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Mucho
se habla en nuestros días de la Reforma del Estado. Es uno
de los temas que está en la mesa de debates. Lo ligan con
otros temas, también de moda, como el de la transición
a la democracia, el de la alternancia, y el de una nueva Constitución.
Conviene, al respecto, tener una idea clara sobre el origen y las
trasformaciones que ha tenido el Estado en México, hasta
hoy. Y ya precisado el lugar que hoy ocupa, observar hacia dónde
querrían moverlo unas y otras clases sociales; que tipo de
reforma propugnarían unas y otras fuerzas de la sociedad.
Porque es cierto que en la que vivimos no es homogénea, sino
que está compuesta por clases y sectores sociales con diferentes
intereses y, por tanto, con distintos proyectos de Nación.
1.
El nacimiento del Estado.
El Estado mexicano, como otros, se formó y se ha transformado
como producto del devenir histórico. Su construcción
en la primera de sus formas data de 1857. Habían transcurrido
treinta y seis años de que se consumara la independencia
política con respecto de España. Se explica el tiempo
transcurrido porque, para que pudiera surgir el Estado mexicano,
fue necesario resolver primero dos problemas. Uno, por lo menos
en lo esencial, el conflicto entre dos corrientes con proyectos
históricos opuestos, conservadores y liberales, que se disputaban
la hegemonía. Siendo equiparables sus fuerzas y opuestos
sus fines, se anulaban entre sí y generaban una situación
de equilibrio inestable que hacía imposible la gobernabilidad.
Por cierto, algunos autores confunden ese hecho con una situación
de caos que obedeciera a factores culturales, de idiosincrasia o
a simples ambiciones de tipo individual de los "caudillos".
Pero
también fue necesario destruir el régimen colonial
que había dominado durante tres siglos, desde la conquista.
Las bases frágiles establecidas durante ese largo período
de sometimiento, plagadas de agudas contradicciones sociales y de
limitaciones enormes, hacían inviable la edificación
de un Estado nacional independiente y soberano. Con el Plan de Iguala
en 1821, ambos bandos, conservadores y liberales, unieron esfuerzos
de manera transitoria con el fin de alcanzar la Independencia. Surgió
de esa manera una nueva correlación de fuerzas que propició
la rápida conclusión de más de diez años
de lucha armada, desde el Grito de Dolores, el 16 de septiembre
de 1810. Sin embargo, las grandes diferencias con respecto de los
intereses de clase a los que cada uno servía y al proyecto
de Nación que cada bando enarbolaba, pronto aflorarían
de nueva cuenta y, con ello, se desataría otra vez una larga
y encarnizada lucha.
Los
conservadores querían una república independiente
en lo político, pero basada en la misma estructura económica
y social del régimen colonial, injusto. Eran sobre todo los
criollos integrantes de las clases sociales y de los sectores privilegiados
de antaño. Para ellos la independencia era importante en
tanto que significaría la transferencia del poder de las
manos de la Corona española a las suyas propias. Y esto vendría
a incrementar aún más sus perspectivas de beneficio
particular.
Por
su parte, los liberales, nombre que tomaron los luchadores insurgentes
de antaño, pensaban en una república representativa
y democrática. Éstas eran las ideas progresistas de
ese tiempo, las que sustentaran los filósofos franceses del
siglo XVIII. Además, las aspiraciones del bando liberal iban
más allá. En el seno del pensamiento liberal mexicano
y entre los próceres de la Independencia habían surgido
ideas más avanzadas desde el punto de vista social. A diferencia
del "dejar hacer, dejar pasar", apotegma básico
de las ideas del liberalismo clásico y su proverbial individualismo,
según el cual el Estado debe estar al margen de la economía
y de las relaciones sociales, y concretarse a ser un simple vigilante
de la vida pública, los elementos más lúcidos
de entonces demandaron la formulación de leyes y la intervención
de los poderes del Estado para lograr una justa distribución
de la riqueza y para conseguir el desarrollo del país.
José
María Morelos, en primer término, y otros muy destacados,
como Valentín Gómez Farías, Ponciano Arriaga
e Ignacio Ramírez, el Nigromante, para citar sólo
unos cuantos, preveían que era necesario cambiar de raíz
la base de la sociedad creada en los tres siglos de la etapa colonial.
Porque las condiciones en que se dio la producción durante
ese tiempo crearon una estructura subordinada a los intereses de
la monarquía española, sin cuya ruptura y transformación
sería inviable la edificación de una economía
nacional. Las condiciones imperantes, como se sabe, eran tales que
no se podía producir en nuestro suelo ninguno de los bienes
que se generaran allá, en España, sino que había
que importarlos; el eje de la producción local subordinada
era la minería de metales preciosos, para beneficio de la
metrópoli; monopolios y estancos impedían la circulación
de bienes de amplio consumo; la propiedad de la tierra, principal
medio de producción de la época, se hallaba monopolizada
casi toda en manos de la Iglesia católica. Y porque las relaciones
entre las clases sociales fueron tan injustas que generaron contradicciones
muy agudas. Se practicaban los trabajos forzados; se habían
implantado la esclavitud, el peonaje y la aparcería. La industrialización
y el trabajo asalariado, propios de una sociedad capitalista, prácticamente
no existían todavía. El poder de compra era muy bajo
entre las masas rurales y la mayoría de la población
urbana. Los derechos civiles y políticos eran inexistentes.
La
lucha entre liberales y conservadores, que fue cruenta y se prolongó
por décadas, a contar del Plan de Iguala (1821) hasta la
victoria del Plan de Ayutla (1854), concluyó con ésta
y, más definidamente, con la Carta Magna de 1857. En la concepción
de Vicente Lombardo Toledano fue con esta Constitución con
la que por fin nació el Estado mexicano 1.
Y nació como una república democrática, representativa
y federal, en lo político. Hubo antes otros esfuerzos valiosos
por dotar a México de una Constitución y dar sustento
jurídico al naciente Estado. Así, la Constitución
de 1814 fue el primer intento de organizar a la Nación, cuyo
pueblo luchaba con las armas exigiendo el respeto de su soberanía,
con ideas y propósitos opuestos a los de la etapa colonial,
pero no logró su objetivo dado que las condiciones aun no
habían madurado. Lo mismo ocurrió con la de 1824,
documento notable que recogió demandas populares relevantes
para construir una Nación independiente.
La
Constitución de 1857 tiene un papel histórico indiscutible,
puesto que logró dar origen al Estado mexicano. Sin embargo,
las tesis que recogían el pensamiento social más avanzado
sobre la necesidad de dotar al Estado de una nueva estructura económica,
no fueron recogidas en ella. Esto, sobre todo, a causa de las limitaciones
de los llamados liberales moderados, que fueron la mayoría
en el Congreso Constituyente. Por ello, pasos trascendentes para
la transformación progresiva de nuestra sociedad tendrían
que esperar a que surgieran otras circunstancias.
En
otro aspecto, más allá de lo jurídico, la victoria
sobre los conservadores tampoco fue definitiva. Pronto se dieron
a la búsqueda de la revancha por la vía de la asonada
militar, por lo que el país de nueva cuenta se habría
de ver envuelto en confrontaciones violentas. Al reabrirse la lucha
armada, por cierto, los liberales moderados desaparecieron del escenario;
unos se unieron con los conservadores y otros con los liberales
radicales, también conocidos como puros. Esta nueva fase
de lucha culminó con las Leyes de Reforma, que quitaron el
poder económico a los altos prelados de la Iglesia católica,
bastión principal de las fuerzas reaccionarias, y con él
le quitaron también la capacidad para financiar y promover
los alzamientos y las asonadas militares. Fue hasta entonces, 1859,
casi medio siglo después del Grito de Dolores, cuando por
fin se empezaron a dictar un conjunto de principios para liquidar
la estructura económica de los tres siglos de la colonia.
Y se empezó a abrir la perspectiva del desarrollo nacional.
2.
La Revolución Mexicana,
sus características y objetivos.
Vendría luego la dictadura del general Porfirio Díaz,
sostenida por la fuerza del latifundismo restaurado. En ese período,
las contradicciones sociales entre los privilegiados, que eran una
breve minoría, y la gran mayoría de desposeídos
llegaron a niveles que reclamaban cambios profundos en el ámbito
de las relaciones entre las clases sociales. Además de las
sucesivas reelecciones de Díaz, su gobierno ejerció
una represión brutal contra todas las formas de protesta
popular, con lo que en los hechos anuló las libertades de
opinión, de reunión y de organización. Con
esto clausuró las posibilidades de lucha por cauces pacíficos.
Pero,
lo que es más grave y a la vez más significativo todavía,
el gobierno de Díaz era sostenido también y sobre
todo por la fuerza de los capitales que habían fluido en
grandes proporciones desde el exterior. Díaz y su círculo
cercano habían realizado, en efecto, la apertura de la economía
del país, igual que ahora los neoliberales. El resultado
fue que los capitales extranjeros, sobre todo los yanquis, pronto
se apoderaron de casi todas las riquezas de la Nación y las
saquearon. En vez de servir como motor del desarrollo económico
nacional, esa política causó su atrofia. Lejos de
traer la modernización y el bienestar prometidos, sumió
al pueblo en el atraso y acentuó la injusticia social y la
miseria. Y, puesto que la fuerza económica se traduce en
fuerza política, los capitalistas extranjeros empezaron a
intervenir con gran poder de decisión en los asuntos internos
de los mexicanos, vulnerando la soberanía del Estado y, asimismo,
la soberanía popular.
Con
esto se presentó y se agudizó otra contradicción
más que, por su peso, vendría a presidir, acentuar
y condicionar las demás. La contradicción que se da
entre los intereses de la Nación, que aspiraba a liberarse
y que había luchado largamente por lograrlo, y los intereses
del capitalismo que ya había madurado en ciertos países,
como Estados Unidos, y entraba en su fase de expansión y
captura de nuevos mercados, sobre todo de materias primas y de fuerza
de trabajo, a su fase imperialista. Vicente Lombardo Toledano sintetizó
las contradicciones que desembocaron en ese estallido social de
gran magnitud que fue la Revolución:
"¿De
qué manera se producían las contradicciones en el
seno de la sociedad mexicana en 1910? Contradicción entre
los peones y los latifundistas; entre los aparceros y los pequeños
propietarios, y los latifundistas; entre los hacendados con mentalidad
burguesa como Francisco I. Madero, como Venustiano Carranza y
los latifundistas; entre los industriales y los latifundistas;
entre los comerciantes mexicanos y los comerciantes extranjeros;
entre los mineros mexicanos y las empresas extranjeras de minería;
entre la burguesía industrial mexicana naciente y los capitales
extranjeros; entre los intereses de la Nación mexicana
y el imperialismo" 2.
A
la luz de este entramado de contradicciones salta a la vista lo
equivocado de la tesis que afirma que la Revolución Mexicana
tuvo como causa esencial o hasta única la falta de democracia
y como meta suprema la consecución del "sufragio efectivo"
y de la "no reelección". La actitud represiva del
régimen y la nulidad en la práctica de los derechos
democráticos constituían, como ya se dijo, uno de
los elementos de crisis del régimen prevaleciente, de innegable
gravedad. Pero no era el único y, atribuirle la calidad de
determinante para un estallido social de esa magnitud constituye
una desmesura. El lema enarbolado por Francisco I. Madero en los
inicios de la lucha, que se refiere al necesario respeto al sufragio
y a la no reelección, lo que refleja es la visión
de un solo ángulo de la situación. La visión
de un sector social, la burguesía rural acomodada, a la que
pertenecía Madero, pero no refleja el complejo entramado
de problemas y contradicciones.
Es claro asimismo que las normas de la democracia representativa
liberal, cuya vigencia propugnó Madero, así llegaran
a darse del modo más pleno y depurado posible, nunca son
ni serían suficientes para resolver problemas de mucho más
fondo que tienen que ver con la dependencia económica y política
de la Nación y con la injusta distribución de la riqueza
social. Y también es claro que la falta de democracia por
sí sola no constituye una causa suficiente como para que
el pueblo se insurreccione de manera masiva. Suponerlo así
significa asumir una concepción muy restringida, porque no
toma en cuenta los componentes económicos y sociales, como
los que se presentaron en la realidad imperante durante el porfiriato.
Ese
error, común en algunos autores y corrientes políticas
contemporáneas, es equiparable al que cometen quienes suponen
que el levantamiento popular de 1810 fue sólo por la independencia
política con respecto de España. Lo cierto es que
el pueblo se lanza a una lucha de la magnitud de esas dos epopeyas
sólo cuando la situación se vuelve extrema; cuando
sus problemas económicos son agudos y no existen perspectivas
para su solución; cuando la explotación a la que se
le somete crece hasta lo grotesco; cuando las injusticias sociales
se agigantan; cuando se atropella su dignidad de modo cotidiano
y cuando se cierran las vías pacíficas para cambiar
toda esa situación. Y eso fue lo que ocurrió tanto
en la etapa previa al alzamiento popular de 1810 como otra vez durante
el porfiriato. Por eso fue que en ambas ocasiones estalló
la violencia en la magnitud en que lo hizo, como una caldera que
explota al no poder contener la fuerza inmensa de la presión
expansiva acumulada en su interior.
Las
contradicciones señaladas determinaron asimismo los objetivos
y las características de la Revolución Mexicana. Teniendo
que enfrentar y tratar de resolver la principal contradicción,
la que se daba entre el capital extranjero que se apoderaba del
país y los intereses de la Nación, fue por sobre todo
una revolución antiimperialista y tendría que buscar
medidas para avanzar hacia la conquista de la soberanía y
la independencia plena, económica y política de México.
A este respecto, Lombardo expresó que nuestra Revolución:
"Es
sobre todo un movimiento antiimperialista. Es una lucha que enfrenta
como enemigo fundamental, no a una fuerza de carácter interno,
sino a una que está fuera de nuestras fronteras. Un poder
que impide el desarrollo de las fuerzas productivas, que obstaculiza
el desenvolvimiento general del país, que saquea las riquezas
de la Nación y que somete a creciente empobrecimiento a
las masas populares: el imperialismo" 3.
Además
de lo anterior, la Revolución, teniendo que resolver el problema
de la enorme concentración de la tierra en pocas manos, que
se había vuelto todavía más aguda que durante
la colonia, fue asimismo una revolución antifeudal; y tendría
que destruir el latifundio y distribuir la tierra. Teniendo que
resolver el problema de la ausencia, en los hechos, de derechos
democráticos para el pueblo, fue también, pero no
únicamente, una revolución democrática. Democrático-burguesa,
dado que no podía ser una revolución socialista porque
no existían las condiciones para que adquiriera esas características.
Al respecto, Lombardo afirma: "Era evidente que la Revolución
de 1910, en 1917 no podía llegar al socialismo en aquel tiempo;
no existía la clase obrera, no existía inclusive la
burguesía nacional como una fuerza determinante; no existían
las condiciones materiales objetivas ni subjetivas para un movimiento
de esta trascendencia" 4.
3.
El Estado mexicano surgido de la Revolución, sus atributos
y funciones.
La Revolución triunfante tuvo que abordar, consecuentemente,
el problema de dotar a la Nación de los instrumentos jurídicos
necesarios para enfrentar los conflictos que le dieron origen, las
contradicciones que existían de manera previa a su estallido.
Y esto implicaba formular una nueva Constitución y definir
un nuevo perfil del Estado mexicano, dotarlo de nuevas atribuciones.
Así lo asumieron los diputados constituyentes de 1916-17,
los más avanzados de ellos. Y al formular las nuevas reglas,
en efecto, dieron vida a un nuevo Estado mexicano, distinto cualitativamente,
con atributos y facultades superiores a las que había tenido
hasta entonces, y también diferente de otras experiencias
concretas. El Congreso Constituyente creó nuevas instituciones,
que vinieron a ser una respuesta original y novedosa a nuestros
problemas específicos. A los problemas propios de un país
que había sido sometido al régimen colonial durante
tres siglos, lo que había atrofiado sus posibilidades de
desarrollo en todos los órdenes. Y que cuando apenas salía
de esa terrible situación y empezaba a construir las bases
para una nueva etapa, de soberanía e independencia, fue nuevamente
colonizado, ahora por la vía más sutil pero igualmente
esclavizadora que ejercían los capitales externos incontrolados.
Como lo expresaría con acierto Lombardo Toledano: "...la
Revolución Mexicana a ese respecto, inaugura en el mundo
una tercera ruta que se puede llamar la ruta revolucionaria nacional.
Esto es lo que tiene de sello propio, lo que le da personalidad
y fisonomía dentro de su género a nuestra Carta Magna.
Es el Estatuto de la Revolución Nacional de un país
dependiente que trata de liberarse del imperialismo..." 5
Los
rasgos distintivos del nuevo Estado mexicano no radicarían
en la estructura con que la Constitución lo dotó,
que seguía siendo la misma, de tipo liberal. Conservó
el principio republicano, la división de poderes, el mecanismo
de una república federal y de una democracia representativa.
En cambio, la Ley Suprema otorgó al Estado nuevas funciones
en el ámbito de lo económico y lo social, diferentes
de las que competen a cualquier Estado liberal clásico, según
se puede desprender de lo establecido sobre todo en artículos
como el 27, el 123 y el 130, entre otros. La idea que sustenta todas
las innovaciones es ésta: "los intereses de la sociedad
deben prevalecer, en todos los casos, por encima de los intereses
individuales". Se mantienen los derechos del hombre o garantías
individuales; pero ya no son las únicas bases ni los objetivos
de las instituciones sociales. Aparecen además las garantías
colectivas o sociales. Y con ellas el Estado deja atrás el
papel de simple observador "para transformarse en un factor
directo en la vida económica, administrador de los servicios,
y, en suma, impulsor del desarrollo material y político de
México". 6
La
Constitución de 1917 incorporó, en el artículo
27, el principio de la propiedad originaria de la Nación,
que restringe la propiedad privada a la categoría de concesión
otorgada por el Estado, y lo faculta para dar a la misma propiedad
en cualquier momento las modalidades que dicte el interés
público. El Estado mexicano, en consecuencia, en su calidad
de representación jurídica de la Nación, adquirió
el carácter de titular de la propiedad originaria. Esta función,
según la concepción liberal, en modo alguno compete
a un Estado. Con esto rompió con un principio medular de
la filosofía del liberalismo económico, que establece
que la propiedad es un derecho congénito a la persona humana.
Rompió con el principio del derecho romano, de "usar,
disfrutar y abusar" de una propiedad. Estableció el
derecho de propiedad como un atributo del Estado. Y creó
así las bases jurídicas para romper la dependencia
económica por la vía de las nacionalizaciones.
Lombardo sustentó que los aspectos avanzados de la Constitución
mexicana se asentaban en tesis nuevas, entre ellas la del derecho
territorial o derecho de propiedad, ya mencionada -la más
importante de todas, según el autor citado-, y asimismo la
tesis de los derechos de la clase trabajadora. Afirmaba que la Constitución
contiene en su artículo 27 una tesis medular acerca de la
propiedad y el aprovechamiento de los recursos del territorio nacional.
Y
con respecto a los derechos de la clase trabajadora, comprendidos
en el artículo 123 de la Constitución, Lombardo declaraba
que éste es un Estatuto que ampara los derechos de todas
las personas que viven de un trabajo al servicio de un patrón.
Valoraba el contenido de este artículo constitucional como
una nueva tesis por la cual la clase trabajadora quedó reconocida
como una clase social con derechos y prerrogativas específicas.
Fue de este modo como la Ley Fundamental le señaló
al Estado la obligación de dar protección y respeto
a la clase trabajadora.
Estos
principios innovadores fueron incorporados en la Carta Magna de
1917 "porque el nuevo orden surgido de la Revolución
no podía consolidarse sin que el Estado adquiriese el carácter
de autoridad suprema e indiscutible para impulsar el desarrollo
del país, y sin que la mayor parte del pueblo, integrado
por trabajadores rurales y urbanos, contribuyera con entusiasmo
a ese proceso al reconocérsele sus derechos fundamentales"
7. Esto implicó establecer un Estado que, por sus
atributos y funciones no es ya el aparato clasista unilateral, de
una sola clase social, como lo es el Estado liberal, sino uno de
mayor complejidad.
En
el artículo 130 también se innovó. Aquí
la principal novedad consistió en privar de personalidad
jurídica "a las agrupaciones religiosas denominadas
iglesias". Esta medida, igual que otras incluidas en el texto
constitucional, como la prohibición de actos de culto externo,
siguieron en la línea iniciada con las Leyes de Reforma,
de evitar la acumulación de poder económico y político
en manos del alto clero, del que históricamente había
abusado, en contra de los intereses mayoritarios del pueblo; pero
fueron más allá, dando nuevos e importantes pasos.
Reformas
posteriores incorporarían a la Constitución otras
tesis avanzadas, sustentadas en la misma idea general de anteponer
los intereses colectivos de la sociedad a los de tipo individual.
4.
El Estado mexicano, esencialmente distinto del keynesiano.
Ahora bien, los nuevos atributos y funciones del Estado nuestro
guardan un parecido formal con el llamado Estado regulador y Estado
de bienestar, es cierto. Tanto por lo que se refiere a la función
del Estado de intervenir en la economía sin dejarla a las
libres fuerzas del mercado, como por lo que hace a la función
de otorgar protección a las capas populares de la población.
Y ese parecido es causa de confusión. Son varios los autores
y las corrientes políticas que afirman que el nuestro es
una reproducción de aquél, ya sea que se trate de
una copia más o menos espontánea o que sea el resultado
de la reproducción inducida de ese modelo que surgió
en el seno del capitalismo desarrollado y que, en efecto, las fuerzas
del propio capitalismo internacional impulsaron para que se generalizara.
Resulta
pertinente dejar establecido, al respecto, que el momento en el
que se constituyó el Estado mexicano con su nuevo perfil,
ajeno a la filosofía económica y social del liberalismo,
y con sus atributos y funciones descritas, fue anterior al surgimiento
en la teoría y en la práctica del llamado Estado regulador
y Estado de bienestar, en el ámbito del capitalismo desarrollado,
por lo que en modo alguno pudo haber sido una copia ni surgido por
influencia de éste. Por el contrario fue, como ya se dijo,
la respuesta original e innovadora a problemas de nuestro propio
desarrollo histórico. En efecto, el economista británico
John Maynard Keynes escribió sus primeros ensayos sobre economía
en 1919, poco tiempo después de que el Constituyente de Querétaro
había terminado su obra. Pero fue hasta 1936, cuando apareció
su Teoría general sobre el empleo, el interés y el
dinero, su obra principal. Siete años antes había
estallado la traumática crisis del capitalismo mundial de
1929, que demostró en la práctica la inviabilidad
histórica del régimen inspirado en las teorías
del libre mercado de Adam Smith y David Ricardo. Sólo a partir
de entonces -dos décadas después de la Constitución
mexicana- fue cuando Keynes se convirtió en un economista
con influencia en el mundo del capitalismo imperialista, y en el
teórico de la reforma que, se dijo, vendría a resolver
los problemas del capitalismo, a evitar las crisis, a rejuvenecerlo
y convertirlo en un sistema eterno.
Keynes
reconoció que si se dejaba la economía al libre movimiento
de las fuerzas del mercado, sin remedio vendría a desembocar
en crisis, como la del 29. Y en esencia propuso la intervención
del Estado imperialista en la economía, en calidad de árbitro
entre los monopolios y consorcios, para evitar que la lucha sin
cuartel acabara perjudicándolos a todos. También su
intervención para financiar con dinero público las
ramas de la economía menos rentables, y para rescatar las
empresas en quiebra, sanearlas y devolverlas a los propietarios
privados tan pronto hubieran recobrado su alta rentabilidad. Por
eso, en el lenguaje keynesiano se habla de un Estado regulador.
Y por eso mismo, en el lenguaje más claro de la economía
política marxista, a ese mismo fenómeno se le llama
capitalismo monopolista de Estado. Con fines como los señalados,
el Estado expropiaría ciertas empresas o ciertas ramas de
la economía. Pero no las nacionalizaría, en el sentido
que Lombardo Toledano da a ese término, es decir, no las
pondría al servicio de los intereses de toda la Nación.
La
otra reforma keynesiana condujo al llamado Estado de bienestar (Welfare
State) que debe reconocer ciertos derechos sociales y establecer
ciertas prestaciones, que vienen a redistribuir una parte pequeña
de la riqueza generada en la sociedad capitalista entre las masas
trabajadoras. Con esto se aligeran apenas levemente la explotación
y la concentración, pero en modo alguno desaparecen. Y se
ganan dos ventajas para los países imperialistas: por un
lado fortalecen su mercado interno -medida para disminuir los riesgos
de crisis-, y por otro, tratan de evitar que las contradicciones
sociales se agudicen en el seno de las metrópolis imperialistas.
A cambio de esta medida, el keynesianismo condujo a la necesaria
intensificación de la explotación de los países
capitalistas dependientes por los imperialistas. Keynes fue el teórico
que aportó salidas temporales a los problemas del imperialismo.
Como
se puede observar, el Estado posrevolucionario mexicano no sólo
fue anterior en el tiempo, sino diferente en su esencia con respecto
del que emergió de las reformas económicas y sociales
que se sustentaron en los postulados de Keynes y que, por cierto,
dieron respaldo en esa etapa a las tesis de la llamada tercera vía
promovidas por la Social Democracia Internacional. Las diferencias
son enormes.
Empiezan
por las causas que dieron origen al nuestro que, como ya se vio,
fueron distintas profundamente de las que originaron el Estado keynesiano.
En el caso mexicano no se trató de sacar las castañas
del fuego al imperialismo, sino que fue exactamente al revés,
los constituyentes iniciaron caminos novedosos que podrían
conducir -y que mientras fueron aplicados, de hecho condujeron-
hacia la emancipación, hacia la ruptura de la dependencia
de nuestro país con respecto del imperialismo. Por eso, en
el caso nuestro y no en el de las tesis de Keynes, nacionalizar
es descolonizar.
Al respecto, Lombardo precisa:
"El
capitalismo de Estado en los países imperialistas no significa...
otra cosa que la liquidación de los estorbos a los grandes
consorcios para que éstos mantengan su hegemonía
en la vida económica, social y política de sus respectivas
naciones y, también, para favorecer su política
hacia el exterior. Pero en los países como el nuestro,
en los países semicoloniales o subdesarrollados, como se
les llama ahora, el capitalismo de Estado representa una de las
formas de la resistencia nacional, de los intereses nacionales
contra el imperialismo" 8.
5.
Dependencia y clases sociales.
En el régimen de la propiedad privada de los medios de producción
y cambio -régimen capitalista-, la principal contradicción
es la que se da entre la clase trabajadora y la burguesía.
Esta contradicción fundamental no puede cesar sino cuando
ambas clases sociales desaparecen, al desaparecer el régimen
de la propiedad privada, y con él la explotación de
unos hombres y mujeres, por otros. En toda sociedad dividida en
clases, son las contradicciones entre éstas, al ventilarse
en la vida cotidiana, las que constituyen el motor del tránsito
de la sociedad, o lo que es lo mismo, de las transformaciones sociales.
Ahora
bien, en los países dependientes, como son la mayoría
de los de América Latina, Asia y Africa, las contradicciones
se vuelven más complejas. La burguesía, en términos
generales, se mueve en medio de dos adversarios. De un lado, la
clase trabajadora, cuya fuerza de trabajo explota. Del otro, la
burguesía imperialista del exterior -o imperialismo, simplemente-,
mucho más poderosa que la nativa, que explota a la Nación
dependiente en su conjunto, lo que incluye a la propia burguesía
nativa o burguesía nacional, a la que tiende a arruinar.
En estas circunstancias, unos sectores de la burguesía nacional
propenden a asociarse al imperialismo, a atar a éste sus
propios intereses, convirtiéndose en sus socios menores y,
por ello, subordinados. Estos sectores actúan como defensores
de los intereses externos, con los que se han aliado, y en contra
de los de la Nación de la que son oriundos. Esto es así
porque carecen de interés patriótico. Sus vínculos
económicos son los que determinan su escala de valores y
su conducta.
Otros
sectores de la burguesía nativa tratan de enfrentarse y competir
con la burguesía imperialista. Estos sectores de la burguesía
nacional con frecuencia asumen posiciones antiimperialistas y patrióticas;
no, desde luego, por razones puramente éticas, sino por las
de su mayor interés que tienen que ver, también en
este caso, con el incremento de su economía y, en buena medida,
con su propia supervivencia. Es por ello, en muchos momentos, que
se ven compelidos a actuar en alianza con la clase trabajadora para
enfrentar al poderoso enemigo común. Pero no por esto desaparecen
sus contradicciones de clase frente a la clase trabajadora que,
como ya se dijo, son fundamentales e insolubles en tanto perviva
el régimen capitalista. Por eso mismo, esos sectores de la
burguesía nacional, en otras batallas concretas que ventilen
contra los trabajadores de su país, se aliarán sin
titubeos con la otra burguesía, la proimperialista.
En
torno de estas complejas contradicciones sociales se mueve cada
clase social. En ese proceso traza su estrategia de lucha para defender
sus intereses, establece su táctica, formula su programa
y define sus alianzas.
La
poderosa burguesía imperialista del exterior tiende a actuar
de modo avasallador, a apropiarse de todo lo que le sea rentable
y a imponer su control total sobre el país dependiente. Hacia
esos objetivos encamina todos sus actos y ni siquiera acepta aliados;
sólo subordinados. Y dentro de esa tendencia, trata de tomar
en sus manos la dirección de la vida pública a través
de quienes se presten a ser sus instrumentos, ya sea de modo inconsciente
o consciente; esto último es lo que ocurre en la mayoría
de los casos. Tales individuos pueden acceder a las posiciones de
mando por medios diversos, ya sea conspirativos, cuartelarios o
formalmente democráticos, que lo mismo da, tanto para ellos
como para el imperialismo. De hecho, la historia de México
y de los demás países dependientes registra casos
de todos esos tipos, en abundancia. Lo único que importa
al imperialismo es que le sirvan bien y con docilidad; y mientras
eso ocurre, los aprovecha; igual que con desenfado los desecha cuando
ya no le son de utilidad. Y cuando sus ambiciones y su proceso expansionista
topan con algún gobierno nacionalista y patriótico,
trata de eliminar ese obstáculo sin reparar en medios de
ninguna naturaleza. De igual modo trata de evitar que fuerzas de
ese signo, que aún no ocupan posiciones de gobierno, se desarrollen
y puedan convertirse en un obstáculo para sus intereses de
dominio. Por ello las combate también sin que le preocupe
si para ello haya de recurrir aun a los procedimientos más
atentatorios contra la ética y la justicia.
Con
respecto del Estado nacional de los países dependientes,
la tendencia del imperialismo es a arrebatarle su soberanía,
atributo que, como se sabe, es el fundamental de todo Estado. Es
decir, quiere convertirse el propio imperialismo en la autoridad
suprema, la que imponga sus decisiones, la que resuelva en última
instancia, suplantando en esa calidad al Estado nacional y anulando
el derecho que les compete en ese sentido a las diversas instituciones
y fuerzas del país de que se trate. Por tanto, tiende a diluir
al Estado como entidad soberana al servicio de intereses nacionales.
Tiende a liquidarlo y a establecer como sustituto un aparato administrativo
que sea dependiente del todo, leal a los intereses de fuera, y eso
sí, represivo, llegado el caso, sin escatimar ferocidad ni
medios, con el fin de impedir que prosperen las potenciales protestas
y luchas populares.
La
burguesía nativa subordinada a los intereses del imperialismo
supedita su conducta de modo invariable a los intereses y designios
de sus socios de fuera. Su calidad de socio menor, subordinado,
implica que carezca de intereses propios diferenciados de los de
su socio mayor. Actúa por eso mismo en calidad de simple
agente de esas fuerzas externas y cumple las funciones que ellas
le asignen. No es, en términos estrictos, una fuerza que
deba considerarse aparte, sino un mero apéndice del imperialismo.
Por
su lado, el otro sector de la burguesía nativa, el que opta
por competir con el imperialismo y trata de sobrevivir a los embates
de éste, necesita para sus fines de la existencia de un Estado
nacional fuerte, que sea capaz de resistir a la poderosa ofensiva
del exterior. Y requiere que el Estado tenga un perfil nacionalista
y que posea las facultades para proteger los intereses de esa burguesía
nacional. Que proteja sus mercados y sus bienes, y que le ayude
a abrirse paso en otros mercados. En fin, demanda que el Estado
cree las condiciones propicias para que esta clase social prospere.
Por
otra parte, la clase trabajadora tiene sus propias aspiraciones.
Desea que desaparezca toda forma de explotación, y esto expresa
su contradicción frente a toda la burguesía, extranjera
y local, incluso la que se asume patriótica y antiimperialista.
Aspira a que surja una nueva sociedad en la que todos los hombres
puedan convivir bajo las reglas de la más completa fraternidad.
En la que la igualdad no sea sólo jurídica. En la
que el hombre deje de ser el lobo del hombre. Esa es su aspiración
histórica. Su emancipación definitiva implica imprimirle
cambios profundos a la sociedad. Cambios revolucionarios a la estructura
y a todo el entramado social. Cambios que, para lograrlos, le es
indispensable que se transforme el Estado, que deje de ser uno diseñado
conforme a los intereses de la burguesía; que adquiera un
distinto perfil y diferentes atributos y funciones, acordes a los
intereses de la clase trabajadora. Y más adelante, de acuerdo
con los clásicos del marxismo, exige la desaparición
del Estado, en su calidad de aparato para el dominio de una clase
social sobre otras.
En
ese camino, la clase trabajadora aspira, en lo inmediato, a mejorar
las circunstancias en que se desenvuelve su vida. Quiere una menos
injusta retribución por su trabajo. Desea que se le reconozcan
sus derechos y se manifiesten también en prestaciones que,
si no logran la equidad en el corto plazo, sí eleven las
condiciones de su existencia. Quiere que sus gobernantes sean, como
diría Morelos, siervos de la Nación, que estén
dispuestos a atender sus necesidades y no vean sólo por los
intereses de los poderosos. Anhela que la sociedad vaya avanzando
hacia la justicia. Y todas sus aspiraciones, no sólo las
históricas sino aun las de corto plazo, chocan de inmediato
con una realidad adversa en el caso de los países dependientes.
El imperialismo no está dispuesto a ceder nada en absoluto.
Ni mejores salarios ni prestaciones adecuadas ni mejoría
en las condiciones de vida. Nada que reduzca ni en lo mínimo
su tajada del pastel. Su interés es el de explotar, saquear,
incrementar el lucro sin límites.
Si
acaso, hará concesiones a la clase trabajadora allá,
en la metrópoli, pero no aquí. Allá hará
concesiones sólo en el mínimo necesario para que no
languidezca su mercado interno y, a la vez, para que no se agudicen
las contradicciones sociales dentro de su propia casa al grado de
volverse peligrosas para la gobernabilidad. Prefiere, en todo caso,
que las contradicciones sociales se agudicen en su periferia, en
los países dependientes. También por esta razón
es que hace concesiones a la clase trabajadora, allá en la
metrópoli, pero no en la periferia, como una manera de exportar
los peligros de estallidos sociales.
En
estas condiciones, las justas aspiraciones de la clase trabajadora
no pueden avanzar en el caso de los países dependientes.
Si ya es difícil que le arranque conquistas sociales a la
burguesía nativa, es casi imposible que se las quite al imperialismo.
Por eso, para avanzar hacia la conquista de sus proyectos requiere
de inmediato y en primera instancia, conquistar la independencia
de su país. La requiere a plenitud, en lo político,
pero también en lo económico. Porque en tanto su país
carezca de independencia y soberanía, no puede lograr la
libertad ni la justicia; no puede aspirar a que su explotación,
no digamos que desaparezca, que eso como ya vimos requiere de transformaciones
más profundas; ni siquiera a que disminuya. Por eso es que
la clase trabajadora de los países dependientes, en la medida
en que toma conciencia de esta realidad, pone en el primer lugar
de su estrategia la lucha contra el imperialismo, al que identifica
adecuadamente como su principal enemigo o la parte más aguda
de la contradicción fundamental.
Por
eso es que, sólo en el caso de los países dependientes,
se da un amplio espacio de coincidencias entre la clase trabajadora
y la burguesía nativa no subordinada al imperialismo, a la
que podría llamársele con propiedad burguesía
nacionalista. Espacio de coincidencias que en modo alguno implica
que cese la contradicción fundamental que enfrenta históricamente
a estas dos clases sociales. Ni evita que estas contradicciones
se reflejen en una lucha cotidiana entre ambas, en las esferas de
la economía, de la ideología y de la política.
Lo que sí hace es sobreponerle otra contradicción,
la que se da entre el imperialismo y la nación dependiente
en su conjunto. Con este otro elemento, el del imperialismo como
enemigo común de la clase trabajadora y de la burguesía
nacionalista, en el caso de los países dependientes, la dinámica
de las transformaciones sociales adquiere mayor complejidad.
Ahora
bien, el hecho fue que en 1917, al surgir el nuevo Estado mexicano,
la burguesía nacionalista de la época, que había
encabezado la Revolución y tomaba el Poder en sus manos,
carecía de la fuerza suficiente para erigirse en clase social
dominante por sí sola, al margen de la clase trabajadora
del campo y de la ciudad. Y la clase trabajadora tampoco tenía
la fuerza para tomar en sus manos la hegemonía de la sociedad;
pero sí tenía en cambio un peso social que no podía
ser marginado por la burguesía sin pagar por ello el alto
costo de la derrota frente al imperialismo y, en este caso, los
latifundistas.
En
estas condiciones fue que surgió un Estado novedoso, en el
que la burguesía nacionalista quedó como clase social
dominante, pero no pudo obtener el poder omnímodo. Un Estado
en el que la clase trabajadora ganó espacios de considerable
magnitud, que se reflejan sobre todo en los nuevos atributos y funciones
que le fija el Constituyente al Estado mexicano. Espacios que, consecuentemente,
lucharía por ampliar en el porvenir inmediato.
Pero
además de estas dos clases sociales, dentro del nuevo Estado
mexicano también quedaron enquistados desde sus inicios elementos
representativos de la otra burguesía, la proimperialista,
sector que desde entonces, atendiendo a los intereses del imperialismo,
haría esfuerzos por revertir los avances plasmados en la
Carta de 1917 y restablecer las condiciones que permitieran la recolonización
económica de México. Por todo esto, éste fue
un Estado novedoso y en muchos aspectos avanzado, pero preñado
de contradicciones. Un Estado que contuvo en su seno desde sus inicios
el fenómeno dialéctico conocido como unidad y lucha
de contrarios, fenómeno que también le impuso una
peculiar dinámica interna. Hubo en el seno de este Estado,
desde sus inicios, unidad y lucha -en unos u otros momentos más
de lo uno que de lo otro-, entre los dos sectores de la burguesía
-nacionalista y proimperialista- que eran aliados y adversarios
a la vez; entre la clase trabajadora y la burguesía nacionalista,
que también tenían coincidencias en ciertos intereses,
y otros que eran opuestos; y, finalmente, sólo lucha, sin
ningún tipo de unidad ni coincidencias, entre la clase trabajadora
y la burguesía subordinada a los intereses del exterior.
Así,
con esas contradicciones internas, el Estado mexicano surgido en
1917, fue sin embargo realizando sus actividades y creando instituciones
nuevas. Tanto las actividades cotidianas como las nuevas instituciones
iban resultando contradictorias, no podría ser de otra manera;
unas avanzadas, impulsadas sobre todo por los intereses de la clase
trabajadora, inspiradas en el principio de que los intereses colectivos
de la sociedad deben ir por delante de los particulares del individuo;
pero otras que contrariarían esa tesis medular y que mirarían
y han mirado de nueva cuenta hacia el individualismo liberal y hacia
las tesis del libre mercado. Unas, patrióticas, propugnando
por la plena independencia económica y política de
México, impulsadas por la coincidencia entre la clase trabajadora
y el sector nacionalista de la burguesía, y otras entreguistas,
promovidas por los intereses contrarios.
Las
instituciones así construidas, muchas de ellas resultaron
vigorosas. En su interacción con las clases sociales, sus
luchas y acciones, produjeron frutos que se han reflejado en las
distintas esferas de la vida pública, como la economía,
el derecho, la cultura y la política. Por esa vía,
compleja y contradictoria, sin embargo vino avanzando México,
aunque en forma zigzagueante. Con pasos adelante y estancamientos.
En etapas caminó resuelto hacia su emancipación, para
luego frenarse o, de plano, dar vuelta atrás. Así
sucedió durante el período de Miguel Alemán
(1946-1952), gobierno francamente contrario a los intereses del
pueblo y de la Nación. Y más categóricamente
todavía a partir de la llegada de los neoliberales, Miguel
de la Madrid (1982-1988), Carlos Salinas de Gortari (1988-1994),
Ernesto Zedillo (1994-2000) y Vicente Fox, cada uno continuador
y profundizador, a la vez, de la herencia del anterior. En esta
última fase el camino desandado ha sido enorme. El Estado
surgido de la Revolución en gran parte ha sido desmontado.
México ha perdido independencia y soberanía, y se
ha convertido en gran medida en colonia del imperialismo yanqui.
6.
Quiénes y para qué quieren "reformar" al
Estado.
En la concepción lombardista no habría que "reformar"
al Estado. Habría que nacionalizarlo, esto es, convertirlo
en instrumento al servicio de la Nación, de las clases sociales
que la componen, la burguesía nacional y todo el conjunto
de la clase trabajadora, donde no tendrían cabida ni representación
los intereses del imperialismo y sus agentes, donde estaría
excluida, por lo mismo, la burguesía proimperialista. Nacionalizar
el Estado equivaldría a establecer el régimen de la
democracia nacional, previo a la democracia popular, fase en la
que el Estado, luego de otra transformación profunda, con
un nuevo perfil, estaría ya al servicio de la clase trabajadora,
sería un Estado socialista. Así se daría, en
el caso de México, la fase de transición hacia la
sociedad sin explotadores ni explotados, la sociedad socialista,
y se iniciaría la construcción de la sociedad comunista.
La
idea, en cambio, de que habría que reformar al Estado mexicano
surgió inicialmente del gobierno de Salinas de Gortari (1988-1994)
El se proclamó el gran modernizador, y se equiparó
a Gorbachov. Las medidas que instrumentó para tal "reforma"
consistieron en dar un mayor impulso a las privatizaciones, que
ya se habían iniciado en el sexenio anterior. En el abatimiento
deliberado de los salarios para atraer inversiones del exterior.
En la suscripción del Tratado de Libre Comercio con Estados
Unidos y Canadá. En el ataque frontal contra artículos
fundamentales de la Constitución, el 3º, 27, 82 y 130.
Para él, reformar al Estado equivaldría a reducirlo
a su mínima expresión, volver a las ideas del Estado
vigilante, con apenas una mínima participación social,
de carácter asistencialista y, él sí, populista
a la vez, entendido el populismo como la manipulación engañosa
de las necesidades del pueblo. A esa modalidad del neoliberalismo
dependiente le llamó pomposamente "liberalismo social".
Otras
voces impulsoras de la idea de reformar al Estado han venido de
la derecha tradicional y de la seudo izquierda socialdemócrata.
Sus interpretaciones sobre el contenido y el rumbo de la tal reforma
varían en matices. Ninguna apunta hacia el camino de ponerlo
al servicio de la Nación -nacionalizarlo, en la expresión
de Lombardo-, y menos todavía al servicio de la clase trabajadora.
De una u otra manera, algunas con claridad, otras con confusión,
algunas con ingenuidad -aun las que dentro de todo esto proponen
algunos cambios positivos menores-, en el fondo todas retoman, sin
embargo, las tesis que apuntan hacia la consolidación del
dominio irrestricto del capital financiero internacional y de los
monopolios transnacionales en el campo de nuestra economía
y, por ende, al dominio de nuestra vida política y social,
a la pérdida total de nuestra independencia como Nación.
Todas
apuntan finalmente hacia la conversión del Estado en un aparato
sin soberanía, supeditado del todo a fuerzas más poderosas
del exterior, lo que equivale a un cambio cualitativo hacia atrás,
a convertirlo en un aparato que ya no es un Estado nacional, porque
el primer atributo de todo Estado es precisamente su soberanía.
Despojar a la Nación de la Independencia y despojar al Estado
de la soberanía son tareas que van unidas. Porque una colonia
o una neocolonia no requiere de un Estado soberano ni puede tenerlo.
Apenas un seudoestado mínimo, un aparato de administradores
al servicio de los intereses del imperialismo y sus agentes, que
es, por cierto, el proyecto también de la llamada Área
de Libre Comercio de las Américas, (ALCA) Con la novedad
de que ahora, gracias a la falsa democracia puramente formal que
han implantado, nos dejan elegir al virrey de entre dos o tres,
que nos presentan como candidatos, todos ellos, desde luego, previamente
comprometidos con el poder real, el poder imperialista. Lo mismo
hubiera dado Fox que Labastida, en el caso de México; otros
países hermanos pueden hacer su ejercicio de sustituir esos
apellidos por otros concretos, con el mismo efecto. Y eso sí,
un poderoso aparato represivo, cada vez más, porque en la
medida en que se vaya desgastando la ilusión democrática
como mecanismo de control, recurrirán de nueva cuenta a las
políticas de mano dura, cada vez más, a la anulación
de los derechos civiles y democráticos, y de las garantías
individuales.
Referencias
bibliográficas:
1.Vicente
Lombardo Toledano. "El Estado en México, sus actuales
funciones y su responsabilidad histórica", en Escritos
acerca de las constituciones de México. México, 1992,
Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales
VLT. Tomo I, p. 28.
2.
Vicente Lombardo Toledano. "Las tesis fundamentales de las
Constituciones", en Escritos acerca de las Constituciones...",
op. cit. Tomo I, p. 110.
3. Vicente Lombardo Toledano. "Cumplir la Constitución
y mejorarla", en Escritos acerca de las Constituciones...",
op. Cit. Tomo I, p. 264. (Discurso pronunciado el 7 de enero de
1967 durante la cena anual del Partido Popular Socialista)
4.
Ibidem.
5.
Ibidem, pág. 265.
6.
Vicente Lombardo Toledano. "Las tesis fundamentales...",
op. cit. p. 112.
7.
Vicente Lombardo Toledano. "Iniciativa para adicionar la Constitución
con un nuevo capítulo en materia económica",
en Diario de los Debates de la Cámara de Diputados del Congreso
de la Unión. México, 5 de octubre de 1965. Fue publicada
con el título de "Un nuevo capítulo en materia
económica", en Iniciativas parlamentarias para beneficio
del pueblo, 1947-1993, Partido Popular Socialista. México,
1994, edición de la Fracción Parlamentaria del PPS,
LV Legislatura, en dos tomos. Tomo II, pp. 133-143; la cita se puede
encontrar en la p. 134.
8. Vicente Lombardo Toledano. "El Estado en México,
sus actuales funciones...", op. cit. pág. 32.
Bibliografía
General:
ENGELS,
Federico. "Del socialismo utópico, al socialismo científico",
en Marx y Engels. Obras Escogidas. Moscú, Editorial Progreso,
1969.
ENGELS,
Federico. "El origen de la familia, la propiedad privada y
el Estado"; en Ibidem.
ENGELS,
Federico. "Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía
clásica alemana", en Ibidem.
KEYNES,
John Maynard. Teoría general sobre el empleo, el interés
y el dinero. México, FCE, 1938.
LENIN,
Vladimir Ilich. "El imperialismo fase superior del capitalismo",
en V. I. Lenin. Obras Escogidas. Moscú, Editorial Progreso,
1969.
LENIN,
Vladimir Ilich. "La economía y la política en
la época de la dictadura del proletariado", en V. I.
Lenin. Obras Escogidas..., op. cit.
LENIN,
Vladimir Ilich. "¿Qué es el poder soviético?",
en V. I. Lenin. Obras Escogidas..., op. cit.
LOMBARDO
TOLEDANO Vicente. "Iniciativa para adicionar la Constitución
con un nuevo capítulo en materia económica",
en Diario de los Debates de la Cámara de Diputados del Congreso
de la Unión. México, 5 de octubre de 1965.
LOMBARDO
TOLEDANO Vicente. "Las tesis fundamentales de las Constituciones",
en Escritos acerca de las Constituciones de México. México,
Centro de Estudios Filosóficos, Políticos y Sociales
VLT, 1992. Tomo I.
LOMBARDO
TOLEDANO Vicente. "Cumplir la Constitución y mejorarla",
en Ibidem.
LOMBARDO
TOLEDANO Vicente. "El Estado en México, sus actuales
funciones y responsabilidad histórica", en Ibidem.
MARX,
Carlos. "Crítica al programa de Gotha", en Marx
y Engels. Obras Escogidas..., op. cit.
MARX, Carlos. "La guerra civil en Francia", en Ibidem.
MARX,
Carlos. "Prólogo a la contribución a la crítica
de la economía política", en Ibidem.
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