| El
primero de marzo de 1991, Jaime Serra Puche, en su calidad de secretario
de Comercio y Fomento Industrial, pronunció un discurso en
la inauguración del Foro Permanente de Información,
Opinión y Diálogo, sobre las negociaciones del Tratado
Trilateral de Libre Comercio entre México, Canadá
y los Estados Unidos de América; en dicha intervención
expuso los juicios gubernamentales de lo que serían para
nuestro país los beneficios esperados(2) del Tratado de Libre
Comercio de América del Norte (TLCAN), del que recientemente
se conmemoró el décimo aniversario de su suscripción.
Estos
fueron, a juicio del gobierno salinista, los supuestos beneficios
que podríamos esperar del TLCAN:
-
Aumento general de la competitividad.
- Estímulo
de las inversiones, particularmente de las de largo plazo.
-
Creación de empleos estables, más productivos y,
sobre todo, mejor remunerados.
- Aumento
de los ingresos reales de los trabajadores de manera sostenida
y generalizada, especialmente en los de menor desarrollo.
- Que
México no será proveedor de mano de obra barata.
- Que
no permitiremos el establecimiento de industrias o actividades
contaminantes.
- Crecimiento
sostenido y equilibrado de la economía nacional.
-
Que los consumidores tendrán acceso a un mayor número
y variedad de productos que competirán en precio y calidad.
- Que
los fabricantes podrán aprovechar las ventajas comparativas
y tendrán múltiples oportunidades para elevar su
eficiencia y productividad.
- Que
nuestros países tendrán una base sólida para
la competencia global.
- Que
nuestras sociedades incrementarán sus niveles de bienestar.
De este conjunto de promesas, nos interesa destacar aquellas que
tienen una vinculación directa con los aspectos fundamentales
del desarrollo económico independiente, entendiendo éste
no sólo como el crecimiento de la economía, como el
aumento de la riqueza o la elevación del Producto Interno
Bruto (PIB) sino, fundamentalmente, como señala Vicente Lombardo
Toledano, como la política que tiene por objeto "aumentar
las fuerzas productivas del país, utilizando los recursos
naturales y humanos de que dispone, para elevar de una manera sistemática
el nivel de vida del pueblo, incrementar el capital nacional, garantizar
la independencia económica de la Nación y distribuir
de manera equitativa la riqueza pública"(3).
De manera particular queremos hacer énfasis en los siguientes
temas: inversión extranjera, exportaciones, crecimiento económico,
empleo y salarios. Y aunque no fue motivo de propuesta alguna por
parte de Serra Puche, sí existió, para el campo mexicano,
una política de comercio exterior vinculada al TLCAN basada
en el criterio de que "Existen muchas áreas en donde
hay claras ventajas comparativas"(4), por ello, no podría
omitirse una opinión relativa al tema y también porque
el campo mexicano es el que ha sufrido, quizá como ningún
otro sector, los efectos devastadores de la política de apertura
comercial.
Inversión extranjera. Uno de los objetivos
del TLCAN fue, desde la óptica gubernamental, obtener montos
crecientes de inversión extranjera los que -según
afirmaban- harían crecer nuestra economía.
A
partir de la suscripción del Tratado, la importación
de capitales se convirtió en uno de los supuestos motores
del crecimiento económico nacional, pero la realidad es que
la inversión extranjera jamás ha llegado a los países
con la intención de ayudarlos para que se desarrollen; por
el contrario, su finalidad que es la de obtener el mayor lucro posible,
la lleva a realizar todas aquellas acciones que permitan a los inversionistas
acrecentar sus ganancias para repatriarlas a sus lugares de origen.
De esa manera las inversiones extranjeras se convierten, a mediano
plazo, en exportadoras de capital y con ello no solamente descapitalizan
a las naciones en las que se efectúan dichas inversiones,
sino que impiden y deforman su desarrollo al adquirir empresas establecidas
o al aprovechar las materias primas y la mano de obra barata para
su beneficio y para el de las naciones de las cuales son originarias.
Según
datos del Banco de México, en el caso de la inversión
extranjera que entró al país durante estos nueve años
de TLCAN, las cosas no fueron diferentes. Para empezar, poco más
del 20 por ciento de esa inversión extranjera -aproximadamente
141 mil millones de dólares- es de carácter especulativo
y cerca del 80 por ciento es directa. Esta inversión directa,
de la cual más del 65 por ciento proviene de Estados Unidos,
se concentra en el sector manufacturero, donde se ubica un poco
más del 50 por ciento; en servicios financieros está
invertida cerca del 25 por ciento y en el comercio se encuentra
un poco más del 10 por ciento.
Lo
anterior no ha significado beneficios para el país ni para
los trabajadores, debido a que parte importante de esta inversión
no se ha destinado a la creación de nuevas empresas, sino
a la compra de empresas nacionales ya establecidas. Con esos recursos
se han adquirido un buen número de industrias altamente exportadoras,
se ha obtenido la propiedad o el control de la inmensa mayoría
de los bancos y se han absorbido las principales cadenas comerciales
nacionales.
Exportaciones.
Las exportaciones mexicanas(5) se empezaron a incrementar a partir
de fines de la década de los 80, pero solamente se convirtieron
en el componente más dinámico del PIB a mediados de
la década de los 90, debido a la caída del PIB y la
devaluación de 1995 y a sus secuelas.
El
TLCAN también ha sido fundamental para la nueva dinámica
exportadora de México, ya que las exportaciones mexicanas
pasaron de 51 mil 886 millones de dólares en 1993, año
anterior a la entrada en vigor del tratado, a 110 mil 431 en 1997
-más del doble en apenas cuatro años- hasta llegar
a 166 mil 464 millones de dólares en 2000. De la cifra anterior,
el máximo histórico, descendieron en 2001 a 158 mil
442 millones, cantidad similar a la esperada en 2002.
En este aspecto las manufacturas se han convertido en el rubro más
dinámico de las exportaciones ya que han aumentado su participación
en forma significativa. Sin embargo, es necesario destacar que si
bien su crecimiento ha sido importante, es la actividad de un pequeño
número de filiales de las grandes compañías
transnacionales, particularmente de la industria automotriz, electrónica
y de confecciones, quienes acaparan la mayor parte de las exportaciones
mexicanas.
Otra
desventaja para nuestro país es la enorme dependencia de
las importaciones que ha caracterizado al sector exportador, las
que se han incrementado a partir de la entrada en vigor del TLCAN,
ya que las importaciones mexicanas pasaron de 65 mil 366 millones
de dólares en 1993, a 109 mil 807 en 1997, hasta llegar a
174 mil 457 millones de dólares en 2000, es decir, que tuvieron
un comportamiento similar a las exportaciones. De la misma manera,
el año 2000 constituye su máximo histórico,
ya que en 2001 descendieron a 168 mil 396 millones, cantidad similar
a la esperada en 2002.
Lo
anterior significa que la mayoría de los insumos incorporados
en lo que exportamos, se importan previamente. Prueba de todo ello
es que la industria manufacturera no maquiladora, que a principios
de la década de los 80 tenía un contenido nacional
mayor al 90 por ciento, para la segunda mitad de la década
de los 90 sólo utilizaba un poco más del 35 por ciento.
Pero el caso extremo es la industria maquiladora que, en promedio,
utiliza menos del 3 por ciento de componentes y envases nacionales.
Crecimiento
económico. A partir del esperado ingreso de montos
crecientes de inversión extranjera y del incremento del comercio
trilateral propiciados por el TLCAN, se prometió el crecimiento
sostenido de la economía nacional. Sin embargo, los datos
oficiales de estos nueve años de Tratado nos permiten afirmar
que no se logró ese propósito a pesar de que creció
tanto la inversión extranjera como el comercio entre las
tres naciones.
En
primer lugar el PIB por habitante de México, sobre todo a
partir de 1994, ha tenido fuertes oscilaciones, tanto por causa
de la crisis de 1994-1995, producto del llamado error de diciembre,
que devaluó considerablemente nuestra moneda al hacer pasar
el tipo de cambio de 3.05 pesos por dólar a 5.60, como de
la recesión moderada de 2001-2002, producto de los problemas
por los que atravesó la economía de los Estados Unidos,
así como por sus respectivas recuperaciones en el comercio
exterior de esa nación.
El
hecho es que la economía mexicana no ha podido superar, en
términos del PIB por habitante, los niveles de inicios de
la década de los ochenta y mucho menos la dinámica
de fines de la década de los setenta. En estos nueve años
de vigencia del TLCAN, el país solamente ha logrado un incremento
marginal en este rubro, ya que la tasa media de crecimiento anual
del PIB por habitante, es menor al uno por ciento.
Empleo.
Aunque la tasa de desempleo abierto en las zonas urbanas ha disminuido
en los años del TLCAN, ya que en 1993 era de 3.4 por ciento
y en 2001 de 2.4, uno de los problemas más sensibles para
la sociedad mexicana es el relativo al empleo, porque cada año
se incorpora más de un millón de personas a la población
económicamente activa (PEA), porque en los últimos
años la creación de plazas de trabajo ha sido notoriamente
insuficiente, y porque ha crecido el subempleo de manera considerable
-aproximadamente el 20 por ciento de la PEA es subempleada- y los
salarios no han logrado recuperar el poder adquisitivo perdido.
Salarios.
Para analizar el problema de los salarios debemos verlos a través
de una doble óptica: la relación entre los salarios
de Estados Unidos y México, y la evolución que éstos
han tenido en el país.
El
salario medio en México, en la industria manufacturera no
maquiladora, representaba en 1993 aproximadamente el 18 por ciento
del salario medio en ese mismo ramo de Estados Unidos y actualmente
sólo representa el 16 por ciento. Ello se debe a que mientras
en México, en 1993, el salario medio era de 2.1 dólares
la hora y en EEUU de 11.7, en 2002, fue de 2.5 y 15.2 dólares
la hora, respectivamente. Esta enorme diferencia salarial, reporta
enormes beneficios a las grandes empresas transnacionales que operan
en nuestro país, ya que cuentan con mano de obra calificada,
capaz de operar la maquinaria de alta tecnología de los países
desarrollados, pagándola a un precio mucho menor que en sus
países de origen.
Si analizáramos la situación de los salarios en la
industria maquiladora encontraríamos una mayor diferencia
ya que en ésta los salarios medios son mucho más bajos
que en la industria manufacturera no maquiladora, por lo que los
beneficios son aún mayores.
Por
lo que respecta a la evolución de los salarios durante los
nueve años del TLCAN, aunque éste ha logrado en los
últimos años ligeros repuntes, sigue estando muy por
debajo del poder adquisitivo de 1993. Además, si en 1993,
el 85 por ciento de los trabajadores percibía hasta cinco
salarios mínimos, ese porcentaje apenas se ha reducido al
81 por ciento en la actualidad, lo que demuestra que sigue siendo
extremadamente injusta la distribución del ingreso en México,
sobre todo si consideramos que el poder adquisitivo de cinco salarios
mínimos de la actualidad, es menor al de un salario mínimo
de 1976.
Campo.
Pero si algún sector de la economía mexicana ha resentido
los efectos negativos del TLCAN, éste ha sido sin duda el
campo mexicano que hoy se debate en una de sus peores crisis.
La
baja inversión y la baja productividad, son problemas permanentes
del agro mexicano a los que se ha sumado la competencia desleal
de los otros integrantes del TLCAN que invierten enormes sumas en
subsidios a la agricultura de sus respectivos países.
En
los últimos años, sobre todo a partir de 1992, nuestro
país ha importado anualmente cantidades crecientes de productos
agrícolas, particularmente maíz, trigo, arroz, soya
y sorgo. Por lo que respecta al maíz, lo pactado en el TLCAN
consistía en dejar entrar sin arancel cerca de cuatro mil
toneladas de este grano para 2007, pero tan sólo a dos años
de la entrada en vigor del Tratado, se importaron libremente más
de cinco mil toneladas.
Producto
de estos problemas y la falta de apoyo gubernamental que ha caracterizado
la política nacional a partir del gobierno de Carlos Salinas,
continuada por Ernesto Zedillo y ahora por Vicente Fox, el campo
mexicano ha visto reducir sensiblemente su participación
en la economía mexicana, al pasar en los últimos nueve
años de 6.8 por ciento del PIB a poco más del 3 por
ciento.
Por
esta situación, en 2001 se registró el déficit
agroalimentario más alto en la historia de México.
El monto de dicho déficit fue cercano a los tres mil millones
de dólares, casi el doble del registrado en 2000 y con la
tendencia a incrementarse.
Si
hacemos un pequeño resumen de los aspectos comentados, veremos
que los enormes flujos de inversión extranjera no han contribuido
a desarrollar las fuerzas productivas de nuestro país y,
además, constituyen un mecanismo de descapitalización,
al convertir a México en pocos años en exportador
de capitales; que la política de libre comercio con el exterior,
impulsada a partir de la segunda mitad de la década de los
80 e intensificada a partir de la entrada en vigor del TLCAN, si
bien ha convertido a nuestro país en una importante plataforma
de exportación, esto beneficia casi exclusivamente al capital
extranjero, y dentro de éste, a un pequeño número
de filiales de las grandes corporaciones transnacionales.
Nos
dijeron que la economía crecería en forma sostenida,
y el crecimiento económico ha sido casi nulo durante estos
años.
Nos
dijeron que era la oportunidad para industrializar al país
y lo único que ha crecido es la maquila que paga salarios
muy por debajo de lo que se pagaría a un obrero estadounidense.
Nos dijeron que nuestra industria debía mirar al exterior,
y son unos cientos de filiales de los grandes monopolios extranjeros
y las industrias maquiladoras quienes exportan, mientras la micro,
pequeña, mediana e inclusive, sectores de nuestra gran industria
nacional han quebrado o han sido absorbidas por los consorcios internacionales.
Nos
dijeron que crecería el empleo y que sería mejor retribuido,
y no sólo no se han logrado crear los empleos necesarios,
sino que este problema se agrava año con año y, por
si esto fuera poco, persiste la injusta distribución del
ingreso en México, lo que imposibilita la recuperación
del poder adquisitivo de los salarios.
Nos
dijeron que había que aprovechar las oportunidades que nos
brindaría el TLCAN y, por lo pronto, nuestro transporte de
carga se ha visto limitado para participar de los supuestos beneficios
y se ha evidenciado que nuestra agricultura carece de las condiciones
necesarias para competir con la del imperio.
Todo
lo anterior podemos concentrarlo en dos aspectos medulares para
nuestra Nación, dos temas que han estado siempre presentes
entre los principales objetivos que se ha propuesto el pueblo de
México a lo largo de su historia: la independencia económica
y el bienestar popular, y podremos constatar que los resultados
obtenidos a lo largo de la vigencia del TLCAN, son los contrarios
a las aspiraciones del pueblo mexicano.
Los
negativos resultados del Tratado para nuestro país son: por
un lado, una cada vez mayor dependencia de la economía de
México respecto de la de los países industrializados,
particularmente del imperialismo norteamericano y, por el otro,
el acrecentamiento de la pobreza y de la miseria, así como
la falta de oportunidades para un cada vez mayor número de
mexicanos que, ante la difícil situación económica,
han optado por emigrar hacia los Estados Unidos. En este último
aspecto se estima que la migración hacia el país vecino,
es de 270 mil mexicanos al año.
En
resumidas cuentas, el TLCAN, en lugar de propiciar el logro de los
objetivos que prometió el gobierno durante la etapa de su
negociación, solamente ha servido para acrecentar nuestra
dependencia económica respecto del imperialismo norteamericano
y también para incrementar nuestros problemas sociales: pobreza,
insalubridad, analfabetismo, desempleo, marginación y explotación
desmedida.
Por
eso ahora que se realizan las negociaciones previas para la suscripción
del acuerdo para constituir el Área de Libre Comercio de
las Américas (ALCA), es decir, la unificación de las
economías del continente americano, con excepción
de Cuba, en un solo acuerdo de libre comercio, se hace necesario
reflexionar sobre los resultados que el TLCAN ha traído para
nuestro país, para determinar el camino que conviene seguir
a nuestros pueblos.
Lo
primero que no debemos ignorar es que, en su esencia, el ALCA no
es más que el TLCAN hecho extensivo al resto de América
Latina y el Caribe. En efecto, este proyecto unificador de todas
las economías de América -que se inició con
la realización de la Primera Cumbre de las Américas,
llevada a cabo en diciembre de 1994 en la ciudad de Miami, con la
participación de los mandatarios de las 34 naciones de la
región, y que piensan concluir antes de 2005- contiene temas
iguales o similares a los incluidos en el TLCAN: reglas de origen,
acceso a mercados, inversiones, servicios, compras del sector público,
solución de controversias, agricultura, propiedad intelectual,
subsidios, antidumping y derechos compensatorios y política
de competencia.
Frente
a tal disyuntiva, los pueblos de América Latina y el Caribe
tienen, como ha sucedido históricamente, dos alternativas:
la de aceptar sumisamente la imposición del ALCA por parte
del gobierno de los Estados Unidos o la de rechazar tal imposición
y optar por un camino soberano.
La
primera alternativa es la que beneficiará única y
exclusivamente al capital financiero internacional y a las grandes
corporaciones transnacionales, a costa de la explotación
desmedida de los recursos naturales, particularmente el petróleo,
el agua, los bosques, las selvas y la mano de obra barata de las
naciones latinoamericanas y caribeñas.
El
ALCA reforzará el dominio de Estados Unidos en América
Latina y el Caribe. Por esa senda, nuestro subcontinente, que según
datos de la Comisión Económica Para América
Latina (CEPAL), tenía 135 millones de pobres en 1980, 200
millones en 1990, y 204 en 1997, a pesar del crecimiento económico
experimentado en ese período, incrementará sin duda
esas cifras y los cerca de 90 de indigentes que pululan por nuestras
naciones, también aumentarán considerablemente.
El
ALCA transformará en Latinoamérica y el Caribe -como
ya lo está haciendo en nuestro país- la dependencia
económica, en dependencia política y cultural.
La
segunda alternativa constituye la única posibilidad que puede
permitir el desarrollo económico con independencia para todas
y cada una de nuestras naciones y también, la oportunidad
de proporcionar a los pueblos de América Latina y el Caribe:
empleo, salarios dignos, educación, salud, cultura y otros
satisfactores no menos importantes.
Los
meses por venir serán determinantes y nuestra mayor responsabilidad,
si queremos mantener abierta la posibilidad de desarrollarnos con
independencia, es la de rechazar el ALCA, convencidos de que frente
a la política de globalización neoliberal que ha predominado
en las últimas décadas del siglo pasado y en los primeros
años del tercer milenio: otro tipo de integración,
justa y solidaria, es posible.
Notas:
(1)
Segundo Secretario del Partido Popular Socialista de México.
(2) Sobre este aspecto véase Jaime Serra Puche. El Tratado
de Libre Comercio: México, Canadá, Estados Unidos.
México, Secofi, 1991, pp. 15-16
(3) Vicente Lombardo Toledano. "Proyecto para un nuevo capítulo
de la Constitución Política de los Estados Unidos
Mexicanos", en la antología de ese autor denominada
Escritos acerca de las constituciones de México. México,
Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales
"Vicente Lombardo Toledano", 1992, Tomo II, p. 217.
(4) Luis Téllez Kuenzler. La modernización del sector
agropecuario y forestal. México, Fondo de Cultura Económica,
1994, p. 14.
(5) Sobre el tema véase Juan Campos Vega. "El mercado
externo. Parte medular de la estrategia de integración subordinada
de la economía mexicana al imperialismo", en Teoría
y Práctica, año I, núm. 3, septiembre de 2000,
p. 5. México, Ediciones del Comité Central del Partido
Popular Socialista. |