| Hace
tres semanas la administración Bush anunció una nueva
política estratégica-militar, llamada, "Estrategia
de Seguridad Nacional de los Estados Unidos" que, diciéndolo
sin rodeos, es un pagaré para la guerra interminable y calamitosa.
¿Cuáles son algunos de los rasgos principales de esta
nueva doctrina?
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Quizás lo más amenazante es que las armas nucleares
son ahora armas de primera, y no de ultima instancia. Su utilización
ya está prevista en una amplia gama de teatros militares.
En el pensamiento torcido de la administración Bush, "guerra
nuclear limitada" ya no es contradicción, sino más
bien una política preferida.
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Los golpes preventivos ya conforman un método legítimo
y hasta favorecido de guerra contra Estados que supuestamente representan
una amenaza a EE UU.
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EE UU se reserva el derecho de vigilar, castigar y aniquilar con
fuerza abrumadora a las naciones y a los pueblos que se consideran
como "enemigos de la civilización".
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Lo esencial es evitar la aparición de cualquier poder estatal
rival, sea quien sea, amigo o enemigo.
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La máxima prioridad es transformar a las fuerzas militares
de EE UU, aumentando aún más su ya contundente ventaja
sobre su competidor más cercano por todo el curso del siglo
veintiuno. Con esto queda entendida una capacidad para pelear en
más de dos conflictos simultáneamente.
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Una postura unilateral, de acción independiente, se prefiere
sobre el multilateralismo.
La idea es que montar una coalición de gobiernos de la misma
opinión a menudo limita la libertad de acción o entorpece
la proyección del poder norteamericano.
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La ley, los tratados y las obligaciones internacionales se deben
pasar por alto si limitan a Estados Unidos su capacidad para actuar
de manera decisiva dondequiera y cuando quiera que sea.
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Importa menos la diplomacia y la estabilidad en las relaciones internacionales.
De hecho, se ve a la inestabilidad como algo que bien puede ofrecer
ocasiones oportunas para proyectar el poder militar norteamericano
hasta los rincones más lejanos del mundo.
A primera vista podría parecer que la política nueva
de Bush es una respuesta a los ataques terroristas del 11 de septiembre.
Pero, al verlo más de cerca, surge un cuadro muy distinto.
En
realidad, las perspectivas estratégicas de esta política
ya aparecieron en papeles de posición anteriores. Desde comienzos
de los años 1990, y tan recientemente como hace dos años,
ciertos documentos llevando una semejanza notable a la nueva política
habían sido discutidos entre los círculos superiores
de nuestra clase dirigente nacional.
Las
versiones más tempranas, sin embargo, nunca se hicieron la
política oficial del gobierno. Un documento escrito durante
los últimos días de la administración de Bush
padre y revelado al New York Times, había sido recibido
con una tormenta de críticas, pero versiones más recientes
jamás atrajeron gran atención fuera de una pequeña
camarilla de ideólogos de ultraderecha, incluyendo a muchos
de los actuales responsables de la administración Bush.
Pero
con los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, ya todo
es distinto. Se ofreció a la administración un pretexto
y una cuadra legitimadora para aplicar una estrategia mucho más
agresiva, militarista, y en última instancia sumamente peligrosa
para efectuar un cambio cualitativo y permanente en el equilibrio
mundial de fuerzas, para que el imperialismo norteamericano y sus
corporaciones transnacionales puedan llegar a la dominación
absoluta del mundo entero a corto y largo plazo.
Sin
duda alguna, los gobiernos anteriores de EE UU no fueron los corderos
de la arena internacional. El uso de las bombas atómicas
contra Hiroshima y Nagasaki en 1945 y el bombardeo implacable contra
Yugoslavia a mediados de los años noventa, encuadran cinco
décadas de intervención encubierta y abierta contra
Estados y pueblos.
Pero,
aún así, el ver nada más las semejanzas entre
la política de gobiernos pasados y de la administración
actual es perder lo más importante: que la nueva doctrina
de la administración Bush constituye una rotura cualitativa
con los fundamentos de la política exterior norteamericana
que ha existido desde la época de la guerra fría.
O,
para decirlo de otra manera, la nueva política representa
no sólo un ajuste sutil, sino más bien un cambio radical
de doctrina. Con esto se aumenta el peligro de agresión,
militarismo, y guerra hasta un nivel completamente nuevo. Con el
objetivo no tan desinteresado de "cambio de régimen",
se les pone en peligro la vida y la subsistencia a millones de personas.
Casi inevitablemente, se exacerbará el peligro terrorista
dentro y fuera de nuestro país. Y en un momento cuando proliferan
las armas de destrucción masiva, la destrucción del
mundo entero viene a ser una posibilidad verdadera.
Todo
esto también afilará enormemente la ofensiva de la
ultraderecha contra la clase obrera, contra los oprimidos por razones
de raza o nacionalidad, contra las mujeres, y contra otras fuerzas
sociales en nuestro país. Si el ataque terrorista del 11
de septiembre fuera simplemente un pretexto, entonces ¿cuáles
fueron los cambios de situación objetiva a escala mundial
que convencieron a la Casa Blanca de Bush a perseguir una política
tan imprudente? Sin ser exhaustivo, tres acontecimientos llegan
a la memoria.
Primero,
la desintegración de la Unión Soviética hace
una década quitó a un rival estatal capaz de enfrentar
e impugnar las acciones agresivas del imperialismo norteamericano.
No es casual que el pensamiento inicial en cuanto a esta nueva política
militar-estratégica coincidió con el derrumbamiento
del socialismo soviético.
Segundo,
la fuerza militar aplastante del imperialismo norteamericano con
respecto a sus amigos y enemigos le confiere una ventaja enorme;
en realidad, históricamente sin precedentes, para formar
y reformar al mundo a los intereses de las corporaciones transnacionales
norteamericanas. Según los eruditos de asuntos internacionales,
nunca antes había existido un Estado con tal grado de ventaja.
Finalmente,
el nivel nuevo de globalización capitalista, la crisis de
la economía global y la intensificación de la competencia
entre los capitalismos rivales por los ya sobrecargados mercados
globales empuja a la clase dirigente norteamericana, y en particular
a su sector más reaccionario, a perseguir una política
más agresiva. En pocas palabras, trata de utilizar su superioridad
militar y política para alcanzar una posición inmensamente
más fuerte a nivel económico.
Pero,
por importantes que sean estos cambios a escala global, todavía
no se explica por qué ha venido a predominar esta política
nueva. De importancia decisiva es la ascendencia de los sectores
más ultraderechistas del capital transnacional y sus representantes
en la vida política norteamericana. Si la ultraderecha no
se hubiera apoderado de las palancas principales del poder a lo
largo de la década pasada, culminándose con el robo
de la presidencia en las elecciones del 2000, es improbable que
nuestro gobierno abrazara una política exterior tan aventurera
y peligrosa.
En
otras palabras, este cambio de política es tanto, o más,
un producto de una lucha política dentro de y entre clases
y fuerzas sociales en nuestro país, que un resultado de la
globalización y el imperialismo capitalista y el cambio de
equilibrio de fuerzas, resultado del derrumbamiento de la Unión
Soviética hace una década.
Inmediatamente
después del 11 de septiembre, había pocas voces que
desafiaron esta política. Pero un año sí hace
una diferencia. Voces disidentes, cada vez más insistentes,
desde congresistas respetados y observadores políticos, hasta
un creciente número de norteamericanos ordinarios, cuestionan
las ambiciones globales de la administración Bush.
Jay
Bookman, editor adjunto de la página editorial del diario
Atlanta Constitution, escribió recientemente, "Esencialmente,
(con la política de Bush) se propone un plan para la dominación
militar y económica norteamericana de cada región
del mundo, sin ninguna traba por tratados ni preocupaciones internas.
Y para realizar ese plan, se prevé una extensión bruta
de nuestra presencia militar global".
En
una vena similar, G. John Ikenberry, en un artículo publicado
en la revista Foreign Affairs, dijo: "La naciente estrategia
neoimperial norteamericana amenaza con desgarrar la tela de la comunidad
internacional y de las alianzas políticas… Es un punto
de vista que está cargado de peligro y que probablemente
fallará. No es solamente insostenible a nivel político,
sino también diplomáticamente dañoso. Y si
la historia es guía fiel, provocará un antagonismo
y una resistencia que dejará a Norteamérica en medio
de un mundo más hostil y dividido".
¿No
está ya evidente esto? La embestida para invadir a Irak con
fuerza mortal ha encontrado una resistencia entre el pueblo norteamericano,
por no mencionar a otros pueblos de tierras cercanas y lejanas,
que no sólo sospechan de la política de la administración
hacia Irak, sino también dudan de la dirección global
de los proyectos militares-estratégicos de Bush.
Los
pueblos ya están llegando a comprender que el peligro de
guerra no se esfuma por sí solo. Y los líderes del
movimiento de los trabajadores y de movimientos populares reconocen
que no pueden guardar silencio sobre una invasión a Irak
y la nueva doctrina de guerra de Bush sin sacrificar las vidas y
la prosperidad de los que representan.
Así, queda más claro que la lucha contra el creciente
peligro de guerra será la realidad política dominante
y definitiva en nuestro propio país durante cualquier futuro
previsible. Esta lucha formará y condicionará todas
las demás luchas y cuestiones.
El
significado del peligro de guerra golpea un nervio a un sector cada
vez más grande del pueblo, mientras la agresión en
el extranjero se combina con una creciente desigualdad racial y
sexual en este país, una crisis económica cada vez
más amplia y groseras restricciones a los derechos democráticos
y sindicales, incluyendo la imposición de la Ley Taft-Hartley
en un intento para aplastar al sindicato portuario en la Costa Oeste
En este momento, las tareas interrelacionadas de prevenir un ataque
a Irak y de rescatar al Congreso de las manos de la extrema derecha
el 5 de noviembre, son las primeras líneas de resistencia
a los proyectos de Bush para la dominación mundial.
La
realidad es que nada, absolutamente nada, debilitará más
a la embestida de la administración Bush hacia la guerra
total, y nada creará mejores condiciones para luchar contra
la creciente crisis económica y por las necesidades y derechos
del pueblo, que bloquear la guerra y lograr un cambio de equilibrio
político en el Congreso en contra de la ultraderecha.
La
derrota de los Republicanos de ultraderecha significará un
rechazo a la política de Bush en todos los frentes.
La
Casa Blanca está bien consciente de esto, y por lo tanto
trata de dar un sentido de inevitabilidad a sus proyectos para invadir
a Irak y sus esfuerzos para ganar el control del Senado y mantener
su control de la Cámara de Representantes.
Así
que hay mucho en juego, las líneas quedan claramente definidas,
pero lo más importante es que ¡sí se puede!
En
las últimas semanas un amplio y ligeramente organizado movimiento
ha comenzado a surgir en oposición a la política militarista
de Bush, una política que de manera importante, tiene una
base social objetiva sumamente estrecha, y que puede ser derrotada
con la lucha.
Mientras
muchos comentaristas han notado la capitulación del liderazgo
partidario de los Demócratas, más saliente es la aparición
de un bloque significativo en el Congreso que se opone a la embestida
guerrerista, y el muy creciente sentimiento e iniciativa anti-bélica
y de solidaridad trabajadora en el seno del movimiento sindicalista
de los trabajadores. Cada vez más, los líderes y responsables
sindicalistas se pronuncian públicamente en oposición
a la invasión de Bush a Irak.
Si
se junta esto con el nuevo nivel de actividad callejera por la paz,
y el crecimiento de la unidad multirracial, es un buen augurio para
la formación de un frente amplio, conducido por los trabajadores,
contra la política reaccionaria de la administración
Bush y sus partidarios reaccionarios corporativos.
En
el curso de esta lucha, habrá de surgir en el diálogo
nacional una visión alternativa del papel de nuestra nación
dentro de la comunidad mundial. En cuanto a esto, la izquierda política
y las fuerzas progresistas tendrán una responsabilidad muy
especial. Tal visión debería incluir el no uso de
la fuerza en las relaciones internacionales, la destrucción
mundial de todas las armas nucleares y de otras armas de destrucción
masiva, el fortalecimiento del papel de la ONU y de su Asamblea
General, relaciones equitativas entre los países desarrollados
y los países en vías de desarrollo, el rechazo al
TLCAN, al ALCA y a otros tratados comerciales similares, el respeto
universal a los derechos de soberanía de los Estados grandes
y pequeños, una resolución justa e inmediata a los
conflictos existentes en el mundo, comenzando con la crisis entre
Israel y los palestinos, y una disposición por parte de nuestra
nación a ser miembro igual y contribuyente de la comunidad
mundial sin derechos ni privilegios especiales.
Desde
luego, la visión de los comunistas y socialistas de un mundo
justo y pacífico se uniforma por nuestro ideal socialista.
Hace casi cien años Rosa Luxemburgo dijo que las opciones
que enfrenta la humanidad eran "o el socialismo o la barabarie".
En aquella época, las armas de destrucción masiva
todavía no existían. Pero ahora sí. Así
que la advertencia de Rosa ya cobra una urgencia renovada, y la
lucha por el socialismo adquiere una nueva necesidad.
En
una época, la visión socialista se animaba con la
posibilidad de una vida mejor para toda la humanidad. Y todavía
es así. Pero en un momento tan peligroso como éste,
nuestra visión socialista también ofrece la mejor
salvaguardia contra la guerra y la destrucción de nuestro
frágil planeta.
Por
ahora, sin embargo, la tarea inmediata y urgente es formar una más
amplia coalición popular, conducida por los trabajadores,
para hacer descarrilar los proyectos de Bush de invadir a Irak,
y para barrer a la ultraderecha del Congreso el 5 de noviembre.
(1)
Presidente Nacional del Partido Comunista de Estados Unidos.
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