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Puede
decirse que la lucha revolucionaria de todos los tiempos y de todos
los espacios de la Tierra, ha sido "Tormenta y Empuje",
como se ha llamado a ese gran movimiento cultural en Alemania, de
fines del siglo XVIII -precursor del romanticismo- que encabezaron
verdaderos titanes del saber como Goethe, Schiller y Herder.
Se
ha dado en llamar romanticismo a todo movimiento literario, artístico
y filosófico que exalta el sentimiento por encima de la razón.
Es más, al llamado irracionalismo en filosofía se
le enmarca dentro del romanticismo.
¿Pero
la lucha revolucionaria será "irracionalismo romántico"?
¿Será acción guiada por el sentimiento más
que por la razón?
Si
se estudian las revoluciones que en el mundo han sido, se descubrirá
que en ellas latió el sentimiento más puro y generoso;
pero el pensamiento más alto iluminó los objetivos
y las estrategias de lucha. Si se revisan los documentos más
sobresalientes de cada una de las revoluciones que han sacudido
y transformado a la humanidad, encontraremos las ideas más
lúcidas, los propósitos inmediatos y lejanos que se
pueden alcanzar; así como los lineamientos para llevar a
la práctica los anhelos.
Cada
revolución es alumbrada por la inteligencia del pueblo que
la realiza; y también, por qué no, por la alegría,
el optimismo; en suma, por la pasión que impulsa a las grandes
causas.
Miguel
Hidalgo y Costilla, el Padre de la Patria Mexicana, desbordó
sus sentimientos aquella madrugada del 16 de septiembre de 1810;
pero inspirado en las ideas universales y en la realidad del país,
trazó el programa de la Revolución de Independencia.
José María Morelos y Pavón, símbolo
del talento político de América Latina -no sólo
del talento militar como se insiste- henchido de amor a su pueblo
-a su pueblo humillado y maltratado durante tres centurias- sentó
las bases del México del futuro, redactó la Constitución
de las Constituciones -los "Sentimientos de la Nación"-
y hendido su pensamiento en la tierra mexicana -mejor dicho, latinoamericana-
es legítimamente el creador del Estado mexicano.
Los
grandes revolucionarios han sido, sí, románticos que
sufren con el sufrimiento de su pueblo y de los pueblos, pero en
los que se unen siempre las ideas y los ideales. Parafraseando a
Ortega y Gasset, diríamos que el revolucionario ha llevado
el corazón a su cerebro y ha metido su cerebro en el corazón.
O dicho de otra manera: la pasión junto a la inteligencia;
pero siempre los sentimientos al servicio de las ideas. De otra
forma, la lucha política se volvería camino sin rumbo.
El revolucionario vibra con las pasiones, pero hace de la política
una ciencia: la ciencia de la transformación social y de
la emancipación de los pueblos.
El
romanticismo sólo es un camino, que puede bifurcarse hacia
la derecha o hacia la izquierda. Por eso también ha habido
y seguirá habiendo románticos reaccionarios y proimperialistas;
y románticos revolucionarios, llenos de odio contra la explotación
y contra el dominio extranjero.
Ernesto
Guevara -El Che con mayúsculas- es un romántico, pero
al servicio de ideales claros y orientado siempre por una inteligencia
cultivada y por una doctrina de validez universal, probada en la
práctica revolucionaria: el socialismo científico.
Sus
enemigos quisieron desacreditarlo calificándolo de aventurero.
Pero el término aventura es equívoco; no tan sólo
es contingencia, también es riesgo. Así, el luchador
que se lanza al combate y sabe que tiene que afrontar graves peligros,
pone en juego su propia vida y por eso mismo merece el reconocimiento
y el homenaje de la humanidad. El Che Guevara midió los peligros
pero los desafió sin importar su tamaño. Siempre calculó
que la grandeza de su empresa estaba muy por encima de los males
que pudieran sobrevenir para su persona. Con este criterio le dijo
a sus padres en su carta de despedida: "muchos me dirán
aventurero, y lo soy, sólo que de un tipo diferente y de
los que ponen el pellejo para demostrar sus verdades".
Ernesto
Che Guevara es un socialista en la medida en que es un antiimperialista
y viceversa. Jamás entendió ni aceptó que la
lucha de un país fuera encerrada en sus fronteras, confundiendo
al enemigo principal con los enemigos secundarios. Una de sus aportaciones
más lúcidas es la de considerar que el enemigo fundamental
de todos los pueblos es el imperialismo; y uno que tiene nombre
muy conocido, porque ha atropellado, saqueado, agredido y ensangrentado
el suelo de muchos países del mundo: el imperialismo norteamericano,
depredador y esclavizador de naciones. Desde el siglo pasado lo
dijo el filósofo estadounidense Ralph Waldo Emerson, de quien
-se dice- Martí tomó algunas ideas torales: "...
Hay una gran competencia entre el rico y el pobre. Vivimos en un
mercado en el que hay únicamente tanto trigo, tanto lana,
tanta tierra; cuanto más tengo yo, tanto menos tendrán
los otros. Me parece que no poseo bien alguno sin violar las buenas
maneras. A nadie le alegra la alegría de los demás,
nuestro sistema es un sistema de guerra, de una superioridad injuriosa".
Contra
la posición simplista de políticos menores que se
dicen de la izquierda radical y que consideran a la lucha antiimperialista
como pasada de moda, el Che Guevara siempre renovó, en todo
momento y en todas partes, su posición firme e imbatible
contra ese enemigo poderoso y taimado, al que es posible vencer.
De
ahí también su internacionalismo. Por eso, golpear
al imperialismo en países distantes y distintos, fue su gran
divisa. "El internacionalismo proletario es un deber -escribió-,
pero también es una necesidad revolucionaria... Nuestro sacrificio:
cuota para pagar la libertad que construimos".
Entonces,
se comprende bien que luchar en otras tierras, diferentes a las
del país en que se nació, es un deber de los anticolonialistas
y de los antiimperialistas. Por eso a Francisco Javier Mina, "Héroe
de España y de México", como le llamó
Martín Luis Guzmán, le costó poco trabajo entender
las razones de Fray Servando Teresa de Mier, el patriota mexicano
de Monterrey, quien le explicó que era indivisible la lucha
contra el despotismo de Femando VII en España y el combate
por la liberación de México y de América Latina.
Por eso murió en nuestro país, en aras de la libertad
del pueblo español y por la causa emancipadora de México.
Byron,
el poeta inglés, romántico por excelencia, murió
por la independencia de Grecia subyugada por los turcos, siendo
hijo de un poderoso país colonialista.
El
patriotismo no se contrapone al internacionalismo. No hay patriota
verdadero que no se solidarice con los pueblos sometidos que quieren
labrar su propio destino. ¡Cuántos patriotas dieron
su vida y su sacrificio por la defensa de la República Española,
mártir del fascismo franquista y de los fascistas alemanes
e italianos. Las hazañas de aquel pueblo quijotesco -quijotesco
por varias vertientes- son, al propio tiempo, las hazañas
de otros pueblos y de hombres destacados que brindaron el apoyo
material, político y moral, como Lázaro Cárdenas.
Simón
Bolívar previó que "Estados Unidos sembrarían
de desgracias a Latinoamérica en nombre de la libertad"
y por eso se afanó por unimos como una sola Patria Grande.
José Martí "vivió en el monstruo y le
conoció las entrañas", y vio a tiempo que una
nueva potencia se lanzaría sobre nuestros países.
Por eso se desvivió por unir a "Nuestra América",
para que se defendiera, multiplicando sus fuerzas.
Esas
lecciones las aprendió Ernesto Che Guevara desde su más
temprana juventud.
En
su intervención en la Asamblea General de las Naciones Unidas,
el 5 de diciembre de 1965, denunció, mostrando los hechos
y con lógica irrebatible, las agresiones del imperialismo
norteamericano contra Cuba y contra otros países de América
Latina. Y en su réplica a Adlai Stevenson, representante
de Estados Unidos, y a los títeres de varios países
de nuestra región, el Che Guevara dejó constancia
de su amor por ella:
"He
nacido en Argentina; no es un secreto para nadie. Soy cubano y también
soy argentino y, si no ofendo la ilustrísima señoría
de Latinoamérica, me siento tan patriota de Latinoamérica,
de cualquier país de Latinoamérica, como el que más
y, en el momento en el que fuera necesario, estaría dispuesto
a entregar mi vida por la liberación de cualquiera de los
países de Latinoamérica sin pedirle nada a nadie".
Esas
fueron Palabras, con mayúscula, que se convirtieron en Hechos,
también con mayúscula. Era la sinceridad revolucionaria,
la pasión revolucionaria, la entrega revolucionaria, sin
condiciones, sin medias tintas. Y lo dijo ya en Bolivia, cruzando
la selva, ante las posturas contradictorias de quienes se decían
comunistas en ese país: "lo que interesa son los hechos;
las palabras que no concuerdan con los hechos no tienen importancia".
Parecería
contradictorio decir que el Che Guevara vivió en el sacrificio
de sí mismo y, al mismo tiempo, en la felicidad. La revolución
fue la razón de su vida. Por ella estudió y por ella
trabajó hasta el límite de la grandeza humana, si
es que la grandeza humana tiene límites. ¡Qué
podían ser las comodidades para un hombre que nunca estaba
satisfecho de su quehacer revolucionario! Cuando se despidió
de sus compañeros de lucha en el Congo, frente al pueblo
de Kigoma, desde un bote, dijo estas palabras que bien pueden calificarse
de muy guevaristas:
"Sólo
se es revolucionario cuando se está dispuesto a dejar todas
las comodidades para ir a otros países a luchar; quizá
nos veamos en Cuba o en otra parte del mundo". Y cuando ya
estaba preso en la Higuera, Bolivia, ante la bajeza de un suboficial
que quiso humillarlo, preguntándole una burrada, digna de
un gorila, burro amaestrado: "¿está usted pensando
en la inmortalidad del burro"? Guevara contestó con
su proverbial dignidad: "No, teniente, estoy pensando en la
inmortalidad de la Revolución a la que tanto temen aquéllos
a los que ustedes sirven".
Paco
Ignacio Taibo II dice que el Che es un hombre que "no tiene
vocación de poder". Efectivamente, llegó al poder
con la victoria de la Revolución Cubana. Fue ministro del
gobierno revolucionario, muy querido por el pueblo cubano y por
los demás pueblos del mundo. Pero consideró que su
paso por el poder revolucionario fue una etapa de servicio, sin
ambicionar ni pedir nada; como etapas de su vida de luchador considera
sus batallas en la Sierra Maestra, en el Congo, en Bolivia.
El
poeta venezolano Andrés Eloy Blanco habló, refiriéndose
a los líderes de América Latina, de hombres-islas
y de hombres-continentes. Ernesto Che Guevara fue un hombre-continente,
que "pensaba en términos continentales" como lo
dice el periodista I.F. Stone. Si continental era el dominio imperialista,
continental debía ser la respuesta, como diría la
lógica revolucionaria.
Muchos
dicen que el Che no triunfó. Depende de lo que se entienda
por triunfo. Como dijo Miguel Hidalgo, los luchadores no siempre
alcanzan a ver la victoria de las revoluciones que han encabezado.
Pero debe comprenderse que los gigantes como Ernesto Che Guevara
triunfan aun después de su "residencia en la Tierra",
como diría Pablo Neruda. Lo trascendental es que queda su
ejemplo, permanecen sus ideas y sus ideales para las generaciones
que les suceden. Hoy el Che apasiona a la juventud y a los pueblos.
La pasión guevarista vive y vivirá mientras haya humanidad
explotada y pueblos subyugados por el imperialismo.
Los
reaccionarios de todos los confines, aliados al imperialismo norteamericano,
odian al Che como odian las ideas renovadoras y a los pueblos que
las han hecho valer o que se agitan con ellas.
La
brutalidad del imperialismo no tiene límites, como no tiene
límites el ímpetu de lucha de los pueblos que miran
el porvenir sin ataduras externas. El imperialismo yanqui ha querido
matar de inanición al pueblo cubano por casi cuarenta años.
Con la ley Torricelli y con la ley Helms-Burton, ha pretendido aplastar
la soberanía de todos los Estados del mundo con un fin criminal:
asesinar al pueblo de Martí. Pero Cuba resiste y resistirá
con la decisión de su pueblo y con la solidaridad internacional.
La
hazaña de los hombres del yate Granma, las hazañas
del Che Guevara en el Congo y en Bolivia, llenan de páginas
de oro, el gran libro de la historia de la humanidad.
La
juventud de hoy debe aprender de Ernesto Che Guevara su amor a la
vida, que equivale a decir su amor a los desheredados. Pero para
servirles no se requieren simples frases retóricas o arranques
de puro romanticismo circunstancial. Le dice a su hija Hildita en
su carta de despedida: "...hay que prepararse, ser muy revolucionaria,
que a tu edad quiere decir aprender mucho... En plena selva boliviana
creó la escuela para aprender cultura política y los
idiomas quechua y francés. Siempre cargaba los dos tipos
de armas: las de fuego y las de luces, es decir, los libros, su
alimento diario. Sabía como Lenin, que "sin teoría
revolucionaria no hay movimiento revolucionario".
Ernesto
Che Guevara murió inmensamente rico, porque se llevó
el tesoro de los pueblos: su genio, su cultura sus ansias infinitas
de libertad y su amor. La riqueza material jamás le importó;
en ella sacian su hambre los pobres de humanismo, los miserables
de la política y la moral. Le dijo a Fidel en su carta de
despedida: "que dejo a mis hijos y mi mujer nada material y
no me apena: me alegra que así sea".
Otra
parte de su patrimonio fue su inmenso amor por Cuba y su Revolución.
Al decirle a Fidel que había llegado la hora de partir, le
expresó: "sépase que lo hago con una mezcla de
alegría y de dolor: aquí dejo lo más puro de
mis esperanzas de constructor y lo más querido entre mis
seres queridos... y dejo un pueblo que me admitió como un
hijo; eso lacera una parte de mi espíritu. En los nuevos
campos de batalla llevaré la fe que me inculcaste, el espíritu
revolucionario de mi pueblo, la sensación de cumplir con
el más sagrado de los deberes: luchar contra el imperialismo
dondequiera que esté; esto reconforta y cura con creces cualquier
desgarradura... Que si me llega la hora definitiva bajo otros cielos,
mi último pensamiento será para este pueblo y especialmente
para ti".
Permítanme
robarme las palabras de Francisco Bulnes, ese escritor nada revolucionario,
pero vigoroso en su expresión, que dedicó a nuestro
héroe nicolaita Miguel Hidalgo, para decírselas hoy
a Ernesto Che Guevara, en el trigésimo aniversario de su
sacrificio: "su muerte fue más hermosa que la de Sócrates;
una muerte verdaderamente jovial y, al mismo tiempo, impregnada
de la sencilla dignidad helénica. Llegó al cadalso
como a un acto ordinario sin significación; como quien se
dirige a la ventana de su recámara para observar si lloverá".
Pasarán
los siglos y el nombre de Ernesto Che Guevara resonará en
todos los confines de la Tierra. El "fuego volcánico"
de su rebeldía jamás se apagará.
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