C.
Vicente Fox Quesada,
Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos,
Los Pinos,
Ciudad de México.
Señor presidente:
Sucedió. El presidente de
Estados Unidos, George W. Bush, atacó a Irak, como lo ansiaba
hace mucho tiempo, como lo había anunciado repetidas veces.
Lo hizo con brutalidad, descargando toneladas de bombas dotadas
con recursos tecnológicos diabólicos, sin precedentes.
Escudándose, además, en un argumento ilegal, delictivo,
absurdo, inaceptable, el de la "guerra preventiva", que
constituye la proclamación de la ley de la selva y una franca
amenaza contra todos los pueblos del mundo.
Bush lo hizo al margen de la Organización
de las Naciones Unidas, aun del que tantas veces ha sido instrumento
de Washington, el Consejo de Seguridad, acompañado tan sólo
por un mero títere, el señor Blair. Y simbólicamente
por otro títere aún menor, el señor Aznar.
Con esa acción, el presidente Bush incurre en muy graves
violaciones al derecho internacional que la ONU está obligada
a impedir de acuerdo con las normas y principios que la rigen.
En primer término, Bush arremete
de modo unilateral contra un país soberano que también
es miembro de la Organización de las Naciones Unidas. Con
esto quebranta la paz y la seguridad internacional. Viola el principio
fundamental de la no intervención e incumple con la norma
que establece que "Los Miembros de la Organización,
en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir
a la amenaza o al uso de la fuerza contra... cualquier Estado (artículo
4 de la Carta de las Naciones Unidas) No son delitos menores en
los que incurre. No hay mandato de la Carta ni resolución
alguna de la ONU que autorice a Bush ni remotamente para actuar
como lo hizo.
Está claro que la Casa Blanca
intentó arrastrar al Consejo de Seguridad para que asumiera
la función de encubridor de sus propósitos delictivos,
como tantas otras veces ha ocurrido en la historia. Por fortuna
esta vez no lo logró. El asunto iba más allá
de las posibilidades reales del gobierno de Bush. Y ante su fracaso,
ese gobierno burla ahora la voluntad mayoritaria del Consejo de
Seguridad de la ONU. Y lo hace con descaro.
Tenga usted en cuenta, señor
Fox, que el fin primero, la razón de ser de la ONU consiste
precisamente en "... mantener la paz y la seguridad internacionales..."
(artículo 1 de la Carta de las Naciones Unidas) Para el efecto,
la ONU debe "... tomar medidas colectivas eficaces para prevenir
y eliminar amenazas a la paz, y para suprimir actos de agresión..."
(mismo artículo 1) Compete al Consejo de Seguridad "...
la responsabilidad primordial de mantener la paz y la seguridad
internacionales..." (párrafo primero del artículo
24) Su gobierno, señor Fox, forma parte del Consejo de Seguridad.
Usted sería cómplice, por omisión, del gobierno
de Bush, de no actuar con firmeza, denunciando ante el propio Consejo
esa conducta delictiva y exigiendo a ese órgano que tome
las medidas pertinentes, de acuerdo con las facultades de las que
está investido. Y desde luego, por encima del Consejo está
la Asamblea General, que es el único órgano democrático,
el más representativo de la voluntad de todas las naciones
que integran esa organización.
Tenga usted en cuenta además,
señor Fox, que de no actuar de la manera que le solicito
estaría usted violando la Constitución de México,
que usted protestó cumplir y hacer cumplir. Usted debe saberlo:
su artículo 89 fracción décima dice que usted
está facultado y obligado a observar, en la conducción
de la política exterior, "... la no intervención;
la solución pacífica de controversias; la proscripción
de la amenaza o el uso de la fuerza en las relaciones internacionales;
la igualdad jurídica de los estados... y la lucha por la
paz y la seguridad internacionales". Se trata de un mandato
específico, no potestativo. No es algo que usted pueda hacer
o dejar de hacer a voluntad. Es una obligación ineludible.
Además de la norma escrita
del más alto rango jurídico para los mexicanos, lo
obliga a usted nuestra gloriosa trayectoria histórica. México
nunca antes había siquiera titubeado un momento sobre cuál
sería su posición en un conflicto de esta naturaleza.
Sus gobiernos habían estado siempre del lado de los principios
frente a quienes los quebrantan, del lado de los débiles
frente a quienes los agreden, por poderosos que sean. Jamás
habían entrado en asuntos de este tipo cálculos de
conveniencia comercial, económica ni nada que se le parezca.
Porque los principios, la justicia, no son mercancías. Citaremos
sólo un antecedente que resulta oportuno y aleccionador.
El 19 de marzo de 1965, hace justo 65 años, México
fue el único país del mundo que protestó en
la Liga de las Naciones por la invasión de las tropas nazis
a Austria. Por eso, el elevado prestigio, la prístina autoridad
que México llegó a tener en este campo en la arena
internacional.
Es de reconocerse como positivo,
señor Fox, el hecho de que su representante en el Consejo
de Seguridad no haya apoyado con su voto la pretensión agresiva
de Bush, como éste lo exigía. No es éste el
momento de examinar la forma y condiciones muy peculiares en que
esto sucedió. De manera tardía o como quiera que haya
sido, usted y su representante salieron bien librados. Pero esto
no basta. No puede quedar un asunto de esta magnitud apenas como
un deber cumplido a medias o por obra de la casualidad. La Constitución
de México, la Carta de las Naciones Unidas y la ética
más elemental exigen de usted que dé el siguiente
paso. Que instruya a los representantes de su gobierno en el Consejo
de Seguridad y en la Asamblea General para que denuncien los actos
ilegales del señor Bush y exijan la intervención de
esos órganos, en los términos que se establecen en
el Capítulo VII de la Carta de la ONU. Es necesario detener
la mano del agresor. Es urgente restituir la paz. Para ello, hay
que parar el acto criminal y el derramamiento de sangre inocente,
de mujeres, ancianos y niños. Dejar correr las cosas, dejar
pasar el tiempo sería una conducta imperdonable. Tarde o
temprano el pueblo de México le exigiría cuentas,
señor Fox.
Hago llegar a usted esta petición
con el debido respeto a su investidura en los términos de
los artículos 6º, 7º, 8º y 9º de la propia
Constitución de la República.
Atentamente,
Ciudad de México, 19 de marzo
de 2003.
Cuauhtémoc
Amezcua Dromundo
Primer Secretario
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