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EL NEOLIBERALISMO Y LA CRISIS
DEL CAMPO EN MÉXICO
Por José SANTOS CERVANTES
Miembro de la Dirección Nacional del PPS de México

a) El falso dilema: apertura indiscriminada o proteccionismo a ultranza

El desarrollo de las fuerzas productivas debe servir fundamentalmente al propósito de elevar de manera sistemática los niveles de bienestar y progreso material del pueblo mexicano.

Por esta razón se debe rechazar la tesis consistente en que el pueblo -en el afán de crear primero la riqueza para después distribuirla- debe postergar sus demandas sociales y de progreso material, porque el desarrollo de las fuerzas productivas y el crecimiento debe correr al parejo con la elevación del bienestar popular.

Los neoliberales -en su interés por justificar la entrega de la economía nacional al capital extranjero-, nos presentan el falso dilema: nos abrimos sin ninguna restricción al capital extranjero o quedamos rezagados de la modernización y de la globalización.

Al respecto cabe recordar que desde la lucha por la independencia de México respecto de la corona española, existen dos concepciones acerca del desarrollo de las fuerzas productivas: una, basada en el fatalismo geográfico e histórico, estimulado ahora por la globalización y el papel destacado del comercio internacional, que consiste en sostener que sin la ayuda, la concertación y ahora la integración con los Estados Unidos el desarrollo de México sería una tarea imposible de lograr, y la otra, derivada de nuestras luchas históricas desde la Independencia, la Reforma y el movimiento revolucionario de 1910, consistente en destacar las altas potencialidades productivas del pueblo mexicano y su inquebrantable espíritu y convicción, de que es posible progresar con independencia del exterior.

Partiendo de la convicción de que el desarrollo y la modernización de las fuerzas productivas no es incompatible con la preservación de nuestra independencia económica, se puede afirmar que esto no significa necesariamente una posición de enfrentamiento violento con otras naciones poderosas.

Es más, que el papel preponderante que hoy ocupa el comercio internacional como factor de impulso al desarrollo económico de las naciones debe ser aprovechado para ese fin por nuestro país, pero a partir de considerar su carácter transitorio, por lo cual la base de nuestro desarrollo debe ser el mercado interno.

Porque no se debe olvidar que en plena etapa del desarrollo de los monopolios transnacionales, los espacios que abandone el Estado en el área económica, son de inmediato ocupados por éstos, y no por la entelequia denominada "sociedad civil".

Está demostrado, que ni la política de nacionalizaciones, ni la de sustitución de importaciones para proteger la planta productiva nacional fracasaron, sino que cumplieron sus objetivos esenciales, y que los fracasos parciales que se registraron obedecen precisamente a que se desvirtuaron sus objetivos nacionalistas.

Por ejemplo, en el caso de la sustitución de importaciones, no se logró un mayor avance en el desarrollo de las fuerzas productivas porque jamás se quiso atender la demanda del sector revolucionario, consistente en desarrollar no sólo la industria ligera, productora de bienes de consumo, sino además la industria de bienes de capital; tampoco se impulsó el desarrollo y la investigación de la ciencia y la tecnología, y al no hacerlo el país mantuvo la dependencia económica, científica y tecnológica.

En cuanto a las empresas que integraron el sector nacionalizado, algunas de ellas se convirtieron en ineficientes porque su dirección y administración se dejó en manos de los propios enemigos del sector estatal, porque se utilizaron para subsidiar al gran capital y porque se excluyó de su dirección a la clase trabajadora.

b) La contrarreforma neoliberal en el campo

A partir de 1982 se impuso en el gobierno y en el Partido Revolucionario Institucional (PRI) un nuevo sector de la burguesía gobernante compuesto por tecnócratas educados en universidades extranjeras sobre todo estadunidenses y a partir de diciembre del 2000, un gobierno surgido formalmente del derechista Partido de Acción Nacional (PAN), representante genuino de los intereses del imperio, quienes en conjunto han sido -en los últimos 20 años- los encargados de la aplicación del proyecto neoliberal, que es diametralmente opuesto al proyecto histórico de desarrollo. En particular en el sexenio 1988-1994, fueron los autores de profundas reformas en el sector agropecuario, sumamente negativas y que se han sucedido vertiginosamente, aplicándose sus principales componentes sin ninguna contemplación.

La aplicación de ese credo, significó actuar con base en el diagnóstico neoliberal, según el cual los problemas por los que atravesaba la agricultura, hasta el inicio de los años ochenta, tenían como causa principal el intervencionismo estatal, la consiguiente falta de libertad de los mercados y la presencia de un sector campesino que era incapaz de responder a los retos de la modernización, por lo que se consideraba necesario eliminar las distorsiones en la asignación de los recursos y traspasar el mando de la agricultura al capital privado, para lograr impulsar la inversión, el cambio tecnológico y el crecimiento de la producción.

Con base en ese diagnóstico, a partir de 1982 se dio una redefinición de la presencia directa e indirecta del Estado en la actividad agrícola, que se expresó, entre otras cosas, en la progresiva eliminación de subsidios por la venta estatal de fertilizantes y en el uso de electricidad; en la sustancial reducción de apoyos crediticios de la banca oficial; en la privatización del seguro agrícola y pecuario, en la desregulación paulatina del abasto de productos básicos, eliminando la mayoría de las funciones antes asignadas a CONASUPO; y en la menor asistencia técnica ofrecida a los productores.

La eliminación del quehacer estatal se acompañó, asimismo, de un conjunto de políticas articuladas en torno a los siguientes dos ejes:
?La desprotección respecto de la competencia internacional, buscando igualar los precios agrícolas de México con los existentes a nivel mundial, proceso éste que, fue más rápido para la agricultura que para el resto de la economía nacional, y que utilizó los instrumentos como son: la baja generalizada de aranceles; el reemplazo de los permisos previos de importación por tarifas, etc.

?La redefinición de las direcciones de la producción agrícola, otorgando mayor primacía a la producción para la exportación y asignando un papel totalmente marginal a la producción para el mercado interno. En apoyo de esa reconversión productiva, se fueron reduciendo paulatinamente los precios de garantía y se culminó con el reemplazo de dichos precios por pagos directos por hectárea a los productores de básicos a través de PROCAMPO, lo cual, junto con la equiparación de los precios internos con los internacionales, empujaría a los productores a desplazar su actividad hacia aquellos cultivos -o incluso hacia la producción pecuaria, forestal, etc,- en que tuviesen ventajas comparativas.

Todos estos cambios, se expresaron de manera concentrada en una verdadera contrarreforma agraria, que se aplicó desde principios de 1992 introduciendo distintas modificaciones al artículo 27 constitucional. A través de dichas modificaciones, que dio por terminado el reparto agrario, se buscó crear las condiciones, para redefinir por completo el perfil de la propiedad agrícola, abriendo la posibilidad de participación del capital privado nacional y extranjero en las tierras ejidales y comunales, las cuales pueden ser objeto de compra?venta, de arrendamiento y de contratos de asociación. Con ello, según la argumentación de la tecnocracia neoliberal, se buscaba dar certidumbre jurídica a la tenencia de la tierra; incrementar la producción y la productividad y capitalizar las actividades agrícolas con el apoyo del sector privado.

En la negociación y firma del TLC, la agricultura se transformó en el mejor de los instrumentos para acelerar y profundizar al extremo el proyecto neoliberal. Fue en el marco de esas negociaciones que se asumieron los compromisos de completar la liberalización, apertura y privatización de la producción agrícola, de acelerar la llamada reconversión productiva, y de crear para todo ello una nueva legislación agraria: reformas al artículo 27 constitucional, Ley Agraria, Ley de Aguas, Ley Forestal. etc.

A diferencia de las negociaciones para ingresar al Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio GATT (por sus siglas en inglés), en el caso del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) firmado a nombre de México por el gobierno tecnócrata neoliberal con Estados Unidos y Canadá, no hubo intento alguno para defender el régimen de tenencia de la tierra, los empleos e ingresos de los campesinos, y la seguridad alimentaría nacional. Por el contrario, todo ello fue abandonado en la negociación, y las abismales diferencias existentes entre la agricultura mexicana y la de sus dos "socios", fueron reducidas en el papel a un simple manejo de los tiempos de la apertura, presentándose como un gran "triunfo" el periodo de quince años para la desgravación del maíz y el frijol, productos éstos que absorben alrededor del 50% de la superficie agrícola disponible.

Esto explica que en nuestro país se esté dando un proceso de descampesinización y que además el problema alimentario se haya agravado al sustituir la producción nacional por la extranjera ocasionando tal dependencia del país que en menos de 10 años se pasó de 40 a 80 productos importados.

Actualmente, la dependencia alimentaria es de 95 % en oleaginosas, 50 en arroz, 40 en carne roja y, hasta del 30 por ciento en maíz. Se calcula que el 86 por ciento del total de carne deshuesada que consume el país proviene del exterior. Las compras de carne a Estados Unidos crecieron 60 por ciento en volumen y 36 por ciento en valor a partir de 1996. Como se ve el problema alimentario no tiene solución en el modelo neoliberal.
El problema alimentario está plenamente ligado a la exclusión de los agricultores nacionales de la producción de básicos para el consumo del país, los procesos de pauperización rural, desnutrición, descampesinización, migración, e incorporación de las mujeres y los niños al mercado de trabajo, así como el encarecimiento para el consumidor de los bienes alimenticios y la dependencia creciente de Estados Unidos en la materia, entre otros factores.

Sin embargo, para los neoliberales, las importaciones son necesarias porque el campo mexicano no es capaz de producir los bienes necesarios para la alimentación, por lo que se requiere complementar la oferta, como si el problema se redujera a la cuestión productiva.

Pero ocultan, que su política obedece solamente y de manera servil a las directrices e intereses del imperio, sin importar los problemas económicos, políticos y sociales que puedan ocasionar a nuestro país. Por ejemplo, en el caso del frijol -pese a que en el TLC se negoció que hasta después de 15 años se permitiría la entrada sin impuestos a la importación de ésta leguminosa, y en tanto se dejaría que una cuota equivalente a 56 mil toneladas quedara libre de arancel-, desde 1996 se abrieron las fronteras a la importación. Tan sólo en 1998 se adquirieron en el exterior 171 mil toneladas sin el arancel correspondiente del 111.2 por ciento.

Mientras tanto, para 1999 había 10 mil toneladas de frijol sin comprador en Durango, 40 mil en Sinaloa, 30 mil en Zacatecas y 100 mil en Chiapas, Oaxaca, Tabasco y Campeche. No obstante tan sólo de Argentina se importaron 60 mil toneladas. En el caso del maíz, el ejemplo de que los intereses extranjeros están por encima de los nacionales, es más significativo, ya que mientras sólo en el estado de Sinaloa había 780 mil toneladas sin comprador se permitió la entrada al país de 6 millones de toneladas de maíz forrajero amarillo para alimentar a los mexicanos.
Se comprueba entonces que el retiro del Estado en un sector prioritario y estratégico al reducir la inversión pública, al permitir la apertura comercial, provocar la fijación de precios bajos para los productores -no para los consumidores- tienen como fin abaratar los insumos agrícolas para beneficiar a la gran industria nacional y a las transnacionales exportadoras de Estados Unidos, y al liberar recursos presupuestales que no dedican al campo, estos quedan para beneficiar a la burguesía, por ejemplo a los banqueros.

En suma, como parte del proyecto neoliberal se ha abandonado cualquier intento por formular y aplicar una política de fomento agrícola y, más en general, se ha desechado toda posibilidad de definir socialmente el rumbo del campo mexicano. La capacidad de definir ese rumbo se ha trasladado por completo al capital privado, la estructura del sector se ha dejado sujeta a las "señales del mercado" y el dinamismo de la producción se ha hecho recaer en las actividades de exportación, que en muy poco benefician al país.

c) Los saldos del proyecto neoliberal en el campo

El proyecto neoliberal, ha dejado en el agro mexicano una muy amarga herencia, acentuando al máximo los problemas previamente existentes y generando otros nuevos.

Por una parte, y al igual que en otros ámbitos, en la agricultura el balance es negativo incluso en el interior de la lógica neoliberal, dado que ni siquiera fueron medianamente cumplidos los objetivos que el propio neoliberalismo se había fijado para el campo. Es así que, en términos generales:

Las reformas al artículo 27, dieron cobertura legal a la renta y venta de parcelas ejidales, pero no han conducido a un proceso masivo de inversiones privadas en el campo, ya que la mayor parte de los proyectos de compra y asociación ha estado concentrada sólo en algunas regiones del país, que son las más productivas del país.
El objetivo de superar el minifundismo, creando un mercado interno de tierras que permita una acelerada concentración de la propiedad, también ha estado lejos de cumplirse, e incluso lo que se ha dado es una acentuación del reparcelamiento interno, acompañado de un notorio fracaso del Programa de Certificación de Derechos Ejidales y Titulación de Solares Urbanos (PROCEDE), con el cual el gobierno se proponía acelerar la medición, delimitación y titulación parcelaria?, como paso previo necesario para la privatización.

Es muy poco lo que han crecido las exportaciones agrícolas, y menos aún las de productos no tradicionales, con lo cual la balanza comercial agropecuaria ha arrojado saldos deficitarios desde 1983 en adelante.
Podemos resumir que el modelo que se ha venido aplicando en el campo mexicano en los últimos años tiene los siguientes rasgos centrales:

  • La reestructuración agraria y productiva; el desmontaje de la reforma agraria, la modificación del artículo 27 constitucional
  • La reducción de la participación estatal que incluye la transferencia de la comercialización y producción de insumos y servicios al mercado;
  • La eliminación de subsidios a la producción;
  • La apertura comercial, expresada principalmente en el Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLC), en el Acuerdo recién firmado con la Unión Europea y acuerdos bilaterales.
  • Una política social de sobrevivencia, para los más pobres, que fue primero parcialmente la lógica del Programa Nacional de Solidaridad (PRONASOL) y luego ya totalmente la del Programa de Educación, Salud y Alimentación (PROGRESA).

Algunos datos actuales de la situación en el campo reflejan dramáticamente esta realidad:

  • El promedio de ingreso en zonas rurales es inferior al salario mínimo
  • 8.8 millones de personas viven en pobreza extrema
  • 10 millones de personas se consideran en pobreza moderada
  • La escolaridad promedio es de 3.3 años escolares
  • Los recursos totales para el combate a la pobreza fueron de 12,750 millones de pesos, que son equivalentes a 1500 millones de dólares, que representan el 6.5% de lo que se paga por deuda externa.
  • La participación en el PIB sólo creció 1.5 % en el periodo 82-88, en el período 94-98 decreció 1.96 % (TLC), en 1997 decreció 1.7% y en 1998 (segundo trimestre) decreció 4.5 %
  • Hay una gran diferenciación en el desarrollo productivo por sectores y regiones
  • Se registra la disminución del empleo agrícola y del salario
  • Se ha generado una migración generalizada hacia zonas de agroproducción para la exportación, ciudades grandes y los EE.UU. de Norteamérica.
  • Existe un proceso de desintegración de la Unidad familiar campesina.
  • Se ha creado una nueva ruralidad y una nueva relación ciudad-campo

II.- El latifundismo "moderno".

La reforma agraria tuvo por objeto multiplicar las fuerzas productivas y cambiar las relaciones de producción en el campo. Para ello había que liquidar los latifundios que sólo se cultivaban en mínima parte, de un modo primitivo, devolver a las comunidades agrarias las tierras que habían perdido y dotar de ellas a los núcleos de población rural que nunca las habían poseído. La medida tenía como fin también liberar a los peones de su situación próxima a la esclavitud, anular los contratos inicuos de aparcería, y convertir a los campesinos en factores de producción, para que pudiera elevarse su nivel de vida y para crear un mercado nacional con creciente capacidad de compra.

Con todas las vicisitudes por las que ha atravesado la reforma agraria desde su inicio hasta 1992 -año en que el gobierno de Carlos Salinas de Gortari no sólo decretó el fin del reparto agrario sino que privatizó el ejido-, esta hizo posible el aumento de las fuerzas productivas del campo, la diversificación de la agricultura y el mejoramiento del poder adquisitivo de las masas rurales, y logró la industrialización de las últimas décadas.

Ahora bien ¿Cuál fue el proceso de la distribución de la tierra? El territorio nacional cuenta con un total de 197 millones de hectárea; se repartió alrededor de un 53 por ciento en la forma social de la propiedad, es decir, 104.7 millones de hectáreas en ejidos y comunidades, 34 por ciento, es decir, 67 millones de hectáreas se mantiene como forma privada de la tierra.

Se calcula que cuando entró en vigor el decreto neoliberal que dio por terminado el reparto agrario, existían alrededor de 2 millones de campesinos sin tierra y aproximadamente 30 millones de hectáreas en manos de latifundistas. A esto hay que agregar que las reformas a la Constitución general de la República, para privatizar abrieron las puertas al neolatifundismo, ya que se permite la concentración de la tierra en las siguientes magnitudes 2 500 hectáreas de riego de humedad, 5 000 de agostadero de buena calidad, 3 750 de algodón, 7 500 de caña de azúcar y plátano, 250 000 para la ganadería. Y según los índices de agostadero, en algunos estados del país puede llegar a superficies hasta de medio millón de hectáreas. Y en materia de bosques las superficies mínimas pueden llegar hasta las 20 000 hectáreas.

Todo esto con el componente negativo de que además permite la presencia del capital extranjero a través de las sociedades mercantiles, generando lo que podría denominarse latifundios corporativos.
Si la reforma Agraria en nuestro país tuvo un carácter antifeudal y antiimperialista las reformas neoliberales tienen un sentido netamente capitalista y proimperialista, porque además de convertir al ejido en una mercancía cualquiera pone en peligro la soberanía e independencia nacional.

La Reforma Agraria entonces no sólo quedó inconclusa desde el punto de vista del reparto agrario -que si bien terminó con la concentración de la tierra como sistema de producción, todavía quedaron muchos latifundios-, mucho menos se aplicó de manera integral, porque careció de un plan científico, en que se contemplara el crédito, seguro, asistencia técnica, infraestructura, producción de insumos a precios accesibles, comercialización, etc., y es que si se hiciera un estudio de las propiedades rurales, se vería que la mayor parte de ellas y las más prósperas pertenecen a políticos que han ocupado cargos públicos y a elementos que se han enriquecido con el apoyo de los funcionarios de la administración pública.

El neolatifundismo que ha surgido por la privatización del ejido, consiste ahora en la monopolización de la potencialidad productiva las mejores tierras. El neolatifundismo moderno no es la propiedad en sí, sino monopolización de la producción, sobre todo la asociada al capital extranjero, destinada a la exportación o bien para la industria de exportación.

Por otra parte, y esto es lo más importante, el balance del sector agrícola es abrumadoramente negativo desde una perspectiva distinta a la neoliberal, en la cual se incluyan elementos básicos que han estado ausentes en el proyecto gubernamental.

Desde esa distinta perspectiva, resulta evidente que el neoliberalismo ha profundizado a niveles extremos el deterioro que ya existía en el agro, sumiéndolo en la peor crisis de los últimos setenta años. Dicha crisis, ha tenido dos conjuntos de expresiones vinculadas, el primero, al deterioro de la situación de los campesinos y empresarios agrícolas, y el segundo a la creciente incapacidad de la agricultura para cubrir las necesidades alimentarias nacionales.

Respecto de la situación de los campesinos y empresarios agrícolas, el hecho central que se debe tener presente es que ellos han sido duramente golpeados por el neoliberalismo, si bien de manera diferenciada:

En lo que respecta a los campesinos, ellos simple y llanamente no tienen papel alguno que cumplir en la modernización neoliberal, habiendo recibido todos los perjuicios posibles de la falta de créditos oficiales, de la disminución del gasto público orientado al desarrollo rural, de la disminución real de los precios de garantía y de la apertura comercial.
En los hechos, la totalidad de los campesinos pobres y una buena parte de los campesinos con ingreso medio han sufrido una violenta depauperación, perdiendo toda función económica y transformándose en destinatarios del asistencialismo, y lo mismo puede decirse de la gran mayoría de las comunidades indígenas distribuidas a lo largo del campo mexicano.

El hecho de que el 75% de la población en las zonas rurales no alcance a cubrir los mínimos nutricionales y que en esas zonas el 15% de los niños menores de 5 años presenten desnutrición severa, ahorra mayores comentarios respecto del negro panorama en el agromexicano, que el neoliberalismo no sólo se ha negado a atender, sino que incluso ha profundizado de manera dramática.

En lo que respecta a los empresarios agrícolas, también ellos ?si bien en menor medida ya que cuentan con programas de apoyo técnico y crediticio como la Alianza para el Campo? han sufrido los efectos de la estrategia neoliberal. Porque tanto la apertura emprendida desde mediados de los ochenta, como después con la firma del TLC, el campo mexicano, con una menor productividad, una gran brecha tecnológica y de recursos naturales y mayores costos de empaque, transporte y comercialización, son muy pocos los empresarios que han podido y podrán enfrentar la competencia externa, a lo que se ha agregado la ausencia de políticas oportunas y suficientes de fomento agropecuario que hubiesen podido mejorar sus condiciones competitivas. A ese contexto, además, se han sumado los problemas de incapacidad de pagos para un gran número de empresarios.

Respecto de la incapacidad de la agricultura para cubrir las necesidades alimentarias nacionales, ni siquiera es concebida como un problema en la perspectiva neoliberal y que, por el contrario, constituye uno de los principales retos que debe enfrentar cualquier propuesta de desarrollo agrícola.

La apertura y liberalización agrícola, han arrojado un saldo pavoroso en términos de la capacidad de la economía nacional para cubrir las necesidades mínimas de alimentación de la población, a tal punto ?que casi con la sola excepción del maíz y del frijol? la producción de los principales cultivos no ha logrado crecer al ritmo del incremento poblacional y se ha estancado, e incluso ha disminuido en términos absolutos, en productos como arroz, trigo, ajonjolí, cártamo, soya, semilla de algodón y sorgo.

En esas condiciones, la aplicación del neoliberalismo en la agricultura ha terminado por atentar contra la propia seguridad nacional, haciendo suyos postulados de libre mercado que para nada están o han estado presentes en el desarrollo de los países que se pretende sean espejo de nuestro futuro. Por ejemplo, basta recordar que en el periodo 1990?1992, los subsidios anuales por productor fueron de 18,000 dólares en la Comunidad Europea y de 36,000 en EE.UU., al mismo tiempo que los neoliberales en nuestro país, convertidos en paladines de la retirada estatal, asignaron un monto de sólo 1, 100 dólares al año.

Los ejemplos podrían multiplicarse, y todos apuntarían a la misma conclusión: una política agropecuaria basada en la contrarreforma agraria y el abandono del campo a los capitales privados y al libre mercado, lo que constituye una grave irresponsabilidad histórica, que no sólo está sumiendo en la miseria a millones de mexicanos, sino que también está comprometiendo profundamente nuestra seguridad alimentaria y, con ello, el ejercicio presente y futuro de la soberanía nacional.

III. Las organizaciones campesinas

En México entre las organizaciones campesinas existentes, destacan: Confederación Nacional Campesina (CNC), fundada en el periodo de gobierno del general Lázaro Cárdenas formó parte del Partido de la Revolución Mexicana (PRM) y después del Partido Revolucionario Institucional (PRI), la Confederación Revolucionaria de Obreros y Campesinos (CROC) que inició como un desprendimiento de la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y que también terminaría afiliándose al PRI.

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