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LA NUEVA DOCTRINA MILITAR DE BUSH UNA AMENAZA A LA HUMANIDAD
Por Sam Webb (1)

Hace tres semanas la administración Bush anunció una nueva política estratégica-militar, llamada, "Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos" que, diciéndolo sin rodeos, es un pagaré para la guerra interminable y calamitosa. ¿Cuáles son algunos de los rasgos principales de esta nueva doctrina?

- Quizás lo más amenazante es que las armas nucleares son ahora armas de primera, y no de ultima instancia. Su utilización ya está prevista en una amplia gama de teatros militares. En el pensamiento torcido de la administración Bush, "guerra nuclear limitada" ya no es contradicción, sino más bien una política preferida.

- Los golpes preventivos ya conforman un método legítimo y hasta favorecido de guerra contra Estados que supuestamente representan una amenaza a EE UU.

- EE UU se reserva el derecho de vigilar, castigar y aniquilar con fuerza abrumadora a las naciones y a los pueblos que se consideran como "enemigos de la civilización".

- Lo esencial es evitar la aparición de cualquier poder estatal rival, sea quien sea, amigo o enemigo.

- La máxima prioridad es transformar a las fuerzas militares de EE UU, aumentando aún más su ya contundente ventaja sobre su competidor más cercano por todo el curso del siglo veintiuno. Con esto queda entendida una capacidad para pelear en más de dos conflictos simultáneamente.

- Una postura unilateral, de acción independiente, se prefiere sobre el multilateralismo.
La idea es que montar una coalición de gobiernos de la misma opinión a menudo limita la libertad de acción o entorpece la proyección del poder norteamericano.

- La ley, los tratados y las obligaciones internacionales se deben pasar por alto si limitan a Estados Unidos su capacidad para actuar de manera decisiva dondequiera y cuando quiera que sea.

- Importa menos la diplomacia y la estabilidad en las relaciones internacionales. De hecho, se ve a la inestabilidad como algo que bien puede ofrecer ocasiones oportunas para proyectar el poder militar norteamericano hasta los rincones más lejanos del mundo.

A primera vista podría parecer que la política nueva de Bush es una respuesta a los ataques terroristas del 11 de septiembre. Pero, al verlo más de cerca, surge un cuadro muy distinto.

En realidad, las perspectivas estratégicas de esta política ya aparecieron en papeles de posición anteriores. Desde comienzos de los años 1990, y tan recientemente como hace dos años, ciertos documentos llevando una semejanza notable a la nueva política habían sido discutidos entre los círculos superiores de nuestra clase dirigente nacional.

Las versiones más tempranas, sin embargo, nunca se hicieron la política oficial del gobierno. Un documento escrito durante los últimos días de la administración de Bush padre y revelado al New York Times, había sido recibido con una tormenta de críticas, pero versiones más recientes jamás atrajeron gran atención fuera de una pequeña camarilla de ideólogos de ultraderecha, incluyendo a muchos de los actuales responsables de la administración Bush.

Pero con los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, ya todo es distinto. Se ofreció a la administración un pretexto y una cuadra legitimadora para aplicar una estrategia mucho más agresiva, militarista, y en última instancia sumamente peligrosa para efectuar un cambio cualitativo y permanente en el equilibrio mundial de fuerzas, para que el imperialismo norteamericano y sus corporaciones transnacionales puedan llegar a la dominación absoluta del mundo entero a corto y largo plazo.

Sin duda alguna, los gobiernos anteriores de EE UU no fueron los corderos de la arena internacional. El uso de las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki en 1945 y el bombardeo implacable contra Yugoslavia a mediados de los años noventa, encuadran cinco décadas de intervención encubierta y abierta contra Estados y pueblos.

Pero, aún así, el ver nada más las semejanzas entre la política de gobiernos pasados y de la administración actual es perder lo más importante: que la nueva doctrina de la administración Bush constituye una rotura cualitativa con los fundamentos de la política exterior norteamericana que ha existido desde la época de la guerra fría.

O, para decirlo de otra manera, la nueva política representa no sólo un ajuste sutil, sino más bien un cambio radical de doctrina. Con esto se aumenta el peligro de agresión, militarismo, y guerra hasta un nivel completamente nuevo. Con el objetivo no tan desinteresado de "cambio de régimen", se les pone en peligro la vida y la subsistencia a millones de personas. Casi inevitablemente, se exacerbará el peligro terrorista dentro y fuera de nuestro país. Y en un momento cuando proliferan las armas de destrucción masiva, la destrucción del mundo entero viene a ser una posibilidad verdadera.

Todo esto también afilará enormemente la ofensiva de la ultraderecha contra la clase obrera, contra los oprimidos por razones de raza o nacionalidad, contra las mujeres, y contra otras fuerzas sociales en nuestro país. Si el ataque terrorista del 11 de septiembre fuera simplemente un pretexto, entonces ¿cuáles fueron los cambios de situación objetiva a escala mundial que convencieron a la Casa Blanca de Bush a perseguir una política tan imprudente? Sin ser exhaustivo, tres acontecimientos llegan a la memoria.

Primero, la desintegración de la Unión Soviética hace una década quitó a un rival estatal capaz de enfrentar e impugnar las acciones agresivas del imperialismo norteamericano. No es casual que el pensamiento inicial en cuanto a esta nueva política militar-estratégica coincidió con el derrumbamiento del socialismo soviético.

Segundo, la fuerza militar aplastante del imperialismo norteamericano con respecto a sus amigos y enemigos le confiere una ventaja enorme; en realidad, históricamente sin precedentes, para formar y reformar al mundo a los intereses de las corporaciones transnacionales norteamericanas. Según los eruditos de asuntos internacionales, nunca antes había existido un Estado con tal grado de ventaja.

Finalmente, el nivel nuevo de globalización capitalista, la crisis de la economía global y la intensificación de la competencia entre los capitalismos rivales por los ya sobrecargados mercados globales empuja a la clase dirigente norteamericana, y en particular a su sector más reaccionario, a perseguir una política más agresiva. En pocas palabras, trata de utilizar su superioridad militar y política para alcanzar una posición inmensamente más fuerte a nivel económico.

Pero, por importantes que sean estos cambios a escala global, todavía no se explica por qué ha venido a predominar esta política nueva. De importancia decisiva es la ascendencia de los sectores más ultraderechistas del capital transnacional y sus representantes en la vida política norteamericana. Si la ultraderecha no se hubiera apoderado de las palancas principales del poder a lo largo de la década pasada, culminándose con el robo de la presidencia en las elecciones del 2000, es improbable que nuestro gobierno abrazara una política exterior tan aventurera y peligrosa.

En otras palabras, este cambio de política es tanto, o más, un producto de una lucha política dentro de y entre clases y fuerzas sociales en nuestro país, que un resultado de la globalización y el imperialismo capitalista y el cambio de equilibrio de fuerzas, resultado del derrumbamiento de la Unión Soviética hace una década.

Inmediatamente después del 11 de septiembre, había pocas voces que desafiaron esta política. Pero un año sí hace una diferencia. Voces disidentes, cada vez más insistentes, desde congresistas respetados y observadores políticos, hasta un creciente número de norteamericanos ordinarios, cuestionan las ambiciones globales de la administración Bush.

Jay Bookman, editor adjunto de la página editorial del diario Atlanta Constitution, escribió recientemente, "Esencialmente, (con la política de Bush) se propone un plan para la dominación militar y económica norteamericana de cada región del mundo, sin ninguna traba por tratados ni preocupaciones internas. Y para realizar ese plan, se prevé una extensión bruta de nuestra presencia militar global".

En una vena similar, G. John Ikenberry, en un artículo publicado en la revista Foreign Affairs, dijo: "La naciente estrategia neoimperial norteamericana amenaza con desgarrar la tela de la comunidad internacional y de las alianzas políticas… Es un punto de vista que está cargado de peligro y que probablemente fallará. No es solamente insostenible a nivel político, sino también diplomáticamente dañoso. Y si la historia es guía fiel, provocará un antagonismo y una resistencia que dejará a Norteamérica en medio de un mundo más hostil y dividido".

¿No está ya evidente esto? La embestida para invadir a Irak con fuerza mortal ha encontrado una resistencia entre el pueblo norteamericano, por no mencionar a otros pueblos de tierras cercanas y lejanas, que no sólo sospechan de la política de la administración hacia Irak, sino también dudan de la dirección global de los proyectos militares-estratégicos de Bush.

Los pueblos ya están llegando a comprender que el peligro de guerra no se esfuma por sí solo. Y los líderes del movimiento de los trabajadores y de movimientos populares reconocen que no pueden guardar silencio sobre una invasión a Irak y la nueva doctrina de guerra de Bush sin sacrificar las vidas y la prosperidad de los que representan.
Así, queda más claro que la lucha contra el creciente peligro de guerra será la realidad política dominante y definitiva en nuestro propio país durante cualquier futuro previsible. Esta lucha formará y condicionará todas las demás luchas y cuestiones.

El significado del peligro de guerra golpea un nervio a un sector cada vez más grande del pueblo, mientras la agresión en el extranjero se combina con una creciente desigualdad racial y sexual en este país, una crisis económica cada vez más amplia y groseras restricciones a los derechos democráticos y sindicales, incluyendo la imposición de la Ley Taft-Hartley en un intento para aplastar al sindicato portuario en la Costa Oeste
En este momento, las tareas interrelacionadas de prevenir un ataque a Irak y de rescatar al Congreso de las manos de la extrema derecha el 5 de noviembre, son las primeras líneas de resistencia a los proyectos de Bush para la dominación mundial.

La realidad es que nada, absolutamente nada, debilitará más a la embestida de la administración Bush hacia la guerra total, y nada creará mejores condiciones para luchar contra la creciente crisis económica y por las necesidades y derechos del pueblo, que bloquear la guerra y lograr un cambio de equilibrio político en el Congreso en contra de la ultraderecha.

La derrota de los Republicanos de ultraderecha significará un rechazo a la política de Bush en todos los frentes.

La Casa Blanca está bien consciente de esto, y por lo tanto trata de dar un sentido de inevitabilidad a sus proyectos para invadir a Irak y sus esfuerzos para ganar el control del Senado y mantener su control de la Cámara de Representantes.

Así que hay mucho en juego, las líneas quedan claramente definidas, pero lo más importante es que ¡sí se puede!

En las últimas semanas un amplio y ligeramente organizado movimiento ha comenzado a surgir en oposición a la política militarista de Bush, una política que de manera importante, tiene una base social objetiva sumamente estrecha, y que puede ser derrotada con la lucha.

Mientras muchos comentaristas han notado la capitulación del liderazgo partidario de los Demócratas, más saliente es la aparición de un bloque significativo en el Congreso que se opone a la embestida guerrerista, y el muy creciente sentimiento e iniciativa anti-bélica y de solidaridad trabajadora en el seno del movimiento sindicalista de los trabajadores. Cada vez más, los líderes y responsables sindicalistas se pronuncian públicamente en oposición a la invasión de Bush a Irak.

Si se junta esto con el nuevo nivel de actividad callejera por la paz, y el crecimiento de la unidad multirracial, es un buen augurio para la formación de un frente amplio, conducido por los trabajadores, contra la política reaccionaria de la administración Bush y sus partidarios reaccionarios corporativos.

En el curso de esta lucha, habrá de surgir en el diálogo nacional una visión alternativa del papel de nuestra nación dentro de la comunidad mundial. En cuanto a esto, la izquierda política y las fuerzas progresistas tendrán una responsabilidad muy especial. Tal visión debería incluir el no uso de la fuerza en las relaciones internacionales, la destrucción mundial de todas las armas nucleares y de otras armas de destrucción masiva, el fortalecimiento del papel de la ONU y de su Asamblea General, relaciones equitativas entre los países desarrollados y los países en vías de desarrollo, el rechazo al TLCAN, al ALCA y a otros tratados comerciales similares, el respeto universal a los derechos de soberanía de los Estados grandes y pequeños, una resolución justa e inmediata a los conflictos existentes en el mundo, comenzando con la crisis entre Israel y los palestinos, y una disposición por parte de nuestra nación a ser miembro igual y contribuyente de la comunidad mundial sin derechos ni privilegios especiales.

Desde luego, la visión de los comunistas y socialistas de un mundo justo y pacífico se uniforma por nuestro ideal socialista. Hace casi cien años Rosa Luxemburgo dijo que las opciones que enfrenta la humanidad eran "o el socialismo o la barabarie". En aquella época, las armas de destrucción masiva todavía no existían. Pero ahora sí. Así que la advertencia de Rosa ya cobra una urgencia renovada, y la lucha por el socialismo adquiere una nueva necesidad.

En una época, la visión socialista se animaba con la posibilidad de una vida mejor para toda la humanidad. Y todavía es así. Pero en un momento tan peligroso como éste, nuestra visión socialista también ofrece la mejor salvaguardia contra la guerra y la destrucción de nuestro frágil planeta.

Por ahora, sin embargo, la tarea inmediata y urgente es formar una más amplia coalición popular, conducida por los trabajadores, para hacer descarrilar los proyectos de Bush de invadir a Irak, y para barrer a la ultraderecha del Congreso el 5 de noviembre.

(1) Presidente Nacional del Partido Comunista de Estados Unidos.

 
 

  Teoría y Práctica. Organo de Teoría y Política
del Comité Central del Partido Popular Socialista de México
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