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En el sindicalismo mexicano

TAREA URGENTE:
Unidad y Conciencia de Clase

Por José Santos CERVANTES

La teoría.

El nivel de la lucha sindical en cada país y en cada etapa de su desarrollo, está íntimamente ligado a la existencia y condiciones de trabajo del partido político de la clase obrera. Al respecto, Lenin afirmaba que: "la conciencia política de clase no se puede aportar al obrero más que desde el exterior, esto es, desde fuera de la lucha económica, desde fuera de las relaciones entre obreros y patrones".

De la misma manera, Vicente Lombardo Toledano sostenía que: "no existe acción revolucionaria sin teoría revolucionaria. "Por esto uno de los principios de la lucha sindical revolucionaria es el de reconocer la existencia de la lucha de clases, como contradicción natural entre la clase propietaria del capital y la clase proletaria y consecuencia lógica de la sociedad dividida en clases con intereses opuestos. Asimismo, que la única manera de liquidar la lucha de clases es aboliendo la causa que la engendra, la propiedad privada de los instrumentos de la producción económica, para convertirla en propiedad perteneciente a toda la sociedad.

El movimiento sindical para ser revolucionario necesita reconocer que la burguesía y el proletario son clases antagónicas ya que sus intereses son opuestos. La forma que adopta la lucha de clases, entre ambos, está determinada por las formas de organización del proletariado y se da de tres maneras: económica, política e ideológica.

La lucha económica es históricamente la primera forma de la lucha de clases del proletariado y su más importante medio es la huelga; parcial o general. Esta lucha ha servido para defender y mejorar las condiciones económicas del proletariado y ha contribuido a organizarlo y para que se trace objetivos de mayor envergadura. Mas a pesar de su importancia, la lucha económica no basta para abolir la explotación capitalista, para ello es imprescindible la lucha política, porque en la lucha económica la clase obrera se enfrenta a sus explotadores en forma parcial; mientras que en la política, la clase obrera y la burguesía se enfrentan como clases en conjunto.

La lucha económica y la lucha política están ligadas entre sí de manera indisoluble. Cuando la lucha económica se da al margen de la lucha política, en los obreros se forja solamente una conciencia economicista y pierden la perspectiva de las luchas de la clase obrera; si se liga a la lucha política, dirigida por el partido marxista-leninista, la clase obrera adquiere conciencia de clase, proletaria; comprende sus intereses cardinales de clase, su misión histórica y sus tareas revolucionarias. La lucha económica hace necesaria la organización del proletariado en sindicatos; la lucha política requiere la creación de un partido político marxista-leninista, que es la forma superior de organización de clase del proletariado.

Para impulsar a la clase obrera a la más amplia lucha económica y sobre todo política, es imprescindible ayudarla a tomar conciencia de sus intereses cardinales de clase; esto se logra a través de la lucha teórica e ideológica. La introducción de la doctrina de la clase obrera, de la ideología del marxismo-leninismo eleva la lucha de clases a un nivel superior, y es tan necesaria como las demás formas de esta lucha para la victoria definitiva del proletariado.

La lucha de clases del proletariado, por lo tanto, debe precisar con claridad las relaciones entre las luchas económicas, políticas, e ideológicas, es decir, entre los sindicatos y el partido de la clase obrera.

El desarrollo del sindicalismo.

La organización sindical en México, como en todos los países del mundo, es el resultado del desarrollo de la economía y particularmente del desarrollo de la industria, así el movimiento obrero de nuestro país, como el de todas las regiones del mundo, ha pasado por diversas etapas en su desarrollo y en sus luchas. Aun cuando en un esquema del proceso de la organización y del combate de la clase obrera mexicana no es posible señalar todos los hechos de importancia ocurridos a finales del siglo XIX y a lo largo del XX, desde la creación de la primera central sindical nacional, se puede decir, no obstante, que las características principales de tal desarrollo -de acuerdo a las formas de la lucha de clases utilizadas frente a la burguesía-, son las siguientes: la que se daba en base a ligas de resistencia; la etapa de organización sindical influida por el anarcosindicalismo; la etapa en que estuvo bajo la dirección de Lombardo Toledano, que aplicó los principios del sindicalismo revolucionario; la etapa posterior a Lombardo Toledano, en que se inició la división y sentó sus reales el reformismo, el colaboracionismo, la corrupción, el oportunismo y el corporativismo al partido de Estado, y la etapa actual, en que sin haber solucionado estos problemas el sindicalismo enfrenta al neoliberalismo.

1.- La primera etapa es la del nacimiento de las primeras organizaciones sindicales de finales del siglo XIX, cuya lucha se reducía a exigencias de carácter puramente económico en medio de una feroz represión.

2.- La segunda, con la creación de la primera central sindical, la CROM, la cual quedó constituida en 1918 y estaba influenciada por las tesis anarcosindicalistas. Era la época inicial de la Revolución Mexicana victoriosa. En aquel momento las fuerzas productivas de nuestro país eran débiles y la economía nacional entraba apenas en un período de reconstrucción, pasados los cinco dramáticos años de la lucha armada. La reforma agraria comenzaba con titubeos, oscilando entre la tesis de dar la tierra a los peones agrícolas en pequeñas extensiones, para que con su producto aumentaran su jornal, y la doctrina de que era necesario abolir para siempre el peonaje, transformando a las masas rurales en fuerzas de producción independientes.

3.- La tercera etapa, con la fundación de la segunda gran central sindical, la CTM, en 1936, y se mantuvo unida, militante y con clara ideología proletaria hasta los últimos años de la administración del presidente Manuel Avila Camacho. Ese período correspondía ya al avance franco de las fuerzas productivas, con el surgimiento de la industria nacionalista, fruto de la reforma agraria impulsada como nunca por el presidente Lázaro Cárdenas. Las obras de irrigación, las carreteras modernas, la nacionalización del petróleo y de los ferrocarriles, la producción estatal de energía eléctrica, el crédito agrícola, el seguro social, la educación técnica y la ampliación de los servicios sanitarios, hicieron posible que la clase obrera unificada desempeñara un papel importantísimo, por la primera vez, no sólo en la elevación del nivel de vida de las mayorías, sino también en el progreso económico independiente de México.

4.- La cuarta etapa se caracteriza por la división del movimiento obrero, desde la administración de Miguel Alemán, que ha subsistido hasta hoy. Lo grave no es sólo que la clase trabajadora haya perdido, tanto en el aspecto económico como en el orden jurídico y político, muchas de sus conquistas, sino que dejó de ser el principal motor de las fuerzas populares, abandonó su trascendental papel de vanguardia del movimiento revolucionario, renunció al prestigio conquistado legítimamente, en años anteriores, ante el movimiento obrero mundial, y se convirtió en numerosas fracciones dispersas y antagónicas, cuyos dirigentes, en buena proporción, sólo aspiraron a ocupar cargos públicos o a lograr privilegios personales, sometiéndose incondicionalmente a las indicaciones del gobierno. Pero hay algo más grave todavía: la división y las disputas entre los líderes por mantenerse en la dirección sindical, para no perder sus prerrogativas individuales o adquirirlas, abrió las puertas a la corrupción, desterrando la democracia sindical y olvidando los principios del proletariado, todo esto en un período en que el desarrollo de la economía nacional había colocado a México en el umbral de la era francamente capitalista.

5.- La quinta etapa, corresponde al inicio de la aplicación del proyecto neoliberal, al desmantelamiento del Estado surgido de la Revolución de 1910, a la desnacionalización de la economía y mayor dependencia del exterior, a la concentración de la riqueza en unas cuantas manos, a la ampliación de la pobreza a más de la mitad de la población mexicana, al desempleo masivo y a la caricaturización de la democracia burguesa, todo esto casi sin la resistencia del proletariado, salvo contadas excepciones de algunos sindicatos y en etapas muy breves. Los neoliberales por su lado, están tratando de conformar nuevas organizaciones sindicales y centrales -es decir, alentando todavía una división mayor-, bajo el pretexto de crear un nuevo sindicalismo, señalando como enemigo principal el corporativismo, sin ningún indicio que permita vislumbrar su preocupación porque el proletariado adquiera conciencia de clase y del cumplimiento de sus objetivos históricos.

El partido de la clase obrera.

En cuanto a la existencia de partidos que han abrazado la filosofía de la clase obrera, éstos han padecido casi las mismas vicisitudes que el movimiento sindical, y analizando rigurosamente el papel que han jugado a lo largo de su existencia, se puede afirmar que su influencia entre el proletariado ha sido muy relativa, lo cual explica en gran parte la situación actual del nivel de la lucha de clases del proletariado.

Primero está el caso del Partido Comunista Mexicano, fundado en 1919, que durante toda su existencia estuvo influido primero por el anarquismo, luego por el trotskismo, hasta caer en el reformismo y en el oportunismo de izquierda, que lo llevó a su desaparición, habiendo confundido siempre el papel de los sindicatos con el del partido. Después de sufrir distintas transformaciones en busca de identidad, fue diluyendo cada vez más su carácter de partido de clase, hasta llegar a su último reducto, el Partido Mexicano Socialista, para dejar su lugar, en 1989, al Partido de la Revolución Democrática, una organización de carácter burgués que es miembro de pleno derecho de la Internacional Socialista.

El otro caso es el del Partido Popular Socialista, fundado por Vicente Lombardo Toledano. Nació primero como Partido Popular en 1948, en un momento en que peligraba el rumbo de la Revolución Mexicana, y aunque parte de su dirección se guiaba por el marxismo-leninismo, en sus inicios fue un partido amplio, progresista y antiimperialista. En 1960 -después de un largo y profundo debate, y a propuesta de su fundador-, se convirtió en Partido Popular Socialista, haciendo suya la filosofía del marxismo-leninismo. Este cambio trascendental se dio en la etapa en que México pasaba de país agrario industrial a industrial agrario y cuando la Revolución Mexicana tomaba un nuevo y vigoroso impulso.

El Partido Popular Socialista llegó a tener un peso muy importante dentro del conjunto de las fuerzas patrióticas, progresistas y antiimperialistas de nuestro país. Esto le permitió impulsar significativos avances en el desarrollo económico nacional con independencia del imperialismo, particularmente en el período que se extiende de fines de la década de los cincuentas hasta mediados de los setentas y, en menor grado hasta inicios de los ochentas. Durante ese cuarto de siglo fue posible revertir y mantener a raya los reiterados intentos del gobierno de los Estados Unidos por someter al de nuestro país a sus dictados e intereses; ganar numerosas batallas a quienes pretendían instaurar un régimen capitalista de tipo clásico, con predominio de la burguesía propietaria de los medios de producción y cambio, o, peor aún, dependiente del exterior; mantener una política internacional firmemente solidaria con la Revolución Cubana en particular y, en general, con los movimientos populares y revolucionarios de toda América Latina y el Caribe, y brindar cobijo dentro de nuestro territorio a decenas de miles de perseguidos políticos, entre los cuales estuvieron las personalidades más destacadas de la lucha emancipadora de casi todos los países de la región; contener, y en momentos concretos incluso revertir, el proceso de concentración de la riqueza en pocas manos, y ampliar el régimen democrático, entendido éste no con una concepción puramente procedimental burgués, sino clasista, cuyo contenido se define certeramente en el artículo 3º de la Constitución.

En fin, durante dos y media décadas -aun en medio de una lucha enconada entre fuerzas políticas opuestas, que hacía que el proceso fuera zigzagueante-, sin embargo fue posible sostener una tendencia que avanzaba de manera favorable a los intereses de la clase trabajadora en particular y de la Nación mexicana en su conjunto, y mantenía la perspectiva de que, con esa tendencia, la correlación de fuerzas en la arena nacional pudiera desembocar en un régimen de Democracia Nacional que, a su vez, lograra la consecución de la plena independencia económica y política de México y creara las condiciones para otro régimen más avanzado, de Democracia Popular, cuya tarea histórica habría de ser la construcción del régimen socialista.

En otro aspecto, el de los vínculos del PPS, con el movimiento sindical, el partido surgió del seno del mismo, de su corriente avanzada; sin embargo, las presiones e injerencias del imperialismo sobre México y América Latina en la etapa de la Guerra Fría, y concretamente la conducta del gobierno de Alemán, que llegó a ser ferozmente persecutoria, sobre todo, contra el lombardismo en el seno de las organizaciones sindicales, causaron la ruptura de tales vínculos, que nunca hasta ahora han podido ser restablecidos plenamente.

A partir de 1982, cuando el grupo tecnocrático neoliberal se apoderó del gobierno, el Partido Popular Socialista se convirtió en su más acérrimo y consecuente enemigo, desde los puntos de vista político e ideológico; lo combatió con energía y con importantes repercusiones en cuanto a desenmascararlo y desentrañar su esencia de manera pública, sobre todo desde la tribuna del Parlamento mexicano, y fue capaz de aglutinar, en lo que hace al frente electoral en los comicios de 1988, una amplia gama de fuerzas patrióticas, democráticas y antiimperialistas -el Frente Democrático Nacional-, con la cual se logró el triunfo popular, que sólo el fraude pudo echar abajo.

Como contraparte, los ataques de la derecha tradicional y del grupo neoliberal contra el Partido Popular Socialista se multiplicaron. Entre estas acciones, con el pretexto de que el socialismo había fracasado en el mundo, esas corrientes alentaron a un grupo oportunista para que se adueñara del control del Comité Central e interrumpiera los trabajos del XVIII Congreso, celebrado en septiembre de 1996, y capturara la Dirección Nacional del Partido. El proyecto de ese grupo era el de quitarle al Partido el carácter socialista -marxista-leninista- y convertirlo a la socialdemocracia. Sin embargo, el grupo oportunista fracasó en su intento.

La reposición del XVIII Congreso, llevada a cabo por la inmensa mayoría de las células del Partido en agosto de 1997, retomó a plenitud los principios y el camino histórico del Partido, renovó al Comité Central, ratificando como miembros del mismo a los más prestigiados cuadros del Partido, y renovó la Dirección Nacional. El grupo oportunista, apoyado por la burguesía neoliberal en el poder, se apropió de los edificios y bienes materiales del Partido; temporalmente y por razones tácticas dio marcha atrás, por lo menos de manera pública, en su intento por transformarlo en una organización socialdemócrata, si bien mantiene a plenitud su conducta oportunista que ha llegado al extremo de proclamar, por ejemplo, que el candidato presidencial del grupo neoliberal, Francisco Labastida, es el candidato del PPS "para salvar a México". Ya desde antes, ese grupo se había autoproclamado el "auténtico PPS", con lo cual ha generado confusión y causado desprestigio al partido, lo que se viene a sumar a los daños que el golpe del grupo oportunista había causado desde un principio y que ha tenido graves consecuencias para la lucha del proletariado y del movimiento sindical.

A pesar de las condiciones adversas que enfrenta, el Partido Popular Socialista, luego de la reposición del XVIII Congreso, se mantiene firme y consecuente en la defensa y aplicación de la filosofía del marxismo-leninismo. Esta es la situación que guarda el partido de la clase obrera y el movimiento sindical en México.

Condiciones de vida y de trabajo del proletariado y sus organizaciones sindicales.

Si la unidad de la clase trabajadora ha sido siempre la base de su evolución y de sus posibles victorias, hoy resulta más urgente que nunca, porque el México de nuestro tiempo no es el de hace treinta años. Debido a su división, los trabajadores, tomados en su conjunto, sufren las consecuencias de la pauperización creciente que engendra el neoliberalismo-dependiente en la economía en un país como el nuestro, que cada vez está más atado a un solo mercado y con muchas de sus más importantes industrias privatizadas y en manos de capital extranjero.

Por eso frente a los grandes problemas económicos del pueblo, la clase obrera no tiene iniciativas que ofrecer, tampoco frente a los más importantes asuntos de la Nación. Respecto de la solidaridad obrera, tanto en el interior del país como en relación con el extranjero, adopta una actitud de indiferencia y de silencio, resultado natural del abandono de los principios, de la ausencia de la democracia sindical y de la corrupción de sus líderes.

En resumen, las consecuencias inmediatas de esta situación son las siguientes:

- Desaparición de la democracia sindical.

- Corrupción de la mayoría de los dirigentes sindicales.

- Olvido de la lucha de clases.

- Pérdida constante del poder de compra de los salarios.

- Anulación del movimiento obrero como fuerza de opinión ante los problemas del pueblo y las demandas de carácter nacional.

Según cifras oficiales, mientras en 1963 el nivel medio de vida, medido a precios constantes de 1985 era de 1,650 dólares anuales por habitante, tras una trayectoria ascendente algo errática, alcanzó su máximo en 1981: 4,160 dólares per cápita. Como consecuencia de la crisis de diciembre de 1994 este indicador se situó en 980 dólares; es decir, menos de una cuarta parte del máximo nivel alcanzado durante la historia republicana del país. Se calcula que para recuperar el nivel medio de vida de 1981 tardaría -creciendo a una tasa media anual de 4 por ciento-, entre diecinueve y veintitrés años.

El salario real durante los cuatro últimos años ha perdido 21 por ciento del poder adquisitivo de inicios del sexenio; el poder de compra de las exportaciones mexicanas sobre las importaciones se ha reducido en alrededor de 40 por ciento. En términos del ingreso nacional disponible, la masa salarial ha reducido su participación de 41 por ciento en 1981, a 27 por ciento en 1996. Según cifras del Banco Mundial, el producto nacional bruto per cápita en México fue, en 1997, de 3,700 dólares, en contraste con los 29,080 de Estados Unidos y los 19,640 del Canadá. Según cálculos realizados a partir de hipótesis optimistas, si bajo el actual modelo de desarrollo México creciera de manera estable a tasas superiores al 5 por ciento anual, considerando tasas de crecimiento de 3.8 por ciento para Estados Unidos y 4 por ciento para Canadá, alcanzaría el PNB per cápita estadounidense en un lapso superior a 295 años, y el canadiense en más de 280.

Según datos de la Secretaría de Trabajo y Previsión Social el número de huelgas en nuestro país ha disminuido drásticamente en los últimos años. Ya desde 1991 el número de huelgas fue de sólo 140; en 1992 descendieron a 138; en 1993, a 135; en 1994, a 109; en 1995, a 96; en 1996, a sólo 47 estallamientos; en 1997 descendieron a 37. Asimismo informó que durante el primer mes del año no se registraron huelgas, situación que contrasta con lo ocurrido en el último mes de los últimos dos años, donde se observaron cuatro movimientos huelguísticos en 1998 y cuatro en 1999. Sin que ninguno de estos movimientos afectara de manera significativa el abasto de alimentos o la producción industrial, debido a que los conflictos se resolvieron en el curso de las 72 horas posteriores.

El sistema de pensiones ha sido privatizado a través de la creación de las llamadas Administradoras de Fondos de Ahorro para el Retiro (Afores), copia del de desventajoso sistema creado en Chile durante la dictadura pinochetista, porque el trabajador está obligado a aceptar no sólo el manejo discrecional de su fondo de retiro, sino además el riesgo de perderlo.

La riqueza nacional se sigue distribuyendo de una manera injusta, creando una división verdaderamente dramática entre los diversos sectores de la sociedad. Los salarios sólo participan en menos del 27% del PIB, en tanto que el capital se apodera de más del 64%; para 1989, el 10% de la población más acaudalada concentraba más del 41% del ingreso, en tanto que la mitad de los mexicanos apenas recibía el 16.7%. Así, el abismo entre riqueza y pobreza es cada vez más amplio y profundo, la distribución del ingreso es hoy la más injusta de los últimos cincuenta años.

La clase obrera dividida es impotente para influir en el cambio de la situación que prevalece. La división no se limita, sin embargo, a la parcelación del movimiento sindical en diversas centrales, facciones y grupos, cada cual autoerigiéndose en redentores del proletariado, pero sin que ninguno se guíe por las tesis del sindicalismo revolucionario.

En los últimos tiempos algunos elementos, tratando de depurar a los sindicatos de sus líderes conservadores o indeseables y de hacer resurgir la combatividad de la clase trabajadora, pretenden crear un nuevo sindicalismo, sin embargo, en lugar de lograr este propósito han contribuido también a la división ahondándola y confundiendo a gran parte de los miembros del movimiento sindical. A título de simples ejemplos se pueden mencionar algunos:

A raíz de que la Suprema Corte de Justicia de la Nación sentó, hace unos meses, la jurisprudencia que restituye a los empleados públicos el derecho a constituir él o los sindicatos que deseen, así como a pertenecer al de su preferencia, el tema de la libertad sindical ha sido tomado como bandera por diversas agrupaciones sindicales, emprendiendo una campaña nacional por la libertad sindical, que tal como la conciben a lo único que puede llevar es a pulverizar el movimiento sindical, cuestión que promueven los neoliberales y la Federación Americana de Trabajo y el Congreso de Organizaciones Industriales (AFL-CIO, por sus siglas en inglés). Las mismas organizaciones que sirvieron al imperialismo para destruir a la Confederación de Trabajadores de América Latina (CTAL), para introducir la Alianza para el Progreso, y controlar el movimiento sindical en nuestro continente.

Esta es parte de la estrategia de división y pulverización, diseñada por los neoliberales, quienes establecen la necesidad de mantener un Estado fuerte, pero solamente por lo que se refiere a su capacidad para combatir y desarticular a los sindicatos y maniatar a la clase trabajadora para beneficio de los dueños del capital. Los neoliberales quieren, por el contrario, un Estado débil, en cuanto a que no interfiera ni límite las posibilidades de lucro de los empresarios, sobre todo de los monopolios y consorcios extranjeros, que no intervenga en la economía ni tutele los derechos de los trabajadores; que recorte el gasto social y restaure una tasa "natural" de desempleo, o sea la creación de un ejército de reserva de trabajo para quebrar a los sindicatos; sobre todo si éstos son pequeños, los borran de un plumazo.

La existencia de este ejército de reserva de trabajo se ha visto reforzada como resultado de la penetración de las relaciones mercantiles en la agricultura del Tercer Mundo, con lo que las estructuras sociales y económicas tradicionales fueron proletarizadas, logrando la conformación de una gran masa de trabajadores sin empleo productivo.

Los sindicatos y la legislación laboral.

El orden jurídico en México, que a partir de 1917, defiende por igual la vigencia de las garantías individuales y las sociales, pretende también ser modificado por las organizaciones patronales, partidos políticos burgueses y el gobierno, para eliminar el carácter tutelar de la legislación laboral.

Con el pretexto de que hay la necesidad de nuevas formas de organizar la producción a causa, entre otras, del fuerte impacto de las innovaciones tecnológicas, dicen, es necesario eliminar la regulación de carácter tutelar en el ámbito jurídico laboral y sustituirla por una amplia gama de modalidades en los contratos, que ya se han venido aplicando en la práctica a partir de los años ochenta, tales como trabajos temporales, tiempos parciales, flexibilidad, movilidad funcional y toda clase de mecanismos animados por las tendencias neoliberales en el escenario mundial de la economía, en el que, para infortunio del trabajador, el poder que pierde el Estado lo gana la empresa.

Las leyes laborales en México hasta ahora no han sido modificadas; los cambios de tendencia neoliberal se han plasmado, sin embargo, en los contratos colectivos de trabajo. Pero ya desde 1988 se inició un debate que no termina aún acerca de la necesidad de flexibilizar la Ley Laboral. Las primeras propuestas de modificación provinieron de las organizaciones empresariales Concanaco y Coparmex. El punto central era la "Flexibilidad del trabajo", argumentado por el "nuevo contexto de globalización del mercado y la producción, la modernización de los procesos productivos, la necesidad de proporcionar mayor confianza a los inversionistas y, sobre todo, elevar la productividad y la calidad".

En aquellas propuestas iniciales se comprendían los tres aspectos clásicos de la flexibilidad del trabajo, además, se pretendía imponer limitaciones a los trabajadores en relación con los conflictos obrero-patronales.

En cuanto a flexibilidad numérica se proponía revisar el concepto de indemnización por despido, simplificar el retiro del trabajador y el concepto de salario caído así como replantear el proceso de rescisión del contrato.

En la funcional se planteaba flexibilizar la jornada de trabajo, establecer la polivalencia y comisiones de productividad.

En la salarial replantear el concepto de salario remunerador y poner el salario en función de la productividad y de las condiciones económicas de cada empresa, reformular la idea de prestación económica y ponerla en función de las capacidades de cada empresa, así como implantar el salario por hora.

En cuanto a los conflictos obrero-patronales se pedía prohibir las huelgas por solidaridad, establecer la responsabilidad de los sindicatos si las huelgas eran declaradas inexistentes y mayores restricciones a las huelgas en los servicios públicos.

En el año de 1989 la diputación obrera del Partido Revolucionario Institucional (PRI), logró que el Congreso de la Unión hiciera una consulta popular acerca de las posibles modificaciones a la Ley Federal del Trabajo; la Secretaría del Trabajo formó una comisión tripartita para la elaboración de un proyecto de modificación, pero ésta no llegó a emitir ningún resultado público. Desde ese año a la fecha, periódicamente los empresarios nacionales y extranjeros han reclamado una nueva Ley del Trabajo y los sindicatos se han dividido entre los que se oponen a toda modificación -el llamado sindicalismo independiente, y, además, la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y el Sindicato Mexicano de Electricistas (SME)- y los que aceptan modificaciones que no afecten derechos adquiridos, sobre todo hablan de la necesidad de un nuevo capítulo acerca de modernización y productividad, entre éstos el Sindicato de Telefonistas de la República Mexicana (STRM) y el Frente Auténtico del Trabajo (FAT).

Una propuesta sistemática empresarial está contenida en el documento que las organizaciones empresariales: Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex); Confederación Nacional de Cámaras de Comercio (Concanaco), y Cámara Nacional de la Industria de la Transformación (Canacintra), presentaron en 1994 al candidato triunfante del PRI a la Presidencia de la República, Ernesto Zedillo, de lineamientos de política económica que contiene un apartado laboral. En este documento se pretende justificar el cambio en la legislación del trabajo en aras de lograr una mayor competitividad. Los puntos principales de modificación según los empresarios serían:

- Movilidad funcional y geográfica con multibabilidades.

- Contratos temporales, por hora o jornada reducida.

- Racionalizar causales de rescisión de contratos.

- Limitaciones en cuanto a responsabilidades en juicios laborales por el pago de salarios caídos.

- Pago por hora.

- "Democratizar" la huelga: previo al estallamiento, acreditar la voluntad mayoritaria de los trabajadores con voto secreto; asimismo en la decisión para levantarla.

- Desaparecer las juntas de conciliación y arbitraje.

- Desaparecer los contratos ley.

- Establecer contratos de capacitación sin que impliquen relación laboral.

- Acabar con el escalafón ciego y cambiarlo a escalafón por capacidad.

- Establecer prestaciones laborales y sindicales de acuerdo con las condiciones de cada empresa (implica el cuestionamiento del funcionamiento de la seguridad social).

- Eliminar la cláusula de exclusión por ingreso y separación.

- Libertad de sindicalizarse, y

- Sindicalismo apolítico (acabar con la relación con los partidos).

En cuanto a proyectos de modificación de la ley laboral, las organizaciones empresariales no han presentado un sólo frente. El Consejo Coordinador Empresarial (CCE) es el que ha apoyado de manera más decidida la política económica del gobierno y, en esta medida, en los períodos en los que el Estado no insistió en la reforma laboral tampoco el CCE consideró que era indispensable. Una posición semejante adoptó la Concamin. Es decir, las insistentes han sido la Concanaco y la Coparmex. Desde el inicio de la campaña de Carlos Salinas de Gortari por la Presidencia (1988) prometió una nueva ley laboral, pero terminó su período y no lo logró, declarando al final de su período que dos grandes reformas estaban pendientes: la laboral y la de seguridad social. La CTM, al inicio (1989), no tuvo una posición definidamente opuesta a la reforma, pero cuando se conoció la propuesta de la Coparmex-Concanaco, que en parte es anticorporativa, cambió radicalmente y, desde entonces, se ha mantenido renuente a toda modificación. Entre mayo de 1990 y mayo de 1992, el gobierno ya no insistió en la reforma; los empresarios, por el contrario, siguieron declarando la necesidad de llevarla a cabo, y la CTM, oponiéndose. De mayo de 1992 a noviembre de 1993, se estableció una especie de tregua entre la CTM y los empresarios para no entorpecer la negociación del Tratado de Libre Comercio (TLC); a partir de ahí los empresarios han insistido en la reforma, la CTM se ha opuesto y el gobierno no ha declarado abiertamente que exista esta necesidad.

Los sindicatos por su parte no tienen un proyecto público de nueva ley del trabajo, aun los que se inclinan por la modificación. Así, los telefonistas están por un nuevo capítulo de modernización y productividad; la Unidad Obrera Independiente (UOI) acepta que haya cambios más o menos en el mismo sentido; el FAT declara que, en efecto, la ley debe modificarse pero afirma que la actual correlación de fuerzas es de tal manera desfavorable a los sindicatos que se correrían muchos peligros si se entrara a un proceso de reforma en tales condiciones; la CTM se sigue pronunciando en contra de todo cambio; el SME se opone al igual que la CTM, y las otras centrales (CROC, CROM, CGT) poco han aportado al debate.

En 1995, la posición patronal y de los neoliberales en la polémica acerca del cambio en la Ley Federal del Trabajo fue reforzada por los planteamientos contenidos en el Plan Nacional de Desarrollo elaborado por el gobierno de Ernesto Zedillo, en el sentido de que era necesaria la flexibilización de los mercados laborales. Sin embargo, la política de la Secretaría del Trabajo, de "flexibilización de la ley", siguió hasta 1996 un camino gradualista, llamando a la CTM y a la Coparmex a ponerse de acuerdo; la negociación se reinició con el mutuo reconocimiento de la necesidad de una nueva "cultura laboral".

En este contexto, la derecha, a través del Partido (de) Acción Nacional (PAN) presentó su iniciativa de reforma de la legislación laboral. El proyecto del PAN, elaborado por el abogado Néstor de Buen, tiene dos componentes principales: primero, considera la flexibilidad del trabajo en aspectos muy diversos, coincidiendo en su esencia con las propuestas de la Coparmex y la Concanaco; y, segundo, la democratización de las organizaciones obreras, vertiente ésta que se aleja de las pretensiones gubernamentales y de las cúpulas patronales y obreras.

En el aspecto de la flexibilidad del trabajo, el proyecto panista cambia principios básicos del derecho laboral que han predominado en México al rechazar el carácter tutelar del Estado con respecto de la parte más débil en la relación laboral y sustituirlo por la función de "guardián del equilibrio entre los factores de la producción"; el otro cambio importante en los principios es la sustitución de la idea de justicia social por la "promoción del empleo y la productividad". Por este camino, la flexibilidad del trabajo aparece en el proyecto de la ley en sus tres formas clásicas: la flexibilidad numérica, es decir, la capacidad de las empresas para emplear o desemplear, de acuerdo con las necesidades de la producción. En este sentido se introducen las nociones de contrato de aprendizaje con su período de prueba; se flexibiliza la terminación de la relación laboral con la inclusión de una prima de antigüedad, independientemente de la causa de la terminación que sustituye a los 20 días por año más los tres meses de salario y a la anterior prima de antigüedad de 12 días de salario por año; flexibiliza el trabajo discontinuo y reglamenta el empleo de subcontratistas.

Democracia y sindicatos.

Lombardo Toledano sostenía que es tan importante, tiene tanta fuerza constitucional la libertad de asociación de las personas, como la libertad de formar sindicatos. Tiene tanta trascendencia la libertad de expresión del pensamiento como el derecho de huelga. Tiene el mismo rango la libertad de creencias que el derecho de los campesinos a la tierra. Cuando se viola cualquiera de estos derechos, se suspende el orden jurídico del país: el régimen democrático entra en crisis y señalaba: "en el mundo de nuestros días en el que los principios que hicieron posible el desarrollo de la democracia burguesa han sido olvidados por la misma burguesía, particularmente en las naciones que han llegado al período de exportación de sus capitales, a la etapa imperialista, el mantenimiento del régimen democrático, el respeto a los derechos individuales y a los derechos sociales, constituye la única garantía de progreso para las masas trabajadoras que forman la gran mayoría del pueblo."

En base a las tesis lombardistas, la vigencia de los derechos sindicales es en la actualidad la piedra de toque del sistema democrático de gobierno. Ahí en donde esos derechos se hallan en vigor, se puede afirmar que existe vida democrática. "En donde se violan o están de hecho suspendidos, la democracia no existe, por más que la proclamen las trompetas de la propaganda y la demagogia", afirmaba categórico Lombardo Toledano, y citaba un proyecto de Carta Mínima de los Derechos Sindicales, formulada hace cuatro décadas por la Federación Sindical Mundial, los cuales conservan plena vigencia pero que como hemos señalado, en México están lejos de cumplirse.

1. Derecho para todos los trabajadores manuales e intelectuales de organizar sindicatos, de afiliarse, de participar en actividades sindicales.

2. Derecho de los sindicatos de ejercer su función sin injerencia ni control de las autoridades o de los patrones.

3. Derecho de los sindicatos de elegir libremente a sus dirigentes, sin injerencia ni control de las autoridades o de los patrones.

4. Derecho de los sindicatos de organizar reuniones, congresos y manifestaciones, de publicar periódicos, de colectar las cuotas y administrarlas, de crear y mantener escuelas sindicales.

5. Derecho de los sindicatos de intervenir en la defensa de cualquier trabajador, de examinar, opinar y actuar en todos los asuntos relacionados con los intereses de los trabajadores.

6. Derecho de los sindicatos de negociar y celebrar contratos colectivos y de representar a los trabajadores en los organismos encargados de los asuntos que les interesen.

7. Respeto al derecho de huelga y a sus diferentes formas de aplicación, sin limitación de ninguna clase, y prohibición de toda medida contra un trabajador por haber hecho uso de ese derecho.

8. Derecho del trabajador en la fábrica o lugar de trabajo, a expresar libremente su opinión, a reunirse y asociarse, a afiliarse al sindicato de su elección cuando existan varios, y leer y difundir la prensa sindical y obrera.

9. Derecho para cada trabajador contra toda discriminación en la contratación de sus servicios, en su empleo o en su salario, a causa de la afiliación, de su actividad sindical, de sus opiniones o convicciones personales.

10. Derecho de los sindicatos de participar en la fijación de la política social y económica, así como en la elaboración de las leyes que interesan a los trabajadores.

11. Derecho de los sindicatos de federarse en el ámbito local o nacional.

12. Derecho de las agrupaciones sindicales de adherirse a la organización de su elección y de participar en actividades sindicales internacionales y en las manifestaciones de solidaridad internacional.

Al respecto, Lombardo advertía: "cotejar la Carta de los Derechos Sindicales con la realidad, es una encuesta para saber hasta qué grado el régimen democrático existe en nuestro país y en todos los países capitalistas y coloniales. No basta saber que la ley reconoce esos derechos: lo que importa es saber si se cumplen".

Y finalizaba: "toca a la clase trabajadora hacer la calificación de nuestro sistema de vida política. Y a ella corresponde también, principalmente, que las libertades democráticas iluminen siempre el camino de nuestro pueblo".

Las tesis sindicales de Lombardo Toledano.

Haciendo una apretada síntesis de las tesis centrales de Vicente Lombardo Toledano, podemos destacar las siguientes:

En la actual etapa del capitalismo existen condiciones objetivas para la unidad de acción del proletariado, el campesinado y la pequeña burguesía, siendo el proletariado el obligado a desempeñar el papel dirigente en la alianza de estos sectores, por ser la clase más revolucionaria y cohesionada.

La injerencia del imperialismo en la vida doméstica de los países coloniales y semicoloniales frena el desarrollo de las fuerzas productivas, y los convierte únicamente en proveedores de materias primas y mano de obra barata, acentuando la miseria y la explotación de la clase obrera.

La lucha por la independencia nacional y, en los países que disfrutan de ella pero están sometidos económicamente a las fuerzas del imperialismo, sirve de base para la unidad de acción de las masas trabajadoras; la clase obrera, el campesinado, la pequeña burguesía urbana e intelectual y algunos sectores de la burguesía nacional. Por lo tanto, los sindicatos deben unir a sus demandas económicas y sociales la lucha por la independencia política nacional o por la emancipación económica respecto del imperialismo.

En los países coloniales y semicoloniales, los sindicatos deben esforzarse por crear un frente nacional que agrupe a todas las fuerzas cuyos intereses son incompatibles con los del imperialismo.

La clase obrera debe jugar un papel esencial en la creación y en la actividad del frente nacional, sin olvidar sus demandas y sus intereses de clase.

Todos los trabajadores de los países capitalistas, independientemente de su raza, religión, ideas políticas o filiación sindical, sufren la explotación capitalista. La carestía, los bajos salarios, el desempleo, la agravación de las condiciones de trabajo, la automatización de la producción, insuficiencias de la seguridad social, no distinguen opiniones políticas y filiaciones sindicales.

Por eso afirmaba que la unidad sindical es un problema táctico que deriva de una cuestión teórica. Si a los sindicatos no se les concibe como lo que son y se les asignan funciones distintas a las que les corresponden, se abre el camino para la división.

Si los sindicatos olvidan tus tareas inmediatas y sus responsabilidades históricas, se abre también el camino para la división

. La división de la clase obrera, es por lo tanto, la negación de sí misma como fuerza revolucionaria para el logro de sus intereses de clase y para contribuir a la consecución de metas superiores como la independencia nacional.

El trabajo para la unidad sindical del proletariado por lo tanto es una tarea permanente, es una posición fundamental que debe sostener de manera permanente en todos los períodos y circunstancias, cualesquiera que sean el nivel de las luchas del proletariado.

Pero -advertía el maestro Lombardo-, que la unidad no es un problema que los trabajadores puedan resolver sin tomar en cuenta el país en que viven y el mundo al que pertenecen.

La unidad depende de dos factores importantes: evitar la injerencia indebida de los diversos sectores de la burguesía -patronales o el Estado- en los sindicatos, y de mantener y ampliar la solidaridad entre los miembros y las agrupaciones de la clase obrera de un mismo país y la solidaridad obrera internacional.

Retomando el apotegma marxista: "del lado del obrero su única fuerza es su masa; pero la fuerza de la masa se rompe por la desunión", sostenía que la consigna fundamental para todos los trabajadores sigue siendo, desde hace más de un siglo "trabajadores del mundo, uníos".

Señalaba además que las organizaciones de masas, aun cuando se proponen el progreso social, el mejoramiento de las condiciones materiales de existencia de los trabajadores, y el desarrollo con independencia de su país, están integradas por trabajadores que tienen distintos conceptos filosóficos sobre el mundo, y la vida; de opiniones diversas sobre el desarrollo histórico y de diferentes creencias religiosas.

Por lo tanto, deben también ser independientes de los partidos políticos, por eso cuando la clase obrera pierde su independencia ante la clase patronal o ante el Estado, olvida que es la única clase social revolucionaria y que no puede convertirse en reserva ni en instrumento de la burguesía. Por todo lo anterior decía que la unidad, la democracia y la independencia sindical, por lo tanto, están indisolublemente ligadas entre sí y no pueden existir por separado. La democracia en el seno de las organizaciones de masas, no solamente garantiza la expresión libre de las ideas y la participación de los trabajadores en la toma de decisiones y en la elección de sus dirigentes, sino también impide que las ideas de la burguesía, con sus prejuicios, falsificaciones y deformaciones de la realidad influyan en el seno de la clase trabajadora.

La unidad, la democracia y la independencia sindical se logran únicamente, cuando los sindicatos forman sus cuadros y los educan políticamente de acuerdo con la doctrina de la clase obrera.

Esta tarea sólo puede llevarla a cabo el partido de la clase obrera, entendiendo como tal al partido integrado por trabajadores manuales e intelectuales, en todas las ramas de la producción y de los servicios. Porque todos sus miembros deben pensar de la misma manera, sin excepción, apoyándose en la misma filosofía social y conociendo y aceptando de antemano las consecuencias prácticas de la aplicación de esa doctrina a la realidad del país. Esta afirmación no es sólo un planteamiento teórico, sino un hecho comprobado invariablemente por la clase obrera de todos los países del mundo.

A manera de conclusiones.

El maestro Vicente Lombardo Toledano analizaba de manera permanente la situación del movimiento sindical de nuestro país, de su análisis se desprenden algunas enseñanzas que es importante señalar, también a manera de conclusiones, puesto que siguen conservando plena vigencia:

1. Cuando la clase obrera pierde su independencia ante la clase patronal o ante el Estado, olvida que es la única clase social revolucionaria y que no puede convertirse ni en reserva ni en instrumento de la burguesía.

2. Cuando se proscribe en los sindicatos la democracia como práctica de sus asambleas y como método para llegar a sus determinaciones, esa medida contribuye a sostener dirigentes opuestos a sus intereses inmediatos y a sus tareas históricas.

3. Cuando los sindicatos niegan el valor de la doctrina de la clase obrera y se dedican exclusivamente a las reivindicaciones materiales, caen en el economismo y pierden la perspectiva de las luchas de la clase obrera.

4. Cuando los sindicatos se convierten en partidos políticos, postergan sus funciones propias y crean la división en sus filas.

5. Cuando los sindicatos no forman sus cuadros y no los educan políticamente de acuerdo con la doctrina de la clase obrera, lo mismo que a sus elementos de base, permiten la influencia ideológica de la burguesía en sus filas y sólo mantienen su unidad en apariencia.

6. Cuando se intenta conquistar la dirección sindical por procedimientos antidemocráticos, pasando por encima de la opinión de la mayoría o violando los estatutos de una organización, ésta se divide y pierde su fuerza.

7. Cuando se crean en el seno de las agrupaciones sindicales dos o más corrientes de opinión y no se discuten sus diferencias para llegar a conclusiones unánimes y constructivas, se llega invariablemente a la división.

8. Cuando se separan de una federación o confederación algunos sindicatos, con el pretexto de alejarlos de las ideas reaccionarias de sus líderes, se olvida la teoría sindical revolucionaria y se abre la puerta a la división.

9. Cuando los dirigentes de los sindicatos se empeñan en aplicar sistemáticamente los mismos métodos de lucha en todos los conflictos y en todas las circunstancias, sin crear los adecuados en cada ocasión, las agrupaciones sindicales fracasan.

10. Cuando se hacen prevalecer las diferencias entre los sindicatos o sus dirigentes por encima de sus posibles puntos de acuerdo, la unidad es imposible y los enemigos de la clase obrera aumentan su fuerza y contribuyen a mantener la división.

11. Las desviaciones de derecha, lo mismo que las desviaciones de izquierda, frenan el desarrollo y la unidad de las agrupaciones sindicales, estancan su lucha o las conducen a la derrota.

12. Si las reivindicaciones de clase de los trabajadores no se asocian en un país semicolonial como México, a las demandas del pueblo y a las exigencias de la liberación nacional, los éxitos de la clase obrera son transitorios y pueden anularse con facilidad.

13. Si la clase trabajadora acepta o tolera la dirección de los organismos y de los líderes que sirven al imperialismo norteamericano, cabeza del imperialismo internacional, se convierte en enemiga de sus propios intereses y también de los intereses del pueblo y de la Nación mexicana.

La tarea fundamental de los sindicatos y de sus dirigentes progresistas y revolucionarios, es la de hacer posible la unidad de todos los trabajadores, independientemente de su afiliación y de sus ideas políticas, en acciones comunes por las demandas de las grandes mayorías, para hacer posible la reconstrucción de la unidad orgánica perdida.

Bibliografía:

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De la O Martínez, María Eugenia. Innovación Tecnológica y Clase Obrera. México, UAM-UI. Las ciencias sociales. Miguel Angel Porrúa, grupo editorial, 1994. ç

Lombardo Toledano, Vicente. Teoría y Práctica del Movimiento Sindical Mexicano. México, Ediciones del Partido Popular Socialista, 1994.

Lombardo Toledano, Vicente. "Derecho de clase y régimen democrático", en Escritos en Siempre! Tomo III, Vol. II. México, CEFPSVLT, 1994.

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Pérez Pérez, Gabriel. "La reestructuración autoritaria del sindicato independiente de Volkswagen de México: contribución a una sociología de las organizaciones sindicales", en Revista de la División Académica de Ciencias Sociales y Humanidades. No. 15, septiembre-diciembre 1996. Villahermosa, Tabasco, México, Universidad Autónoma de Tabasco.

Correo Laboral. Publicación mensual del Centro de Investigación Laboral y Asesoría Sindical (CILAS) No. 6, Noviembre-diciembre 1999, México. Anderson, Perry. Lecciones para la izquierda.

"En busca del sindicalismo perdido", en El Cotidiano, revista de la realidad mexicana actual. No. 66, diciembre de 1994. México, UAM.

   
 
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