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La
democracia burguesa
La
revolución francesa y la americana, en respuesta al absolutismo,
iniciaron en el siglo XVIII formas democráticas de gobierno,
que con el desarrollo del capitalismo, iban a convertirse en la
llamada democracia occidental, formal, representativa, liberal o
burguesa.
Este
tipo de democracia establecería las normas de participación
popular en la elección de sus propios gobernantes, pero siempre
dentro del marco de la protección del sistema capitalista
o lo que es lo mismo, salvaguardando la propiedad privada de los
medios e instrumentos de la producción. Al respecto, cabe
señalar que los países que iniciaron el establecimiento
del régimen capitalista en occidente, han sido quienes han
teorizado de forma más sistemática acerca de las formas
de elección de los gobernantes.
Si
bien en los inicios del régimen capitalista, la burguesía
respetó formalmente las libertades individuales que le habían
servido para atraer el apoyo de las masas populares en su lucha
contra la nobleza feudal, cuando fue necesario, pasó de la
defensa de esos derechos a su negación total o parcial.
Además, en la medida en que la riqueza fue concentrándose
en unas cuantas manos en las naciones más desarrolladas y
éstas iniciaron el proceso de colonización de países
de África, Asia, América Latina y el Caribe, el capitalismo
negó, en la práctica, esas libertades individuales
a gran parte de la población de las metrópolis y a
la inmensa mayoría de la de los países que sucumbieron
bajo su dominio, porque la igualdad jurídica de los ciudadanos
establecida en las leyes no puede funcionar entre desiguales, y
lo característico del capitalismo es que mientras más
se desarrolla, más acrecienta la disparidad de recursos,
cultura y condiciones de existencia.
Todo
lo anterior generó la intensificación de la lucha
de clases, evidenció la política antidemocrática
de la burguesía basada en una supuesta igualdad de los ciudadanos
y propició la organización revolucionaria de los proletarios.
Así se establece en el documento redactado por la Conferencia
de Londres, de la Asociación Internacional de Trabajadores,
reunidos en septiembre de 1871, cuando señala:
"Teniendo en cuenta que la Internacional se halla frente a
una reacción desenfrenada que aplasta cínicamente
todo esfuerzo emancipador de los trabajadores y pretende mantener,
por medio de la fuerza bruta, la división en clases y el
dominio político de las clases poseedoras; que en contra
del poder colectivo de las clases poseedoras el proletariado puede
actuar, como clase, solamente constituyéndose en partido
político distinto, opuesto a todos los viejos partidos creados
por las clases dominantes.
"Que
esta constitución del proletariado en un partido político
es indispensable para asegurar la victoria de la revolución
social y de su objetivo final, la supresión de clases.
"Que la unificación de las fuerzas obreras, ya alcanzada
por las luchas económicas, debe servir también como
palanca de su lucha contra el poder político de los explotadores:
la Conferencia recuerda a todos los miembros de la Internacional,
que en la clase obrera militante el movimiento económico
y la actividad política están ligados entre sí
de manera indisoluble"
Es
en esta etapa cuando se organizan los partidos políticos
como instrumentos de difusión ideológica y de defensa
de los intereses de las diversas clases de la sociedad. La lucha
no ocurre ya únicamente por mejores condiciones económicas
de existencia para quienes sólo cuentan con el salario que
reciben, sino que se proyecta al campo de la lucha por el gobierno
y el poder. En otros términos, la lucha de clases llega al
terreno político y también al electoral y, en consecuencia,
al seno de los parlamentos, como prolongación del combate
de afuera.
Al
principio el concepto democracia representativa no podía
existir, porque el sistema estaba diseñado sólo para
justificar jurídicamente los intereses de la clase que detentaba
el poder. Pasado un tiempo, cuando los teóricos liberales
-al principio unos cuantos y después la mayoría-,
encontraron motivos para creer que la norma de "un hombre,
un voto" no sería peligrosa para la propiedad, ni para
el mantenimiento de las sociedades divididas en clases, dieron ese
otro paso que también les servía para justificar y
convalidar su poder.
Cómo
es posible que las dos clases sociales fundamentales del sistema
capitalista: la burguesa, propietaria de los medios e instrumentos
de producción y cambio, y la proletaria, que sólo
cuenta con su fuerza de trabajo para subsistir, que persiguen fines
diversos, antagónicos, y viven en perpetua lucha puedan gobernar
juntas -se constituyen los partidos políticos, que son representantes
de un sector de la sociedad, de una clase social o de una parte
de ella-, para mantener o conquistar el gobierno y el poder.
Desde
el punto de vista práctico es imposible que ambas clases
pueden gobernar juntas para un propósito común, porque
sus intereses esenciales son opuestos. Ni siquiera desde el punto
de vista teórico puede ser concebido un gobierno plural,
integrado y dirigido por clases antagónicas, sino a condición
de que sólo una de ellas sea la que establezca las políticas
fundamentales que habrán de ser aplicadas.
Así,
desde un principio, al establecerse el sufragio universal -pues
antes sólo tenían derecho a él, los propietarios
varones-, la organización política en la sociedad
moderna va adquiriendo un carácter clasista. En la medida
que los intereses opuestos de las clases sociales se van diferenciando
entre sí, los partidos políticos surgen como los instrumentos
para defender los intereses de una u otra clase, ya no sólo
desde el punto de vista económico y político, sino
también, en el terreno ideológico.
La
burguesía -cuyos intereses de clase son los mismos-, está
constituida por diversos sectores (comercial, industrial, agraria,
de servicios, etc.) o por corrientes con intereses concretos opuestos
(nacionalista, proimperialista, etc.) que no siempre coinciden totalmente
y por ello, cada sector o corriente es susceptible de integrar su
propia organización política.
Lo
mismo sucede entre las clases trabajadoras, en donde a pesar de
coincidir en aspiraciones, la falta de una ideología común,
de una misma concepción del mundo, de la vida y de la sociedad,
e incluso, la existencia de otros factores de carácter menor,
provocan la creación de diferentes partidos.
Debido
a lo anterior, puede, en consecuencia, haber varios partidos que
representen a una sola clase social. Así, los partidos políticos
se convierten en órganos de expresión teórica
y de acción práctica de las clases sociales o de sectores
de ellas,
Al
igual que en el caso de los gobiernos, no hay ni puede haber partidos
que verdaderamente representen a todas las clases y a todos los
ciudadanos. Se pueden disfrazar de mil modos, adoptar nombres revolucionarios,
democráticos, proletarios ecológicos, sociales o populares,
pero su apariencia no cambia su contenido, porque lo que sustancialmente
define a un partido no es la denominación que adopta, ni
siquiera la ubicación social de sus integrantes, sino la
ideología que sustenta y, en consecuencia, los intereses
de clase a los que sirve.
La
democracia en México
La
larga dictadura porfiriana que aplastó sangrientamente las
diversas manifestaciones de impulso democrático de nuestro
pueblo, tenía que provocar que la Revolución Mexicana
produjera como respuesta inaplazable, la demanda de que la voluntad
popular fuera respetada y los gobernantes surgieran de elecciones
limpias e indubitables. Nuestro movimiento social se inició
precisamente con la divisa prioritaria de que las trampas e imposiciones
de la tiranía fueran enterradas para siempre por montañas
de voluntades ciudadanas exentas de presiones y de engaños.
Así,
fruto de su experiencia histórica, el pueblo mexicano fue
elaborando su propia concepción de democracia, parecida,
pero no necesariamente idéntica a la que emergió en
otras latitudes. Esta concepción avanzada se plasma en la
Constitución vigente que al haber incorporado los derechos
sociales y la defensa de las capas mayoritarias de la población,
dejó atrás la vieja concepción liberal individualista.
Al
examinar las normas constitucionales vigentes en materia de régimen
político democrático, es pertinente destacar en primer
término el artículo 39, que recogiendo las mejores
tradiciones de nuestro pasado revolucionario, se establece que:
"La soberanía nacional reside esencial y originariamente
en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye
para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el
inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno."
También
es necesario resaltar lo establecido en el artículo 40, que
respecto de la forma de gobierno señala que: "Es voluntad
del pueblo mexicano constituirse es una República representativa,
democrática, federal...". En este mandato además
de los rasgos característicos del régimen de gobierno
republicano y federal, se establece el de constituir una democracia
representativa, concepto consecuente con el de soberanía
popular establecido en el artículo 39 constitucional.
Ahora bien, el aspecto novedoso y avanzado en nuestra legislación
constitucional respecto de la democracia, está contenido
en el artículo 3°, que aun cuando se ocupa del tema de
la educación, un aspecto distinto al de la organización
política del país, incluye en el inciso a) de la fracción
II, una definición de democracia que la considera: "...
no solamente como una estructura jurídica y un régimen
político, sino como un sistema de vida fundado en el constante
mejoramiento económico, social y cultural del pueblo".
A
diferencia de los artículos 39 y 40 constitucionales, cuyos
antecedentes se remontan a las primeras décadas del siglo
pasado, poco después de la conquista de la independencia
política de México respecto de España, en el
caso del artículo 3º, respecto de la definición
de democracia que contiene, lo que se destaca es su carácter
relativamente reciente. En efecto, ese texto le fue incorporado
apenas en 1946.
Se trata además, de una concepción que retoma y desarrolla
la definición originaria: un régimen político
en que el titular del poder soberano es el pueblo y el beneficiario,
el propio pueblo. Aquí, se pone especial énfasis en
la parte final de la definición señalada, es decir,
si el beneficiario de este régimen político ha de
ser el pueblo, ese hecho necesariamente habrá de traducirse
en el mejoramiento constante de su nivel de vida, tanto material,
como por el acceso real a los derechos sociales consagrados en la
propia Constitución.
Los
sistemas electorales burgueses
Los
partidos políticos, por tanto, no nacieron por decreto, sino
que surgieron como una necesidad de las diferentes clases para defender
sus intereses e imponerlos al resto de la sociedad. Sin embargo,
en oposición a esta concepción que establece la relación
directa entre las clases sociales y los partidos políticos,
surgió otra, en apariencia desideologizada, que la burguesía
se ha encargado de imponer, que dirige su atención únicamente
a los sistemas electorales y que define a los partidos políticos
como instrumentos para facilitar o impedir el acceso de los ciudadanos
a la representación parlamentaria o al Poder Ejecutivo.
Correspondió
a la burguesía iniciar la creación y posterior perfeccionamiento
de una estructura democrática, en relación con el
absolutismo -de esto hace ya más de dos siglos-, con las
normas adecuadas para una sociedad dividida en clases. Así,
se comienza a reglamentar la existencia y formas de participación
de los partidos políticos, dirigiendo su atención
principalmente a impedir que los que representaban los intereses
del proletariado, pudieran triunfar.
Establecieron
normas para obligarlos a participar bajo sus reglas en la lucha
electoral, para que ello no pusiera en riesgo el mantenimiento del
régimen de la propiedad privada, porque a mediados del siglo
XIX, la clase trabajadora comenzaba a armarse de la filosofía
del marxismo y empezaba a resultar demasiado amenazadora para el
régimen sustentado en la propiedad capitalista.
Reforzando
lo anterior conviene citar a S. Lipset y S. Rokkan (Cleavage, Structure,
party System and Voter Alignments): "Los conflictos en el mercado
de trabajo fueron los más lacerantes en todas partes. Los
partidos de la clase obrera surgieron en todos los países
europeos, en la estela de las primeras oleadas de la industrialización.
Las crecientes masas de asalariados en los cultivos de gran escala,
en las obras de deforestación o en la industria, sufrían
las consecuencias de las condiciones de trabajo y de la inestabilidad
de los contratos y muchos de ellos terminaron por sentirse cada
vez más alienados social y culturalmente respecto a los propietarios
y empleadores. El resultado fue la formación de diversos
tipos de sindicatos y el desarrollo de los partidos socialistas
nacionales"
Por
tanto, la burguesía tenía que hacer algo para impedir
que el sector más numeroso de la sociedad, los trabajadores,
pudieran gobernar, legislar y dirigir el rumbo de la administración
pública, conforme a sus intereses exclusivos de clase. En
estas circunstancias ¿qué pasaría si todo el
mundo tuviera el derecho de voto? La salida a este problema, consistió
inicialmente en recomendar un sistema de votación plural,
es decir, en donde el valor del voto se determinara sobre la base
de la propiedad de cada individuo varón, de modo que la clase
mayoritaria desposeída, no superase a la minoría opulenta.
Sin
embargo, el temor de la burguesía de que hubiera un gobierno
de la clase obrera si existía el sufragio universal igual
para todos, había resultado infundado. El sufragio universal
para los varones que se empezó a introducir en Inglaterra
en 1884, no trajo consigo el gobierno de la clase trabajadora y
con esto, la burguesía pudo abandonar, tranquilamente, las
disposiciones no igualitarias.
¿A
qué se debió que la clase trabajadora, a pesar de
que era la mayoritaria no impusiera un gobierno propio? ¿Cuál
fue la razón por la que el sufragio universal de los varones
no dio lugar al gobierno de la clase obrera, que tanto habían
temido los pensadores burgueses? El motivo, fue el extraordinario
éxito con que el sistema de partidos logró domesticar
el sufragio de los trabajadores.
¿Cómo
logró el sistema de partidos impedir la dominación
de la clase obrera y, al mismo tiempo, mantener la imagen de que
se vivía en una auténtica democracia después
de la introducción del sufragio universal? ¿Cómo
pudo algo tan mecánico y aparentemente neutral, como un sistema
de partidos en competencia, impedir la toma del poder por las clases
dominadas y explotadas, pero más numerosas? ¿Acaso
no produciría un sistema de partidos, en la medida en que
cada uno de ellos representase, efectivamente, el peso numérico
de su clase, esa toma del poder, en lugar de impedirla?
La
ausencia de lucha ideológica
La
respuesta más adecuada a estas interrogantes, se encuentra
en el hecho de que la principal función del sistema de partidos
es producir un equilibrio político estable, mediante un largo
proceso que tiene como finalidad evitar por todos los medios la
lucha ideológica, en algunos casos, en forma casi absoluta.
A través de esos mecanismos, la burguesía se ha encargado
de suavizar las aristas de los conflictos de clase o, si se prefiere,
ha podido moderar y contener esos conflictos, con el objeto de proteger
las instituciones, la propiedad privada y el sistema de mercado,
contra todo ataque eficaz.
El
éxito del sistema de partidos en la domesticación
del voto y la consiguiente marginación o eliminación
de escenario electoral de los partidos de la clase trabajadora,
se basa fundamentalmente en encubrir con falsas contradicciones
la competencia electoral, como por ejemplo: si los partidos tienen
vida democrática o no, si las propuestas de tales o cuales
candidatos son viables, y cosas por el estilo, es decir, en lograr
apartar de la vista de los electores las contradicciones de clase.
La
burguesía centra su interés en tratar de desvincular
a los partidos de la lucha de clases, sobre todo, en el aspecto
ideológico. Esta desideologización de los procesos
electorales ha contribuido, en gran medida, a desplazar la concepción
sociológica acerca de los partidos políticos como
representantes de una u otra clase social y a desviar la atención
en los sistemas electorales basados, cada vez más, en el
perfeccionamiento de los mecanismos para decidir el derecho a participar
en los procesos, las condiciones de esa participación y,
sobre todo, la posibilidad de estar representados en el parlamento
y demás órganos de elección popular, con el
fin de que la lucha de clases no rebase el estrecho marco del pensamiento
burgués y de la política burguesa.
Cabe
apreciar entonces, que la función de difuminar las fronteras
de clase y mediatizar los conflictos entre la burguesía y
el proletariado, y entre los intereses nacionales y los del imperialismo,
la han desempeñado igual de bien las distintas variantes
del sistema de partidos. Sin embargo, también es necesario
precisar que a esa labor inicial se agregan nuevas formas cada vez
más sofisticadas y un sinnúmero de reglamentos -lo
que se conoce como la ingeniería electoral-, a la que deben
sujetarse los partidos políticos que participan en los comicios.
La
cruzada de la burguesía para apartar el especto ideológico
de la lucha entre partidos, impedir la movilización permanente
de éstos, y circunscribir su actividad a los periodos electorales
con la única finalidad de legitimar al gobierno de la mayoría,
fue lo que la llevó a buscar los mecanismos para reglamentar
los sistemas electorales de mayoría absoluta, de mayoría
relativa, de representación proporcional o mixtos; establecer
porcentajes mínimos para obtener representación en
el parlamento o para conservar el registro; definir el origen de
las fuentes de financiamiento y el destino de esos recursos; la
composición y control de los órganos electorales,
y el manejo de los medios de comunicación masiva. En otras
palabras, a establecer en la legalidad burguesa los elementos que
le permitan seleccionar, a priori, el tipo y número de partidos
que conformarán su sistema, el papel asignado a cada uno
de ellos y, al mismo tiempo, aparentar que todo ello es totalmente
democrático.
Pero
la realidad es que los modelos aplicados, son aquellos sistemas
electorales que mayor estabilidad le han dado al sistema capitalista
y que no tienen nada de moderno ni de democrático. Estos
sistemas se basan en elementos técnicas y fórmulas
matemáticas, aparentemente desvinculadas de los aspectos
políticos. Pretenden que, a simple vista, aparenten no tener
nada que ver con la política económica y social, para
difundir la falsa idea de que los procesos electorales se ubican
en un terreno neutral, al margen de los intereses del gran capital.
Todo
esto ha permitido a la burguesía, la creación de diferentes
sistemas de partidos, diferentes en cuanto a su número y
fuerzas predominantes. Hay sistemas de partido único, bi
o tripartidistas, e inclusive multipartidistas, pero siempre de
acuerdo con las necesidades e intereses particulares de la burguesía
de cada país, de tal forma que le permita mantenerse en el
poder, dentro de un marco de supuesta libertad y democracia.
Por
eso han creado los mecanismos para poder maniobrar conel
sufragio. Cuando les conviene utilizan los sistemas basados en la
mayoría absoluta o en la relativa, y para mayor provecho,
diseñan los distritos electorales u otro tipo de ámbito
geográfico de tal manera que les sea favorable. Cuando así
conviene a sus intereses, cambian a la representación proporcional
o a sistemas mixtos, en los que según sean las condiciones,
son equilibrados o predomina más una u otra forma, en algunos
la mayoría relativa y en otros la representación proporcional.
Además, a estas formas mixtas, adicionan supuestos principios
de gobernabilidad, es decir, mecanismos que les permitan contar
con la mayoría absoluta de los legisladores, aunque solamente
hayan obtenido la mayoría relativa de la votación,
para mantener el control de ese cuerpo colegiado de representación
popular.
Si
consideramos que el mejor sistema para los partidos de la clase
trabajadora, que no cuenta con los recursos materiales de la burguesía,
es el de representación proporcional, entenderemos porque
hay una ofensiva contra ese mecanismo, que es, sin lugar a duda,
el más democrático, porque permite que cada fuerza,
por mínima que sea, esté representada en los diversos
niveles de gobierno.
Ello
les permite a los partidos de la clase trabajadora, que no tienen
acceso real a los medios de comunicación masiva, enfrentar
con relativo éxito, una competencia electoral donde las ideas
no cuentan, donde lo que predomina es el uso de la mercadotecnia
política.
Cuando
los partidos de la gran burguesía, no logran evitar la representación
proporcional, establecen fórmulas y requisitos que tienen
como finalidad asegurarse el control del parlamento. Es decir, en
lugar de la representación proporcional simple o pura, legislan
para establecer una que incluya fórmulas matemáticas
complicadas, de tal manera que les garantice sus intereses minoritarios,
véase el ejemplo de la legislación electoral española:
"a)
Se obtiene una cuota de reparto resultante de dividir por doscientos
cuarenta y ocho la cifra total de la población de derecho
de las provincias peninsulares e insulares.
"b)
Se adjudican a cada provincia tantos diputados como resulten, en
números enteros, de dividir la población de derecho
provincial por la cuota de reparto.
"c)
Los diputados restantes se distribuyen asignando uno a cada una
de las provincias cuyo cociente, obtenido conforme al apartado anterior,
tenía una fracción decimal mayor."
Aplicado esto a la realidad, en las elecciones parlamentarias de
1993 se dieron las siguientes incongruencias que, casualmente, afectan
a las fuerzas de izquierda. Izquierda Unida (IU) obtuvo 2 millones
246 mil, 107 votos, correspondiéndole 18 escaños;
mientras que Convergencia i Unió (CiU) con 1 un millón
162 mil, 534 votos obtuvo 17 escaños; y los socialdemócratas,
del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), con 9 millones
076 mil 218 votos, obtuvieron 159 escaños.
Lo
primero que vale la pena resaltar es que a IU le costó cada
diputado 280 mil 763 votos, a CiU 68 mil 384 y al PSOE, solamente
57 mil 83, es decir, que el PSOE con una cantidad de votos cuatro
veces mayor que IU, obtuvo casi nueve veces más de representantes
en el parlamento español.
Ejemplos
similares en los que se afecta a los partidos comunistas y de izquierda
socialista, se pueden encontrar de México, Chile, Uruguay,
Alemania y Rusia, por citar sólo algunos. Con toda razón
afirmaba Lenin en su obra El Estado y la revolución que:
"la democracia burguesa, incluso en condiciones más
favorables se halla siempre comprimida dentro del marco de la explotación
capitalista, y es por tanto una democracia para la minoría,
sólo para las clases poseedoras, sólo para los ricos."
Como
se ve, la creación de un sistema de partidos adecuado a las
condiciones de cada país y formalmente democrático,
le ha permitido a los poseedores del gran capital, encubrir una
auténtica dictadura o una refinada represión.
En
la desideologización y el uso de estos mecanismos de reparto
radica, fundamentalmente, el éxito de los sistemas electorales
burgueses, en la mayoría de los países capitalistas
desarrollados y comienza a fructificar en los subdesarrollados,
al eliminar del escenario electoral o ubicar en una posición
marginal, desde el punto de vista de su presencia electoral, a los
partidos enemigos del sistema de la propiedad privada.
Adicionalmente, en aquellos países donde la democracia burguesa
ha tenido un gran desarrollo, por ejemplo Estados Unidos, Inglaterra
y Alemania, se busca consolidar el equilibrio de su sistema político.
Su objetivo no sólo es mantener el sistema capitalista, sino
fortalecerlo y expandirlo por todo el orbe, ahora en su modalidad
neoliberal.
En
cuanto a la estabilidad y equilibrio del sistema político
burgués, tenemos el mejor ejemplo en nuestros vecinos del
norte, como señala Pedro Aguirre en su libro Sistemas políticos,
partidos y elecciones. (Estudios comparados): "El sistema político
norteamericano ha exhibido una estabilidad casi absoluta durante
los más de doscientos años de su historia, como lo
prueba el hecho de que desde 1788 (año en que George Washington
fue electo presidente y en el que la Primera Legislatura entró
en funciones) se han celebrado cada cuatro años elecciones
y cada dos años los comicios para renovar al Congreso sin
una sola interrupción, ni siquiera en periodos críticos
como los que experimentó la Unión Americana durante
la Guerra Civil y las dos Guerras Mundiales".
Los
mismos problemas que se han presentado en las elecciones del 7 de
noviembre del 2000 en las que después de 20 días aun
no se sabe quien ganó la presidencia de los Estados Unidos,
si Al Gore o George W. Bush, revelan la estabilidad del sistema
político norteamericano que pese a que es un proceso electoral
basado en sistemas atrasados y rudimentarios, que lo hacen lento
e ineficaz, incluso inconfiable no ha ocasionado vacio de poder.
Quizá si el nombramiento del Jefe del Departamento del Tesoro
de los Estados Unidos fuera el que estuviera en juego, a estas alturas
ya hubiera causado una debacle en el sistema financiero. Pero como
el Partido Republicano y el Partido Demócrata en esencia
representan los mismos intereses, la oligarquía y los monopolios
se mantienen tranquilos, pues con quien resulte ganador saben que
sus intereses están a salvo.
Pero
además, Noam Chomsky sostiene en una entrevista realizada
por David Barsain y publicada en el libro Pocos prósperos,
muchos descontentos que: "En Estados Unidos está prohibido
hablar de diferencias de clase; de hecho sólo dos grupos
pueden permitirse el lujo de tener conciencia de clase: la comunidad
empresarial -furibundamente consciente de ello-, y los sectores
gubernamentales encargados de la planificación.
"La
literatura escrita por empresarios menciona continuamente el peligro
que representan las masas y su creciente poder, y la necesidad de
derrotarlas; es una especie de marxismo vulgar, pero a la inversa.
Por su parte, los planificadores se expresan en los mismos términos,
les preocupa que el hombre común y corriente tenga cada vez
mayores aspiraciones, y que las masas depauperadas busquen elevar
su nivel de vida y dañen el clima empresarial.
"Estos
dos grupos sí pueden tener conciencia de clase pues deben
desempeñar un trabajo esencial. Claro que también
es de suma importancia convencer al resto de la población
de que en este país no existen las clases sociales: todos
somos iguales, todos somos estadounidenses, vivimos en perfecta
armonía, todos trabajamos por un propósito común
y todo es estupendo"
A
la pregunta comentario de su entrevistador, Chomsky abunda al respecto:
"A la sombra de las democracias liberales -en donde se encuentra
esta pirámide de control y dominación, y radican las
tendencias de clase, raza y género-, hallamos la coerción,
la fuerza.
"Esto
se deriva de la concentración del poder objetivo, que radica
en diversos factores, como el patriarcado, la raza y, de manera
central, la propiedad.
"En
términos generales, la sociedad funciona tal como lo aconsejaron
los fundadores de este país. Ya lo decía John Jay:
el país debe estar gobernado por los propietarios, y casualmente
estos propietarios intentan seguir la máxima vil de Adam
Smith (Todo para nosotros y nada para nadie más). Ese es
el meollo de la situación, y puede seguir igual aunque otras
cosas cambien."
Por
su parte, Wright C. Mills, en La élite del poder, examina
la etapa moderna de la democracia representativa en su país,
los Estados Unidos y la somete a una severa crítica, al expresar
que se trata de meras imágenes que se hace el público
de la democracia clásica y que se utilizan todavía
como justificaciones del poder en la sociedad norteamericana. Sin
embargo, agrega Mills, se trata de un simple cuento de hadas; ni
siquiera sirven como modelo aproximado del funcionamiento del sistema
del poder.
Por
su parte, Aguirre sostiene: "pese al grado casi absoluto de
desideologización que prevalece en la política norteamericana,
existen ciertas líneas generales que permiten caracterizar
a las dos formaciones políticas. Los demócratas cuya
fuerza reside en buena parte en el apoyo que le brinden los sindicatos,
las minorías, los habitantes de las grandes ciudades, las
clases medias bajas, etc. Por su parte los republicanos dependientes
del apoyo de clases medias altas, sectores de iglesias protestantes,
grandes agricultores, etc."
Esa es la democracia sin confrontación ideológica,
que los grandes centros de poder económico pretenden imponer
al mundo, a semejanza de lo que ocurre entre demócratas y
republicanos en los Estados Unidos, laboristas
y conservadores en la Gran Bretaña, socialdemócratas
y socialcristianos en Alemania, como si en aquellos países
no existieran otras opciones que por cierto la democracia imperante
no permite, o limita su participación en los procesos electorales.
Además,
es necesario advertir que cuando todas sus prevenciones fallan y
las fuerzas progresistas o de izquierda, logran superar todos los
obstáculos y emergen victoriosos de los procesos electorales,
no dudan en hacer a un lado su discurso democrático y emplear
la fuerza bruta, a través de golpes de Estado o intervenciones
armadas, para resguardar los sagrados privilegios del gran capital
transnacional.
La participación del Estado en la economía
La Revolución de Octubre en Rusia, en 1917, al poner el poder
en manos de la clase obrera y cambiar los mecanismos de participación
y representatividad electoral, rompió los esquemas burgueses,
que hasta entonces habían circunscrito su atención
a los aspectos formales y no a la esencia de la democracia.
Después
de la Segunda Guerra Mundial, ese nuevo sistema de la vida social,
representado por la Unión Soviética no sólo
emergió victorioso sino que, además, se extendió
por Europa Central y del Este, Asia y América, y a su amparo
emergieron victoriosas las revoluciones por la independencia nacional
en Asia, Africa y América Latina. Decenas de países
fueron reconocidos como naciones políticamente independientes
y soberanas.
Para
estos pueblos que acababan de lograr su independencia política
y para los que se encontraban ya en desarrollo, como los de América
Latina y algunos de Asia y África, existía un hecho
muy importante que debían tomar en cuenta: el camino que
siguió la burguesía en su etapa de ascenso para instaurar
el régimen capitalista clásico, les estaba vedado.
El imperialismo había desnaturalizado la evolución
normal de los países atrasados, obstaculizando su industrialización
y la formación del capital nacional. La única salida
que tenían estos países, para independizarse en el
terreno económico y social, era el nacionalismo revolucionario,
que si bien era diferente al del capitalismo clásico no era
todavía el del socialismo, pero que, en última instancia,
a él conducía.
Al
respecto, el Secretario General del Partido Popular Socialista (PPS),
Cuauhtémoc Amezcua, en su libro Transición a la democracia
(Mitos y falacias), sostiene: "El nacionalismo revolucionario
constituye una vía capitalista, pero no idéntica al
capitalismo clásico. Se trata de una vía de desarrollo
que rompe con lo esencial del liberalismo económico, sin
llegar, está claro, a formular propuestas de carácter
socialista. Para el capitalismo clásico el principio medular
es la propiedad privada de los medios de la producción y
cambio, sin condiciones, misma que considera como un derecho natural,
inherente a la persona humana. El nacionalismo revolucionario, a
su vez, se basa en la propiedad privada, pero no absoluta, sino
condicionada, dado que le antepone los intereses de la comunidad
y de la nación."
¿Quién
podría liquidar el latifundismo y entregar la tierra a los
campesinos; nacionalizar los recursos naturales; crear empresas
en las ramas de la industria básica y los servicios públicos
más importantes; impulsar y proteger las industrias propiedad
de los nacionales; diversificar la producción y pasar de
la exportación de materias primas a la de manufacturas; canalizar
el crédito hacia la agricultura y la industria; organizar
el control de cambios; establecer condiciones para las inversiones
extranjeras directas; entre otras medidas urgentes? Sólo
el Estado.
Pero
la participación del Estado en la economía como productor
directo de bienes y servicios, o sea, el capitalismo de Estado,
desató la furia de la burguesía más reaccionaria
y del capital transnacional quienes vieron un grave atentado no
sólo a la libertad de empresa y al libre mercado, sino contra
la propiedad privada. Esto dividió a las burguesías
nacionales, una parte de carácter patriótico y progresista,
vacilante en muchos casos, pero resuelta en otros, coincidente con
este camino y la otra parte aliada al capital extranjero, opuesta
a todas las medidas de carácter nacionalista y progresista
Por
esta situación, la lucha de clases desempeñaba un
papel preponderante en todos los sistemas de partidos, aun con enormes
variaciones en cuanto a formas de manifestarse.
Inicialmente, los partidos se dividían en partidos de la
clase trabajadora y partidos de la burguesía. En base a esto,
es posible comprender porqué el espacio político de
la lucha electoral se configuró durante largo tiempo como
un espacio conocido derecha-izquierda. Este espacio se configuraba
especialmente en Europa, en torno a problemas socioeconómicos
ligados a la lucha de clases.
Sin
embargo, tanto en Europa como en los países subdesarrollados,
donde se habían mantenido estables los sistemas de partidos,
al término de la Segunda Guerra Mundial, la división
política cambia, ahora el elemento clave es la participación
del Estado en la economía, como dice Angelo Panebianco en
Modelos de partido (organización y poder en los partidos
políticos): "la división política tenía
que ver con el "quantum" de intervención estatal
en la economía: más intervención significaba
política en favor del "trabajo"; menos intervención
significaba política en favor del "capital".
Este
nuevo elemento, al igual que la lucha de clases en la sociedad,
comenzó a revelarse como una lucha entre los países
subdesarrollados por su independencia económica y la oposición
del imperialismo por impedirla por todos los medios, convirtiendo
a los sectores gobernantes de la burguesía nacionalista,
en enemigos a vencer y sumando a su causa como aliados, a los sectores
de la burguesía ubicados tradicionalmente en la derecha.
Así,
el sistema de partidos en los países dependientes, adoptó
nuevas modalidades, por un lado la burguesía nacionalista
debía asegurar el poder ante las clases mayoritarias, hasta
donde esto era posible, obligada a veces a llevar a cabo tibias
aperturas democráticas, que le permitían mantener
una amplia base social, y por otro lado, hacer frente a la burguesía
más reaccionaria, Caballo de Troya del imperialismo, el cuál
se encargaría, por todos los medios, de calificar a los gobiernos
nacionalistas como antidemocráticos y autoritarios.
Se
instaura en México el sistema de partidos
La
vida política contemporánea de México debe
contarse desde 1917 hasta hoy. Dentro del nuevo régimen constitucional
las luchas políticas se realizan con métodos diferentes
a los de la lucha armada: ya no son los jefes militares los que
nombran a las autoridades en los estados, es necesario respetar
las instituciones recién nacidas y convocar al pueblo para
que elija a sus representantes. Pero la lucha cívica gira
aún alrededor de los hombres representativos del ejército
popular. Y como estos no pueden por sí mismos llamar a los
ciudadanos crean los primeros partidos políticos. Son éstos,
partidos para servir a un hombre. Ninguno tiene programa permanente,
ninguno trata de alcanzar el poder por causas impersonales.
Durante
este periodo que inicia en 1917, con el gobierno de Venustiano Carranza,
y que concluye en 1934, con el del general Abelardo Rodríguez,
lo que se mide en las luchas electorales es la fuerza de cada uno
de los caudillos.
Es
la época en la que el gobierno se auto designa representativo
de la Revolución y aspira a ser el mandatario del pueblo.
Por eso, el poder público es el que hace las elecciones y
la disputa por la sucesión presidencial y por la sucesión
de los gobernadores de los estados, no son disputas de la calle,
sino controversias privadas entre los hombres que mayor influencia
tienen dentro de la corriente revolucionaria del país.
El
primer presidente de la República que rompe la tradición
de hacer elecciones sistemáticamente en Palacio Nacional,
es el General Lázaro Cárdenas. De jefe del ejército
se convierte en partidario de la incorporación efectiva de
los civiles a las luchas políticas. Después del Presidente
Avila Camacho, su sucesor, inicia el proceso de reformas a la legislación
electoral, para lo cual envía un proyecto de ley al Congreso
para que la designación de mandatarios del pueblo se haga,
fundamentalmente, por partidos políticos.
Este
proceso de la vida cívica de México, apuntado en sus
aspectos más generales, ocurre porque con la reforma agraria,
la protección a la clase trabajadora y la creación
de las primeras instituciones dirigidas a organizar la economía
nacional, México entra en una etapa nueva y empieza a cambiar
su estructura. De país industrial agrario y minero empieza
a ser país industrial, y este cambio tiene repercusiones
muy importantes en los otros aspectos de la vida del pueblo y la
Nación.
La
diferencia de la burguesía mexicana con sus homólogas
de otros países, radica en que ésta obtuvo el poder
respaldada por un movimiento con aspiraciones democráticas,
populares y antiimperialista. Sin embargo, como sucedió en
otras esferas de la vida social, el sistema electoral fue adecuándose,
en la medida en que las distintas clases se diferenciaban entre
sí, debido al acelerado desarrollo de las fuerzas productivas,
alcanzado gracias a la cada vez mayor intervención del Estado
en la economía y a la política de nacionalizaciones
y por tanto al crecimiento cuantitativo y cualitativo de la clase
obrera, respondiendo al mismo tiempo a los intereses del sector
de la burguesía que en cada etapa detentaba el poder, ya
que la heterogeneidad del grupo gobernante, ha sido una característica
peculiar del desarrollo de nuestro país.
De
esta manera, pudieron surgir del mismo grupo y, posteriormente,
del mismo partido, gobernantes que establecieron normas que en su
esencia eran contradictorias. Hubo gobiernos que aplicaron políticas,
no sólo para mantener el sentido popular y antimperialista
de la revolución democrático-burguesa, sino además,
para ensanchar las vías de participación de las masas
populares, como ejemplo de ello está la gran figura del general
Lázaro Cárdenas, expropiador y nacionalizador del
petróleo, a la que habría que sumar a Adolfo López
Mateos, que hizo lo propio con la industria eléctrica y,
en épocas más cercanas a Luis Echeverría que
adquirió para el Estado la compañía Teléfonos
de México, e incluso a José López Portillo,
que a pesar de haber encabezado un gobierno lleno de debilidades
y concesiones, tuvo la acertada decisión de expropiar la
banca a los empresarios privados que la utilizaban para su exclusivo
beneficio y para saquear al país, a través de grandes
transferencias de capitales al exterior.
Las
reformas electorales democráticas 1963-1986
La industrialización del país y la vía de desarrollo
sustentada en el nacionalismo revolucionario, al generar grandes
transformaciones, habían creado la infraestructura y, en
general, las condiciones internas para el surgimiento de un verdadero
sistema de partidos. Con la culminación de la Segunda Guerra
Mundial surgirían las externas.
El
proceso de industrialización de nuestro país se vio
acelerado por la necesidad de producir, dentro del territorio nacional,
las mercancías que dejaron de llegar de los Estados Unidos
debido a la conversión de la industria de ese país
hacia fines militares. Ello, sin lugar a dudas, contribuye a acelerar
la diferenciación de las clases sociales propias de la formación
socioeconómica capitalista: la burguesía y el proletariado
y, a partir de esa nueva realidad, se entra en la etapa de los partidos
políticos permanentes, representantes de las diversas clases
sociales, un siglo después que en Inglaterra.
La
organización político-electoral surgida vertical y
coercitivamente por instrucciones del gobierno, con la finalidad
de aglutinar a todos los caudillos postrevolucionarios en una sola
institución política, recibió el nombre de
Partido Nacional Revolucionario (PNR), posteriormente, al modificar
su composición y en la práctica integrar un frente
donde participaban las organizaciones campesinas y obreras, así
como el ejército, recibió el nombre de Partido de
la Revolución Mexicana (PRM) y pocos años después,
al salir el ejército formalmente de sus filas y sumarse a
las organizaciones de trabajadores que lo integraban, un amorfo
sector popular que lo mismo cobijaba profesionistas que pequeños
y medianos empresarios, adquirió su nombre actual: Partido
Revolucionario Institucional (PRI).
A
ese primer organismo, que más que partido político
en el sentido tradicional del término, era el instrumento
electoral del grupo gobernante, se sumaron, en distintos momentos,
partidos con características clasistas más definidas:
el Partido Acción Nacional (PAN), surgido al amparo del nazi-fascismo,
integrado por capas y sectores de la pequeña burguesía
de derecha y elementos vinculados a la jerarquía eclesiástica
y a los grandes capitalistas industriales y bancarios del país,
opuestos a toda la política progresista de la Revolución
Mexicana y particularmente a las reformas revolucionarias de la
etapa cardenista; y el Partido Popular (PP), transformado posteriormente
en Partido Popular Socialista (PPS), vinculado a la clase obrera,
a las masas campesinas y a las capas avanzadas de la intelectualidad
mexicana, con una política nacionalista, patriótica
y antimperialista, a la que sumó en 1960 la lucha por el
socialismo. También existía, desde 1919, el Partido
Comunista Mexicano (PCM). Aunque no obtuvo registro electoral hasta
fines de la década de los años 70, incursionó
en diversas ocasiones en las luchas electorales, a través
de frentes y coaliciones. Cuando obtuvo el registro se inició
el proceso de su transformación, en el que fue abandonando
paulatinamente sus postulados iniciales, del comunismo ortodoxo
fue transitando a posiciones socialdemócratas mientras cambiaba,
primero a Partido Socialista Unificado de México (PSUM),
y posteriormente a Partido Mexicano Socialista (PMS), nombre y registro
que cedió para constituir el actual Partido de la Revolución
Democrática (PRD).
Serían
los tres partidos políticos primero mencionados, los que
con plataformas ideológicas y programáticas claramente
diferenciadas, con proyectos de nación definidos, sobre todo
el PAN y el PPS, llenarían una importante etapa en la vida
nacional, tanto en el ámbito del debate de las ideas, como
en el de la lucha por la ampliación de la vida democrática.
Los
sistemas de partidos y el tránsito a la democracia
A principios de los años ochenta se inicia la implantación
del proyecto neoliberal, sobre la base de las concepciones político-ideológicas
elaboradas a fines de la década de los veintes y principios
de los treintas en Alemania y consolidados en la década de
los 40 del siglo XX por la Sociedad de Mont Pélerin, nombre
que se le dio a la especie de masonería neoliberal, fundada
entre otros por Milton Friedman, Karl Popper, Lionel Robins, Ludwig
Von Mises, Walter Eucken; Walter Lippman, Michael Polanyi y Salvador
de Madariaga. Los objetivos de esta sociedad son los de combatir
el keynesianismo, no se diga el capitalismo de Estado y también
los de preparar las bases de otro capitalismo, duro y libre de reglas,
para el futuro.
Al
respecto, en Balance del neoliberalismo (Lecciones para la izquierda),
dice Perry Anderson que: "El neoliberalismo nació
en una región de Europa y de América del Norte donde
imperaba el capitalismo. Fue una reacción teórica
y política vehemente contra el Estado intervencionista y
de bienestar
Se trata de un ataque apasionado contra cualquier
imitación de los mecanismos de mercado por parte del Estado,
denunciada como una amenaza letal a la libertad, no solamente económica,
sino también política."
La
crítica de los neoliberales contra los modelos keynesianos
y contra la aplicación del nacionalismo revolucionario, sin
hacer distingos entre ambos, se enfiló contra la intervención
del Estado en el aspecto económico, contra los subsidios
al consumo popular y otras prestaciones en el aspecto social y contra
el populismo y la antidemocracia en el aspecto político.
La crítica era muy semejante a la que desde que surgieron,
se hacía a los países socialistas.
De
esta manera, la difusión de la consigna del tránsito
a la democracia, que comenzó a divulgarse primero en los
países exsocialistas se extendió a otras latitudes,
particularmente a Latinoamérica, con la finalidad de combatir
a los gobiernos que mantenían posiciones afines al nacionalismo
revolucionario. Así el tránsito a la democracia pasó
a formar parte del léxico común en casi todo el mundo.
Debido
a que lo anterior es la doctrina de moda en el mundo intelectual,
numerosos autores sustentan la tesis de que el rasgo característico
de la lucha política de nuestro tiempo es el del tránsito
a la democracia, es decir, la sustitución de gobiernos autoritarios,
por gobiernos democráticos.
El
fenómeno a que se refieren quienes enarbolan esa tesis, consiste
en la implantación de regímenes políticos que
se sustenten en elecciones organizadas y arbitradas por cuerpos
cuya imparcialidad es reconocida por los partidos contendientes,
y en los que se da el respeto al voto y la alternancia en el poder,
cuestión que en efecto, está ocurriendo en numerosos
países.
El
derrumbe del socialismo y el auge del neoliberalismo
Al desaparecer la Unión Soviética y truncarse el proyecto
concreto de socialismo que se puso en ejecución en otros
países de Europa: Hungría, Rumania, Bulgaria, Albania,
Polonia, la República Democrática Alemana y Checoslovaquia,
por primera vez la humanidad vivió un breve tramo de historia
en que las cosas caminaron en sentido contrario de lo que había
sido durante casi tres cuartos de siglo.
En
primer lugar, el mapa del orbe se modificó en detrimento
del campo integrado por los pueblos que durante el siglo XX emprendieron
la erradicación de la explotación del hombre por el
hombre y, consecuentemente, la ruptura con el régimen de
la propiedad privada de los medios de producción y cambio.
Además,
se produjo una modificación fundamental en el ámbito
de la correlación de fuerzas, cuyas repercusiones alcanzaron
todos los confines de la Tierra, ya que el número de países
que construyen el socialismo se redujo a China, Corea, Cuba y Vietnam.
Con
la caída del bloque socialista europeo encabezado por la
Unión Soviética, surgió lo que ha sido definido
como mundo unipolar, en el sentido de que ahora las potencias capitalistas
imponen sus designios por doquier sin que exista una fuerza equilibradora
que enfrente y contrarreste, o por lo menos atempere sus acciones.
Así,
se entró en una etapa históricamente regresiva, de
expansión imperialista; de recrudecimiento del injerencismo
norteamericano, ahora desenfrenado; de utilización de la
fuerza sin embozo, como en Kosovo.
En
las nuevas circunstancias del orden mundial, el imperialismo no
sólo recurre a la violencia y a la guerra para imponer sus
intereses por todo el orbe. Se vale también y de manera preferente
de las armas económicas, como el endeudamiento externo y
su renegociación sujeta a condiciones que atentan contra
las soberanías nacionales, el derecho de autodeterminación
de los pueblos y otros derechos fundamentales; como el otorgamiento
o la denegación de créditos, condicionando toda decisión
a la aceptación de exigencias que subordinan a los países,
saquean el patrimonio nacional y sumen en la miseria a los pueblos.
En este escenario, convierten la democracia en una farsa dado que
entre sus condiciones impuestas -además de las privatizaciones,
las aperturas al capital exterior y los bajos salarios-, también
están las de orden político electoral que exigen "transitar
hacia democracias procedimentales", cuyas reglas tienden a
obstruir por todas las vías no sólo el acceso al poder,
sino incluso el derecho a la participación electoral de todo
partido que se oponga o se resista a este nuevo orden mundial.
Ambos
aspectos, la implantación del neoliberalismo y el derrumbe
del socialismo europeo, crearon las condiciones para que el sistema
de partidos renovado fuera el instrumento para facilitar la implantación
del proyecto económico y político al servicio del
gran capital.
Muchos
partidos, un sólo proyecto
Hace
18 años, se produjo un cambio de raíz en el rumbo
de la vida pública de México. Resulta oportuno hoy
evaluarlo, aunque sea de manera somera, puesto que las políticas
públicas deben reflejarse en las condiciones de vida de la
población. En el aspecto que nos ocupa, sería conveniente
dilucidar si luego de los cambios que se han dado en el sistema
de partidos, se avanzó por la senda de la democracia -en
cuanto al nivel de vida de los mexicanos-, o se acrecentaron la
injusticia y la pobreza.
Para
una medición rigurosa de un fenómeno complejo y polémico
como el planteado se requiere de instrumentos adecuados. El Instituto
Nacional de Estadística, Geografía e Informática
(INEGI) provee la herramienta. Se trata de la Encuesta Nacional
de Ingreso-Gasto de los Hogares. Al cotejar, por ejemplo, los datos
de 1984, dos años después del inicio del gobierno
de Miguel de la Madrid, con los de 1989, cuando empezaba el de Carlos
Salinas de Gortari, se encuentra que el sesenta por ciento de los
hogares habitados por los mexicanos, los menos afortunados, redujeron
su participación en el ingreso nacional de 28.6 a 26.1%.
Y para 1994, año en que inició su mandato el actual
presidente, Ernesto Zedillo, ese segmento mayoritario de la población
volvió a reducir su participación a sólo el
25.4%. Esta situación se mantiene intacta hasta hoy, según
la versión más reciente del INEGI.
Al otro 30 por ciento de los mexicanos, los que ocupan los deciles
séptimo al noveno, tampoco les ha ido mejor. Pasaron de una
participación de 38.6 en 1984, a 36.4% en este año,
2.2 puntos porcentuales menos.
El
diez por ciento de la población de más altos ingresos,
que ya en 1984 concentraba el 32.8%, subió este año
hasta el 38.1% del total.
Conclusiones:
el noventa por ciento de la población ha visto caer sus ingresos
relativos en estos 18 años de neoliberalismo. En cambio,
sólo una décima parte, los de más altos ingresos,
se ha visto favorecida por las políticas públicas
implementadas con este modelo.
Este
es el resultado real, que se produjo ya: todas las franjas de la
población mexicana vieron disminuir su participación
en la distribución del ingreso, a excepción del 10%
más acaudalado. Podemos preguntarnos, si de acuerdo con el
mandato del artículo 3º constitucional ¿vivimos
en un régimen más democrático? Los hechos demuestran
lo contrario.
Desde
el poder público se abandonó el paradigma de Nación
libre, independiente y soberana, por el cual se luchaba, y se cambió
por el camino de la subordinación, a la que pudorosamente
llamaron interdependencia; se cambió el de la equidad social
por el de la concentración de la riqueza, a la que recatadamente
denominaron libre mercado; el de la democracia verdadera, por la
falaz democracia procedimental.
En
el último proceso electoral de Julio del 2000 en que se eligió
al Presidente de la República y se renovó el Poder
Legislativo, se presentaron once partidos políticos y por
vez primera en cincuenta años no participó ningún
partido que se definiera como marxista-leninista. Por otro lado,
en dicho proceso electoral se dio carta de naturalización
al bipartidismo burgués disfrazado de tripartidismo: PRI,
PAN y PRD a cuyo rededor girarían los otros partidos pequeños.
Después
de los resultados del 2 de julio del 2000, cuando se renovaron los
poderes Ejecutivo y Legislativo, podemos estar seguros que no habrá
nada que repercuta en un verdadero cambio democrático, que
se mantendrá sólo el estrecho marco procedimental
y que por tanto, el bienestar popular seguirá deteriorándose.
Aunque
este era un resultado esperado, porque desde que se inició
la presente campaña electoral el reclamo de los distintos
sectores sociales ha sido generalizado en el sentido de la falta
de propuestas de carácter programático y sobre todo
la poca o nula diferencia de los discursos de los candidatos.
Ninguno
de ellos formuló propuestas de carácter popular y
democrático ni enarboló posiciones nacionalistas,
de resistencia frente a las presiones y exigencias del imperialismo.
Ninguno
estuvo dispuesto a enfrentar el proyecto neoliberal, ni se comprometió
a revertir -o por lo menos a frenar- ese modelo que nos está
dejando en la miseria, y que amenaza dejarnos también sin
patria y sin porvenir.
Ninguno
condenó el proceso de privatizaciones, ni rechazó
con claridad y sin doble discurso el proyecto de abrir a capitales
privados, incluso extranjeros, la industria eléctrica.
Ninguno
se pronunció por la participación directa del Estado
en la economía, ni dispuesto a defender los intereses de
la clase trabajadora.
Es
cierto que ninguno quiso ser identificado como de derecha. Ni siquiera
Vicente Fox, ubicado políticamente en la ultraderecha. Algunos
no quisieron ser vistos como neoliberales ni como aliados con ellos,
aunque en la práctica así operaran. Prefirieron decirse
de izquierda o de centro izquierda. También se proclamaron
partidarios de la tercera vía.
En
esas condiciones no podía haber confrontación de concepciones,
de proyectos de Nación. Los candidatos presidenciales, todos,
eludieron ocuparse de los temas torales como ocurría en las
contiendas electorales en el pasado. Todavía en 1994, hubo
planteamientos ideológicos, políticos y programáticos
de fondo que contribuyeron a darle nivel a la campaña, sobre
todo por parte de Marcela Lombardo, la candidata postulada por el
Partido Popular Socialista, incluso todavía hace unos meses,
de entre quienes participaron en la competencia interna del PRI,
hubo por lo menos dos aspirantes que abordaron los principales asuntos
del debate nacional y que asumieron posiciones nacionalistas y progresistas.
En el proceso del 2000, en cambio, ninguno se definió.
Las
campañas giraron y se condujeron en torno al cálculo
mercadotécnico. La batalla de las ideas estuvo ausente. La
sustituyeron con mecanismos viciados, como la práctica de
decirle a cada auditorio concreto lo que quiere oír, así
se caiga en las más absurdas y reiteradas contradicciones.
Caso concreto, el de la apertura de la industria eléctrica
al capital privado, donde por lo menos los tres que contaron con
aparatos y recursos materiales mayores, Cárdenas, Labastida
y Fox, se pronunciaron unas veces a favor y otras en contra.
Mecanismos
viciados también, como las descalificaciones y los ataques
personales, a veces con sustento y muchas más sin él,
que proliferaron y se volvieron cada vez más virulentos.
Convirtiendo
a los ciudadanos en meros consumidores a quienes se bombardea con
spots televisivos.
Toda
esta práctica condenable convierte la democracia en un timo.
Nos pone ante candidatos que, vistas las cosas a fondo, bien podrían
ser uno solo, puesto que todos, finalmente, sirven en esencia a
los mismos intereses y defienden el mismo proyecto, quizá
apenas con diferencias de matiz. Y no se trata, claro está,
del proyecto que rescate la soberanía de México ni
lo conduzca por la vía construida por el pueblo a lo largo
de siglos de lucha, sino del otro, caracterizado por una creciente
pérdida de independencia, excesiva transferencia de recursos
al exterior e inequidad en la distribución social.
En
realidad, superficialidades aparte, todos sirven, finalmente, al
proyecto neoliberal que nos ha venido insertando de manera subordinada
en el proceso de globalización bajo el dominio hegemónico
del capital financiero transnacional, particularmente norteamericano.
Premeditadamente,
evitaron mencionar que cada uno de los partidos o alianzas presentó
ante el Instituto Federal Electoral una plataforma que contiene
sus principales propuestas en materia económica, política
y social, que de ganar pondrían en práctica.
Trataron
de evitar y lograron, que los electores conocieran y valoraran lo
que cada candidato y fuerza política representaba. Intentaron
reducir las alternativas posibles a sólo dos opciones: la
representada por Francisco Labastida del PRI, candidato comprometido
con el grupo neoliberal y por tanto con el continuismo de la política
neoliberal aplicada por Miguel de la Madrid, Carlos Salinas y Ernesto
Zedillo y la representada por Vicente Fox, fiel representante de
la demagogia populista, cuyo oportunismo no tuvo ni tiene límites,
un día se definía como de centro izquierda y al otro
alaba a los banqueros, todo, con la finalidad de obtener el voto
de los electores.
Postulado
por Alianza por el Cambio, integrada por el PAN y el Verde Ecologista,
pero financiado por la elite financiera nacional y extranjera, a
través de un aparato denominado Amigos de Fox, logró
su propósito y obtuvo el triunfo en las elecciones, auque
la coalición que lo postuló no logró la mayoría
en ninguna de las cámaras que integran el Congreso de la
Unión.
Su
programa no incluye expectativas favorables para el desarrollo independiente
de la Nación, ni para el mejoramiento de las condiciones
de vida del pueblo y menos para una verdadera ampliación
de la vida democrática nacional
La
Alianza por el Cambio que lo postula presentó un documento
ambiguo, que trata de esconder la ideología reaccionaria
del candidato y el proyecto neoliberal ortodoxo denominado Economía
Social de Mercado, que es el referente ideológico de los
partidos de derecha como el PAN, las cúpulas patronales y
el clero político. De sus planteamientos económicos
podemos recoger algunos aspectos esenciales, que en resumen se refieren
a que: continuarán las privatizaciones; la supeditación
a los intereses norteamericanos será mayor; habrá
mayor participación del capital privado en la economía
y ahora en educación, se reducirá la labor de Pemex
a extraer y exportar petróleo crudo, dejándole a los
grandes monopolios extranjeros las jugosas ganancias de la refinación
y de la industria petroquímica y se insistirá en el
proceso de privatización de la industria eléctrica.
En
forma por demás demagógica propone, sin definirlo
ni siquiera en sus aspectos esenciales, un proyecto distinto al
populismo y al neoliberalismo, pero al abordar algunos aspectos
no puede evitar afirmar que su propuesta se basa en el fortalecimiento
del sistema financiero, la vinculación con la economía
internacional, capacitación para el trabajo, estímulos
para el incremento a la productividad, el desarrollo tecnológico
y la inversión privada, así como cuando en el caso
del petróleo se limita a hablar de los ingresos provenientes
de este recurso sin tomar en cuenta que los mayores ingresos de
Pemex se dan en la fase de industrialización de los hidrocarburos.
La
propuesta conjunta PAN-PVEM, coincidió con el interés
de las fuerzas de derecha de realizar una campaña electoral
confusa en cuanto a las ideas se refiere y de nulo debate ideológico
y político, ya que es el campo propicio para que subrepticiamente
introduzca su proyecto reaccionario al servicio del gran capital
nacional y extranjero y contrario a nuestro proyecto nacional y
a las instituciones que como PEMEX, han sido un valladar frente
a las presiones del exterior y puntal de nuestra economía.
El
nuevo gobierno no será más que la continuación
del neoliberalismo aplicado desde 1982, nada más que ahora,
encubierto con una falsa aureola de democracia.
BIBLIOGRAFIA
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Publicaciones
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- Amezcua
Dromundo, Cuauhtémoc. "¿Votar por el cambio
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año 3, núm. 36, junio del 2000.
- Anderson,
Perry. "Balance del neoliberalismo. Lecciones para la izquierda".
Conferencia dictada en septiembre de 1995 en la facultad de Ciencias
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año II, núm.3, verano 1995-96.
- Campos
Vega, Juan. "Falsa disyuntiva y voto inútil".
En la Revista Marcha, Zacatecas, México, año 3,
núm. 36, junio del 2000.
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