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Se
habla en este trabajo sobre de manera breve de los desafíos
del siglo XXI que se inicia. Se habla de los que enfrentan los pueblos
de América Latina y el Caribe en particular de sus luchas
libertadoras en estos tiempos. Se habla de las dos vertientes ideológicas
que las nutren, el pensamiento marxista y el que surgió en
nuestros territorios, liberador y profundamente antiimperialista.
De la vigencia de uno y otro, de su cercanía. De Carlos Marx
y José Martí, sus paradigmas. Se habla del ALCA y
su antecedente, el TLCAN. De las experiencias que éste ha
traído a México. Se habla también de algunas
cuestiones teóricas. Del imperialismo, y se fija opinión
frente a los que plantean que los tiempos han cambiado y ya no existe.
Del sujeto revolucionario en las luchas nuestras de este momento
histórico concreto. Del papel del partido de clase en estas
luchas. Muchos temas y poco espacio, es cierto. Todo se toca de
manera breve, con la intención de aportar ideas al debate
colectivo.
Entre
los desafíos más urgentes que tiene la humanidad en
el siglo que se inicia está el de impedir la guerra, de modo
inmediato en el caso de Irak hoy. Y las que siguen, según
el proyecto al que George W. Bush le ha llamado la "guerra
infinita". Al pueblo iraquí le ha tocado el turno hoy.
Antes fue Afganistán. Y después ¿Corea?, ¿Irán?,
¿Libia?... Irak es un botín jugoso por su riqueza
petrolera, como lo fue Afganistán por su gas y su posición
estratégica. En ambos casos, el móvil es evidente,
el robo. El querer apoderarse de recursos ajenos para beneficio
propio. Y otro propósito evidente en esos, y los demás
que pudieran seguir, según la amenaza, es el económico,
la idea perversa -y falsa, además- de que así podrían
destrabar una economía que está enferma de gravedad,
a costa de infligir graves daños a otros pueblos. Y dos propósitos
más: el de ventilar por ese medio criminal la lucha por la
supremacía mundial que el imperialismo estadounidense libra
contra el europeo y el japonés. Y el de eliminar de modo
deliberado a una significativa porción de seres humanos a
los que el imperialismo actual ya considera desechables e inconveniente
su subsistencia. Desde todo punto de vista, el proyecto en su conjunto,
del que forma parte la guerra contra Irak, representa una política
cínica, como no se veía desde los tiempos de Hitler.
Y más peligrosa para la humanidad.
Hay
otros desafíos urgentes. Acabar con el flagelo del hambre,
que se expande por el mundo. Erradicar las injusticias en el seno
de la sociedad. Males que se han globalizado y se han profundizado,
como resultado de la globalización neoliberal. Salvar al
planeta de un ecocidio. Vencer a las enfermedades. En fin, convertir
en realidad el anhelo que mueve a multitudes hoy por todos los continentes.
Demostrar que en verdad otro mundo es posible. Uno mejor. Una sociedad
fraterna, donde el hombre no sea más el lobo del hombre.
Donde sea su hermano. Un mundo socialista.
En
nuestra región, enfrentamos desafíos particulares.
El que implica el hecho de que Estados Unidos, la primera potencia
imperialista del orbe, en la disputa que sostiene por el dominio
mundial, haya resuelto consolidar su hegemonía y su saqueo
sobre nuestras naciones. Y le haya puesto fecha perentoria a tal
proyecto, para el año 2005. Sólo faltan dos. Estamos
en el filo de la navaja.
El
"Área de Libre Comercio de las Américas",
ALCA, se llama el proyecto. Quiere saquearnos más, subordinarnos
más. Quiere nuestros energéticos, nuestra agua, nuestra
biodiversidad: riquezas que son ya o que serán fundamentales
en este siglo que comienza. El ALCA culminaría la marginación
que ya han causado las distintas modalidades previas de explotación
neocolonial. Cientos de millones de nuestros hombres y mujeres hallan
cada vez menos espacios de sobre vivencia en nuestros territorios.
Y menos aun en la metrópoli imperialista, que los persigue,
si tratan de emigrar, como si fueran criminales.
Así
pasa ya con millones de campesinos mexicanos. Su vida se ha convertido
en un drama, cada vez más. De hecho, su problema nunca fue
resuelto en definitiva por los auto llamados gobiernos de la Revolución
Mexicana, a pesar la de la Reforma Agraria de gran magnitud que
fue puesta en marcha. No obstante, la conducta de los gobiernos
de la burguesía nacional fue contradictoria. Hubo pasos adelante
y otros atrás. Pero la peor etapa vino después, a
partir de 1982, con la llegada de los gobiernos neoliberales, que
ya no se identificaron en lo más mínimo con los ideales
y las aspiraciones de la Revolución, sino ahora con la "modernización"
y el "libre mercado". Empezaron entonces a aplicar las
recetas del Banco Mundial. Y luego, en 1993, fue firmado el TLCAN,
que entró en vigor un año después.
Algunas
cifras dan ejemplo de la tragedia del campo mexicano. En tanto en
1980 el gasto público en el sector fue de 35 mil millones
de pesos, para 2000 apenas llegó a 9 mil millones. Los precios
de garantía cayeron de manera dramática. El maíz
pasó de mil ocho pesos la tonelada en 1980, a 474 pesos,
en 1999. El trigo, de 7 mil 328 pesos la tonelada en 1980, a 4 mil
440, en 1999. El sorgo, de 699 pesos la tonelada en 1980, a 316,
en 1999. El frijol, de 3 mil 36 pesos la tonelada en 1980, a mil
700, en 1999. La producción del campo para el mercado nacional
se postró. Se dispararon las importaciones de maíz
y otros básicos. En sólo siete años, de 1993
a 2000, por ejemplo, el maíz traído del exterior pasó
de 13 a 23 millones de toneladas. Y así en los demás
casos. Y peor todavía, desperdicios contaminados, las más
de las veces, que ponen en riesgo la salud de los mexicanos. Con
esto se destruyó toda perspectiva de soberanía alimentaria.
El
ejido, ligado entrañablemente a la historia nacional y perspectiva
real de emancipación del campesino mexicano, fue colapsado
como resultado de tales reformas. Primero, se le descapitalizó.
De 1982 a 1990, el Estado le redujo los recursos en un 600%. Y se
le ha seguido descapitalizando hasta hoy. Todavía más
en los dos últimos años con el actual gobierno de
Vicente Fox. Con todo esto, su vida económica y su cohesión
social han sido destruidas. Y a los campesinos se les convirtió
cada vez más en arrendadores de sus parcelas, o en vendedores
de ellas a precio vil. Se les volvió jornaleros agrícolas,
también cada vez más. Asalariados que para subsistir
venden no sólo su fuerza de trabajo sino la de la familia
toda, sus mujeres, sus hijos, aun los de más tierna edad.
Grupos numerosos que recorren el norte del país, siguiendo
los ciclos agrícolas de distintos productos de exportación,
y que sobreviven en condiciones infrahumanas agolpados en galerones
insalubres. Carentes de todo servicio. Ajenos a toda protección
social. Estos compatriotas nuestros volvieron así a la etapa
de la esclavitud, en unos aspectos, en otros a la fase de las poblaciones
nómadas, como varios siglos atrás. Otros más
de nuestros campesinos se juegan la vida y la pierden, por buscar
trabajo allá, al otro lado de la frontera, donde ya se ha
declarado que cazar migrantes, dispararles a mansalva, no viola
ninguna ley. Ese "deporte" lo practican clubes de rancheros
de Arizona, lo mismo que agentes de la policía migratoria,
la temida migra. Para finalmente, los que sobreviven, ser víctimas
de atropellos de todo tipo que atentan contra sus derechos humanos
y laborales y contra su dignidad. Todo esto es el resultado de la
aplicación de las recetas neoliberales y del TLCAN, antecedente
directo del ALCA, aunque en menor escala y profundidad. Se ha citado
el caso del campo y de los campesinos. Datos semejantes pueden darse
de otras ramas de la economía.
En
ese espejo pueden verse nuestros pueblos hermanos. El ALCA es un
proyecto semejante al TLCAN, pero de mayor profundidad aun. Es un
proyecto anexionista. Por todo eso, derrotar al ALCA es un desafío
urgente para todos los pueblos de nuestra región.
Lo
anterior exige que también avancemos en nuestro propio proyecto.
¿Cuál es el proyecto propio de los pueblos de nuestra
región en este momento histórico concreto y con la
correlación de fuerzas que impera? El de lograr la segunda
y definitiva independencia de cada uno de nuestros países
y de toda la Patria Grande, sin duda. El de romper para siempre
las cadenas que nos sujetan al imperialismo. El de empezar a ser,
por fin, naciones libres y soberanas, dueñas de nuestros
destinos. El de empezar a diseñar el tipo de sociedades que
queremos, por nosotros mismos. El de, por fin, ser dueños
de nuestros recursos.
No
es un proyecto nuevo. Nuestros pueblos han estado entregados a esta
lucha durante todo el siglo XX. Desde el río Bravo hasta
la Patagonia, cada palmo de nuestros territorios registra grandes
luchas en ese sentido. Desde la Revolución Mexicana de 1910
hasta las luchas de diversos tipos que sacuden hoy las estructuras
de la dependencia en el Cono Sur, en los países Andinos,
en Centroamérica, en el Caribe, en todas partes. A ese proyecto
están vinculadas las luchas de Hugo Chávez en Venezuela,
de Lula en Brasil, de Lucio, en Ecuador, de Evo morales, en Bolivia.
De las entrañas de nuestros pueblos han surgido los héroes
que se han entregado con abnegación a esta causa superior.
Y que han llenado la Historia con páginas brillantes. Pero
un solo pueblo, hasta hoy, ha alcanzado ese elevado propósito
en nuestra región. El pueblo de Cuba. El suyo fue el primero
y sigue siendo el único territorio libre de América.
Por
tanto, para todos los demás es una lucha vigente, un desafío
de este tiempo, de este siglo que se inicia. Y es mucho más
que eso. Es la lucha de hoy, por excelencia, con más fuerza
y validez que fue una lucha de ayer. Porque su móvil era
la liberación de nuestros pueblos. Y hoy sigue siéndolo,
pero añadió dos objetivos más. Hoy es también
una lucha por la supervivencia de los nuestros como países
soberanos. Y también es la lucha para impedir que nuestros
hijos, cientos de millones de nuestras mujeres y hombres de las
generaciones jóvenes y venideras, sean convertidos en elementos
marginales al proceso histórico, desechables, para la lógica
del imperialismo. Por eso, el logro de nuestra segunda y definitiva
independencia es un desafío urgente y vital para nuestra
región.
La
lucha por el objetivo señalado cuenta con dos vertientes
ideológicas que lo nutren. El pensamiento de Marx, enriquecido
por otros pensadores, varios de ellos oriundos de nuestra región,
y el pensamiento libertador, antiimperialista, surgido aquí,
en nuestras tierras, como fruto de la experiencia directa de nuestros
pueblos. Este último tiene numerosos exponentes. Pero uno
de sus principales precursores es José Martí.
José
Martí, de quien celebramos este año 150 de su nacimiento,
representa la cúspide de la cultura política, social
y filosófica nacional de Cuba en el siglo XIX. Es además
ideólogo e inspirador de la Revolución Cubana, que
ha sido una sola a lo largo de la historia. Pero va más allá
de lo nacional. Se vuelca hacia toda la América Latina y
del Caribe, Nuestra América, como la llamó para distinguirla
de la otra, la imperialista.
Su
obra y su pensamiento son continuación de Simón Bolívar
y de Benito Juárez. Pero Martí aporta nuevos elementos,
que enriquecen el fruto común. Porque responde a una nueva
etapa, distinta. Bolívar vivió y luchó en la
etapa en que la Corona Española y otras monarquías
de Europa ejercían su dominio colonial sobre nuestra región.
Luchó para liberarla y para unir a toda la Patria Grande,
previendo con gran adelanto a su tiempo la emergencia de un nuevo
poder dominante en el continente, Estados Unidos. Benito Juárez,
heredero de Hidalgo y Morelos, encabezó la lucha contra otra
potencia de Europa -Francia- que trataba de intervenir en los asuntos
internos de los mexicanos, e imponer un tipo de gobierno a su gusto,
una monarquía con un príncipe extranjero a la cabeza.
Fue un paradigma del anhelo de autodeterminación de los pueblos
de nuestra región. Y de su lucha de siempre por ejercer su
soberanía. Pero a Martí le tocó vivir la etapa
del imperialismo moderno estadounidense. La fase en que esa potencia
se apoderaba de nuestros territorios, ya no necesariamente por la
vía de ocuparlos militarmente, sino por la más sutil
pero de igual modo eficaz de la exportación de sus capitales
excedentes y la captura de las fuentes principales de nuestras economías.
A esa fase corresponden sus aportes de ideas. Son, por tanto, nutrientes
básicos de la lucha antiimperialista de nuestra época.
Y de las batallas por venir.
Martí,
como Juárez, plantea el derecho de nuestros pueblos a ser
soberanos e independientes con respecto de otras potencias. Como
Bolívar, la necesidad de la unidad de nuestros pueblos. La
unidad de Nuestra América le dará la fuerza para resistir
a la de Estados Unidos. Y le dará la capacidad de coadyuvar
al logro del equilibrio del mundo, como se llamó la conferencia
internacional que hace poco se celebró aquí, en La
Habana. En su concepción, por tanto, la plena soberanía
y la unidad de nuestros pueblos no son cuestiones antitéticas,
sino complementarias. Como en efecto, lo son. Y tal y como Martí
lo planteó, ambas, unidas, se han vuelto urgentes, más
que nunca, para nuestros pueblos. La conquista de nuestra segunda
y definitiva independencia marcha unida de modo inseparable con
el logro de nuestra unidad no sólo económica, sino
sobre todo política, con la construcción de la Comunidad
Latinoamericana y Caribeña de Naciones Libres y Soberanas.
Los
aportes de Martí son muchos más. Los de carácter
ético, que tienen que ver con el carácter integral,
material y espiritual de la dignidad de los hombres y las mujeres,
que la Revolución Cubana ha recogido y aplicado con esmero.
Los que se refieren al carácter también integral de
la lucha por la liberación, ideológica, política,
militar, cultural, cuestión de la que dio ejemplo con su
vida personal. El que se refiere al partido único revolucionario.
En fin. El pensamiento martiano está vigente como lo está
el pensamiento marxista. Ambos confluyen y aportan elementos valiosos
para nuestra lucha de esta época, por la segunda y definitiva
independencia de nuestros pueblos, que es su independencia con respecto
del imperialismo.
Por
cierto, hay quienes desde Europa, con otra perspectiva, postulan
que el imperialismo ya no existe. Que estamos en una fase nueva
y distinta en su esencia. Es un juicio equivocado. El imperialismo
es una realidad lacerante, hoy más que ayer. De eso somos
testigos los latinoamericanos y caribeños. También
lo son los pueblos de Asia y África.
El
capitalismo sufrió cambios a lo largo de la historia. Dejó
de existir el de libre concurrencia y dio paso al monopolista. Y,
con la saturación del mercado nacional y la exportación
de capitales excedentes, apareció el imperialismo, fusión
del capital industrial con el bancario para formar el capital financiero.
Tomó éste el control del aparato del Estado, y apareció
el capitalismo monopolista de Estado. Vino luego la globalización
neoliberal de nuestros días, que está lejos de ser
una fase distinta en su esencia. Al contrario, es el imperialismo
llevado a su máxima expresión.
Subsiste
la exportación de capital, y el apoderamiento de las riquezas
ajenas. El saqueo de las economías penetradas se ha agigantado
y se realiza por múltiples medios, los clásicos y
otros que antes no existían. Subsiste, en mayor magnitud
que nunca, el sometimiento económico y político de
los países dependientes. Genera en su interior contradicciones
muy agudas, como nunca. Pobreza masiva al lado de fortunas insultantes.
Desempleo en gran escala, al lado de ostentación obsesiva.
Inseguridad. Marginación. Además, genera una población
excedente, no útil según la lógica del proyecto
capitalista global. Miles de millones de humanos desechables en
el mundo. A los que habrá que aniquilar para que luego no
se vuelvan un problema inmanejable. Ese es el rostro brutal del
imperialismo hoy.
En
estas condiciones, se mantienen vigentes de modo pleno, cuatro tesis
que a menudo se cuestionan de manera indebida. Primera: en nuestra
región, la parte más aguda de la contradicción
fundamental es la que se da entre nuestros pueblos en su conjunto
y el imperialismo. Segunda: por consecuencia de la anterior, nuestro
desafío inmediato, nuestra tarea revolucionaria urgente es
la liberación de nuestros pueblos con respecto del imperialismo.
Tercera: en esta fase el sujeto revolucionario es muy amplio. Lo
integran diversas clases y sectores sociales, todos los que han
sido y son víctimas de la globalización neoliberal,
que es el imperialismo en su aspecto actual. Y cuarta: en esta lucha
el partido de clase, de la clase obrera, juega un papel fundamental,
por lo que no puede diluirse ni desaparecer. Debe contribuir a la
orientación de la lucha, a darle rumbo y claridad, cuestión
que con facilidad se puede perder dada la heterogeneidad de los
participantes. Debe contribuir a darle cohesión. Al calor
de la lucha debe ganarse la autoridad, el papel dirigente que le
corresponde. Debe ganarlo con abnegación, con humildad, con
la demostración de su capacidad, no de otra manera. Debe
convertirse, por sus propios méritos, en la fuerza dirigente.
Sólo así, con la dirección del partido de la
clase obrera, podrá avanzar la lucha revolucionaria, pasar
a fases más avanzadas de la construcción de una nueva
sociedad sin explotadores ni explotados, la sociedad socialista.
Mensaje
final. Nada más justo que rendir homenaje a Marx, en el 185
aniversario de su natalicio y en el año en que se cumple
su 120 aniversario luctuoso. Y junto con él, rendir homenaje
también a José Martí, en el año 150
de su natalicio. Y hacerlo aquí, en Cuba, la tierra donde
un pueblo entero, ya liberado del imperialismo, construye día
con día con inteligencia, con capacidad creadora, con abnegación
y trabajo intenso, un proyecto socialista que va y va bien, a pesar
de lo que quisiera el imperialismo.
Y
ese mismo pueblo a diario defiende su patria y su proyecto del acoso
del mismo imperialismo yanqui que, contra Cuba, ejerce y estimula
un terrorismo feroz, que ya se prolonga a lo largo de cuatro décadas.
Y lo hace de manera cínica, a la luz del día, sin
rubor alguno. Bloquea su economía; manda sicarios a poner
bombas que matan civiles; formula y aplica leyes extraterritoriales,
contra todo derecho, y leyes "de ajuste" para inmolar
a su pueblo; conspira para asesinar a los dirigentes de su gobierno
y atenta una y mil veces contra sus vidas, y encarcela contra toda
justicia a quienes, patriotas, no han cometido otro "crimen"
que el de defender a su país. Y defenderlo con honor.
Esta
delegación de México rinde el homenaje de su sentido
reconocimiento a este pueblo hermano, por su heroica lucha.
1)
Ponencia presentada en la Conferencia Internacional "Carlos
Marx y los desafíos del siglo XXI" celebrada en La Habana
del 5 al 8 de mayo de 2003.
2) Primer Secretario del Partido Popular Socialista de México.
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