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Los
golpes terroristas del 11 de septiembre merecieron la condena de
las fuerzas revolucionarias del mundo. Los partidos comunistas y
otras agrupaciones progresistas, todas dieron su pésame a
la clase obrera y al pueblo de Estados Unidos, víctimas inocentes
de los irracionales actos. Reiteraron su rechazo a toda forma de
terrorismo, venga de donde venga, porque ocasiona la pérdida
inútil de vidas, siempre dolorosa e incompatible con los
anhelos de los pueblos del mundo de construir una vida superior,
basada en los principios de la fraternidad. Y por otra razón
también: porque, en vez de dañarlos, esos actos en
los hechos sirven a los poderosos, a los que dicen combatir. Porque
no elevan la conciencia de los pueblos ni impulsan su lucha organizada.
Y expresaron su más enérgica condena, sobre todo,
al terrorismo de Estado, al que ejercen quienes detentan el poder,
más todavía al que ejerce el Estado más poderoso
de la historia, Estados Unidos, que es a la vez, sin que quepa duda,
la potencia terrorista más connotada en el orbe. Hay evidencias
de sobra.
Por
otra parte, esos sucesos y los que les siguieron tienen fuertes
repercusiones en el mundo; en eso todas las opiniones han coincidido
en el campo de la izquierda. Sin embargo, no hay unanimidad en cuanto
a la magnitud y el sentido de tales repercusiones. Cuál es
el sentido de los cambios y de qué modo se concretan, es
necesario definirlo. ¿Tienen razón, acaso, quienes
estiman que los cambios son de tal magnitud que el planeta ya es
otro? ¿La tienen, en cambio, quienes creen que lo que se
modifica está sólo en el plano de lo secundario? ¿Asiste
la razón a quienes consideran que el capitalismo entró
en una fase crítica, de colapso inminente, como resultado
de esos hechos? ¿Tiene fundamento el juicio de que Estados
Unidos recupera y consolida el rol de dominio hegemónico
en el orbe, que ya se había mermado de manera notoria? ¿Que
supedita, por tanto, a la Unión Europea? ¿Es válida
la opinión de que la agenda de Washington con respecto de
América Latina y el Caribe cambió? ¿O más
bien la contraria, que se fortalecen sus propósitos de dominación
y se aceleran las medidas que para ese fin había puesto en
marcha ya desde antes? Y ¿qué pasa con la agenda de
la potencia del norte con respecto de las llamadas potencias emergentes?
¿Qué sucede en el caso de México y su relación
con Washington, por una parte, y con nuestra región, por
otra?
Este
trabajo tiene el propósito de aportar algunas reflexiones
sobre el tema con la intención de contribuir a dilucidar
cuál es el impacto de los mencionados sucesos en las agendas
mundial, regional y nacional y, por lo mismo, en la conducta de
la izquierda, en sus líneas de trabajo. Por tanto, será
conveniente cotejar los aspectos medulares de la situación
de Estados Unidos y del mundo que existía antes de tales
hechos con la que emergió después. Empecemos por los
impactos económicos y políticos internos, en Estados
Unidos.
1.
De la crisis económica a la crisis política
Desde
las esferas de poder en Estados Unidos se deja correr la versión,
como quien no quiere la cosa, de que luego de los avionazos
se vino la recesión en ese país y en medio mundo.
Se deja creer que la crisis económica es algo nuevo, algo
distinto de lo que venía sucediendo desde antes. Como si
fuera un resultado concreto de los atentados, y hasta hay quienes
la atribuyen a la "desconfianza que generaron en los mercados
financieros". ¿Qué hay de verdad?
Los
hechos demuestran que la economía mundial mantenía
una tendencia a la baja de décadas atrás. De 1950
a 1973 el producto había crecido al 5% anual; de 1974 a 80,
al 3.5%; después, entre el 81 y el 90, creció al 3.3%
y en los años más recientes, de 1990 a 96, sólo
al 1.4%. Existen otros indicadores que exhiben ésta, como
una crisis estructural. Los que tienen que ver, por ejemplo, con
la concentración de la riqueza. Los que se refieren a la
miseria que agobia a sectores enormes de la población y se
expande imparable. Los que tienen que ver con el sector especulativo
y su peso que lastra la economía productiva. Los que demuestran
que el sistema económico basado en la propiedad privada de
los medios de producción y cambio y en el mercado está
agotando sus posibilidades de reproducción. En fin.
Se
puede afirmar que éste, el de la crisis del sistema económico
mundial, era sin duda alguna el hecho previo a los sucesos del 11
de septiembre de más peso, el que definía la conducta
de los principales actores económicos, políticos y
sociales en el planeta. Y, según veremos, sigue siendo el
principal factor de entre todos. Por ello resulta superficial cualquier
análisis de lo ocurrido en septiembre y después, que
no lo tome en cuenta.
Ahora
bien, dentro del cuadro general de la economía mundial a
la baja, en lo particular la de Estados Unidos vivió una
fase de expansión durante la década de los noventas.
Esa fase coincidió con el período de auge de la industria
de la computación y, paralelamente, del mercadeo a través
de la red cibernética. Estos fenómenos, sin embargo,
fueron de corta duración. Pronto se agotaron como factores
de impulso a la economía y ésta volvió a declinar
también en ese país. Ya durante el año
dos mil este hecho fue tan notorio que los expertos del sistema
-en muchos aspectos sus voceros, más bien- tuvieron que dejar
de hablar de una simple desaceleración, como lo venían
haciendo. En adelante, se vieron impelidos a usar conceptos categóricos,
como recesión y crisis. Poco después, en marzo de
2001, ya ni la oficina del Tesoro pudo eludirlo: su economía
estaba en recesión, reconoció. Salir de ella no sería
fácil, vaticinó, ni podría ocurrir pronto.
Éste,
el de la crisis económica particular de la potencia del norte,
era el segundo hecho de más peso antes de los avionazos.
Y sigue siéndolo. Se trata de otro factor vital para el análisis
y la valoración de los hechos.
Una
secuela directa de la recesión en Estados Unidos lo fue la
lucha entre los distintos grupos del gran capital, que se hizo más
intensa. Como es natural en este régimen, cada grupo quería
capitalizar la crisis, sobrevivir y emerger de ella dominando a
los demás. Esa fiera lucha presidió el proceso electoral
de fines de la administración Clinton. Grupos con gran poder,
entre ellos sobre todo los que controlan las industrias de las armas
y del petróleo, ansiosos por recuperar lo perdido y lograr
beneficios, pusieron en juego todos los recursos a su alcance. Les
era necesario llevar a sus personeros al Congreso, en el mayor número.
Pero, sobre todo, querían llevar a la Casa Blanca a quien
sirviera a sus fines. Su candidato era George W. Bush. Del otro
lado, grupos monopólicos de otras ramas, también poderosos,
quisieron a su vez llevar adelante al candidato Al Gore, comprometido
con sus intereses.
Qué
tanto era lo que había de por medio, lo dice el monto de
la inversión. Tanto dinero aportaron los magnates y las corporaciones
en uno y otro bando, que esa fue la campaña más costosa
en la historia de la potencia del norte. Así lo reconocieron
las autoridades en la materia.
Pero
no sólo eso. Esa campaña también la marcaron
otros hechos. El hecho de que en ella haya aflorado el escándalo
del fraude, con la participación de la mafia de Miami.
Boletas falsas. Actas tramposas. Votos mal contados. Hasta los muertos
habrían ido a sufragar, igual que en la más primitiva
"república bananera", de ésas que todavía
no "transitan a la democracia" tan pregonada. También
marcó a esa elección el que no haya sido el voto de
los ciudadanos lo que al final decidió el resultado, sino
el de un puñado de magistrados. Y la marcó otro hecho
más, el que, al anunciar su veredicto la Corte Suprema en
favor de George W. Bush, haya llegado a la presidencia el candidato
que recibió menos votos de los propios ciudadanos, de entre
los dos contendientes. Y otro, la muy notoria escasez del nuevo
mandatario en cuanto a cultura, preparación y talento.
Así
fue como la crisis económica produjo otra crisis y se reflejó
en ella, ésta de orden político. La crisis del sistema
electoral de Estados Unidos, cuyo carácter falsamente democrático
quedó exhibido ante el mundo. Y también la crisis
de la credibilidad del nuevo presidente, que, todos lo vieron, emergió
del fraude. Bush, en efecto, llegó sin autoridad moral alguna.
Era una vergüenza pública, un objeto de chistes y bromas
hirientes.
Por
otra parte, el Congreso emergió dividido. Dos programas se
oponían. El que convenía al llamado Complejo Militar
Industrial y a los consorcios del petróleo, y el que exigían
otros grupos económicos y sociales. El que protegía
a los individuos más ricos y el que incluía derechos
sociales y laborales, porque también es un hecho que los
sindicatos obreros y otras capas populares habían sido factor
importante en la campaña del Partido Demócrata. El
Republicano había perdido su mayoría precaria en el
Senado cuando renunció a sus filas uno de los integrantes
de esta Cámara. Las propuestas de Bush no avanzaban. Ninguno
de sus proyectos. Y lo más importante de todo, crecían
las muestras de rechazo popular a la conducta del gobierno y a los
intereses que defendía. Se gestaba la crisis de gobernabilidad.
Bush,
de seguro rezaba a todos los santos de su devoción pidiendo
un milagro que cambiara las cosas. Así también el
Partido Republicano. Y la mafia de Miami. Y, más allá,
todo el conjunto de los grupos económicos poderosos, los
núcleos centrales del sistema, todos elevaban sus preces
en buscaba de una salida que parecía no existir. Así
estaba la situación en estos aspectos todavía la víspera
de los avionazos del once de septiembre.
2.
De la crisis política al golpe de Estado técnico
¿Qué
cambió con el 11 de septiembre? ¡Que el milagro se
produjo! Cambió todo el panorama político nacional,
como por arte de magia. En primer lugar, Bush dejó de ser
un objeto de burla y quedó convertido, de un día a
otro, en una persona respetable. Tanto, como si siempre lo hubiera
sido. Cesaron los chistes en los teatros y en los programas cómicos
de la televisión. Desaparecieron las caricaturas en la prensa.
Dejó de ser el modelo del tonto de remate y del redomado
pillo electoral. Empresas serias que habían hecho la
promesa pública de indagar sobre el fraude en la elección
y dar a conocer los resultados, dejaron el compromiso en el olvido.
El personaje se volvió creíble, como si en verdad
lo fuera, como si lo hubiera sido a lo largo de su vida. Y nadie
se acordó ya más de los defectos de la democracia
estilo USA.
El
Congreso pasó a votar de modo unitario, todo lo que Bush
enviara. Los demócratas dejaron de lado sus promesas
electorales de orden social y popular, y cerraron filas al lado
de Bush y de su grupo económico y político. En adelante,
sólo contaría el interés de los ricos, por
una parte, y de los negociantes del petróleo y de la guerra,
por otra. Todo lo demás quedó en el olvido.
Con
las nuevas leyes, de tiempos de guerra, que votó el
Congreso, se legalizó la censura, y la desinformación.
Así también el atropello a los derechos democráticos
y a las garantías individuales. Con una intensa campaña
de medios, se promovió el pánico en la población
y se generó la histeria chovinista. Fue así como se
acallaron las voces críticas. Pensar y opinar se volvió
sospechoso de apoyar al terrorismo y, ¡vaya paradoja!, de
estar en contra de la "democracia" y de la "libertad".
De
esta manera fue superada la crisis política. No por la vía
de resolver los males que aquejan al sistema, y que esta vez afloraron
a la vista de todos, sino al revés, ignorarlos, hacer como
que no existen. No por el camino de crear una democracia de verdad,
en la que el pueblo mande y se respete su voluntad, sino de volver
a la ficción, hacer de cuenta que eso que allí tienen
es una democracia. No por medio del imperio de los intereses de
las mayorías, sino de los grupos pequeños pero opulentos.
No por medio del ejercicio de los derechos ciudadanos, sino a través
de su cancelación. No por la vía del debate de ideas,
sino al revés, por medio de su prohibición.
Luego
del 11 de septiembre, o más bien, luego del 20 de septiembre,
operó un golpe de Estado técnico. Sólo
esto pudo dar apariencia de legitimidad al grupo económico
que había robado la elección. Y permitirle, en adelante,
imponer sus intereses, sin que pudieran oírse opiniones distintas.
Esto fue lo que unió al Congreso, todo en torno al grupo
dominante. Esto pudo acallar las demandas del pueblo y resolver
el problema de la gobernabilidad. El terrorismo devino en una bendición
para Bush y las fuerzas de extrema derecha. ¡Que ni mandado
a hacer!
3.
Economía, armas y petróleo
La
economía de Estados Unidos se ató desde tiempo atrás
con la industria de las armas. Ha sido y es el primer fabricante
y vendedor mundial en este ramo. Ya desde la Primera Guerra Mundial
se había beneficiado actuando en este rubro, pero más
con la Segunda, de la cual, por cierto, emergió como la potencia
número uno en el mundo. Luego, la llamada Guerra Fría
fue el pretexto ideal para dar un nuevo auge a tan próspero
negocio. Fue así como surgió un poderoso entramado
de intereses al que se llamó Complejo Militar Industrial.
Dentro
de éste hay división de tareas. Unos elementos se
ocupan de crear y agudizar los focos de tensión en el mundo,
desde posiciones de gobierno. A otros les toca promover un clima
de histeria bélica generalizada a través de los medios.
Otros más tienen que cabildear en el Congreso para lograr
la aprobación de enormes presupuestos para las armas. Otros
se dedican a su manufactura y venta. Y otros hacen la investigación
para producir nuevos instrumentos de muerte y destrucción.
Así han surgido bombas terribles de tipos diversos, atómicas,
de hidrógeno, de neutrones -las que matan a los humanos sin
destruir la "propiedad privada"-; las bombas de racimos,
las "podadoras de margaritas", en fin. También
misiles "inteligentes"; sistemas de espionaje desde satélites;
aviones que navegan sin piloto y otros no detectables por el radar.
No han faltado las armas químicas ni las biológicas,
en las que la potencia del norte también ha sido sobresaliente.
Y hasta aquel desquiciado proyecto de la era de Reagan, el escudo
contra misiles que se construiría en el espacio, el que
también fue conocido como "guerra de las galaxias".
Todo
ese conjunto sufrió un duro golpe con la desaparición
de la Unión Soviética. Se les cayó el mercado.
Se apresuraron a crear los sustitutos como pretexto para el lucro,
pero sus logros no alcanzaron una dimensión semejante. Nunca,
por lo menos, antes de los hechos de septiembre. El Congreso ya
no aprobaba los enormes presupuestos. La venta de armas, tan lucrativa,
se desplomó. Las que ya había, se hacinaban en las
bodegas. Las nuevas, más diabólicas, quedaban en proyectos
pospuestos. El gran negocio, el más rentable de entre todos
los que el capitalismo ha ideado jamás, declinó. Y
arrastró consigo a la economía en su conjunto.
En
este aspecto, igual que en el político interno de Estados
Unidos, los cambios después de los actos terroristas son
notables, diríase milagrosos. El negocio de las armas ha
vuelto a florecer. El Complejo Militar Industrial recobró
su fuerza y el lugar central que antes tuvo. De la lucha entre los
grupos corporativos, emergió vencedor, ya sin asomo de duda.
El Congreso ha vuelto a aprobar recursos colosales para fines de
guerra. Todo lo que se quiera, todo lo que se pida, sin límite
alguno. A los proyectos postergados se les quitó el polvo
y volvieron a la circulación. Incluso los que ya se habían
probado inservibles y los que perdieron toda lógica, si es
que alguna vez la tuvieron. Hasta el escudo anti misiles, aquél
de la época de Reagan. Y con todo ello, volvió la
esperanza de que la economía de guerra sea la que genere
una nueva época de auge. La que recupere a Estados Unidos
de su crisis y lo saque de la tendencia declinante. La que traiga
bonanza a los mercaderes de la muerte y, de paso, a otras ramas
e intereses con vínculos directos o no tanto. Alguien, en
el cielo o en el infierno, oyó sus ruegos. Así pareciera
ser.
Otro
rasgo de la economía de Estados Unidos es su vínculo
con el petróleo y el gas. Se trata de un gran productor de
estos energéticos, pero también del mayor consumidor
del planeta. Y del primer importador. Porque, además, los
derrocha sin medida y sin congoja por la polución que provoca,
en gran escala. También en esto ocupa el primer lugar, sin
competidor cercano. Los estrategas de la potencia del norte estiman
esos energéticos como básicos para su economía
y también como sostén de su potencial bélico.
Washington, por tanto, tiene como prioridad el dominio de los grandes
yacimientos del mundo, todos.
Esto
no es nuevo. Ha sido así desde fines del siglo XIX. Sin embargo,
en las décadas recientes su poder en este campo también
empezó a declinar. Irak salió de su control, igual
que Libia, y también Irán, entre otros. Lo perdieron
también sobre Venezuela, luego del acceso de Hugo Chávez
al poder, con su proyecto bolivariano.
En
México ha sucedido al revés. Nuestro país pasó
de ejercer un control soberano sobre su petróleo, a una entrega
vergonzante, pero muy notoria ya desde el gobierno de José
López Portillo. Entrega que se volvió más descarada
con los neoliberales sustentados sobre el PRI: Miguel de la Madrid,
Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo, cada uno peor que el
anterior. Pero el descaro fue más allá todavía
y se volvió cinismo con el gobierno neoliberal y gerencial
de la franca derecha, de Vicente Fox, sustentado sobre el PAN. Ésta
ha querido llegar a la privatización, a la entrega de la
industria toda al capital yanqui. Y ha puesto todo para lograrla.
Sólo que la correlación de fuerzas no se lo ha permitido.
Ahora
bien, el hecho es que esto no compensa ni con mucho las pérdidas
que Estados Unidos registra en el mundo. Arabia Saudita, por su
parte, que es su principal reserva, también está en
riesgo, dado el deterioro de su corrupta monarquía. En este
marco, la tarea de retomar el dominio petrolero mundial pasó
a ser urgente para Estados Unidos. Así lo han venido planteando
con claridad sus estrategas en los últimos años. Desde
antes, mucho antes del momento de los atentados en Washington y
Nueva York.
Aquí,
igual que en el negocio de las armas, los cambios son notorios.
Luego de la declaración de Bush, y más en concreto,
luego de los ataques masivos contra Afganistán, Washington
por fin avanzó en cuanto a su proyecto prioritario. Al fin
pudo tomar el control de zonas estratégicas del Asia Central
en materia de producción y de tránsito de los energéticos,
que estaban fuera de sus manos. Y se prepara para tomar otras zonas.
El pretexto será el mismo. La lucha del bien contra el
mal. Y la defensa de la democracia y de la libertad,
¡vaya! Ya lo anunció así desde el 20 de septiembre.
Los grupos económicos yanquis de esta rama salen con ganancias,
en grande, en todo el mundo. Entre ellos la propia familia Bush,
desde luego.
4.
Estados Unidos y su agenda internacional
Los
bloques regionales y la supremacía mundial. ¿Cuál
era la situación de los tres grandes bloques regionales y
los países que los encabezan en su rivalidad económica
y su lucha por el dominio del mundo, antes del 11, y fecha más
importante todavía, del 20 de septiembre? ¿Cómo
emerge después?
Japón, luego de un largo período de crecimiento, entró
en recesión. Y ya dura un decenio. Ha ensayado todas las
fórmulas para salir y todas han fracasado. El país
que fuera presentado como modelo a seguir, como ejemplo de una economía
exitosa, en apariencia sin crisis, está postrado. En este
contexto, los sucesos de septiembre no le trajeron beneficios ni
perjuicios directos. No en lo económico. Sin embargo, se
ha visto en la tesitura de apoyar, aunque sea sólo en lo
formal, la supuesta "alianza" contra el terrorismo, luego
de que Bush sentenciara: quien no está con Estados Unidos
está con el enemigo. Con ello, desde luego, Japón
cedió a Washington su soberanía en materia de política
exterior.
La
economía de la Unión Europea, aunque no sin apuros,
ha logrado avances relativos no sólo frente al bloque de
Asia sino también al de América del Norte. Y venía
usando esos logros para fincar mejores posiciones cada vez, y ganar
mayores beneficios. Igual que ocurre con Japón, luego del
20 de septiembre tuvo que ceder su soberanía en materia de
política exterior ante las pretensiones de Washington. Aunque
dentro del colectivo hay diferencias en cuanto al enfoque concreto
del asunto y su tratamiento ulterior, como se comentará adelante.
La
economía de Estados Unidos, como tendencia general, ha ido
perdiendo terreno, sobre todo frente a la Unión Europea,
a pesar de la década de expansión que tuvo. Hoy está
en primer sitio todavía pero su ventaja se ha diluido, cada
vez más. Y ha crecido la amenaza, que mucho preocupa a sus
núcleos de poder, de que sea desplazado a un puesto de segundo
orden. Éste era ya el tercer factor de influencia en la conducta
de las principales fuerzas del mundo antes de los hechos de septiembre,
y no hay duda de que ha sido determinante en la conducta que asumió
Washington -y sus núcleos de poder-, al calor de los hechos
del 11 y hechos públicos en el discurso de Bush del 20.
Como
resultado, Estados Unidos emergió dominante, sin admitir
siquiera la existencia de otros Estados soberanos, ninguno más
en la Tierra. Viene a ser un paso adelante con respecto de lo enunciado
por la señora Albright en sus tiempos de secretaria de Estado.
Ella había declarado ante el mundo que la única nación
indispensable es la suya, dejando la inferencia de que las demás,
todas, estarían de sobra. Ahora, el discurso del 20 niega
toda autoridad a los organismos internacionales, empezando por la
Organización de las Naciones Unidas. Y niega a todos la potestad
de decidir su actitud frente a un problema concreto. Ya antes adelanta
que quien no apoye sus propias decisiones y actos, sin condiciones,
será considerado como enemigo. Con ello, basándose
en su poderío militar, desconoce la existencia de otros Estados,
al negarles el ejercicio del atributo que les es básico,
el de la soberanía, que implica la no existencia de fuerza
o poder alguno que esté por encima de cada Estado en particular.
Sobre este atributo se finca el principio de la igualdad entre todos
los Estados del orbe. Por tanto, ese, y todos los demás principios
del derecho internacional, los desconoció Bush, de un golpe,
con el pretexto de la lucha contra el terrorismo.
Estados
Unidos, luego del 20 de septiembre, no conquista la supremacía
económica, que sigue en disputa, pero sí se la adjudica
en el ámbito político, y de manera absoluta. Y, lo
que es notable, cuenta con la aceptación tácita o
expresa de tal supremacía por parte de las otras grandes
fuerzas, todas. Ningún país del grupo de los ocho,
en efecto, impugnó la declaratoria de Bush. Ninguno de los
bloques regionales. Ninguna de las otras potencias imperialistas.
Ninguno de los países miembros de la OCDE, el club de los
países ricos. Tampoco se escuchó en esta ocasión
una voz que, a pesar de ser la de un país débil en
lo económico y en lo militar, solía tener una enorme
autoridad política y moral en el concierto de las naciones,
puesto que de modo invariable denunciaba toda injusticia y toda
prepotencia, viniera de donde viniera, y defendía los principios:
la voz de México. Eran otros tiempos. Hoy, la única
voz que se hizo oír, digna, apegada a principios, soberana,
fue la voz de Cuba: ni con el terrorismo ni con la guerra,
que al fin y al cabo vienen a ser lo mismo.
Ahora
bien, la llamada "alianza antiterrorista" mundial, en
los hechos no es tal alianza. No fue el fruto de la negociación
entre los supuestos aliados, ni de su libre decisión. No
pudo serlo, puesto que primero vino la declaración unilateral
de Bush, que negó a los posibles aliados toda libertad de
opción. Así todos, dentro de los bloques regionales,
se plegaron. Unos con mayor oportunismo que otros, como Gran Bretaña,
cuyo gobierno se apresuró a subirse al carro y hasta a ofrecerse
como chofer. Otros con discreción, esperando quizá
nuevas condiciones que les permitan salir de su actual condición
de meros rehenes del que tiene la fuerza bruta y amenaza ejercerla
también con brutalidad: Estados Unidos. Esta potencia, por
su parte, ha publicado la larga lista de los países a los
que llama "aliados pasivos".
Washington
obtuvo también otras ventajas luego del golpe de fuerza de
su gobierno, del 20 de septiembre que, como se ve, desde el punto
de vista técnico ha sido no sólo un golpe de Estado
interno, sino uno de nuevo tipo, mundial, puesto que ha destruido
el orden legal en escala planetaria. ¿Cuáles ventajas?
La de distribuir parte de los costos de la "guerra" entre
los "aliados". La de mejorar su posición estratégica
en cuanto al dominio de los yacimientos y las zonas de tránsito
del petróleo y el gas. La de dejar sentado que en lo sucesivo,
según sus particulares intereses, decidirá por sí
y ante sí contra que otros países, zonas y regiones
del mundo lanzará su ofensiva, puesto que ésta será
una guerra abierta e infinita en el tiempo y en el espacio,
según lo anunció. Y la de imponer el camino del militarismo,
como la vía para enfrentar la crisis económica mundial.
Éste es, desde luego, el camino que más le conviene,
en el que esa potencia va adelante, por sobre todas los demás.
Es decir, ha aprovechado la coyuntura y su ventaja militar para
proclamarse el único poder mundial absoluto y exigir se le
reconozca así. Tratará, en lo posterior, de servirse
de esta nueva situación para avanzar en lo económico,
con la pretensión de lograr la hegemonía también
en este campo.
Las
ganancias de Estados Unidos, sin embargo, hasta hoy no son definitivas,
como no lo es la "alianza". Los socios, los que lo son
y los que fingen serlo sólo ante la fuerza, todos seguirán
haciendo su propio juego. Para ello, tratarán de usar las
coyunturas que se presenten. Y tratarán de igual modo de
minar la fuerza y de sabotear el dominio de la potencia del norte.
La lucha económica por el dominio del orbe se seguirá
dando entre los tres bloques y, en primer término, entre
las potencias imperialistas que los encabezan.
Estados
Unidos y las "potencias emergentes". Los núcleos
del poder de Estados Unidos, no sólo han visto como una amenaza
para su ambición hegemónica a la Unión Europea
y a Japón. También han visto como peligrosas para
su dominio, a las que llaman potencias emergentes: China, los países
árabes e India, sobre todo. Desde hace tiempo hacen cálculos
de mediano y largo plazo, sobre éstas y sobre sus perspectivas.
Sobre cómo estaría cada una de ellas para el año
2015 y cómo para el 2050. Y elaboran planes para frenar su
desarrollo desde ahora. Como parte de estos planes, Washington,
insidioso, promueve la lucha armada entre India y Pakistán,
al que utiliza, y los conflictos entre aquélla y China. Espía
y hostiliza por todos los medios a su alcance a esta última,
si bien no desdeña su inmenso mercado. Es más, lo
necesita.
En
otro frente, desde hace tiempo utiliza a Israel como punta de lanza
contra los países árabes en su conjunto. Para ese
fin protege a su extrema derecha y apoya sus políticas fascistas.
Y apoya también a criminales como Ariel Sharon. Por eso respalda
en los hechos la ocupación ilegal del territorio palestino.
E impide a ese pueblo que erija su Estado nacional. Al mismo tiempo,
ataca a Irak, masacra a su pueblo y lo bloquea, de modo criminal.
Sostiene en Arabia Saudita, contra viento y marea, una monarquía
corrupta e inhumana, pero servil ante el amo. Además, con
el doble fin de dividir y, a la vez, aherrojar a los pueblos árabes,
promueve diversas sectas fanáticas, cuyo pretexto es el de
cuidar la pureza de su fe. Como parte del mismo plan, financia,
organiza y entrena grupos terroristas. Los usa contra los regímenes
socialistas, avanzados y liberadores. Aunque a veces se vuelven
contra su creador. Al Quaeda, el grupo de Osama Bin Laden,
fue uno de estos grupos, surgidos de la mano de tenebrosos cuerpos
yanquis de espionaje y terror, como la Agencia Central de Inteligencia,
CIA, pero no ha sido el único. Pululan.
Luego
de la caída de las torres gemelas, en este ámbito,
las cosas tienden a empeorar en lo inmediato a causa del fortalecimiento
de las posiciones de Estados Unidos en el ámbito internacional,
y de sus fuerzas más reaccionarias en su interior. Sin embargo,
no tienen todo a su favor. Han exacerbado ánimos que ya estaban
caldeados. Han agredido a numerosos pueblos y ofendido dignidades.
Han agudizado conflictos entre países poseedores de arsenales
atómicos, como India y Pakistán. Y, en general, han
desatado fuerzas disímbolas y poderosas que no podrán
controlar. Cabría decir que han abierto la caja de Pandora.
Por hoy, las consecuencias son imprevisibles.
Estados
Unidos y Nuestra América. El ALCA. La crisis económica
global y la tendencia declinante del poderío yanqui en la
arena mundial también incidieron en los proyectos de Estados
Unidos sobre América Latina y el Caribe. Para enfrentar esos
fenómenos, los núcleos de poder de esa potencia han
ideado mecanismos varios. Entre ellos ese proyecto al que llamaron
del Área de Libre Comercio de las Américas, ALCA,
que está en su agenda desde los tiempos de Bush, el padre
del actual. Es el mismo proyecto que en abril de 2001, en la Cumbre
de Québec, Bush, el hijo, y un conjunto de gobernantes serviles
ante el poderoso, reactivaron y le dieron celeridad, a pesar de
las protestas masivas y las gigantescas marchas de repudio, que
allí se dieron. Y que los obligaron, por cierto, a reunirse
detrás de alambradas y trincheras, y acordar en medio de
los gases de la represión, que hasta sus salones palaciegos
llegaron.
Con
el ALCA quieren asegurar para la potencia del norte el dominio exclusivo
de las materias primas de toda la región. Sobre todo las
que son más rentables en el mundo de hoy y en el de mañana.
Es el caso de los energéticos, petróleo gas y uranio,
entre otros. Es el caso del agua. Y también, desde luego,
es el caso de la biodiversidad. Quieren también asegurar
la explotación en exclusiva de nuestra fuerza de trabajo
muy mal pagada, a la que, con cínico eufemismo, llaman "ventaja
comparativa". Asimismo, aunque esto les es de menor importancia
porque poco les aporta, quieren asegurar el control de nuestros
mercados para la venta de sus productos.
Con
todo ello esperan ganar en eficiencia de su economía en lucha
contra los otros bloques regionales. A costa de destruir las economías
nacionales de nuestros países y anexarlas, en calidad de
subordinadas, a la de ellos. Y a costa también de destruir
nuestras soberanías nacionales y populares.
Es
claro. El ALCA viene a ser la concreción de los viejos anhelos,
desde la época de Monroe. Apoderarse de toda la región.
Para lograr ese fin han decidido aplastar toda resistencia. Acabar
del todo con la libertad de nuestros pueblos. Impedirles que ejerzan
su autodeterminación. En esa vía pretenden ahogar
a la Revolución Bolivariana del pueblo de Venezuela, que
encabeza Hugo Chávez; aniquilar la lucha de la guerrilla
popular en Colombia y acabar con la movilización de las masas
en Ecuador, Bolivia y Perú. También quieren provocar
el fracaso del MERCOSUR. Y, desde luego, aislar a Cuba, todavía
más, para seguir agrediendo a su pueblo con impunidad. Con
ese mismo fin han armado otros planes y proyectos: el Plan Colombia,
la Iniciativa Andina, el Plan Puebla Panamá, en fin.
En
el frente de las relaciones de Estados Unidos con Nuestra América,
el golpe que dio Bush contra la legalidad mundial también
tiene consecuencias. La de estimular su obsesión de dominio.
La de fortalecer sus pretensiones. La de acobardar a adversarios
timoratos. La de permitirle acelerar todo su proyecto. Washington
aprovecha ahora su mayor fuerza relativa en el escenario mundial.
Y se sirve también de la virtual dictadura que instauró,
hacia el interior de su país y en el mundo.
No
hay variación, en cambio, en su agenda ni en sus planes con
respecto de nuestra región. Aunque hay quienes así
lo pregonan. Afirman que ya no está interesado en el ALCA;
que ya no le es prioritaria esta zona del mundo. Nada de esto es
cierto. Es una falsa versión que sirve a los núcleos
yanquis de poder. Que pretende confundir y paralizar a nuestros
pueblos. Para que los tomen desprevenidos. Nuestra tarea más
urgente es, por tanto, combatir al ALCA y los otros planes que lo
acompañan. Desenmascararlos, revelar su verdadero fin. Llamar
a la movilización para rechazarlos. Exigir a los gobiernos
que tomen en cuenta a sus pueblos. Que nada resuelvan de espaldas
a sus intereses. Que no entreguen nuestro porvenir sin consultarnos.
Que no nos engañen, hablando de falsos beneficios, que no
existen. Que no pretendan arrebatar nuestra soberanía. Y
oponer a esa falsa unidad entre el tiburón y las sardinas,
el ideal bolivariano de la unidad verdadera entre iguales. Unidad
y soberanía, como lo quisieron nuestros próceres.
5.
Estados Unidos y el movimiento "globalifóbico"
La
gran rebelión popular en contra de las políticas del
Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y otras agencias
semejantes, ha sido un serio dolor de cabeza para los núcleos
de poder económico, político y militar. Y para los
jefes de Estado de las potencias imperialistas, Estados Unidos en
primer lugar. Zedillo quiso ridiculizar a los integrantes de ese
movimiento social. Servil y torpe los llamó "globalifóbicos",
pero no están en contra de la globalización; lo que
combaten es el neoliberalismo. Ese proceso criminal opuesto a los
intereses y aspiraciones de todos los pueblos.
En
Seattle se reunieron por primera vez en 1999 decenas de miles de
hombres y mujeres en un movimiento social sin precedentes. Allí,
la masa popular derrotó la pretensión de una nueva
ronda de negociaciones de la OMC. Porque, como es sabido, cada ronda
ha traído más poder a las potencias y más debilidad
económica y política a los demás países.
Mayor riqueza a las corporaciones transnacionales y miseria creciente
a los pueblos.
Seattle
fue el inicio de un proceso que persiguió a los poderosos
adonde quiera que fuesen. Québec, Davos, Praga, Génova,
no habría ya escapatoria. El enorme despliegue acabó
por impedirles hasta que pudieran reunirse en lugar alguno. Ni echando
mano de sus fuerzas represivas. Ni con gases y armas. Ni detrás
de trincheras o en verdaderos búnkeres. Ni implantando estados
de sitio. Ni tomando militarmente las ciudades. Ni aislándose
en buques de guerra. ¡Una verdadera pesadilla para los jefes
de Estado y de gobierno del llamado Grupo de los Ocho! Y para la
OMC, la OCDE, el FMI, el BM. De este modo, todo su enorme poder
se mostró endeble. Al gigante le quedaron a la vista, agrietados,
los pies de barro.
Apenas
los atentados del 11 de septiembre, que cambiaron tantas cosas a
favor de los núcleos mundiales de poder, y sobre todo de
Washington, parecen haber frenado el gran movimiento. Por lo menos
de modo temporal. En parte por medio de las nuevas leyes que coartan
las libertades y los derechos. En parte por el clima de histeria
chovinista que generaron los poderosos. En parte con la confusión
y con la distracción que crearon. En este caso, otra vez,
el "milagro", en la forma de la acción de un grupo
terrorista supuestamente enemigo, funcionó a favor de quienes
tanto lo requerían, los poderosos que veían con terror
cómo perdían el control del mundo. Y les permitió
recuperar espacios que ya habían perdido.
Sin
embargo, también en este caso lo previsible es que no podrán
mantener esa situación por mucho tiempo. El gran movimiento
de masas saldrá otra vez a la calle. Porque todas las razones
que le dieron origen, se mantienen, y han surgido otras más:
la lucha por la paz, contra el terrorismo y la guerra; la lucha
por la libertad y los derechos conculcados con el pretexto de los
sucesos del 11 de septiembre. Y crecerá aun más, en
cantidad, y también en calidad; en unidad en la diversidad;
en organización y en capacidad de lucha, porque existen cada
vez nuevas experiencias. El Foro Social Mundial de Porto Alegre,
Brasil, que se realizará en breve, podrá dar una idea
sobre cómo marcha el despertar de las masas del mundo, y
su reorganización. Ya lo veremos.
6.
Washington, el terrorismo y la guerra
El
gobierno de Estados Unidos no cumplió con su deber de investigar
con objetividad lo ocurrido y enjuiciar a los culpables, sobre la
base de evidencias serias. Así debería haber sido.
En vez de eso, lo que hizo fue lanzar una campaña de declaraciones
ligeras, sin sustento, para generar la histeria chovinista en amplias
capas de la población de su país. Llenó al
mundo de amenazas contra la paz. Vulneró las normas del derecho
internacional. Incluso contra las libertades del propio pueblo de
Estados Unidos. Esa conducta trae a la memoria los graves excesos
que se cometieron en la negra época del macartismo.
Todo
ese proceso culminó con el discurso de George W. Bush del
20 de septiembre, en el que decretó la guerra. Una guerra
sui géneris, por cierto. Un "nuevo tipo de guerra",
precisó el secretario de Defensa, Donald Rumsfield, poco
después, distinta de todo cuanto el mundo ha conocido. Una
"guerra total" y "sin límite en el tiempo".
Una guerra en la que el enemigo no sería un Estado ni una
coalición de Estados. El enemigo no sería un ejército
regular ni una guerrilla. El enemigo sería una abstracción,
según el mencionado discurso de Bush, "el mal".
El mal hoy sería el terrorismo.
¿Cómo definirlo? Puede decirse que terrorismo es toda
acción violenta que daña a inocentes y cuyo fin es
dominar por medio del terror. Por ello, la expresión "guerra
al terrorismo" debiera ser más bien una metáfora.
En modo alguno una guerra violenta que daña a inocentes -en
sentido estricto una guerra terrorista-, como la que declaró
Washington. Debiera ser una "guerra" de ideas, de diálogo.
Una con respeto pleno a todos los hombres y mujeres, a todos los
pueblos. Con respeto a la soberanía de todos los Estados
y a la identidad cultural de todas las Naciones. Debiera ser una
"ofensiva", sólo por las vías de la paz
y la solución negociada de los diferendos. Porque decir que
se combate al terrorismo y lanzar para ello actos de terror, es
absurdo. Lanzar guerras totales que desbordan todo límite
ético y se atreven a cualquier extremo, es irracional. Emprender
guerras eternas, infinitas, es criminal. No se combate a
ese flagelo con guerras que lanzan centenares de toneladas de bombas
sobre la población civil y matan niños, mujeres y
ancianos. Ni se puede combatir el terrorismo sembrando el terror
entre los civiles afganos, con el pretexto de aplastar al talibán.
Ni con guerras donde el enemigo es una abstracción, como
"el mal", una etiqueta que se le puede colgar a quien
se quiera, hoy o después; a todo aquél que no se arrodille
ni se deje avasallar. Porque esa intención perversa la dejó
en claro Bush al eliminar el derecho a la opción y tomar
al mundo como rehén, en su discurso del 20 de septiembre.
Y lo cierto es que no se puede pretender la "libertad duradera"
cuando se aplasta la libertad de los pueblos de decidir soberanamente
su política exterior. Tampoco cuando se coarta a los ciudadanos
de Estados Unidos su derecho a la información, su libertad
de expresión y de manifestación de sus ideas, como
lo está haciendo Washington. Ni cuando se aterroriza al pueblo
propio, al de Estados Unidos, con el afán de impedir que
se oponga a la conducta de su gobierno.
Todas
esas políticas lo que han hecho es, en primer término,
encubrir a los responsables, los autores intelectuales de los atentados
del día 11. De manera precipitada se culpó a ese señor
Bin Laden. Hasta ahora no se han presentado pruebas fehacientes
en su contra. Haya sido su grupo o no el que los planeó y
ejecutó, hay otros elementos graves que se han querido soslayar.
Que el tal Bin Laden y su grupo, Al Quaeda, son hechura de la CIA.
Que los vínculos que se forman entre uno y otro cuerpos de
ese tipo no desaparecen del todo, aun cuando se dé una ruptura
política entre el gobierno patrocinador y el grupo, por azares
del destino convertido en disidente. Siempre quedan canales, relaciones,
vías para el trato, vasos comunicantes. Y es claro que ese
tipo de enlaces tienen los medios para inducir acciones, para promoverlas,
para provocar que se lleven a cabo en ciertos momentos. Y pueden
encubrirlas y apoyarlas, con discreción.
La
decena y media o dos decenas de individuos que tomaron los aviones
y condujeron los ataques suicidas, pudieron entrar en Estados Unidos
sin obstáculo. También se pudieron mover en su territorio
a sus anchas. Pudieron contar con tiempo entre uno y otro ataque
a las torres gemelas, algo así como veinte minutos, y nada
pudo pararlos. Y tuvieron un plazo todavía mayor para el
tercero, al Pentágono. En este último caso, no funcionó
el sofisticado sistema de protección que, es sabido, impide
que se acerque cualquier nave, al grado de dispararle misiles de
modo automático si desobedece los avisos de advertencia y
mantiene el desvío. ¿Quién tiene en esa sociedad
tan grande poder como para proteger así este tipo de atentados
y asegurar su éxito?
Los
beneficiarios de los atentados han sido los núcleos más
reaccionarios de poder en Estados Unidos. En primer lugar el propio
George W. Bush, en lo político, y su familia en su conjunto
en lo económico. Sus patrocinadores de campaña, el
Complejo Militar Industrial y los consocios petroleros. Todos éstos,
de un golpe, lograron cambiar todos los factores que les eran adversos
y capitalizaron los beneficios. Las acciones que desplegaron coincidían
con los proyectos que habían elaborado de tiempo atrás
y que no habían podido echar a andar porque no contaban con
las condiciones idóneas. Ni parecía que pudieran darse
tales condiciones. ¿Todo esto fue pura casualidad? ¿Fue,
en verdad, un "milagro"? ¿El resultado de un "pacto
con el diablo", acaso? Es más, las iniciativas de ley
que promovieron la Casa Blanca y el Departamento de Estado incluso
estuvieron listas en plazos asombrosamente cortos. ¿Ya estaba
todo previsto? ¿Cuándo fue que las prepararon? ¿Cómo
pudieron adelantarse a hechos que se supone son imprevisibles?
Otros
beneficiados fueron los cuerpos especializados en el espionaje,
los atentados y la desestabilización, la propia CIA en primer
término entre éstos. Y los individuos más ricos
del país, ligados, como siempre ocurre, con los intereses
más conservadores. Y lo fue Washington en su conjunto, que
saca ventaja en todos los frentes en la arena internacional.
Cabe
preguntarse si no hubo conocimiento previo de las cosas y se les
dejó correr, si hasta se tomaron las medidas para asegurar
que no fracasaran. O peor aun. Si la autoría intelectual
no está precisamente entre quienes se benefician con todo
esto. Quizá algún día llegue a saberse.
Por
lo pronto, los cambios que se dan en diversas esferas del acontecer,
tienen todos ciertos rasgos en común: no cambian la esencia
de los fenómenos ni la naturaleza de las contradicciones,
pero sí las agudizan y, por lo mismo, aceleran todos los
procesos. El imperialismo, a pesar de todo, será derrotado.
Y al acelerarse los procesos será derrotado más pronto.
Los pueblos triunfarán. Lograrán la soberanía
y la autodeterminación. Y podrán construir un sistema
social justo, sin explotadores ni explotados, en el mundo: el sistema
socialista, primero, y el régimen comunista después.
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