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MEXICO EN LA TRANSICION POLITICA LATINOAMERICANA
Por Cuuhtémoc AMEZCUA DROMUNDO

Texto íntegro de la conferencia dictada por Cuauhtémoc Amezcua Dromundo en el Seminario Internacional La transición política en América Latina. Universidad Autónoma de Zacatecas, Zac. Agosto 23-25 de 2000.

Comentario inicial:
¿qué sentido tiene hablar de "transición política"
en América Latina y Caribeña?

Primero pongámonos de acuerdo, ¿de qué hablamos en concreto, cuando nos referimos a la transición política, según el título de este seminario, aquélla por la que han luchado y luchan nuestros pueblos, latinoamericanos y caribeños?

Hablamos de un transitar, ir de un lado a otro, desde luego, en el ámbito de lo político, es decir, de lo vinculado con la vida pública a diferencia con lo que es propio del ámbito de la vida privada de los individuos. Ir ¿hacia dónde?, hay que aclararlo.

¿Acaso hacia la democracia procedimental, según lo proponen los politólogos de la línea neoliberal? Yo no puedo estar de acuerdo. Es una versión engañosa generada por intereses poderosos, cuya finalidad es distraer nuestra atención del problema en su conjunto y, sobre todo, del núcleo del mismo. Actúan a semejanza de lo que hacen los merolicos en los mercados, cómplices de quienes roban las carteras a los curiosos.

Nada se resuelve con transitar hacia una democracia como las que se vienen imponiendo en México, en Brasil, en los países del Cono Sur, en Centroamérica y muchos del Caribe; se generan ilusiones en ciertos sectores, es cierto; pero en cuanto al fondo de los problemas, lejos de promover avances, produce retrocesos. Porque el problema es otro.

En el núcleo de las grandes carencias de libertad, democracia, justicia y bienestar que aquejan a los pueblos latinoamericanos y caribeños desde siglos atrás, se encuentra un problema fundamental, hasta ahora nunca resuelto: el problema de la dependencia. Primero, la dependencia colonial a la que sujetaron a nuestros pueblos las potencia europeas, España, Portugal, Francia, Inglaterra, Holanda, que les impedía el derecho a la autodeterminación, es decir a diseñar y construir su destino con independencia y soberanía, y que, además, les impuso también una política de saqueo sistemático de las riquezas naturales de sus territorios y del fruto del trabajo de sus habitantes.

No bien iban saliendo de aquella dependencia luego de heroicas luchas, caían de inmediato en otra que hasta nuestros días se mantiene sin solución, la de tipo neocolonial que nos impuso Estados Unidos a toda la región, y que ha generado de nueva cuenta el saqueo de nuestra riqueza y recursos naturales, la falta de desarrollo de nuestras fuerzas productivas, la injusta distribución del producto social y la insuficiencia democrática. Contra Estados Unidos, sus fuerzas dominantes, que desde luego no su pueblo, nos advirtieron con todo el peso de su autoridad lo mismo Simón Bolívar que Benito Juárez y José Martí, por citar sólo a tres de nuestros próceres comunes de la Patria Grande latinoamericana y caribeña.

Ese problema, el de nuestra dependencia neocolonial, se ha agravado en las dos últimas décadas, las de la implantación de las políticas neoliberales, llevándonos a retrocesos brutales, luego de que algunos de nuestros países habían dado pasos hacia su liberación y el progreso de sus pueblos, como México, en concreto, gracias a su Revolución de 1910 y a su etapa constructiva, a la obra de gobiernos como el de Cárdenas, el de López Mateos y el de Echeverría. Hoy, en cambio, México y la mayoría de nuestros países son más dependientes que hace veinticinco años, nuestras economías más enajenadas, nuestras deudas más grandes, nuestras sociedades más injustas, nuestros pueblos más pobres y nuestro porvenir más incierto.

Por eso es que, pongámonos de acuerdo, la transición política a la que aspiran nuestros pueblos no puede reducirse a una democracia de fachada, o más bien de caricatura, como nuestras flamantes democracias procedimentales, porque el problema es otro, más amplio y complejo, y su premisa sigue siendo hoy la misma que alentó la lucha de nuestros mayores a lo largo de muchas generaciones: romper con la dependencia del exterior, lo que implica conquistar el derecho a la soberanía y la autodeterminación; evitar el saqueo de nuestros recursos y de la riqueza que generamos con nuestro trabajo y crear las condiciones para poder construir una vida justa y digna. Porque sin romper la dependencia y conquistar el derecho a la autodeterminación será imposible escoger con libertad nuestros proyectos de Nación, nuestras opciones de democracia y construir el porvenir que nuestros pueblos decidan sin que nos impongan visión alguna desde fuera.

¿Con respecto de quién tenemos que romper la dependencia hoy? Con respecto de Estados Unidos como Estado, y con respecto de otro tipo de entes tanto o más poderosos hoy en día que muchos Estados nacionales, algunos con rostro relativamente fácil de ubicar, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial; como también las grandes corporaciones transnacionales petroleras, alimentarias y de otras ramas, inclusive las refresqueras, algunas de las cuales son más poderosas que muchos países juntos. Y otros entes que, si bien su rostro es más difícil de fijar; sus efectos son igualmente esclavizantes y saqueadores, como es el caso del capital financiero internacional.

La transición política de la que yo voy a hablar, aquélla por la que históricamente han luchado y luchan hoy los pueblos de América Latina y Caribeña, es la que conduce a su independencia, su libertad, soberanía, democracia, justicia y bienestar.

Una vez establecida esta referencia conceptual, hablaré en un primer apartado del caso de México hoy, de la situación de nuestro país luego de las elecciones del 2 de julio y sus resultados, que han tenido gran resonancia; diré cual es mi evaluación de las perspectivas que plantean. Asimismo hablaré de los cambios, a mi juicio profundos y a la vez contraproducentes que se han dado durante casi veinte años de aplicación de las políticas neoliberales, me ocuparé de la esencia de dichos cambios y de cómo conectan con lo sucedido el 2 de julio y con el futuro inmediato. Cerraré mis referencias a México, haciendo algunas reflexiones sobre los asuntos de la clase social dominante en lo político y en lo económico, antes y después de las recientes elecciones, todo ello con el fin de valorar cómo va nuestra transición política nacional a la luz de todo esto.

Más adelante, en un segundo apartado me referiré a la situación general de la transición política latinoamericana y caribeña, abordando el asunto, en primer término, desde el punto de vista del programa para tal transición, y luego, de la correlación de fuerzas necesaria para llevarla adelante, de cómo edificarla y de las vías por las que se pueda acceder a la satisfacción de los anhelos seculares de nuestros pueblos.

1. México y su transición política.

a) Luego del 2 de julio, ¿acaso
tenemos un país más democrático?

Como sabemos, resultado del proceso que culminó con la jornada electoral del domingo 2 de julio, el candidato Vicente Fox, registrado por una coalición formada por los partidos (de) Acción Nacional y Verde Ecologista de México, obtuvo el primer lugar en la votación presidencial y ambos partidos incrementaron notablemente su presencia en las Cámaras de Diputados y de Senadores. El candidato registrado por el PRI, Francisco Labastida, comprometido con el grupo tecnocrático neoliberal que tantos daños ha causado al país y públicamente apoyado por el presidente saliente, Ernesto Zedillo, fue derrotado, y el PRI por primera vez fue desplazado del Poder Ejecutivo formalmente, subrayo esta palabra.

La derrota del PRI sorprendió en diversos ámbitos de la vida nacional e internacional por razones diversas, entre otras su larga permanencia en el poder formal que había generado una especie de leyenda sobre su supuesta calidad de "invencible" y sobre sus capacidades para alterar la voluntad popular. Sin embargo, para un observador atento e informado ese resultado era uno de los más probables, puesto que a lo largo del tiempo, en un proceso acumulativo, se habían generado las condiciones para que eso ocurriera.

Al evaluar tal resultado electoral, hay diversas versiones. La oficial, tanto de las autoridades electorales como de Ernesto Zedillo, presidente saliente, habla en tono triunfalista de que México por fin entró en la normalidad democrática. Ese mismo criterio, sin discrepancias, sustentan todos los demás personeros del grupo tecnocrático neoliberal. Algunos amplían y adornan la manera de expresarlo. Se trata, dicen, de un "triunfo de la democracia; del desplazamiento de un viejo régimen autoritario y su sustitución por uno democrático". Y atribuyen lo ocurrido "a la voluntad popular". Es la misma tesis que sostiene Vicente Fox y dos corrientes reales que sustentaron su candidatura al interior del país, el Partido (de) Acción Nacional y un grupo sin estructura pero con presencia económica y política, de claro corte gerencial-empresarial que rodea de modo muy cercano al presidente electo y que asumió el nombre de "Amigos de Fox".

Paradójicamente esta versión dominante de un supuesto avance democrático no sólo es oficial; también la sustentan otros sectores, que con un criterio coherente se podría suponer que tuvieran juicios distintos. Es el caso del Partido de la Revolución Democrática, PRD, y de diversos grupos e individualidades que se asumen como de izquierda, con matices que van desde posiciones socialdemócratas defensoras del "libre mercado" hasta otras supuestamente socialistas.

Un denominador común que tienen los que evalúan de ese modo la elección, sin embargo, más allá del lugar que ocupen en el espectro ideológico y político, consiste en que todos comparten la concepción formal de democracia y no la clasista. Por tanto, elevan a la calidad de "principios" de la democracia, la no existencia de un partido único o dominante, sino dos o tres partidos entre los que debe darse una competitividad cerrada, es decir no debe existir gran distancia entre la fuerza electoral de uno y otro, y la alternancia, es decir la rotatividad entre tales partidos para ir ocupando por turnos las posiciones de gobierno.

No importa que tales rasgos cobijen gobiernos de una clase social explotadora ni que sus políticas de manera sistemática conduzcan a la pérdida de soberanía y la neocolonización de nuestros países y generen la creciente concentración de la riqueza en manos de unos pocos y, por contrapartida, pobreza creciente, desempleo y desesperanza para la mayoría de la población, pues consideran que será el propio ejercicio "democrático" del voto popular el que algún día vendrá a remediar las cosas.

De esa manera retoman como válida la tesis que el pensamiento liberal había levantado siglos atrás; no parece importarles que la experiencia histórica demuestre que tal cosa nunca llegó a funcionar así en lugar alguno de la Tierra; que el planteamiento mismo es ilusorio; que donde quiera que se instalan semejantes "democracias" puramente formales, una clase dominante -interna o externa- procura tomar de inmediato el control de los llamados sistemas electorales y de partidos para proteger sus intereses hegemónicos contra cualquier sorpresa.

Este es el tipo de "democracia" que se ha instalado en México como resultado de las reformas llevadas adelante en las dos últimas décadas, una "democracia neoliberal" cuyos mecanismos, a semejanza de los que imperan en un casino, garantizan que los dueños del negocio nunca pierdan, al tiempo que mantienen la ilusión para que haya apostadores que sigan incrementando las ganancias de dichos tahúres.

Se trata de un sistema que fue diseñado para garantizar la continuidad del proyecto neoliberal, asegurar que no lo perderían y menos todavía por la vía electoral. "Hoy los votantes pudieron optar con mayor transparencia que nunca", pregona la propaganda oficial; y es cierto, pero sólo entre proyectos semejantes, que no ofrecieron ni ofrecen alternativa ni salida real, porque quienes tomaron el control de ambos sistemas, el electoral y el de partidos, se aseguraron todas las medidas necesarias para impedir la "competitividad" y hasta el acceso a la arena a proyectos que fueran social y políticamente distintos.

Esas medidas incluyen numerosos filtros y obstáculos para evitar que participen en los procesos electorales las organizaciones políticas que signifiquen una amenaza a sus intereses hegemónicos, y mecanismos para que, si alguna llegara, a pesar de todo, a participar, aislarla, minimizarla y cerrarle el paso a cualquier posibilidad de victoria electoral. Al mismo tiempo y con el fin de garantizar su predominio, crearon los mecanismos de rotación que les son convenientes para sustituir a sus personeros periódicamente, creando la ilusión de que se trata de gobernantes de un país independiente y soberano electos por nuestros connacionales democráticamente.

Así fue que por primera vez en medio siglo, el proceso electoral que culminó el 2 de julio careció de perspectivas para los mexicanos patriotas, preocupados por el porvenir de la Nación y del pueblo. Por primera vez en medio siglo de historia, el Partido Popular Socialista no pudo participar por la falta de registro, ni hubo alguno otro que se asumiera públicamente como partidario del socialismo ni como defensor de los intereses de la clase trabajadora.

Este hecho es grave, porque más allá de las consideraciones que pudieran estar inspiradas en la defensa de legítimos derechos partidarios, en un sentido más amplio significa que se canceló el aspecto esencial de la lucha electoral en un país como el nuestro, que era precisamente el de confrontar las ideologías, tesis y programas de dos clases sociales distintas, la clase trabajadora y la burguesía; junto con ello se canceló la posibilidad de que las campañas electorales pudieran cumplir con el carácter de escuelas de masas, de arenas para la elevación de la conciencia y la organización de la clase trabajadora.

Además, hay que señalar que de los once partidos que participaron -siete de ellos agrupados en dos coaliciones-, y que con diferencias de matiz defienden los intereses de la clase propietaria, ninguno de los candidatos presidenciales que postularon sustentó un programa nacionalista, democrático y popular, que fuera coherente con su propia conducta política y con sus compromisos públicos y que incluyera cuestiones como la lucha contra el hegemonismo del capital financiero internacional y su carácter neocolonizador ni la defensa de la independencia y soberanía de México; el combate al neoliberalismo; la defensa de los intereses de la clase trabajadora; el compromiso de retomar el camino surgido de nuestro proceso histórico y las luchas seculares de nuestro pueblo; la condena al proceso privatizador de la economía y al brutal empobrecimiento al que se ha sometido al pueblo, ni la decisión de actuar contra la soberbia del clero político mexicano y sus retadoras acciones en contra de nuestra Revolución.

En esas condiciones, la confrontación de ideas, el debate entre grandes proyectos de Nación que debe caracterizar una contienda electoral útil para promover el voto informado, consciente y razonado, por parte de los ciudadanos, fue sustituida por los vicios de las falsas democracias capitalistas: mercadotecnia y comercialización de la imagen de los candidatos a costos millonarios; proliferación de encuestas convertidas en mecanismos de manipulación; abundancia de insultos y descalificaciones entre los contendientes, en fin, todo lo que degrada y deforma la vida cívica y contribuye a despojar a los ciudadanos del poder de decisión sobre el futuro de la Nación, y a convertirlos en entes pasivos en medio de una vida pública que deja de serlo y se privatiza, es decir, se convierte a la vez en fuente de lucro y de poder político concentrado en las manos de unos cuantos.

Esos mecanismos falsamente democráticos, nada respetables son los que permitieron que Vicente Fox accediera a la presidencia de la República con el beneplácito, por cierto, de los supuestos derrotados, los integrantes del grupo neoliberal gobernante, sin cuya obra profundamente destructiva estos resultados no hubieran ocurrido.

b.) La esencia de los cambios,
luego de veinte años de
neoliberalismo en México

Las transformaciones de carácter regresivo en los órdenes económico, político y social en lo interno, y en sus relaciones con el exterior que ha sufrido México en las dos décadas recientes, han afectado la calidad del Estado nacional y la composición de la clase dominante. Veamos los antecedentes:

Como resultado de las circunstancias de carácter interno y externo en que se dio la Revolución Mexicana en su etapa de lucha armada, y como resultado también de la posterior obra transformadora de dicha Revolución, dos segmentos de la burguesía con contradicciones entre ellos, habían compartido la calidad de fuerzas dominantes del aparato del Estado durante más de medio siglo, una burguesía nacionalista, partidaria de una vía propia, nacional revolucionaria de desarrollo, susceptible de formar alianzas así fueran circunstanciales con la clase obrera y otros sectores populares, y otra proimperialista, vinculada a la oligarquía criolla y subordinada al capital financiero internacional, a las corporaciones transnacionales y sumisa frente a la política estadounidense.

La esencia contradictoria de los intereses de esos dos sectores de la burguesía determinó que existiera una permanente pugna entre ambos, lucha que registró numerosos altibajos y se reflejó en el carácter zigzagueante de las políticas públicas. Puede decirse, sin embargo, que salvo el período de Miguel Alemán (1946-1952) -de franco retroceso-, y el de Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958) -de transición hacia la salida del alemanismo-, la tendencia general durante el siglo, hasta 1982, fue hacia el predominio del nacionalismo revolucionario.

Es decir, se venía fortaleciendo el sector nacionalista de la burguesía que tenía contradicciones objetivas con el imperialismo a causa de sus intereses propios, razón por la cual con frecuencia asumía posiciones de carácter patriótico y progresista. Este sector de la burguesía tenía como base económica de su poder el sector estatal de la economía, que llegó a tener un peso muy significativo, sobre todo hacia mediados de la década de los sesenta, momento en el que se alcanzó a registrar un estado de equilibrio entre el sector público y el privado de la economía, equilibrio que por su carácter precario, como es natural, no podría prolongarse por mucho tiempo sino que tendría que romperse a favor de uno u otro bando en una lucha que se volvió, por lo mismo, más enconada.

La década de los setenta, en medio de conflictos crecientes, sin embargo, en términos generales registró nuevos avances para la corriente nacional revolucionaria, sobre todo durante el gobierno de Luis Echeverría (1970-1976), sin duda patriótico y progresista, y todavía, aunque en menor medida, en el de José López Portillo (1976-1982), al que salva de manera particular su decisión, en las postrimerías de su mandato, de estatizar la banca con todo el conjunto de empresas y bienes diversos que controlaba.

Luego de 1982 un grupo de tecnócratas con mentalidad desnacionalizada, formalmente emergida del mismo PRI, tomó en sus manos el Ejecutivo y desplazó de Palacio Nacional y Los Pinos al sector nacionalista de la burguesía, pero no solamente eso, sino que impuso un viraje radical con respecto del camino hasta entonces seguido, el del nacionalismo revolucionario.

Ese segmento tecnocrático de la burguesía proimperialista cumplió así con la misión de facilitar desde dentro la imposición en nuestro país de las políticas del neoliberalismo, tal y como las diseñaron y exigieron aparatos al servicio del capital financiero internacional y de las corporaciones transnacionales, como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. El grupo tecnocrático neoliberal mantuvo entre sus elementos la titularidad del poder Ejecutivo durante tres sexenios, los de Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo. Los cambios impuestos durante estos dieciocho años han sido dramáticos y profundamente regresivos y han transformado al país, en esencia, en estos aspectos:

a) De independiente y soberano, en lucha por reafirmarse como tal, que fue México, lo han ido convirtiendo en una neocolonia, tanto en lo económico como en lo político. En efecto, con las privatizaciones, los tecnócratas fueron enajenando los bienes que constituían el patrimonio nacional de los mexicanos, entregándolo a capitales extranjeros, con lo que perdimos soberanía económica; y por medio de la suscripción de compromisos inadmisibles, desde el punto de vista de la soberanía nacional, entre otros las llamadas "cartas de intención", fueron transfiriendo a instancias del exterior decisiones vitales para el rumbo del país, que quedaron ya sólo hipotéticamente en el ámbito de los poderes nacionales, como el Congreso de la Unión.

b) Al mismo tiempo, han ido desmontando el Estado nacional surgido de la Revolución Mexicana y no para sustituirlo por un Estado nacional cualitativamente distinto, sino por un seudoestado mínimo, un mero aparato que va dejando de tener los atributos propios de un Estado nacional, para adquirir funciones puramente administradoras y de vigilancia y represión social, carente de soberanía, un instrumento al servicio de los nuevos amos, que están en el exterior. Con esto no sólo han hecho que se pierdan grandes conquistas de la Revolución de 1910, sino que van revirtiendo logros históricos que datan desde las luchas que encabezaron Hidalgo y Morelos, para liberarnos, y Benito Juárez, para consolidarnos independientes y soberanos.

c) Al pueblo lo han ido marginando en esas mismas áreas, la económica y la política, a pesar de que ha batallado secularmente por su autodeterminación y libertad. En efecto, al pueblo, entendido como la gran mayoría de los mexicanos -sin las franjas parasitarias y explotadoras de la población-, se nos ha marginado cada vez más en ambos aspectos: en el de la participación en la economía, en cuanto al reparto de la riqueza social que se concentra en un pequeño grupito, de vivales, y en la participación política, en cuanto a las decisiones de fondo, las que tienen que ver, no con los individuos ni las siglas, sino con el rumbo y el porvenir de la Nación, y

d) Han establecido un sistema electoral y de partidos del que mucho presumen, aunado a una falsa conciencia social, todo ello barnizado de democracia, pero que si se examina con cuidado, este sistema es más excluyente y autoritario que nunca. Veamos ahora, desde los puntos de vista de la clase social dominante y de las relaciones del Estado mexicano con el exterior, qué tipo de cambio es el que se produce en México luego de la elección del 2 de julio y sus resultados.

c) Clase social y Poder público,
luego del 2 de julio.

Como ya vimos, los tecnócratas neoliberales concretaron medidas de índole diversa, transformadoras de nuestra realidad, diseñadas por los centros del poder hegemónico del capital financiero internacional que tuvieron como resultado el de ir trasladando el centro del poder económico y político del ámbito nacional al externo, es decir, fueron neocolonizando al país, como resultado de lo cual el sector nacionalista de la burguesía fue desplazado del centro del poder económico y político.

Aunque ese sector no ha desaparecido de la vida pública nacional, pasó a un segundo plano, tendencia declinante que ha ido acentuándose durante las dos últimas décadas. A la disminución de su base económica y la mengua de su poder político, se añade el desprestigio al que la han sometido -además de las mismas conductas inadecuadas y hasta deshonestas de numerosos de sus integrantes-, una larga, intensa y desmesurada campaña publicitaria que asemeja a los integrantes de esa burguesía nacional declinante con los dinosaurios en proceso de extinción, al tiempo que exalta y exagera sus vicios, y la culpa de todos los males del país, a la vez que soslaya los vicios y culpas reales de los tecnócratas y demás especímenes de la derecha proimperialista, que ni con mucho son menores.

Con la complicidad de ese segmento tecnocrático de la burguesía proimperialista, los capitales extranjeros que dominan los mercados mundiales se convirtieron ya en el nuevo sector económicamente dominante al interior de nuestro país, con lo que quedó destruida nuestra soberanía económica. Y junto con el poder económico se han ido convirtiendo también, cada vez más, en la fuerza que va ejerciendo el poder político real en México.

Es útil señalar que entre el sector tecnocrático y proimperialista de la burguesía y el sector gerencial-empresarial, al que pertenecen Fox y su grupo político, o el de la vieja burguesía reaccionaria del panismo tradicional, no existen diferencias significativas. Por eso fue que el presidente Zedillo festejó el triunfo de Fox con tanto o mayor agrado del que podía haber mostrado si el victorioso hubiera sido Labastida, el candidato al que públicamente apoyó en el seno del PRI. La ideología y los intereses de uno y otro candidato, Fox y Labastida, fueron y siguen siendo semejantes, como lo son los de los diversos segmentos de la derecha; pero la mayor similitud radica en que unos y otros, todos, las nuevas derechas, la neoliberal y la foxista, y la panista tradicional, sirven al mismo amo, el imperialismo.

Por esa razón es que carecen en absoluto de importancia y seriedad las disquisiciones a las que se han entregado algunos observadores de la vida nacional, tanto las que se refieren a un supuesto avance o tránsito hacia la democracia, que ya tocamos, como las que especulan sobre si hubo ahora, luego de la jornada electoral, un cambio de clase social en el poder o no lo hubo.

El cambio importante, de fondo, ya se había dado antes, y no fue sólo un cambio de un segmento nacionalista por otro tecnocrático y proimperialista de la burguesía, dentro del ámbito nacional. Cuando las políticas impuestas por los tecnócratas neoliberales consiguieron desplazar a la burguesía partidaria de la vía nacional revolucionaria de desarrollo, al mismo tiempo pusieron en marcha todo un cúmulo de mecanismos que han acabado trasladando el centro del Poder económico al exterior y mucho han caminado en su propósito de transferir también el Poder político y, con ello, todo el Poder real y consumar la conversión de México en una neocolonia.

Hoy, en esta coyuntura concreta, la del 2 de julio, el cambio es menor: implica que será un segmento distinto de la misma burguesía proimperialista el que despachará en Los Pinos: sale el grupo tecnocrático burgués implantador del neoliberalismo en México, luego de que tres de sus exponentes ocuparon la presidencia: Miguel de la Madrid, Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo. Con Vicente Fox entra como relevo el segmento de los empresarios y gerentes de corporaciones transnacionales. Fox será el cuarto presidente del neoliberalismo; su tarea, no puede abrigarse duda al respecto, consiste en continuar y profundizar lo hecho por sus antecesores.

Como se ve, se trata de dos segmentos de la misma burguesía proimperialista, de una mera rotación del personal de servicio no sólo útil, sino necesaria para los amos, a causa del desprestigio en el que ya habían caído los de la camada anterior. Que éste es un segmento más reaccionario de la burguesía en todos los órdenes, es cierto; pero el Poder real no estuvo en disputa en las pasadas elecciones, sino sólo la gerencia, el equipo de los administradores a su servicio. El Poder real hace tiempo que empezó a salir del ámbito nacional para afincarse allende nuestras fronteras. Hoy se ha dado un paso más en ese mismo sentido.

La misión principal de Fox es la de consumar ese proceso, despojarnos del todo de nuestra independencia y soberanía, destruir al Estado nacional mexicano y reemplazarlo por un aparato administrativo de tipo neocolonial que esté al servicio de intereses extranjeros, los del capital financiero internacional y las corporaciones transnacionales; acabar de destruir nuestra economía nacional y sustituirla por una integrada en calidad de subordinación a la de Estados Unidos, y despojar a nuestro pueblo de la calidad de constructor de su propio destino. Para eso lo hicieron candidato, lo apoyaron y financiaron con recursos abundantes.

Resumiendo, en el caso de México, la transición política a la que aspira nuestro pueblo y por la que ha luchado secularmente, no solamente no registra avance alguno en las últimas décadas, sino, por el contrario, retrocesos graves. Por tanto, quienes sustentamos la convicción de que la transición es justa, deseable y necesaria, tenemos que redoblar nuestros esfuerzos, mucho más que en otras épocas.

Los temas que abordaré en el siguiente apartado, relativos al programa, la correlación de fuerzas y las vías para la transición política de toda Nuestra América, como bien la llamó Martí, son válidos también para México.

2) La transición política
Latinoamericana y Caribeña.

a) ¿Cuál programa?


La transición política por la que luchan los pueblos de América Latina y Caribeña es la que debe conducirlos a emanciparse del imperialismo y las fuerzas oligárquicas locales, de otro modo no tendría sentido. El asunto se complica en el mundo de hoy, unipolar, porque ya no existe la correlación de fuerzas que durante décadas propició la ruptura de numerosos países, hasta de continentes enteros con las cadenas del colonialismo y el neocolonialismo, que ese fue uno de los enormes e indiscutibles méritos del bloque que encabezó la Unión Soviética. Hoy, sin que esté la presencia de una fuerza equilibradora, Estados Unidos blande el garrote del bloqueo económico y la agresión militar con armas sofisticadas y ultramodernas, mayor descaro y capacidad destructiva que nunca.

Y se complica también por otras dos causas: los cambios que se han dado en el ámbito de la economía en las décadas recientes, que implican producción masiva altamente tecnificada que exige de muy elevados montos de inversión, y que opera con una división internacional del trabajo más extendida que nunca; y la capacidad de distracción y desorientación mucho mayor de la que hoy disponen los imperialistas para tratar de neutralizar la lucha de las ideas.

Frente a estos problemas, los pueblos latinoamericanos y caribeños, que tenemos hondas raíces semejantes de orden histórico y cultural y que enfrentamos los mismos grandes problemas, tenemos la necesidad de construir una alternativa común, un programa común de soluciones colectivamente discutido, para así redondear la base que permita un trabajo unitario y fructífero. Por lo tanto resulta una tarea inmediata y urgente: la de construir los espacios para la elaboración y discusión colectiva de ese programa común para toda la región, que se proponga el logro de la plena independencia y soberanía de nuestros pueblos y la reversión, por tanto, del proceso de supeditación creciente al que los regímenes neoliberales han sometido a nuestros países.

Nuestra alternativa latinoamericanista y caribeña debe partir de nuestra realidad actual, de países dependientes, excesivamente endeudados, cotidianamente saqueados, con escaso desarrollo de nuestras fuerzas productivas, enormes carencias y rezagos acumulados, insuficiencia de capitales productivos propios, concentración desmedida de la riqueza y pueblos depauperados, fenómenos que tenemos que contrarrestar y revertir. Debe proponerse detener el saqueo de nuestros recursos; acabar con la situación absurda en que hemos estado inmersos, según la cual nuestras economías incipientes subsidian las de países poderosos, sobre todo la de Estados Unidos. Debe proponerse desarrollar nuestras fuerzas productivas con el mayor dinamismo posible y, de manera muy importante, distribuir el producto social con equidad, para abatir los enormes rezagos, las inhumanas carencias a que están sujetos la gran mayoría de los habitantes de nuestra región.

Por tanto, tiene que proponer un proyecto de economía planificada mixta, en primer término, entendiendo que el Estado debe cumplir un papel no sólo rector y normativo sino de agente económico activo, productor y distribuidor directo, generador de satisfactores y estimulador y garante de formas sociales y cooperativas de producción; pero también debe aceptar la inversión privada, incluso extranjera, pero sujetas ambas al interés de la sociedad y, sobre todo ésta última, de manera estricta a los intereses de la Nación. Nuestro programa debe rechazar el camino de las privatizaciones y revertirlo. Poner en manos del Estado las ramas de la economía que resultan estratégicas y prioritarias, en función de nuestro proyecto histórico y de los intereses de los pueblos de la región latinoamericana y caribeña.

Un régimen de economía mixta de mutuo interés, para el inversionista privado -sea nacional o extranjero- pero también para la Nación receptora y para su pueblo: esa es en este momento la única propuesta viable opuesta al neoliberalismo y su "libre mercado", así llamado de manera tan indebida como dolosa, que conduce hacia una creciente dependencia y subordinación y, a la vez, hacia sociedades cada vez más injustas en lo interno.

Nuestro programa común debe proponerse dar un manejo distinto al enorme problema de la deuda externa, que se ha convertido en uno de los mecanismos de descapitalización de nuestros países, según el cual de manera constante erogamos cuantiosos recursos para su servicio y no sólo no la saldamos, sino que su monto crece día con día. Un manejo distinto que exige la integración de un frente común multinacional, porque uno solo de nuestros países difícilmente puede enfrentar con éxito al enorme poderío de los acreedores, que emplean este asunto de la deuda de manera deliberada como mecanismo estratégico para el saqueo y la neocolonización creciente.

Debe proponerse la construcción de un sistema democrático distinto, diferente del que se ha venido implantando durante las dos últimas décadas, en reemplazo de las dictaduras militares que proliferaban en nuestra región latinoamericana y caribeña, al grado de haberse convertido en la regla general: pero que también se han implantado en otros países, como México, que no tenían dictaduras militares y que avanzaban hacia la construcción de proyectos democráticos propios, superiores al que se ha impuesto, que bien podría denominarse democracia representativa neoliberal. Se trata de una falsa democracia en la que los procesos electorales se mercantilizan cada día más, al mismo tiempo que se despolitizan. Se trata de una perversión del sistema democrático con la que se pretende convertir al poder público de cada uno de nuestros países en una mera mercancía, muy costosa por cierto. Se trata, en esta democracia representativa neoliberal, de usurpar la soberanía del pueblo, de arrebatarle el derecho de mandato. Se trata, en suma, de una democracia ficticia, puramente cosmética.

Nuestro programa alternativo latinoamericanista y caribeño debe proponerse la construcción de una democracia distinta, que obedezca al principio de que quien manda es el pueblo y, por tanto, los gobernantes deben actuar al servicio de los intereses del propio pueblo, por lo que su gestión debe reflejarse en una creciente equidad, en beneficios sobre todo para los sectores mayoritarios de la población, lo que implica detener y revertir el proceso de empobrecimiento brutal al que estas capas mayoritarias han venido siendo sometidas por la economía neoliberal.

Además de todo lo anterior, debe proponerse sentar las bases para ulteriores transformaciones en la organización de la sociedad, hacia estadíos más avanzados, hacia la edificación de sociedades socialistas.

Nuestro programa alternativo debe tener una concepción clara con respecto del papel que corresponde al Estado en países como los nuestros. Una concepción distinta, opuesta a la que ha venido imponiendo el neoliberalismo. Este ha venido promoviendo reformas del Estado, con el pretexto de volverlo menos obeso, más ágil y eficiente. Su propósito real es distinto. Lo que quiere es debilitarlo, evitar que el Estado, en países como los nuestros, pueda jugar un papel significativo en la lucha por nuestra soberanía e independencia frente al hegemonismo de la potencia del norte y a la ambición de los capitales extranjeros de apoderarse de todas nuestras riquezas, sin límite alguno. A la tesis neoliberal del Estado mínimo debemos enfrentar el hecho de que sólo un Estado política y económicamente fuerte resulta capaz de enfrentar con posibilidades de éxito las enormes presiones que realizan el capital financiero internacional y las corporaciones transnacionales hoy en día. Sólo un Estado política y económicamente fuerte puede garantizar, por tanto, la viabilidad de un proyecto con las características que hemos venido enunciando.

Nuestra alternativa debe otorgar un espacio significativo al tema de la educación, a partir de la definición del tipo de hombre y mujer que requerimos formar: imbuido de un pensamiento firmemente juarista, bolivariano y martiano; dispuesto a la lucha por la soberanía, la equidad y la democracia; nacionalista, pero a la vez regionalista y solidario. Nuestra alternativa debe oponerse y rechazar con energía el proceso perverso que el neoliberalismo ha impuesto a nuestras universidades e instituciones de educación superior, con el propósito de supeditarlas a su proyecto neocolonizador.

Nuestro proyecto debe ser realista, serio, bien sustentado. Debe rechazar la noción de "tercera vía", tal y como la teoriza Anthony Giddens y la impulsan Clinton y Major, porque no es una vía distinta al neoliberalismo neocolonialista y depredador, sino el mismo producto, si acaso en versión aligerada, como para que sus efectos lleguen un poco amortiguados a la población y ésta no se alerte ni se organice para rechazarlo.

Una alternativa común, un programa común de soluciones bien sustentado y colectivamente discutido nos permitirá redondear la base sobre la cual podamos construir un trabajo unitario fructífero retomando el anhelo bolivariano de la construcción de la Patria Grande que, no cabe la menor duda, tiene hoy mayor vigencia que nunca.

Por último tocaré el tema del perfil de la fuerza política capaz de llevar adelante la transición política en América Latina y Caribeña y de la forma de construir esa fuerza.

b) La correlación de fuerzas
necesaria para llevar adelante
la transición política que anhelan
los pueblos latinoamericanos
y caribeños.

Al respecto, vale la pena preguntarnos: ¿por qué razones no se ha avanzado con solidez hacia la integración económica latinoamericana y caribeña, a pesar de que se han diseñado tantos mecanismos con ese fin, se han formulado pronunciamientos numerosos y suscrito muchos acuerdos? ¿Por qué razones no existe la perspectiva de que tal integración pueda darse en el futuro, en los términos perentorios que exigiría la necesidad de contrarrestar las ambiciones y las prisas con las que caminan los bloques imperialistas -Estados Unidos y Europa- para asegurar su hegemonía sobre la región?

La respuesta es sencilla: porque la correlación de fuerzas no es favorable para tales propósitos. Hace falta construirla.

Porque quienes ocupan el poder político en nuestros países, salvo la honrosa excepción de Cuba, país libre, independiente y soberano, a plenitud, y la República Bolivariana de Venezuela, que hace año y medio inició ya y va desarrollando una revolución pacífica inspirada en los ideales bolivarianos y que aspira a desembocar por su propia vía en los mismos grandes objetivos, en los demás casos, los compromisos de los gobernantes no están con los pueblos, sino con Estados Unidos como Estado, con las corporaciones transnacionales y el capital financiero internacional y los aparatos que le sirven; y también con las oligarquías.

Porque deben su acceso a las posiciones de gobierno mucho más a ese conjunto de fuerzas imperialistas y conservadoras que a los pueblos, aunque hayan accedido a tales posiciones por la vía de las democracias de fachada que se han venido implantando, y les deben también su permanencia. Y esta dependencia no de los pueblos, sino de fuerzas imperialistas del exterior, es válido en términos muy semejantes para quienes provienen de derechas más o menos francas, de "centros" -suponiendo sin conceder que tal categoría política pudiera existir-, o de izquierdas light o centroizquierdas, aunque algunas tomen tan indebida como injustificadamente el prestigioso nombre de "socialistas" sin que les quede, como el presidente de Chile, Ricardo Lagos.

La transición política que anhelan nuestros pueblos, por la que han luchado generaciones de latinoamericanos y caribeños y que una y otra vez se ha escapado de sus manos, no puede darse desde la esfera de los gobiernos de la región, en tanto estén en esos gobiernos individuos como los que han gobernado y gobiernan hoy. La correlación de fuerzas es desfavorable para los anhelos de los pueblos. Para cambiarla se requiere de manera indispensable de grandes alianzas al interior de nuestros países y de grandes alianzas más allá de nuestras fronteras.

Alianzas en las que participen grandes partidos políticos que se definan de manera clara en contra del neoliberalismo, y si no los hay, como en el caso de México, habrá que construirlos. Alianzas en las que necesariamente participe la izquierda socialista, y también organizaciones sociales y no gubernamentales de tipo diverso, y ciudadanos no organizados ni agrupados.

Alianzas pluriclasistas: obreros industriales; trabajadores asalariados de todas las ramas de la producción y los servicios, de la ciudad y del campo; académicos, intelectuales, artistas; maestros de escuela de todos los niveles; estudiantes y otros sectores de la juventud; mujeres de distintas capas sociales y actividades diversas; activistas defensores del patrimonio nacional contra las privatizaciones, de la escuela y la universidad pública, del entorno natural y el patrimonio ecológico; de los derechos humanos, laborales y sociales de nuestros connacionales que son constantemente víctimas de toda clase de atropellos en Estados Unidos; defensores de los derechos y el progreso de los pueblos indígenas; defensores de nuestra soberanía, cultura e identidad nacional, latinoamericanista y caribeña y por la unidad de toda la región.

Alianzas que deben resolver el problema de la unidad más allá de la diversidad de los participantes, porque sin tal unidad no puede darse una correlación de fuerzas favorable. Y que puedan resolver el problema de instaurar un Poder público que deje de estar al servicio de la oligarquía y, sobre todo del imperialismo, y pase a estar del lado de los pueblos. De otra manera, la satisfacción de los anhelos seculares de nuestros pueblos, resultaría inalcanzable.

La cuestión de las vías para instaurar un Poder público que esté del lado de los pueblos, a su servicio, hay que decirlo, admite la más amplia pluralidad. No hay recetas escritas que sean válidas para todos nuestros países. En cada lugar deben examinarse las condiciones concretas y decidir en consecuencia.

En algunas partes se podrá llegar por medio de subsecuentes procesos electorales, como en la República Bolivariana de Venezuela, si se dan las condiciones favorables. La vía armada, concretamente la guerrillera, que en términos generales ya no es aplicable en la región, no cabe duda que es plenamente válida, sin embargo, en las condiciones de Colombia. La movilización masiva del pueblo se ha dado de manera alentadora en Ecuador, habiendo conseguido derrocar a dos gobernantes indeseables en el pasado inmediato, también es válida, si bien hasta hoy no ha podido sustituir a los defenestrados por alguno que sea patriota y no neoliberal. En fin...

En el caso de México, por hoy la vía sigue siendo pacífica, aunque no está definido si podrá ser electoral, dados los graves retrocesos que en ese ámbito se han dado y que se disfrazan de ilusorios "avances".

Finalmente, diré unas palabras nada más sobre el asunto de cómo construir esas indispensables alianzas amplias. Se trata de una cuestión de conciencia social. Para desarrollarla, una tarea esencial es la batalla de las ideas, según gustaba denominar con acierto Vicente Lombardo Toledano a la elaboración teórica, al análisis riguroso, a la confrontación de las tesis propias con las ajenas, desde luego con las que enarbolan los adversarios. Otra, es llevar las convicciones propias a otras organizaciones, a otros elementos de la sociedad, organizados o no, de todos los que son susceptibles de participar en una alianza de la amplitud de la señalada, por todas las vías, sobre todo las que impliquen la acción y el involucramiento cada vez de nuevos actores, en número creciente.

Además de conciencia social, también es una cuestión de organización. Por ello es necesario contribuir a que se dé, de manera cada vez mejor estructurada, en el seno de todo ese conjunto de fuerzas llamadas a actuar conjunta y unitariamente.

Termino diciendo que de todo ello por fortuna hay lecciones, experiencias valiosas, vivas, surgidas de la realidad, de las luchas de nuestros próceres y, sobre todo de los pueblos latinoamericanos y caribeños, que son los actores fundamentales de toda batalla transformadora de la realidad con un sentido progresivo.

Muchas gracias.

   
 
  Teoría y Práctica. Organo de Teoría y Política
del Comité Central del Partido Popular Socialista de México
   

www.geocities.com/teoriaypractica

 
 

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