus ideas: un genocidio, un ultraje a la humanidad".
Se
ve claro el contraste entre las posiciones de Fidel Castro y los
pronunciamientos simplistas de un Julio María Sanguinetti, presidente
de Uruguay, para quien la democracia no es mas que la contienda
electoral de partidos y el reconocimiento a la victoria del ganador.
Es
de ponderarse el hecho de que las Cumbres han acordado emprender
la cooperación en materia de salud, tecnología, seguridad social,
educación, cultura. En estos dos últimos aspectos se ha planteado
el objetivo de crear el Mercado Común del Conocimiento y del Libro.
Por lo que respecta al desarrollo social, se ha signado un Convenio
Constitutivo del Fondo para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas
de América Latina y el Caribe, cuyo mecanismo tendrá su sede en
La Paz, Bolivia.
Todos
estos acuerdos y pronunciamientos pueden constituir pasos en la
integración de América Latina. "Nuestra América" tiene los recursos
territoriales, económicos, sociales y culturales para crecer y desarrollarse,
pero trabajando siempre unida, velando por sus intereses propios,
para elevar las condiciones de vida de sus pueblos, ampliar sus
regímenes democráticos y lograr el objetivo más trascendental: su
emancipación económica y política.
Ciertamente
América Latina tiene grandes problemas de subdesarrollo, pobreza
y dependencia. Pero aun con estos lastres históricos o antihistóricos
tiene la capacidad política para cambiar la correlación de fuerzas
a su favor, en el escenario internacional.
José
Martí siempre consideró al Caribe como una zona estratégica que
había que cuidar. Hoy esa región tiene un potencial económico, social,
político y cultural que enriquece a todo nuestro subcontinente y
que es factor indispensable para nuestra unidad e integración.
A
pesar de todas las circunstancias graves que se ciernen sobre América
Latina y el Caribe, debido al mundo unipolar en que vivimos, la
correlación de fuerzas, a nuestro juicio, no favorece la imposición
del hegemonismo imperial, lisa y llanamente. Nuestros pueblos entienden
que a pesar de nuestras condiciones de heterogeneidad, poseemos
un invaluable capital político e histórico con el que podemos combatir
y salir airosos.
Cuba
socialista es una realidad que nadie puede ignorar. Por cuarenta
años ha combatido no sólo por sobrevivir sino por ser lección permanente
para la humanidad, en el sentido de que no hay poder en el mundo,
con todo el arsenal Militar y económico de que pueda disponer, que
sea capaz de aplastar la voluntad de los pueblos, de trazar su historia
y su destino, aun con los mayores sacrificios y desafiando todos
los riesgos.
Nos
enorgullecemos de Cuba, porque ha hecho valer con las armas del
Derecho, de la moral, de la razón y del heroísmo la prerrogativa
de todos los pueblos a su autodeterminación. Cuba ha hablado por
toda la humanidad combatiente y se ha ganado a golpes de patriotismo
un lugar destacado en los fastos de la historia universal.
La
personalidad histórica, revolucionaria y cultural de la Patria de
Martí sobresale sobre las miserias políticas y las ambiciones bastardas.
El mundo de hoy y de mañana no se entiende sin Cuba. El derrumbe
de la Unión Soviética y del socialismo en la Europa Oriental ha
sacudido a la humanidad y ha puesto a prueba la macicez de las conciencias
de los hombres y de las organizaciones sociales y políticas. Pero
Cuba sigue combatiendo y construyendo su proyecto de vida a pesar
de los grandes daños que ha sufrido con estos cambios regresivos.
Cuba es un pueblo que sigue principios firmes y no la línea en zigzag
de los oportunismos.
Hoy
se ha ganado un nuevo lugar en la historia. El Congreso Anfictiónico
al que convocó Simón Bolívar sigue siendo meta de todos nuestros
pueblos. Cuba es hoy por hoy el corazón de América Latina y el Caribe.
Será el Corinto de la nueva Cumbre Iberoamericana que tendrá lugar
a mediados de noviembre de 1999.
A
pesar de la ausencia de algunos gobiernos en la Cumbre Iberoamericana
de la Habana -Argentina, Chile, Nicaragua, Costa Rica y el Salvador-
por las razones o sinrazones que sean, la Reunión tendrá toda la
trascendencia que nuestro tiempo reclama.
La
presión del imperialismo norteamericano para que se haga el vacío
a la Asamblea, doblará a algunos gobiernos, pero no a los 21 gobiernos
que conforman la Cumbre Iberoamericana.
La
victoria de Cuba es la victoria de América Latina y el Caribe.
|