- La
respuesta de los mexicanos debe ser tan radical como radical es
la ambición imperialista.
- La
respuesta debe ser tan radical como radicales han sido los neoliberales
en contra de la independencia nacional.
Hoy
venimos a discutir un tema que encubriéndose con la máscara
del "libre comercio", tiene que ver con un problema fundamental
que es el de la independencia nacional. Quien lo examine al margen
de esta cuestión toral, no podrá encontrar las soluciones
adecuadas y definitivas a los demás problemas que de él
se derivan, porque entonces tampoco podrá entender por qué
el pueblo mexicano a pesar de contar con enormes recursos naturales
y humanos vive en condiciones de pobreza y miseria, como tampoco
se podrá explicar por qué aun contando con un sistema
electoral cada vez más confiable y transparente, que ha dado
lugar a la alternancia de partidos en el poder, no podamos tener
un régimen verdaderamente democrático, que como lo
ordena nuestra Constitución, debe estar basado en el constante
mejoramiento de las condiciones materiales y espirituales de vida
del pueblo.
Por
esto conviene recordar que la lucha ancestral del pueblo mexicano
ha estado guiada por objetivos muy concretos, que podemos resumir
en tres:
-
Alcanzar la independencia cabal de la Nación.
- Lograr
el mejoramiento constante de las condiciones de vida de las masas
populares, y
- La
instauración de un verdadero régimen democrático.
En el afán de alcanzar estos tres grandes objetivos, los
mexicanos hemos llevado a cabo tres revoluciones populares intensas
y dramáticas, hemos sufrido dos guerras injustas que mutilaron
al país físicamente y desangraron grandemente a nuestro
pueblo, además de varias invasiones militares de su territorio
por tropas extranjeras.
Y
es que desde la consumación de su independencia política,
México empezó a vivir bajo la amenaza de la agresión
del gobierno norteamericano. Nadie debe olvidar el discurso impúdico
de aquel militar norteamericano que el 15 de agosto de 1846 pronunció
ante los habitantes del poblado de Las Vegas, en Nuevo México:
"Señor Alcalde y habitantes de Nuevo México.
He venido cerca de vosotros por orden de mi gobierno para tomar
posesión de este país y hacer extensivas a él
las leyes de los Estados Unidos. Nosotros lo consideramos y lo hemos
considerado desde hace tiempo, como parte del territorio de los
Estados Unidos..."
Por
esto estalló la guerra contra México y a pesar de
su debilidad, nuestro país se levantó en pie de lucha,
al grito de "¡Patria o muerte!", entablándose
la lucha desde el Río Bravo hasta la capital de la República.
El
resultado de esta agresión todos lo conocemos pero conviene
recordar que en las pláticas preliminares al Tratado de Guadalupe,
con el cual se consumó el despojo territorial de México,
las proposiciones del Secretario de Estado, Buchanan, para concluir
las negociaciones, incluían la concesión perpetua
a los Estados Unidos sobre el Istmo de Tehuantepec, en el cual se
proponían construir un canal que uniera al Océano
Atlántico con el Pacífico.
Otro
hecho de naturaleza semejante debe mencionarse también, que
es el que se refiere a la amenaza política permanente sobre
nuestro país de parte de los Estados Unidos lo mismo que
sobre los demás países de la América Latina,
que es la llamada Doctrina Monroe, que surgió para rechazar
las intervenciones provenientes de los países europeos en
cualquiera de las naciones americanas y salvaguardar su forma republicana
de gobierno. Pero esa doctrina se convirtió, en poco tiempo,
en un supuesto derecho del gobierno de los Estados Unidos para intervenir
en los problemas domésticos de los países del Continente,
con el pretexto de evitar relaciones no aprobadas por el gobierno
de la Casa Blanca entre las repúblicas de la América
Latina y los países que no forman parte del Hemisferio Occidental.
De esta manera, desde el presidente James Monroe hasta la actual
administración de George W. Bush, se ha pretendido utilizar
la Doctrina Monroe, para justificar la intromisión del gobierno
norteamericano en los problemas internos de nuestros pueblos.
México,
hasta antes de los gobiernos neoliberales nunca aceptó y
por tanto había rechazado de manera enérgica la Doctrina
Monroe. Sin embargo, apareció otro tipo de intervención,
que no nos ha soltado desde principios hasta finales del siglo XIX
y principios del XX, que nos ha causado daños irreparables.
Esa intervención se da por medio de las inversiones de capital
extranjero en nuestro país.
¿Cómo
se opera la intervención económica en México
en ese momento y por qué no antes? Porque cuando aparece
el sistema capitalista de producción en el mundo, es la libertad
irrestricta: libertad de producir, libertad de comerciar, libertad
de pensar, libertad de investigación, el medio que permite
el aumento de las fuerzas productivas. La revolución democrático-burguesa
de Francia, la revolución Francesa de 1789, es la que abre
de par en par las puertas de esa libertad. Es esta libertad la que
aumenta las fuerzas productivas. La burguesía se convierte
en una clase social revolucionaria, llega al poder y transforma
al mundo. En los primeros años, la burguesía será
una clase social revolucionaria; pero se produce, se opera un fenómeno
en el seno de la sociedad capitalista, en el seno de la sociedad
burguesa: la libre concurrencia permite que los más poderosos
vayan adquiriendo las propiedades de los menos poderosos, que se
vayan acaparando las fuentes de producción y que llegue un
momento en que la mayoría de los productores, aun con libertad
plena, no puedan ya producir porque no les es costeable. Este proceso
es la formación de los monopolios.
Para
ser más precisos, entre 1860 y 1880 la libre concurrencia
-el libre mercado como se le llama ahora- llega a lo que podríamos
llamar su clímax, su cúspide, y desde fines del siglo
XIX la libre concurrencia -el libre mercado- ya no existe, porque
sólo puede existir entre iguales. Desde entonces los monopolios
constituyen la base principal de la vida económica y, finalmente,
los monopolios de la producción sucumben ante los monopolios
de las finanzas. Se opera, además de la concentración
del capital la centralización de la economía. Cuando
se llega a este fenómeno aparece la expansión de los
países desarrollados sobre los países débiles.
Este es el fenómeno del imperialismo.
Por
tanto el imperialismo no es un fenómeno sicológico
ni es un fenómeno moral ni es un fenómeno político
ni es un fenómeno jurídico, ni mucho menos un fenómeno
inventado por los comunistas como argumentan los ignorantes. El
imperialismo es un fenómeno económico. Es la exportación
de capitales de los países que han llegado a la concentración
del capital, a la centralización de la economía -como
los Estados Unidos-, sobre los países subdesarrollados o
muy poco desarrollados -como México-, para convertirlos en
mercado para sus manufacturas, en centros de mano de obra muy barata
y, al mismo tiempo, en proveedores de las materias primas para la
industria metropolitana.
Esta
es la esencia del imperialismo, desde su surgimiento hace más
de un siglo y sigue siendo la esencia del fenómeno contemporáneo
de la globalización, impuesta de acuerdo con los intereses
de los países capitalistas desarrollados, y es la esencia
de todos los tratados y acuerdos de libre comercio -como el TLCAN
y el ALCA- que la potencia imperialista más poderosa de la
historia les está imponiendo a los países subdesarrollados
y atrasados de América Latina y el Caribe, que es su área
natural de influencia.
Por
esto cuando escuchamos la afirmación común de que
con la firma y posterior entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio
de América del Norte, se está enfrentando en condiciones
desventajosas a los productores mexicanos con los productores norteamericanos
y canadienses, es una verdad a medias y no refleja la dimensión
real del fenómeno y al mismo tiempo, se están aceptando
las tesis de los neoliberales que reducen el problema a una mera
cuestión de asimetrías o debilidades, con lo que esconden
su verdadero papel de vendepatrias, entreguistas y lamebotas del
imperialismo.
Los
neoliberales como todos los traidores a la Patria, mienten y falsean
la realidad. Por ejemplo, en el caso de los campesinos mexicanos
con el TLCAN, establecen una competencia muy relativa con los agricultores
y granjeros norteamericanos; porque la competencia real -si es que
así se puede llamar a la relación entre el tiburón
y la sardina- se da entre los campesinos y productores mexicanos
y los monopolios gringos como Anderson Clayton, Cargill, Pilgrims
Pride, Continental, Elgo, Maseca, Bachoco y Purina, entre otros,
que son los verdaderos beneficiarios del "libre comercio".
También
quien afirme que los agricultores y granjeros norteamericanos son
los beneficiarios directos de los enormes subsidios que otorga el
gobierno yanqui y que a eso se reduce el problema de la desigual
competencia con los campesinos mexicanos, están haciendo
una afirmación parcial, porque los realmente beneficiados
son los monopolios y las transnacionales. Por tanto, podemos afirmar
que los agricultores y granjeros norteamericanos también
son víctimas de la voracidad monopólica y por tanto
-aun con sus diferencias en cuanto al grado de su desarrollo- junto
con los campesinos y productores mexicanos tienen un enemigo común:
el imperialismo.
Este
es el fenómeno que está en el origen y en el fondo
del neoliberalismo imperialista, al que se le ha dado ahora el nombre
de globalización y que se concreta en la imposición
de las políticas que idílicamente se basan en acuerdos
de libre comercio, pero que no son otra cosa que la exigencia de
los capitanes de los monopolios y de sus gobiernos, a los países
donde invierten sus capitales, de condiciones legales, sociales
y políticas leoninas que significan siempre acciones que
atentan contra la soberanía nacional, contra el bienestar
de las masas populares y en la limitación de las libertades
democráticas o bien en el establecimiento de la formalidad
democrática, para encubrir la tiranía de los monopolios
y las oligarquías locales.
Y
como afirmábamos renglones arriba, siendo el imperialismo
un fenómeno económico, que somete bajo su férula
la vida política y afecta el bienestar de las masas populares,
en cualquier país en donde se le permita su interferencia
sin ninguna restricción, debe combatírsele con medidas
de carácter económico, pero no con simples aumentos
al presupuesto del sector agropecuario en este caso -como se plantea
por diversas organizaciones campesinas y partidos políticos
o con el llamado blindaje agropecuario-, que a fin de cuentas es
más de lo mismo, ni tampoco con negociar períodos
de gracia dentro del TLCAN, sino con políticas económicas
radicales como radical es la ambición imperialista, como
radicales han sido las políticas neoliberales impuestas en
los últimos veinte años y que han sumido en la pobreza
y miseria a la inmensa mayoría de los mexicanos y que han
impuesto una tiranía política en manos de los sirvientes
de la oligarquía, encubierta en una democracia formal.
Las
medidas de carácter económico deben ser tan radicales,
como la prisa norteamericana para utilizar a América Latina
como instrumento para compensar sus grandes déficits comerciales
con el resto del mundo, recolonizar la región y uncirla para
siempre a su dominación, eliminar de América Latina
la competencia de europeos y asiáticos y tener acceso irrestricto
a los recursos latinoamericanos que ambiciona controlar.
Para
el Partido Popular Socialista de México la única fórmula
para que un país como el nuestro, dependiente y subdesarrollado
pueda sustituir su estructura económica subordinada al extranjero
por una estructura independiente, es la formación y utilización
del capital nacional.
Sin
embargo, la política de nuestros gobiernos -desde la Revolución
de Independencia hasta hoy, con muy breves períodos de excepción-
se ha basado en empréstitos e inversiones privadas extranjeras.
Esta política ha sido el principal obstáculo para
el progreso de México, porque los capitales extranjeros -como
la vasta experiencia lo demuestra- nunca han llegado al país
para cooperar a su independencia económica ya que sólo
tienen como fin obtener grandes utilidades, superiores a las que
logran en el mercado de las metrópolis.
Desde
los primeros empréstitos hechos a México, a partir
de 1832, se demostraron sus efectos desastrosos, para el erario
público, porque los concertaron empresas privadas con el
respaldo de sus gobiernos. Desde entonces, hasta ahora, han tenido
el carácter de verdaderos fraudes cometidos impunemente por
delincuentes internacionales. También ha habido empréstitos
de gobierno a gobierno, pero que en nada se han distinguido de los
otros ni por sus resultados ni por su carácter fraudulento.
Por
servilismo más que por ingenuidad la mayoría de nuestros
gobiernos han reconocido todas las deudas, empezando por el régimen
de Porfirio Díaz, con la mira de que nuestro país
tuviera crédito en el extranjero. De esta manera los empréstitos
abrieron la puerta a las inversiones privadas, práctica que
con diferentes argumentos se ha seguido hasta hoy.
Esta
política contraria a la independencia nacional, se radicalizó
con los gobiernos neoliberales: adquiriendo una deuda impagable
pero aceptando dócilmente las directrices de los organismos
financieros al servicio del imperialismo para aplicar las políticas
neoliberales que se concretizaron en la privatización y desnacionalización
del ahorro y el crédito, cometiendo el fraude más
grande de la historia a través de FOBAPROA-IPAB; la privatización
de Teléfonos de México; de la petroquímica;
de la siderurgia; de los ferrocarriles, de los puertos y aeropuertos,
de la aviación comercial; de la comunicación satelital;
de los fondos de pensiones; de los ingenios azucareros, etc.
En
pocas palabras se desnacionalizó de manera radical, sin ninguna
contemplación, la economía del país, y para
coronar la entrega de la independencia y la soberanía nacional
a los intereses imperialistas, se firmó el Tratado de Libre
Comercio con Estados Unidos y Canadá.
Pero no satisfechos con esto, los actuales gobernantes hablan de
realizar más cambios para adecuar a nuestro país a
la entrada en vigor del Area de Libre Comercio de las Américas
(ALCA). Cuando ésta lesionará todavía más
los intereses legítimos nacionales de nuestro país
y de aquellos que lo acepten. Este proyecto de recolonización
y anexión tiene muchos puntos oscuros de igual o peor significado
a los que ya se establecen en el TLCAN, sobre los cuales se mantiene
un sospechoso silencio.
Veamos algunos de ellos:
En
cuanto a derechos de los inversionistas es evidente que a estos
se les da mayor jerarquía que a los derechos de los pueblos.
Se mantiene en los textos del ALCA el derecho de las empresas a
demandar a los gobiernos ante instancias fuera de la legislación
nacional, a condenar a estos y hacerlos cumplir sus exigencias.
Se mantiene la prohibición de cualquier control sobre el
movimiento de capital, incluidos los capitales especulativos de
corto plazo. Se mantienen los llamados "requisitos de desempeño"
que no es otra cosa que un Código de prohibiciones dictado
por las empresas privadas para maniatar a los Estados hasta asegurar
su total irrelevancia.
En
el tema de servicios se pretende considerar todos los servicios
-educación, salud, pensiones y jubilaciones, vivienda, seguridad,
etcétera- como mercancías y someterlos a una lógica
de competencia comercial en la que arrasarían las empresas
de servicios norteamericanas y recibirían servicios sólo
los que puedan pagarlos.
En
el tema de compras gubernamentales se pretende que las compras que
haga el gobierno se guíen exclusivamente por el precio y
la calidad y que toda otra consideración sea condenada como
una distorsión de la competencia. De esta forma un gobierno
no podría usar sus compras como medio para favorecer a grupos
sociales necesitados, sino solamente podría comprarles a
las transnacionales extranjeras que se impondrían en la competencia.
En
el tema de agricultura, Estados Unidos pretende penetrar en los
mercados regionales sin levantar el proteccionismo del suyo, provocar
la ruina de los campesinos y estimular una competencia entre los
países que, sin mecanismos de coordinación de políticas
agropecuarias, conduzca a minar la integración regional.
En
la propiedad intelectual el ALCA mantiene su pretensión de
hacer privado lo que debe ser público y adjudicarse incluso
la invención de la vida convirtiendo en monopolio privado
-éste es bueno y deseable, pues el malo y perverso es el
monopolio estatal- el uso de plantas y otras formas de vida. Se
pretende en suma, llegar más lejos que las reglas del Acuerdo
TRIPs de la OMC y ampliar más aún la protección
de las patentes para satisfacción de las grandes transnacionales
farmacéuticas.
En
el tema de política de competencia se desvirtúa el
sentido de la empresa pública como empresas que surgieron
para asegurar derechos de los pueblos y ejercer la soberanía
sobre recursos estratégicos, al someterlos a una disciplina
de competencia de mercado e incluso se pretende crear una amenazante
autoridad autónoma con poderes supranacionales para investigar
y condenar prácticas anticompetitivas y revisar las legislaciones
nacionales en esta materia. Es prácticamente la sustitución
del Estado por un ente autónomo que no parece rendir cuentas
más que a sí mismo.
En
cuanto a medio ambiente y recursos naturales el ALCA impulsa la
radicación de transnacionales dedicadas a la exportación
con uso intensivo de energía y recursos naturales, tratando
al medio ambiente como una mercancía.
En los textos del ALCA sigue repitiéndose la inviolable libertad
de movimiento de las mercancías y el capital, mientras que
la política migratoria norteamericana se hace cada vez más
xenófoba y restrictiva del movimiento de la fuerza de trabajo.
Los textos en negociación del ALCA ignoran la situación
de la mujer colocada en un peldaño aun inferior en cuanto
a empleo y recibiendo el impacto multiplicado de las políticas
de libre comercio e inversión de capital. Nada hay en estos
textos que aseguren a las mujeres la protección de sus derechos
laborales, civiles, reproductivos, sexuales y humanos.
Nada
hay tampoco para proteger los derechos de los pueblos indígenas
sobre los que el neoliberalismo ha agregado una nueva dosis de explotación
y exclusión por encima de las que padecen desde hace más
de 500 años.
Todo lo anterior y aún más contienen los textos del
ALCA que merecen ser criticados y rechazados.
Lo que sí está claro es el carácter anexionista,
colonialista e imperialista de esta propuesta norteamericana.
Por todo esto las exigencias y las demandas de los trabajadores
de la ciudad y del campo, de los sectores productivos nacionales,
no pueden ser menores a las medidas aplicadas por los gobiernos
neoliberales y mucho menos al tamaño de la ambición
imperialista.
¿Cuáles serían en este momento las demandas
justas de los campesinos mexicanos y congruentes con los objetivos
históricos de la lucha ancestral de nuestro pueblo, por lograr
la independencia, la democracia y el bienestar del pueblo, que anhelaron
nuestros grandes héroes como Don Miguel Hidalgo, José
María Morelos, Benito Juárez, Emiliano Zapata, Francisco
Villa y Lázaro Cárdenas?
-
Rechazo total al TLCAN y al ALCA.
- Recuperar
el contenido esencial, no textual, que tenía el artículo
27 antes de la reforma de Carlos Salinas de Gortari, como primer
paso.
- Exigir
la reorientación de toda la política económica,
retomando el camino independiente y soberano para la Nación,
y que nuestros gobernantes dejen de ser esbirros de Washington
y sumisos ante el FMI y el Banco Mundial.
- Luchar
por cambiar la correlación de fuerzas imperante hasta hoy,
esa y no otra es la primera tarea, para deshacernos de los neoliberales,
que ya demostraron que pueden llegar por varias vías partidarias,
hasta hoy por la vía del PRI y por la del PAN. Deshacernos
de ellos para siempre.
(1) Ponencia del PPS de México ante el Seminario
Internacional de la COPPPAL "Los productores agropecuarios,
el libre comercio y la migración" realizado en el Puerto
de Veracruz, los días 5 y 6 de enero de 2003.
(2) Secretario de Propaganda y Agitación del PPS de México.
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