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Considerados
como la ayuda económica que presta el sector público con la finalidad
de satisfacer determinadas necesidades, individuales o colectivas,
de carácter social o económico, los subsidios son una práctica que
ha estado presente en la historia moderna de todos los países incluyendo
el nuestro.
En
México, los subsidios en salud, educación, alimentos, vestido y
otros rubros de carácter social, fueron ampliamente difundidos,
pero no sucedió de la misma manera con los que se otorgaban a empresas
o individuos cercanos al poder, que se benefician de diversas maneras
de los recursos públicos.
Posteriormente,
los cambios ocasionados por la implantación del neoliberalismo en
la economía nacional y, en general, por lo ocurrido en las últimas
dos décadas en el país, modificaron sustancialmente el monto de
los subsidios destinados a cada uno de esos grupos de la población,
mientras los de carácter popular, los de contenido social, han disminuido
en forma permanente, los otros, los destinados a aquéllos que cuentan
con inmensos recursos económicos, se han incrementado, a veces en
forma escandalosa.
Como
muchos otros aspectos relacionados con la intervención del Estado
mexicano en la vida económica del país, los subsidios no fueron
concebidos teóricamente, desde el punto de vista de la economía
política, para luego convertirse en elementos integrantes de la
política económica; por el contrario, fueron los requerimientos
de las diversas etapas del desarrollo nacional los que los hicieron
necesarios y posteriormente, desde el poder público, se realizaron
las argumentaciones que les daban justificación económica o social.
Así
sucedió con la participación directa del Estado mexicano como productor
directo de bienes y servicios. Primero se nacionalizaron las empresas
encargadas de explotar los recursos naturales estratégicos, después
se constituyeron las empresas estatales correspondientes y a lo
largo de esos procesos se formularon las tesis que daban justificación
a esas medidas económicas. Unas veces en nombre de la soberanía
nacional, otras para impulsar el desarrollo económico del país y,
otras más, para proporcionar los bienes y servicios necesarios para
incrementar el bienestar de la población. Entre otras cosas se estableció
que las empresas estatales no tenían como objetivo el lucro, sino
la consecución de objetivos nacionales y populares que contribuyeran
a nuestro desarrollo y a la elevación del nivel de vida del pueblo.
De
esa manera el Estado mexicano intervino primero en la agricultura,
después en la industria, posteriormente en los transportes y comunicaciones
y, finalmente, en las operaciones mercantiles.
Este
último aspecto, es el que está relacionado con los subsidios de
carácter popular y tiene modalidades muy importantes que es necesario
resaltar para valorar adecuadamente los cambios operados en la materia,
a lo largo de los tres últimos gobiernos, todos ellos de corte neoliberal.
El
origen de los subsidios al consumo de las clases y sectores populares
se remonta a la época de la Segunda Guerra Mundial. Durante aquellos
años, el gobierno dictó medidas de emergencia para aliviar la situación
de grandes sectores del pueblo que habían visto disminuir drásticamente
la capacidad adquisitiva de los salarios, a consecuencia de la reorientación
de las actividades económicas que habían sido puestas al servicio
del compromiso que México había adquirido al sumarse a la lucha
contra el nazismo.
Al
concluir la guerra, los empresarios mexicanos y en general la llamada
iniciativa privada, clamaban porque desaparecieran esos subsidios,
pero el gobierno apoyado en los buenos resultados obtenidos mediante
la puesta en práctica de esas medidas, mantuvo su intervención en
el mercado interno para impedir la especulación con los artículos
de consumo necesario.
Desde
entonces, los grandes comerciantes que controlaban esos artículos
argumentaron que otorgar subsidios a los consumidores, fijando precios
a los comestibles y a sus materias primas, interfería indebida e
ilegalmente en la actividad comercial, la cual aseguraban debía
estar regida siempre por la ley económica de la oferta y la demanda
y no por decisiones de carácter político.
La
respuesta del gobierno fue categórica, no solamente no cedió ante
las presiones de la burguesía comercial sino que avanzó en la constitución
de un organismo encargado de esa responsabilidad, así se llegó a
la creación de la sociedad anónima denominada Compañía Nacional
de Subsistencias Populares (Conasupo).
Sin
embargo, tal empresa carecía de apoyo legal para justificar su existencia
como organismo creado y dirigido por el poder público, por lo que
posteriormente, el 23 de marzo de 1965, el presidente Gustavo Díaz
Ordaz, tomó las medidas necesarias para regularizar jurídicamente
el papel de la Conasupo: declaró disuelta la sociedad comercial
para reemplazarla por el organismo público descentralizado que,
con el mismo nombre, quedó integrado al sistema de las instituciones
económicas del Estado.
Al
principio orientó su acción al sector rural, donde también jugó
otro papel importante al proteger los ingresos de los campesinos
a través del establecimiento de los precios de garantía, posteriormente
amplió su campo de acción a las zonas urbanas donde crecieron el
número de pequeñas tiendas de barrio e inclusive fueron creados
grandes centros comerciales, los Conasuper, similares a los supermercados
de capital privado nacional asociado con inversionistas extranjeros,
que hoy proliferan por el país.
Además
desarrolló filiales destinadas al almacenamiento de los granos que
adquiría de los campesinos y las relativas a la producción e industrialización
de productos de primera necesidad, como la relacionada a la producción
y comercialización de harina para elaborar tortillas, y Liconsa,
empresa encargada de procesar y comercializar leche a bajo costo
para las familias de bajos ingresos.
El
arribo de los neoliberales al gobierno federal propició que las
tesis empresariales, opuestas a los subsidios al consumo, fueran
adoptadas oficialmente. Primero se realizó un análisis crítico de
la Conasupo y sus filiales, para dar paso al proceso que los neoliberales
denominaron eufemísticamente de desincorporación de empresas públicas,
proceso que consistió en la liquidación o venta de dichas empresas,
o en el mejor de los casos, manteniéndolas en poder del gobierno
federal, pero minimizando ostensiblemente sus alcances.
Durante
el gobierno de Miguel de la Madrid, al amparo de la tesis de que
el Estado mexicano estaba obeso y que por ello no podía cumplir
adecuadamente con sus responsabilidades, se inició el proceso de
venta de empresas públicas, en aquella etapa el esfuerzo se orientó
hacia las que, según el análisis gubernamental, eran ineficientes
o que operaban con números rojos.
A
finales de ese gobierno, la crítica contra la Conasupo se orientó
hacia la denuncia de sus debilidades: se señaló que registraba exceso
de costos y gastos con relación a los ingresos; que a pesar de las
transferencias gubernamentales para mejorar dichos resultados, los
recursos no habían sido suficientes para absorber sus propias pérdidas
y mucho menos las obtenidas por sus filiales; que para cubrir el
diferencial entre los precios de compra y venta, había sido necesario
que el organismo recurriera sistemáticamente a la contratación de
créditos internos y externos y que esto último había incrementado
aun más sus costos por la excesiva carga financiera.
Las
medidas iniciales respecto de Conasupo y sus filiales consistieron
en la celebración del "Convenio para el Cambio Estructural, el Reordenamiento
Integral y la Rehabilitación Financiera de la Compañía Nacional
de Subsistencias Populares", mediante el cual el gobierno absorbió
62 por ciento de la deuda de la Conasupo y ésta se comprometió a
orientar su participación a la regulación indirecta de productos
básicos, iniciar la racionalización de los subsidios a la leche,
a la tortilla y al pan blanco, eliminar el subsidio a la harina
de trigo y cuidar que sus precios de venta incluyeran los costos.
Dichos compromisos operativos, administrativos y financieros también
fueron extensivos para todas sus filiales.
Durante
el gobierno de Carlos Salinas de Gortari la crítica se hizo más
dura y en diversos documentos se estableció que los subsidios alimentarios
no habían cumplido eficientemente su función de fortalecer el poder
adquisitivo de la población de menores ingresos, entre otras causas,
por la falta de selectividad al otorgarlos, por lo que había que
reorientarlos para que su asignación fuera transparente, selectiva,
racional y temporal y que ello se tradujera en una mejoría del poder
adquisitivo de los que menos tienen.
Además
se señaló que esas políticas generaban irregularidades en el abasto
de productos básicos y se insistió en que representaban una onerosa
carga para el gobierno federal. Que había que reforzar la participación
de los particulares en el abasto, para propiciar la estabilidad
de precios, sin necesidad de reglamentaciones específicas.
Se
reiteró el planteamiento que señalaba la pesada carga que Conasupo
y sus filiales representaban para el gobierno, que los subsidios
generalizados no siempre beneficiaban a las clases más necesitadas,
sino a veces grupos privilegiados, que los desequilibrios financieros
no podían solventarse en forma permanente, que las tiendas rurales
no eran de calidad ni tenían abasto suficiente por la falta de capitalización,
que las urbanas eran insuficientes, mientras que otras se habían
establecido en zonas donde habita gente con mayores ingresos.
De
todo ello, los tecnócratas sacaron la "brillante" conclusión que
consistió en afirmar que cuando los subsidios son generalizados,
se desperdician los recursos y a partir de ese momento se inició
la venta de empresas filiales de la Conasupo. Se vendieron, en 1991,
3 empresas de Liconsa, la Planta Pasteurizadora Morelos y la Planta
de Alimentos Balanceados Morelos, ambas en Coahuila, la Unidad Aguascalientes
y sus 3 centros de acopio, los Almacenes Nacionales de Depósito,
e Industrias Conasupo.
Mientras
se recortaba el monto presupuestal destinado a satisfacer las necesidades
del pueblo, se mantenían, por las más diversas vías, exenciones
de impuestos, tarifas preferenciales, créditos y apoyos financieros,
es decir, los subsidios a los sectores económicamente poderosos.
Durante
este gobierno, esa situación se ha profundizado y se ha hecho más
evidente, en todos los renglones, esa doble política: criticar y
reducir los subsidios al consumo de los sectores populares y, a
la vez, incrementar escandalosamente los subsidios a los grandes
capitalistas, nacionales y extranjeros.
En
la actualidad las tiendas Conasupo son casi inexistentes, no queda
ninguna tienda Conasuper y a pesar de que la miseria crece y el
número de pobres se acrecienta, los subsidios al consumo y a las
demás actividades económicas de los sectores populares son cada
vez menores. Por ejemplo, el Fidelist, programa de la Secretaría
de Desarrollo Social que tiene como antecedente el tortibono o tortivale
del Programa Maíz-Tortilla que Conasupo puso en marcha en abril
de 1986, en 1999 sólo benefició a 1´181,503 familias del subsidio
a la tortilla. Además, mientras a través de Procampo los campesinos
pobres que cuentan con 3 ó 4 hectáreas, se enfrentan a diversas
trabas burocráticas que muchas veces les impiden recibir los subsidios
que se anuncian profusamente por la televisión, es frecuente encontrar
a empleados de la Secretaría de Agricultura, Ganadería y Desarrollo
Rural (SAGAR), preocupados por entregarles a los capitalistas agrarios,
a través del programa de fertirrigación de Alianza para el Campo,
cuantiosos subsidios que representan hasta 45 por ciento de las
inversiones que ya han realizado en infraestructura para el riego
de sus grandes extensiones de tierra.
Lo
mismo sucede en cuanto al programa de equipamiento rural, también
de Alianza para el Campo, sobre todo por lo que se refiere a la
compra de tractores, ya que los precios de éstos son inaccesibles
para ejidatarios, comuneros y auténticos pequeños propietarios y
en la práctica sólo sirve para subsidiar a los campesinos ricos,
que se benefician con los descuentos a los precios de los tractores
conseguidos a través de este programa y de los subsidios que otorga
el gobierno. De esa manera, adquieren varios tractores, lo que los
beneficia enormemente y convierten los subsidios al campo, de programa
de asistencia social a los grupos más desprotegidos, en mecanismo
de transferencia de recursos públicos a quienes no los necesitan.
Pero
si quisiéramos poner un ejemplo más contundente que evidencia el
apoyo desmedido del gobierno a los sectores económicamente poderosos,
lo mejor es referirnos al Fondo Bancario de Protección al Ahorro
(Fobaproa), posteriormente transformado en Instituto Para el Apoyo
Bancario (Ipab).
Desde
que se inició el proceso de privatización bancaria se iniciaron
las irregularidades en el manejo de los recursos destinados a la
compra de las instituciones de crédito y al financiamiento de proyectos
carentes de sustento, que sirvieron solamente para justificar la
canalización de recursos públicos a empresarios que coludidos con
el poder público se vieron favorecidos con el proceso de desmantelamiento
del sector estatal de la economía.
El
Fobaproa se originó desde la misma privatización de la banca, ya
que el gobierno salinista le prestó dinero de los propios bancos
y de Nacional Financiera a ciertos empresarios, llamados ahora neobanqueros,
para que éstos pudieran comprarla.
Los
neobanqueros, o no conocían el negocio o de plano sólo estaban interesados
en los bancos porque querían utilizar los mecanismos financieros
que les permitieran incrementar ilícitamente sus fortunas.
A
todo lo anterior se sumó la crisis de diciembre de 1994 y sus bruscas
secuelas: la enorme devaluación de la moneda y la recesión económica.
Por
ello el Fobaproa no sólo es un problema de enormes dimensiones por
el monto de recursos que se le han asignado, sino también por las
implicaciones políticas que encierra.
El
Fobaproa no son sólo los más de 63 mil millones de dólares, o lo
que es lo mismo, los más de 550 mil millones de pesos originales,
que se incrementaron en el lapso en que esta institución se transformó
en el Ipab, que el gobierno neoliberal, con la complicidad del partido
de la derecha tradicional, el PAN, convirtió en deuda pública, es
decir, deuda que ahora recae sobre todos los mexicanos, cuya inmensa
mayoría nada tienen de responsabilidad en torno a tal cuestión.
El
Fobaproa, como se dijo antes, no es sólo eso. La situación real
es que el gobierno vendió los bancos en aproximadamente 12 mil millones
de dólares y después convirtió en deuda pública la suma de 82 mil
millones de dólares (que es el costo final del Fobaproa-Ipab), cantidad
que invirtió para "salvar" a los banqueros y cuya parte fundamental
éstos se embolsaron mediante préstamos personales y familiares,
y de otros mecanismos igual de corruptos.
Lo
anterior representa que, a precios actuales, durante los próximos
40 años, habremos de pagar los mexicanos, a través del Presupuesto
de Egresos de la Federación, la monstruosa cantidad de 25 mil millones
de dólares anuales, cifra equiparable a la destinada a la educación
nacional y que, desde luego, repercutirá en todos los programas
sociales, reduciéndolos; es decir, disminuyendo todavía más el subsidio
a la población que menores recursos tiene.
Fobaproa-Ipab,
vistas las cosas con claridad, sirve para desenmascarar los falsos
argumentos gubernamentales que, aduciendo la falta de recursos económicos,
tratan de justificar su política de privatizaciones. En efecto,
con los recursos que se le han destinado al Fobaproa-Ipab hubiera
sido posible modernizar la industria petroquímica y no se estarían
intentando vender sus plantas; con esos recursos hubiera alcanzado
para atender las necesidades de ampliación y mantenimiento de la
industria eléctrica y no estaría el secretario del ramo aduciendo
carencias para esta importante área de la economía. Los recursos
destinados a ese fondo servirían para incrementar el presupuesto
de áreas vinculadas al bienestar de la población, como son salud,
vivienda y educación, y no hubiera sido necesario que las autoridades
de la UNAM, por falta de presupuesto suficiente, aprobaran un incremento
de cuotas que provocó un conflicto que ya dura más de un año y aún
no concluye.
Si
lo vemos desde otra perspectiva, el monto del Fobaproa es tan grande
que incrementará en más de 200 por ciento la deuda interna bruta
del gobierno. Y representa más de un tercio de toda la deuda externa
del país.
Hasta
ahora, todas las posiciones políticas en torno a este tema -de los
partidos que cuentan con representación en el Poder Legislativo-,
eluden el problema principal y centran su atención en los aspectos
secundarios; de esa manera tratan de que la opinión pública sólo
se interese por elementos que, siendo parte del problema, son menores,
como la lista de los beneficiarios del Fondo o la realización de
auditorías para encontrar los casos de corrupción.
El
problema central del Fobaproa-Ipab no hay que buscarlo en sus efectos
sino en sus causas, y la principal es la aplicación de un proyecto
que está diseñado para favorecer los intereses de la minoría y del
capital financiero internacional.
El
problema es que la política de subsidios ha dado un giro de 180
grados, ya que mientras se endeuda por cerca de medio siglo a todos
los mexicanos con recursos de una gran magnitud, por cantidades
mucho menores se toman decisiones que recortan el presupuesto y
con ello reducen las inversiones en sectores clave de la economía
y dejan de atender las necesidades sociales del pueblo trabajador,
que es el que, como siempre, está resintiendo los efectos de una
política antinacional y antipopular.
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